El accidente de las escaleras:
El profesor Snape no lograba conciliar el sueño, estaba nervioso y molesto. El reloj ubicado cerca de la cama daba la hora en medio de un intermitente tintineo de campanas, y cada vez que se hacía oír el profesor sentía que el aliento se le escapaba de los pulmones. Le parecía que el tiempo pasaba volando.
"La una." "Las dos." "Las tres."
Debía dejar de pensar en la inminente llegada de la mañana siguiente pero no podía apartar el hecho de que la presencia de la mujer vendría con la salida del sol. La vería y esta vez no podía escapar. Tendría que enfrentarla de una vez por todas. El recuerdo de su amplia sonrisa y el alboroto de sus cabellos que acompañaban su pasar, descontrolaba sus emociones y, para que negarlo, encendían su corazón. La curva de su cuello desnudo al inclinarse sobre el caldero y los blancos muslos que dejaba entrever la falda de colegiala, alborotaba sus hormonas. Ninguna mujer había causado semejante reacción en él.
"Las cuatro." Anunció el reloj.
Cuando en su adolescencia amó a Lily Evans, su mejor amiga, ese cariño fue diferente. La dulzura y la inocencia que lo caracterizó no estuvo contaminada por esa pasión que lo volvía loco al pensar en Hermione. El amor que sintió por ella al principio era diferente, más adulto y con una urgencia desconcertante. Quería poseerla a toda costa y quería que fuera suya. Lo volvía loco.
"Las cinco." Anunció el reloj.
-¡Las cinco!-sonó la voz del profesor en la habitación.
No podía concebir que la noche hubiese transcurrido en un segundo. Malgastado por pensar en el miedo de verla, al día siguiente. La profesora McGonagall lo había ido a ver tarde aquella noche. No del todo amable le abrió la puerta, pensando en la reprimenda que la largaría la mujer por no volver con el té a la sala de profesores. Pero no fue esto lo que dijo la directora sino que le suplicó que fuera a buscar a la nueva profesora a la estación de tren de Hogsmeade. Nadie más, en todo el colegio, podía ir. Lo tomó tan de sorpresa semejante petición que no se le ocurrió una excusa coherente y, al acostarse más tarde, no supo cómo había terminado aceptando.
-No debí aceptar- le dijo a la oscuridad. Y pensó: ¡Maldita sea mi suerte!
Inevitablemente siguió pensando en ella. No quiso recordar cómo la había perdido, eso aún era una herida abierta para él, y se concentró en pensar como todo había comenzado, toda la locura que le cambió la vida para siempre. Irreversiblemente.
Hermione Granger ingresó a Hogwarts y pronto se convirtió en uno de los mejores alumnos que habían pisado ese colegio. Al principio el profesor Snape la observó como una pequeña niña insolente, orgullosa y altiva, que siempre quería llamar la atención exponiendo a los demás sus conocimientos en un intento por dejar en claro que ella era mejor que cualquiera de sus compañeros de clase. Esa desagradable actitud no se había ganado el respeto de su profesor de Pociones, no así la de los demás que la conocían mejor. Entonces el hombre siempre la había visto como la insufrible sabelotodo que tenía que aguantar en cada clase.
Cuando los años fueron transcurriendo y la niña se convirtió en una mujer, el hombre apenas notó el cambio. Ocupado en varios asuntos mucho más urgentes, nunca se tomó el trabajo de observarla detenidamente. Era una más entre la marea de alumnas insoportables que tenía que aguantar. Lo que notó, ya que no pudo cerrar los ojos a ello, fue el cambió en su personalidad. También influyó un mejor conocimiento del carácter de la niña, al tratarla inevitablemente más tiempo. De todos modos no dejaba de ser la mejor alumna que jamás hubiera tenido, aunque no por eso le tomó más estima. Ni consiguió de él algún punto.
Sin embargo cuando comenzó el año fatídico algo en ella llamó su atención y el profesor Snape se sorprendió de su cambio físico. Al tropezarse de casualidad con los tres amigos que entraban a desayunar al gran salón el primer día de clases. Era su último año allí.
-Cuidado Potter, ¿acaso está ciego?-le largó el profesor Snape cuando el chico chocó con él.
-Disculpe profesor-dijo el muchacho con una voz forzada.
Estuvo a punto de responderle con una fantástica quita de puntos para Gryffindor cuando sus ojos se posaron en la chica que estaba a su lado, junto a su amigo Weasley, y se quedó perplejo de la sorpresa. No la había reconocido. Hermione Granger estaba varios centímetros más alta, su rostro de niña había dado paso a uno de mujer y su cabello se veía más hermoso y arreglado.
-¿Ocurre algo con el señor Potter, Severus?-dijo una voz a sus espaldas que consiguió sobresaltarlo.
Era la profesora McGonagall.
-No…_ gruño bajo y siguió de largo. Lamentando no haberse acordado de sacarle puntos.
La sorpresa de aquel encuentro se diluyó con el pasar de las horas y sus pensamientos no fueron más allá del evidente cambio que acababa de notar en ella, aunque no pudo precisar qué era realmente lo que la hacía diferente del año anterior.
"Ya es una mujer", fue su primer pensamiento en ese entonces. Y de inmediato le resultó desagradable el hecho de pensar en ella como "mujer" y no como "alumna". Enojado apartó la idea de su cabeza y el tiempo transcurrió hasta que la volvió a ver en su clase de pociones.
-Entren… En silencio-dijo abriéndole la puerta a la clase.
Los alumnos pasaron a su lado y cuando vio que todos estaban instalados y callados en sus pupitres, comenzó con la clase.
-Este año será difícil. Veremos pociones que si no tienen cuidado en prepararlas podrían causar una catástrofe. Supongo, eso espero, que ya han aprendido lo suficiente para que eso no ocurra.-El hombre miró a sus alumnos con severidad, como dándoles a entender que más les convenía que nada catastrófico pasara en su clase sino habría tremendas consecuencias.
Su vista se desvió hacia la primera fila de alumnos, allí vio a la señorita Granger junto a otras alumnas. Estaba tiesa en su silla y atenta a cada palabra que el pronunciara. Por primera vez aquello le produjo una sensación agradable. No supo la causa pero siguió con la clase, sin darle más importancia.
La poción que escogió para sorprender a los alumnos el primer día de clases fue muy complicada, difícil, y ninguno tuvo el placer de poder hacerla bien para ganarse unos extraordinarios veinte puntos que había prometido conceder el hombre. El profesor Snape se paseó como de costumbre por todo el aula, metiendo su ganchuda nariz en uno que otro caldero, repartiendo críticas de vez en cuando y ningún punto, ni si quiera a sus favoritos de Slytherin. Cuando llegó hasta el caldero que revolvía una muy preocupada señorita Granger, se detuvo con un gesto de sorpresa. Era la primera vez que una poción no le resultaba perfecta. Intrigado se inclinó sobre el caldero y de inmediato advirtió el error, por su olor. Sólo había sido la cantidad de jugo de cebolla verde mal medida. La chica tenía los ojos irritados y probablemente por eso se hubiera equivocado al no ver bien. Pero el profesor la reprendió como si el error hubiese sido mayor.
-La clase siguiente tiene que entregarme un trabajo sobre las propiedades de la cebolla verde y su utilización en pociones-concluyó el hombre-. De no menos de treinta centímetros. ¿Comprendió? Señorita Granger.
-Sí, señor.
Luego le dio la espalda y se estaba alejando para seguir con la clase cuando:
-¿También tengo que incluir su utilización en cocina, profesor?-preguntó.
El profesor Snape se quedó perplejo.
-¿Se está burlando de mí, señorita Granger?
-No… no, señor-balbuceó asustada.
El hombre no podía creer que ella se estuviera riendo de él en su cara y la evaluó con la mirada. No parecía que su intención fuera la de una burla pero, consciente de que los demás alumnos se reían a su espalda, el profesor se enojó con ella y la castigó. El incidente no pasó a mayores pero, cuando los alumnos se retiraban al acabar la clase, advirtió cómo sus amigos le preguntaban sobre aquella extraña pregunta y vio que ella se sonreía con burla.
Así comenzó todo y, sin poder creer en semejante atrevimiento, en vez de olvidarla cada día pensaba más en ella. La observaba en las pocas horas que coincidían y no pasó mucho tiempo para que se diera cuenta que su cambio no sólo había sido físico sino también había cambiado su carácter. Se había vuelto algo atrevida con él. Aunque cuando expuso sus pensamientos a McGonagall ésta se riera de él, acusándolo de inflexible. Le aseguro que la señorita Granger no le faltaba el respeto jamás a un profesor.
El día fatídico, el día que quedaría marcado en su memoria para siempre, fue el que le había asignado el castigo. La señorita Granger llegó con puntualidad a su despacho.
-Vengo por el castigo, profesor-dijo la chica al entrar.
-Deje el trabajo en el escritorio y venga aquí-le dijo el profesor Snape sin mirarla, concentrado en una poción que estaba preparando.
Cuando estuvo a su lado, la miró y de inmediato le llamó la atención su vestimenta muggle pero, como normalmente los alumnos solían vestirse así los días en que no había clases, no le dio importancia.
-Traiga ese recipiente aquí-dijo señalando una esquina en donde había uno-. Va a cortarle la cola a todas estas ratas.-Le dio un cesto lleno de asquerosas ratas muertas. Sonrió ante su expresión de desaliento y continuó-. Cuando termine puede irse.
La chica se sentó a cumplir con el castigo mientras que el profesor terminó de hacer la poción que iba a mostrarle a los de quinto año el día siguiente. Luego de un rato se sentó en el escritorio y colocó una pila de trabajos frente a él para corregir. Pero no pudo concentrarse al ver a Hermione Granger inclinada sobre el recipiente de las ratas con una chomba escotada que dejaba entrever casi todos sus nuevos atributos, adquiridos durante ese año al desarrollarse completamente. La alumna cambió de posición y sus ojos se encontraron con los del hombre. El profesor Snape, avergonzado al verse descubierto, se molestó consigo mismo y desvió su vista a los trabajos. Algo en ella lo inquietaba, algo que no podía precisar y que traía a su mente ideas eróticas, indebidas.
Tiempo después la señorita Granger terminó su castigo y salió del despacho, fue entonces cuando el profesor Snape respiró tranquilo. Su presencia lo había puesto nervioso. Sin embargo cuando recogió el trabajo del escritorio que le había encargado y vio que había incluido varias recetas de cocina, lo tomó como una burla, y se enojó realmente.
-Ya me las va a pagar-susurró furioso y, con el trabajo en mano, salió del despacho con la intención de ir en su búsqueda.
Pensó que probablemente la encontraría en el camino a su sala común, ya que hace poco que se iba, y mientras atravesaba el castillo se dio cuenta de lo tarde que era al encontrarlo desierto y casi a oscuras. Miró un reloj que estaba allí en el primer piso y vio que eran las doce y doce minutos. Inquieto subió rápidamente hasta que llegó al quinto piso, como estaba distraído se equivocó y tuvo que dar un rodeo.
Al descender por una estrecha escalera resbaló y casi cae por ella pero su mano agarró el pasamanos y se salvó de descender por ella de cabeza. La escalera estaba llena de cáscaras de banana.
-¡Peeves! ¡Maldito duende!-gritó furioso mientras pateaba hacia un costado las cáscaras para poder bajar sin matarse en el intento.
Estaba casi a la mitad de la escalera cuando apareció Hermione por el tapiz que cubría la escalera en la parte inferior y comenzó a ascender, sin notar la presencia del profesor.
-¡Cuidado!-dijo el hombre y la chica pegó un respingo del susto.
La advertencia llegó tarde, en ese momento Hermione pisó una cáscara de banana y perdió el equilibrio. El profesor Snape descendió unos escalones y alcanzó a tomarla del brazo para que no se cayera pero él también resbaló con una cáscara. Profesor y alumna cayeron rodando por las escaleras. Hermione golpeó con la espalda el piso y Snape cayó con todo su peso encima de ella, enredado en la larga capa negra.
Antes que el dolor de la caída, sintió el cuerpo de la mujer pegado al suyo y aspiró el dulce perfume de sus cabellos. Por un instante el tiempo se detuvo en aquel éxtasis recién descubierto. Fue consciente entonces del roce de los duros senos de la adolescente en su pecho y su vista se clavó en ellos sin poder evitarlo. En ese instante la chica se movió debajo de él y uno de sus muslos rosó su entrepierna causándole un instante de placer y por ende una fabulosa erección. La miró a los ojos y se dio cuenta que ella la había sentido también. Avergonzado quiso apartarse pero le costó un poco debido a lo enredada que estaba entre ellos su capa.
-¿Se encuentra bien? Lo siento-se disculpó con el rostro encendido y tratando de ocultar la erección con la capa.
-Sí-dijo ella sin mirarlo. Estaba tan avergonzada como él por ser cómplice de aquel momento tan íntimo.
-Debería subir, es muy tarde-dijo falto de esa firmeza que lo caracterizaba.
Hermione asintió con la cabeza y casi corrió escaleras arriba, sacando de su camino las cáscaras de banana con la varita. No podía hacer magia fuera del horario de clases pero el profesor dejó pasar la falta. Estaba avergonzado y, al igual que ella, deseoso de escapar de allí. Olvidó el motivo que lo había impulsado a ir en su búsqueda y poco después se encontraba en su despacho y luego en su habitación.
Tuvo que darse una ducha fría, para poder dormir en paz, pero aun así no logró calmar esa pasión que había encendido su cuerpo así que tuvo que utilizar su mano, pensando en ella, en todas las sensaciones que acababa de experimentar, en sus pechos y en el impulso que contuvo con todas sus fuerzas para no acariciarlos. Cuando estuvo en la cama tuvo una sensación de desagrado, estaba asqueado consigo mismo por lo que acababa de hacer pensando en una alumna de esa manera.
Gracias por leer el fic a todos y por los comentarios (Aigo Snape y yetsave). Espero que les haya gustado.
