Ni los personajes ni el mundo de Twilight me pertenecen

Funeral

24 horas antes…

Sam Uley junior, nieto de Sam Uley, no nos dejó acudir al entierro de Jacob Black amparándose en el viejo tratado que nos impide entrar en las tierras de los Quileutes. El día del funeral de Renesmée quiso hacer lo mismo, pero Bella amenazó con utilizar, como alfombra, su apestosa piel de lobo. Mi esposa suele cumplir sus amenazas, así que Sam recapacitó y nos dejó asistir.

Sin embargo, sólo nos permitió el paso a Bella y a mí. Carlisle, mi madre y mis hermanos tuvieron que quedarse en casa, rumiando la pena en silencio. Para Rosalie fue especialmente duro. Emmett llegó a preguntarle si sentiría tanto su muerte como la de Renesmée.

-Tú ya estás muerto -respondió.

-Me refiero al día en que los Vulturis acaben conmigo.

-El día que Aro se atreva a ponerte la mano encima, lo haré arder en una pira tan grande como un estadio de fútbol. –La amenaza sonó muy real.

Jacob Black junior, mi nieto, envejeció súbitamente diez años. Su cabeza se llenó de canas. Mi nieta Bella se deshizo en lloros y tuvo que apoyarse en sus hijos, Jacob y Leah, para no caer desfallecida por el dolor.

Todos los habitantes de la reserva estaban desconsolados. Jamás los había visto así, ni siquiera cuando murieron Sam y Jacob. Mi hija era como la abuela de todos.

Pero ningún dolor era comparable al de Bella, mi Bella. Apenas se mantenía en pié. Nunca la había visto tan mal; jamás había tenido que sujetarla de la cintura con tanta fuerza para que no se derrumbara. Nosotros, los vampiros, no podemos llorar. Me hubiera gustado que Bella pudiera hacerlo, como antes, porque eso la habría aliviado. Me pregunté cómo íbamos a sobrevivir a aquella noche, y a las demás noches que vendrían después.

Jacob Black dirigía la ceremonia del entierro.

-Madre, nos has dejado solos. Apenas nos hemos recuperado de la muerte de padre hace unos meses y ya te nos vas tú también.

Todos arrojaron puñados de tierra sobre la tumba: quién pronunciando al mismo tiempo una oración; quién, una frase de recuerdo; quién, un deseo; quién en silencio, como yo. Las uñas de Bella se clavaron en mi brazo cuando lo hice; sus manos tensas como garras. Se negó a echar tierra sobre el cadáver de su hija.

-¡No! –Gritó de dolor, cuando nuestro nieto Jacob decidió que ya era hora de cerrar la tumba-. ¡No, Renesmée, no!

La estreché entre mis brazos para que en su dolor no hiciera daño a nadie. Apenas podía retenerla. Dio puñetazos sobre mi pecho, no una, sino muchas veces. Conseguí sujetar por fin sus muñecas. Entonces, quiso morderme. Me la llevé de allí para que pudieran llenar de tierra la tumba. Fuimos hasta la playa, dónde se calmó finalmente y se refugió en mi regazo, mientras yo le cantaba la nana que compuse para ella hace ya ¿Cuántos años? Tengo un biznieto que va a la universidad y otro que pronto cumplirá los años en que yo quedé congelado para siempre.

-Prométeme que arrancarás mi cabeza y la quemarás.

-No voy a hacer eso, Bella.

-Mi hija ha muerto.

-Yo sigo aquí. ¿Es que mi amor ya no significa nada para ti, mi Bella? Porque yo aún te amo. Más que nunca.

El cuerpo de Bella permanecía inmóvil, exánime. No se resistía a mi abrazo pero tampoco respondía a él. Tampoco me dejaba saber lo que pensaba. Su escudo estaba allí, tan sólido, tan impermeable a mis intentos como cuando nos conocimos. Besé su frente repetidas veces. Luego acaricié su pelo y puse un mechón suelto detrás de la oreja. Un amago de sonrisa apareció en su cara pero desapareció en un segundo. Deposité pequeños besos en su cabello.

-Déjame saber qué piensas –le dije, sin demasiadas esperanzas, porque sabía que, a veces, Bella necesitaba estar a solas consigo misma.

Escondió su cabeza en mi pecho pero eso me hizo sentirme más preocupado. Había algo en el gesto que sonaba a desesperación.

-Quiero morir, Edward.

Cerré los ojos y volví a besarla. No dije nada. No sabía qué decir. Sólo podía estar allí y abrazarla en silencio.

Bella quiso permanecer en la playa toda la noche. Al amanecer, le recordé que deberíamos volver. El día sería soleado y la mayoría de la gente de la reserva no sabía quiénes éramos.

-Ve tú primero –me dijo-. Yo te seguiré.

Al regresar, pasé junto a la tumba. Jacob estaba allí.

-Voy hacia Forks, ¿quieres que te lleve?

Le dije que sí. Necesitaba charlar un poco. Subí a la camioneta de Jacob. Me recordaba a la que había tenido Bella muchos años atrás, aunque la de Jacob era de color azul.

-Deberías jubilar este trasto.

-Lo he pensado, pero mi sobrino Jacob junior me la ha pedido. Quiere cambiarle el motor. Ya sabes que es aficionado a la mecánica. Dice que cuando la arregle se la regalará a su hermana Leah como sorpresa de cumpleaños.

-Se alegrará. Le gusta mucho tu camioneta.

Jacob y Leah eran mis biznietos adolescentes, aunque ellos no tenían ni idea. Creían que éramos parientes, que Bella era una prima lejana.

-¿Cómo está tu mujer?

-No muy bien. Era su hija.

-También es tu hija, y es mi madre y la madre de mi hermana Bella… No sé, me preocupa. Nunca la había visto así.

Suspiré. "Yo tampoco", pensé, pero no quise decir nada, para no preocupar más a Jacob. Bastante tenía con lo suyo.

Los árboles pasaban veloces junto a nosotros. En realidad, no lo suficientemente veloces. Aquel trasto era lento. Sonreí. Era la primera vez que lo hacía desde hacía horas.

Llegamos a la línea del tratado.

-Párame aquí, Jacob. Necesito correr para despejarme. ¿Volverás pronto a la reserva?

-En una hora estaré de vuelta, ¿por?

-Vigila a Bella y avísame si ves algo que te preocupe –respondí. Tenía una inquietud que no podía concretar.

Corrí a lo largo de la línea, hacia el norte. Atravesé la frontera con Canadá, me detuve en lo alto de un árbol y contemplé el amanecer sobre el paisaje que se extendía al sur. Repetí las palabras de Bella en voz baja. "Acabar con la existencia". Moví la cabeza reflexivamente. ¿Iba en serio? La inquietud que me había asaltado en la camioneta volvió. La mente de Bella había permanecido cerrada a mí desde la muerte de Renesmée. Ni una sola vez me había dejado saber lo que pensaba, lo que sentía. Mi preocupación creció. Decidí volver a casa cuanto antes. Bella ya debería de estar allí. Me echaría de menos. Además, una vez la abrazara, desaparecerían todos mis temores. Necesitaba saber que estaba bien.

Apenas había comenzado a correr, sonó mi móvil. Vi que se trataba de Jacob.

-Edward, tienes que venir enseguida. Te esperaré en la línea del tratado para acompañarte a La Push; hay problemas.

Corrí hasta la reserva. En la línea del tratado me esperaba Jacob con la camioneta. Percibí su inquietud. Su mente era un maremágnum de pensamientos confusos y emociones a flor de piel. No pude deducir qué ocurría. Sólo que era grave. Subí a la camioneta y Jacob arrancó el coche en dirección a La Push.

-¿Qué ha pasado?

- Hay dos lobos muertos en la playa.

-¿Qué?

-Creemos que ha sido un vampiro. Han recibido golpes y dentelladas que solo pueden haber sido causados por uno de… -No completó la frase. Se refería naturalmente, a uno de nuestra clase.

Pensé en Bella. ¿Podía ser capaz de hacer algo así? Imposible. Bella quería a los lobos. Eran la familia de Jacob y Renesmée. Por cierto, ¿por qué Jacob no me hablaba de ella?

-¿Y Bella?

-Bella no está. No hay señales de ella por ninguna parte. Edward… -Jacob dejaba las frases inacabadas, y lo que sugería con ellas (lo que yo leía adivinaba entre sus confusos pensamientos) era peor que si las completara.

-Bella nunca haría algo así, Jacob.

-Edward. Sabes tan bien como yo que hoy no razonaba cabalmente. Los dos lobos eran los más jóvenes de la manada y quizás la provocaron.

-No. Habría huido por el agua antes que hacerles daño.

Jacob no respondió, pero supe que no estaba convencido. ¿Y si tenía razón? ¿Y si Bella estaba tan alterada que…? Quizás no debería haberla dejado sola. ¿Y si había visto lo ocurrido y había ido en persecución del vampiro que lo hubiera hecho? Tragué saliva. Podría estar en peligro.

-Quizás Bella esté siguiendo al culpable.

-Es una posibilidad pero Sam no piensa eso.

Apreté los labios, preocupado. Sam Uley se parecía poco a su abuelo. Era joven, inexperto y, lo peor, perdía la paciencia con facilidad: con mayor facilidad de la que suele hacerlo un hombre lobo normal y corriente. Jacob y yo lo habíamos hablado en alguna ocasión, pero los Quileutes no tenían mejor alternativa para dirigir a los lobos. Mi nieto no había heredado ningún poder de sus padres. Había sido un niño normal y corriente, al igual que su hermana. Nada había cambiado al llegar a la adolescencia. Tampoco el hijo de Jacob, Bratt, que estaba en la universidad, había heredado el gen de la transformación.

Mientras hablábamos, llegamos a La Push. Cruzamos el pueblo y nos dirigimos a la playa. Sam y otros dos jóvenes estaban cerca de los cadáveres. Dos más, en forma de lobos, rastreaban la playa cincuenta metros más allá. Me acerqué a Sam. Este me vio y me dirigió una mirada poco amigable. Sus pensamientos estaban llenos de odio.

-¿Qué ha ocurrido? –pregunté. Mientras hablaba, me agaché para ver a los lobos. Los cuerpos estaban destrozados. Me bastó un rápido vistazo para convencerme de que aquello era obra de un vampiro, probablemente uno sólo, aunque no podía estar seguro. Miré al mar. El culpable debía haber huido por ahí-. ¿Visteis algo?

-Solo hemos identificado el rastro de Bella. Estuvo paseando por la orilla –respondió Sam.

-No tiene por qué haber sido ella. Los lobos están sobre arena mojada y el mar está agitado. Las olas se habrán llevado el rastro de cualquier vampiro que no haya pisado la arena seca.

-¿A quién pretendes engañar, Edward? Esto es obra de tu mujer. Sabía que era mala idea dejaros acudir al funeral. Lo sabía.

Los dos lobos vinieron corriendo y aullando. Uno de ellos llevaba un pañuelo. Era de Bella.

Todo la acusaba a ella, pero yo no podía creerlo.

-Sam, no es ella, es imposible.

Sam empezó a temblar: iba a entrar en fase. Su control era pobre -yo estaba acostumbrado a ello- pero, en este caso, entraba en fase a propósito. Los otros dos jóvenes empezaron a cambiar también. Serían cinco lobos contra mí. Dos de ellos eran inexpertos pero Sam y los demás era fuertes y peligrosos. Además, yo no quería hacerles daño. Miré hacia el agua. Unos metros y estaría lejos de ellos, pero no debía darles la espalda. Debía esperar el momento oportuno.

Se agruparon. Amenazantes, formaron un semicírculo frente a mí, entre el mar y yo, a unos cinco metros de distancia. Sus pensamientos me golpearon como brasas ardientes. El del centro era Sam y apenas podía controlarse para no saltar sobre mí inmediatamente. Su mente gritaba "asesino chupasangres" e insultos aún peores. Lo hacía a propósito: quería que oyera sus pensamientos llenos de odio.

-Yo no he matado a nadie. Y dudo que Bella lo haya hecho. Estamos unidos a los lobos por lazos de sangre.

Eso le molestó. Sam no quería tener nada que ver con nosotros. Miró a Jacob una décima de segundo: una mirada acusadora, como si Jacob hubiera cometido un delito por haber nacido. Percibí los pensamientos llenos de tristeza de mi nieto. Siempre se había sentido parte de la tribu, pero Sam Uley quería que pensara que era un extraño. Deseé retorcerle el pescuezo. Me encaré con él, pero hablé con calma, midiendo cada palabra que salía de mi boca.

-Tal vez pueda ayudaros a encontrar al asesino.

Hice ademán de caminar hacia el mar pero me bloqueó el paso. Los otros dos lobos se acercaron a Sam, protegiendo sus costados. Gruñeron. Sus dientes destilaban rabia y sus ojos estaban inyectados en sangre. Vi su decisión de atacarme un segundo antes de que se lanzaran sobre mí.

-¡Jacob, aléjate! –dije. Lo empujé al mismo tiempo que lo decía; no quería que resultara herido.

Sam fue el primero que se abalanzó sobre mí, pero yo estaba preparado y salté hacia él con todas mis fuerzas. Rechacé su embestida y lo golpeé, luego lo arrojé sobre dos de los lobos: los más adultos. Eso me dio un tiempo precioso para huir hacia la playa. Los dos más jóvenes quisieron interceptar mi camino, pero fue fácil esquivarles. Alcancé la orilla y nadé mar adentro. Allí, yo tenía todas las ventajas. Dejaron de perseguirme y aullaron y ladraron desde la arena. "Vuelve aquí, cobarde. ¿Tienes miedo?", gritaba la mente de Sam. Quería provocarme pero, al ver que no lo lograba, otra idea empezó a formarse en su cabeza: atacar a los Cullen en su propia casa. Debía volver para avisarles del peligro.

Nadé hacia el norte durante un rato, luego volví a tierra y, rodeando la reserva, corrí a casa. Estaba preocupado por Bella. Tenía que verla cuanto antes: necesitaba saber si estaba bien. A unos kilómetros de casa, Alice acudió a mi encuentro. Me había visto venir.

-¿Qué pasa, Edward? He visto que nos íbamos de Forks y aún no sé por qué. Sospecho que los lobos tienen algo que ver porque, de otra forma, no me lo explico.

-Están pensando en atacarnos. Tenemos que marcharnos durante un tiempo, hasta que las cosas se calmen un poco.

Abracé a Alice con fuerza.

-¿Qué tienes, Edward?

-No sé, un mal presentimiento. ¿Ha llegado Bella?

-No –El rostro de Alice se demudó mientras me lo contaba-. ¡Oh, no es posible!

-¿Qué pasa, Alice? ¿Qué has visto?

Alice tardó unos segundos en reaccionar. Su mirada estaba vacía.

El mal presentimiento que me asediaba se hizo más fuerte. Y, entonces, vi la imagen en la mente de Alice con una claridad deslumbrante.

-¡Oh, Edward!

-¡No! –grité, desesperado.

Corrí. Ni siquiera entré por la puerta de la casa. Salté por la ventana abierta al interior de mi habitación.

-¡Bella! –grité. Pero Bella ya no estaba allí, aunque sentí que había visitado hacía apenas un momento en nuestra habitación. Me moví como un loco por ella, desesperado, sabiendo lo que iba a encontrar, lo que iba a hacer, lo que yo mismo me había visto haciendo en la mente de Alice unos minutos antes.

Y allí estaba. Sobre la almohada, una hoja de papel, del tamaño de una cuartilla, doblada por la mitad. Me precipité sobre ella y la abrí. Mis manos temblaban al hacerlo. Cerré los ojos. Sabía lo que ponía y no quería leerlo. Deseé con todas mis fuerzas que Alice se hubiera equivocado, que no fuera verdad. Recé para que no lo fuera.

Pero, cuando abrí los ojos, vi escrito lo mismo que había visto en la visión:

Ya no te amo, Edward. No me busques. Olvídame.

Esta vida no tiene sentido. Es antinatural y he decidido ponerle fin.

Bella

-¡No! –La palabra salió, ronca, de mi garganta. Me doblé sobre mí mismo y enterré la cara entre las sábanas. Mi corazón había saltado en pedazos como cristal que se estrella contra el suelo.

Alice me alcanzó enseguida. Me levanté, cogí su cabeza entre mis manos y la apreté con fuerza.

-Alice, dime qué ves. Dime que volverá, dime al menos que está cerca y podré alcanzarla y hablar con ella; entender lo que ocurre, convencerla.

Alice me miró asustada y triste, infinitamente triste.

-No, Edward. No va a volver. Y tampoco vas a encontrarla aunque recorras el mundo.

Jasper ya estaba allí, temeroso de que le hiciera daño a Alice. Lo aparté de un empujón y salté de nuevo por la ventana. Busqué desesperado el rastro de Bella en el bosque, lo encontré y lo seguí a la carretera, donde quedó bruscamente interrumpido. Había subido a un coche que había arrancado a toda velocidad, a juzgar por las marcas negras, aún calientes, en el asfalto. Me acurruqué, hecho un ovillo, en la cuneta. No recuerdo cuanto tiempo estuve allí, antes de que Carlisle me encontrara.