Bilbo podía esperar en sus días un montón de cosas, pero definitivamente no lo que tenía enfrente.
Había salido a recoger unos cuantos tomates de su propia plantación para el almuerzo y lo que descubrió en medio de su patio sobre el pasto, no había estado allí esta mañana. Saliendo de su momentáneo shock, soltó la canasta y corrió hacia la persona que yacía boca abajo sobre el suelo.
Al darle la vuelta vio con sorpresa a una menuda mujer inconsciente, apartándole sus negros cabellos del rostro noto lo pálida que estaba. Sin embargo con horror miro su hombro herido, el blanco vestido sucio y rasgado estaba teñido de rojo a causa de la abierta herida que no cesaba de sangrar.
Rápidamente la tomo en sus brazos y se apresuró adentro para llevarla a una de las habitaciones de invitados. Dejándola en la cama, salió del cuarto corriendo para ir por agua, paños y vendas, regresando con la mitad de agua derramada por el suelo al apresurarse. Dejando todo en la mesita de noche, saco unas tijeras para cortar parte del vestido de la mujer, teniendo mucho cuidado de no rozar la profunda herida. Tomando un paño lo humedeció rápidamente para encargarse de la sangre que empapaba su piel, limpiando su hombro y brazo con suavidad. Poco después la movió para vendarla, cubriendo todo su hombro izquierdo con gruesas telas para detener el sangrado.
Cubriéndola con las colchas, tomo los paños manchados y la fuente con agua para regresar a la cocina, todavía algo aturdido por la situación.
¿Cómo había ella llegado hasta su patio?
No podía entenderlo, ha estado todo el día en su casa y ni siquiera había oído un solo ruido, podía pensar que era una viajera perdida, pero su vestido era de una tela de mucha calidad y portaba joyas que por esta tierra ni siquiera se veían. La cuestión era, como había entrado a su casa y como había llegado a tal terrible estado.
Quien sería tan macabro para herir de esa manera a una mujer.
Decidido a averiguar algo, salió para preguntarle a los vecinos y cercanos sobre la mujer.
Horas después, volvió sin ninguna información. Todos le habías respondido lo mismo, que nadie sabía de quien estaba hablando. Nadie vio pasar a ninguna mujer con la descripción que les había dado.
Cansado y hambriento se preparó la cena y se la llevo a su habitación.
Temprano en la mañana fue con la mujer para cambiarle las vendas y comprobar su herida, notando con sorpresa que el corte se había reducido considerablemente. Casi no sangraba y ella había retomado su color natural de piel. Tenía una apariencia muy saludable.
Como podía ser eso, los humanos no tenían tal capacidad. ¿Acaso era alguna criatura extraña? No, imposible, tal vez podía ser algún tipo de mestiza, bien sabia de que los elfos tenían un tipo de sanación especial, por lo que podía ser alguna mezcla de estos, pues no tenía orejas puntiagudas.
Si sanaba a esta velocidad solo podía esperar a que despertara pronto, si necesitaba ayuda para volver a su hogar no se la negaría, pero por ahora no había mucho más que hacer.
Dejándola bien tapada con las colchas, salió para atender su jardín.
Nailah salió de su letargo encontrándose con la sorpresa de un lugar desconocido, la pequeña vela iluminando la habitación le mostraba cada detalle. No reconoció absolutamente nada, pero en cambio los recuerdos de lo sucedido allanaron su mente haciéndola temblar. Rápidamente se miró el hombro, notando una tela cubriéndolo en gran parte, al arrancarla se relajó un poco al ver que la herida había desaparecido por completo.
Más no su inquietud, tenía el mínimo de sus poderes, lo que la limitaba enormemente y no sabía cuánto tiempo le tomaría recuperar lo suficiente para volver con su madre antes de que Sef la encontrara, para matarla.
Apartando las mantas se levantó, tambaleándose ligeramente al poner los pies en el suelo, dejo caer el vestido arruinado y lo aparto a un lado quedándose con la ropa interior negra. Se preguntó quién la había traído aquí. Esperaba que fuera una buena persona, si tenía la voluntad para cuidar de alguien herido.
Al abrir la puerta redonda noto que era más baja de lo que habitualmente debía ser, asomándose no vio ni escucho a nadie. Despacio, salió al pasillo siguiendo la iluminación al fondo avanzando lo más silenciosa que pudo, mirando a todos lados en busca de su cuidador.
Al oír una suave voz se apresuró para encontrarlo, asomando a la entrada de la sala vio a un hombre pequeño y rubio sentando en un sillón frente a la chimenea pasando las páginas de un libro mientras fumaba una pipa. La sorpresa fueron sus grandes y extraños pies peludos.
¿Qué clase de criatura era?
Jamás había visto nada parecido en su larga vida.
Él se levantó repentinamente dejando el libro en el sillón y apagando su pipa la dejo en una mesita al ver que se iba, rápidamente se hizo notar.
-¡Espera!
Él se puso rígido y lentamente se dio la vuelta, al verla sus ojos se abrieron desmesuradamente mientras la miraba de arriba abajo. Abrió la boca para decir algo pero en ese momento se desmayó, resonando en aquel lugar el golpe de su cuerpo contra el suelo.
