Prohibido

Capítulo dos: Un secreto.


El calor era insoportable. Estar en Pyros, la isla de los dragones, era algo por lejos parecido a unas "vacaciones". No es que unas vacaciones fueran su razón original de estar ahí, después de todo había ido a la isla en busca de poder alcanzar su Enchantix, pero se esperaba algo presumiblemente distinto a una caldera que la asaba viva con cada segundo que pasaba en la isla. Había pasado cierto tiempo desde que Baltor le hizo aquella confesión y, pese a estar decidida a conseguir su transformación, no había forma alguna de que pudiera concentrarse ahora. El recuerdo de los fríos y gruesos labios del hechicero sobre los suyos era suficiente distracción para que su mente sólo se fijara en el hecho de que quería que algo así se repitiera. Incluso su lado racional, el "ángel sobre su hombro", deseaba volver a probar los labios de Baltor y esta vez por un tiempo más largo.
Claro que trataba de convencerse a sí misma de que algo así no se podía, de que Baltor le había hecho demasiado daño a ella y a sus amigas, de que él era la razón por la que ahora estuviera en Pyros buscando hacerse más fuerte, pero cualquier intento de convencerse para parar esa locura eran inútiles.

Ese beso sólo logró condenarla, puesto que aumentó el amor que sentía por el hechicero que amenazaba en contra de la Dimensión Mágica.

… Esperen un segundo, ¿amor? ¿En verdad sus sentimientos habían llegado tan lejos como para considerarlos amor? ¡Pero qué clase de disparate era ése! ¡No hace menos de un mes que Sky la lastimó anunciando su compromiso con Diáspora en frente de todos, debería estar inconsolable y no esperando consuelo en brazos de su enemigo!
Sacudió la cabeza, esperando dejar de pensar en Baltor por un segundo. Aún necesitaba encontrar la forma de conseguir su Enchantix para ser de alguna ayuda en la batalla para salvar la Dimensión Mágica nuevamente.
Y esa batalla significa que tendrían que acabar con Baltor de una nueva vez.

Pensar eso la aterraba.
Pero la aterraba más pensar que no sería capaz de dar el golpe final, como todos esperarían que hiciera.


— ¡Conseguimos las estrellas de agua!

La voz alegre de Stella anunciando las grandes noticias la congelaron en su lugar, siendo incapaz de formar una sonrisa como todas las demás habían hecho. Las estrellas de agua eran la última esperanza para todas en su travesía para terminar con Baltor, siendo la única fuerza conocida para extinguir la Llama del Dragón que era la magia que el hechicero tenía en su interior. Y aunque ella también era poseedora de dicha llama, no esperaban que le hicieran daño si manejaba la magia de las estrellas correctamente.
Traduciendo las palabras de las chicas, ella daría el golpe final contra Baltor.

En palabras de Tecna, siendo que él había sido el responsable de la destrucción de Domino y la muerte de Daphne, esperaban que de esa forma pudiera cobrar venganza por su planeta y su hermana. Pero contra todo pronóstico, no quería.
No quería ser partícipe de la muerte del hombre que amaba, mucho menos la que diera el golpe final para dicha muerte. Aunque sonara lógico para las chicas, no eran ellas quienes estaban en un dilema personal para elegir el lado que debía tomar; era la primera vez que se veía en una situación parecida a esa, por lo que no había forma de que pudiera decir lo que haría una vez la batalla final llegara. Pero con las estrellas de agua en su poder no había ninguna excusa válida para que ella no acabara con Baltor y le diera a la Dimensión Mágica la tan anhelada paz que todos esperaban.
Por primera vez Bloom estaba dudando en cuál debía ser su papel en todo esto.

Y por una vez no parecía que fuera a tomar el lado bueno.


Era la primera vez que veía a Baltor tan debilitado.

A su alrededor estaban sus amigas, malheridas y en diferentes lugares de la cueva. Incluso ella misma estaba flaqueando acerca de lo que debía o no debía hacer. Todos estaban esperando que ella acabara con el hechicero, pero su corazón le gritaba que no. Lágrimas empezaron a formarse en las comisuras de sus ojos, la presión sobre lo que era correcto e incorrecto pesándole en la espalda. Por supuesto que debía acabar de una vez por todas con Baltor, era lo que dictaba lo correcto en la situación, pero lo único que quería hacer era tomarlo en brazos y escapar de ese lugar, dejando atrás lo que tan difícilmente había construido para encontrar a sus padres biológicos.

Y lamentablemente eso era lo incorrecto de la situación.

— ¡Hazlo ahora, Bloom! —Sus ojos se dirigieron a Stella, quien estaba batallando para mantener su transformación de lo debilitada que estaba. Se preguntó fugazmente; si no se hubiera encontrado con Stella ese día, ¿algo sobre su vida habría cambiado en absoluto?—.

— ¡Bloom, eres nuestra última esperanza! —Esta vez miró hacia Flora, quien sostenía a una inconsciente Musa y protegía además a Layla, quien no estaba en su mejor momento. Pensó en que Flora no merecía traición alguna, siendo ella tan pura y buena como era—.

— ¡Acábalo! —Fue el turno de Tecna para alzar la voz, estando ella sosteniendo su tobillo e intentando sanarlo. Ella había hecho tantos intentos fallidos para encontrar a sus padres, ¿cómo podía simplemente olvidar aquellos esfuerzos tan fácilmente?—.

Y sus ojos se encontraron nuevamente con los de Baltor, el hechicero ya había vuelto a su forma humana y se encontraba inmóvil, expectante de la próxima acción que el hada fuera a realizar. Las lágrimas bajaban por sus mejillas, no queriendo hacer lo que todos esperaban que hiciera. Siempre odió que todos quisieran que ella hiciera algo, que tuvieran la esperanza de que hiciera todo lo que los demás quisieran con un movimiento de su dedo. Pero esta vez era distinto, esta vez no era solamente acerca de ella, esta vez un millón de vidas estaban en juego, esta vez sus decisiones afectarían no sólo su futuro, sino el futuro de todos en la Dimensión Mágica.
No podía ser tan egoísta como para elegir su amor sobre la vida de tanta gente inocente, ¿verdad?

El dolor en su pecho era incontrolable, la llama en su corazón no teniendo forma de ser controlada.

Lo siento…

Soltando un fuerte grito que ocultaba sin mucho éxito sus sollozos, lanzó el ataque final.
Y en el rostro de Baltor sólo pudo distinguir derrota.


Todos en Magix estaban festejando que al fin la mayor amenaza que haya enfrentado la Dimensión Mágica desde las Brujas Antepasadas se haya ido al fin. La felicidad era claramente visible en todos, quienes cantaban y agradecían a las Winx por haberlos liberado de tal amenaza.
Sigilosamente Bloom se alejó de toda la celebración, yendo a un lugar donde sabía que no sería vista por nadie y usando un hechizo de teletransportación.

Rápidamente se vio frente a un demacrado castillo, entrando en él con prisa. Caminó por los agrietados caminos hasta una habitación que lucía más presentable que el resto del lugar, sonriendo al ver el adormilado cuerpo sobre la cama.
Se acercó allí, acariciando el rostro de Baltor y provocando que éste se despertara un poco, sosteniendo la muñeca de la mano que lo acariciaba.

— ¿Lograste descansar?

—Lo más que pude descansar sintiendo que me cayeron mil rocas encima.

—Entonces me disculpo por haberte despertado.

Bloom se sentó al lado de Baltor, sus ojos fijados con cariño en el rostro del hechicero. Concentró su magia en sus manos, tocando el cuerpo del hombre a su lado para invocar un hechizo de curación en él. Ya había curado las heridas más graves el primer día que estuvo ahí, así que ahora sólo quedaba usar hechizos menores para los dolores posteriores.
No le sorprendía que estuviera tan malherido, con una batalla final tan intensa como la que habían llevado en la cueva bajo el Lago Rocaluz era más que obvio que tuviera heridas graves. Por suerte ahora estaba más que curado, sólo que no tenía permitido moverse de ese castillo.

Si alguien se enteraba que había dejado vivir al mayor enemigo que la Dimensión Mágica había enfrentado no dudarían en encerrarlos a ambos en la Dimensión Omega.

En la batalla final, en el momento que lanzó su último hechizo contra Baltor y éste desapareció, en realidad había hecho un hechizo de teletransportación. Lo envió a las mazmorras de Torre Nubosa y, cuando pudo librarse de todos, fue allá y entonces escapó con él hasta ese castillo abandonado, donde estaba segura que nadie los buscaría jamás.
Había traicionado la confianza de todos lo que la conocían, pero mientras nadie se enterara entonces estaba bien, ¿no?

Su mano acarició otra vez la mejilla de Baltor, sonriendo, y bajó hasta poder besarlo. El sabor de los labios que tanto había añorado en Pyros la embelesaba, como si de un hechizo se tratase. Pero sabía demasiado bien que no era así.
El amor que sentía hacia Baltor era verdadero, empezado por una pequeña curiosidad por el sabor de algo prohibido.

No podía estar más encantada por saber eso.

—Sabes que si alguien se entera que te dejé vivir lo más probable es que encierren en la Dimensión Omega contigo, ¿no?

—Pero tú no dejarás eso pasar, eres una hadita demasiado lista como para dejar que descubran un secreto tuyo tan grande.

—Hmn… En eso tienes razón, supongo.

— ¿Supones? —La voz del hechicero estaba recubierta de cierta burla, su ceja derecha enarcada para completar su expresión divertida. Era bastante entretenido hablar con la princesa heredera de Domino cuando no se estaban jurando muerte mutuamente—.

—Por supuesto que lo supongo, sabes de experiencia propia lo curiosas que son mis amigas. Tarde o temprano notarán lo feliz que estoy y entonces las preguntas empezarán.

— ¿Oh? ¿Entonces te hago feliz?

—Me sorprende que lo preguntes.

—Entonces, déjame ver si entiendo. El hechicero que destruyó tu planeta natal, amenazó contra la vida de tus amigas y casi acaba contigo, ¿te hace feliz?

—Ahora sé que ninguna de esas cosas fue realmente tu culpa, estabas siendo controlado por las Brujas Antepasadas. No es como si realmente hubieras tenido elección.

Baltor dejó salir una pequeña risa, llevando sus brazos hasta la chica para envolverla en un abrazo un tanto firme. No podía creer que la chica fuera tan buena, y que además se hubiera enamorado de él lo suficiente como para romper toda regla de lo que es bueno, pero no se iba a quejar.
Por primera vez experimentaba lo que era felicidad, felicidad pura.

Y no iba a dejar que nadie se entrometiera en eso.