Moretones


Viktor no podía creer lo que estaba viendo en ese momento, simplemente no podía darle sentido a todo aquello.

Volvió a mirar los brazos de su amado japonés, los cuales estaban llenos de moretones de distintas tonalidades; algo que él no quería ver en su piel inmaculada.

¿Qué había pasado?

Ese día Yuuri lo había ido a buscar al aeropuerto, y luego de charlar y caminar por el centro de Santiago, el japonés se había deshecho de su polerón, mostrando su polera manga corta y los tan notorios moretones.

Yuuri, ajeno a sus pensamientos, se extrañó ante el repentino silencio de su acompañante.

―¿Viktor, qué…?

Pero no alcanzó a decir nada más, porque de un momento a otro el ruso le tomó el brazo, y lo miró con determinación.

―Dime quién fue, Yuuri. ―Sus ojos de pronto habían abandonado toda amabilidad, y su rostro se mostraba serio, casi violento―. ¡Dime quién se atrevió a hacerte daño!

Yuuri tuvo que parpadear antes de mirar el mismo lugar en el que Viktor tenía los ojos fijos. Observó las manchas purpuras que parecían predominar en sus extremidades, y luego fijó su mirada en los profundos ojos del ruso.

―Fue Sarina.

Y Viktor solo atinó a soltar su brazo de la impresión.

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Quizás Yuuri solía pecar de idiota y buena persona, pero no podía evitar sentirse intranquilo cuando veía alguno de sus amigos en problemas. Y si a eso se le sumaba ver a Sarina llegar al departamento completamente hastiada un día de esos… pues bueno, que le daba curiosidad.

Sarina lo había saludado ese día con un leve asentimiento de cabeza, mientras dejaba la mochila en cualquier parte y se sentaba en el sillón junto a él, sin que le importara estropear su uniforme de enfermería, total, era jueves y al día siguiente ya no tendría práctica.

Yuuri, al verla tan agotada, incluso le cedió el control remoto, y dejó que ella decidiera qué quería ver ese día

No tuvo que pasar mucho para que Javier ―ya era inútil pedirle que se fuera a su propio departamento― se diera cuenta también de la situación, aunque claro, él era mucho más directo al preguntar.

―Cambia la cara de poto y dinos qué sucede.

Por supuesto, un amor de persona. Aunque, sin que supieran por qué, aquellas simples palabras hacían que se sintieran en la confianza de compartir su sentir.

―Cosas de la práctica.

Eso era obvio, fue lo que pensaron ambos hombres. Yuuri miró a Javier y este asintió, como diciéndole de esa forma que se quedara tranquilo.

―¿Te evaluaron mal en la interrogación?

Sarina hizo una mueca.

―No, me fue bien.

Ambos hombres la miraron de forma elocuente, preguntándole entonces a qué se debía su cara larga.

―Me tocó pinchar a un paciente y me puse demasiado nerviosa ―dijo, y continuó cuando notó que Javier abría la boca para decir algo―. Y sé que es cosa de práctica, pero no estoy dispuesta a hacerlo con pacientes que llevan semanas hospitalizados.

Y en ese momento, Yuuri había firmado su condena.

―Si quieres puedes practicar conmigo.

Y el traidor de Javier solo había carraspeado para ocultar su risa.

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Media hora más tarde y luego de una visita exprés a una farmacia cercana, Sarina se estaba poniendo guantes de procedimiento, luego de haber preparado todo el material que iba a necesitar.

Yuuri extendió su brazo y Sarina procedió a ligarlo cuatro dedos sobre el pliegue del codo. La mujer le había comentado que aquello se hacía para que las venas destacaran más, aunque no era recomendado ligar por más de un minuto, por el riesgo de lisis celular que había.

―Empuña la mano, Yuuri.

Y Yuuri así lo hizo.

Sarina pasó un pedazo de algodón con alcohol por su brazo, donde resaltaba una vena en el pliegue del codo.

Javier le extendió a Sarina la jeringa de diez mililitros que iba a ocupar, y ella procedió a probar el embolo y luego dirigir la aguja, con el bisel hacia arriba, hacia su pobre vena.

―Recuerda, tranquila, y tómala como más te acomode.

La ajuga penetró su piel, y Sarina comenzó a tirar del embolo, haciendo que su sangre comenzara a llenar la jeringa.

―Recuerda que debes mantener fija tu mano en la jeringa, y no moverla demasiado ―la voz de Javier era suave junto a Sarina, cuidando en todo momento de sus movimientos.

―Yuuri, dime si te duele mucho ―pidió Sarina nerviosa.

Pero Yuuri debía admitir que solo le había dolido el pinchazo inicial.

―Ya, con eso tienes ―musitó Javier―. Ahora desliga ―ordenó siendo obedecido de inmediato.

El hombre de ojos azules entregó un pedazo de algodón a Sarina, el cual fue ocupado al momento en que esta retiró la aguja, para detener cualquier pequeña hemorragia que hubiese podido haber. Un pedazo de tela transpore dejó fija la tórula, y con eso, Yuuri se vio libre de cualquier elemento invasivo.

―Lo hiciste bien. Solo necesitas practica y bajarle un poco a los nervios.

Sarina se mostró fastidiada.

―¿Acaso tú no te ponías nervioso?

Javier, por toda respuesta, se encogió de hombros.

―Lo mío fue terapia de shock. Cuando entré al internado me tocó pinchar a diez pacientes el primer turno de noche. Mi enfermera guía me dejó solo y tuve que arreglármelas como pude.

Y Sarina solo tuvo que tragar saliva, y pedir a los dioses que su enfermera guía fuera más misericordiosa.

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Resultaba que Sarina al final no eran tan desastrosa pinchando. La chica podía al menos presumir que de todas las veces que lo había pinchado, el brazo de Yuuri nunca había quedado con marca alguna aparte del pequeño punto por donde había entrado la aguja. Así que Yuuri usualmente "prestaba su brazo" para que la chica pudiera practicar, algo que Max no podía hacer, considerando el temor que sentía hacia las inyecciones.

Pero un día, Sarina había dejado de fijarse en las venas del pliegue del codo, y había comenzado a poner especial atención a las que estaban ubicadas en su antebrazo. Aquello había coincidido con el inicio de agosto, y, por ende, el inicio de su internado hospitalario, que ella había decidido hacerlo en el área pediátrica.

Y ya no había sido sorpresa cuando la mujer había llegado con una caja con algo llamado teflones. Eran unas especies de agujas recubiertas de un plástico. Estas ingresaban a la vena, y cuando ya estaban posicionadas, se sacaba la aguja, quedando el plástico, por el cual se pasaban los medicamentes y sueros; eran las llamadas vías venosas.

Por palabras de Javier y Sarina, eran más difíciles, pues al contrario de las agujas que solo sacaban sangre, la vía debía quedarse ahí, por lo que se solían ocupar las venas que estaban más lejos de las articulaciones.

Así que nuevamente Yuuri se vio con sus brazos ligados, un brazo para Sarina, y el otro para Javier, que parecía querer aprovechar su buena disposición y las "venas pinchables" que tenía.

El procedimiento era parecido a la de la extracción sanguínea, al menos al inicio. Aguja con bisel hacia arriba, la sangre refluía, y ahí cambiaba un poco. La aguja se mantenía fija, y con un dedo, se empujaba el plástico hacia el interior de la vena, canalizándola. Luego de eso, Sarina desligaba, buscaba el final del plástico, presionaba ahí, y retiraba la aguja, y ahí ponía una pequeña tapa roja.

Javier le había explicado que en vez de la tapa roja se solía poner el alargador venoso o la llave de tres pasos, pero como no le iban a infundir suero, aquello era innecesario.

Si había algo que destacar, era que ninguno de sus amigos había reventado ninguna vena, ni había aparecido el dichoso globito que, según le habían dicho, indicaban cuando la vena colapsaba; aquel era el motivo por el que había dejado que le pusieran múltiples vías, incluyendo zonas difíciles de puncionar, como los bíceps y las manos.

Todo había salido bien, y él solo había quedado con sus brazos llenos de algodones y parches, así que no se explicaba por qué al día siguiente sus brazos habían amanecido con múltiples hematomas.

Javier, al ver el desastre, solo se había rascado la nuca, y había mencionado algo de que quizás habían mantenido presionado el sitio de punción menos del tiempo necesario, algo que él no había entendido, de todos modos.

Lo único que entendía era que, ese día mientras se duchaba y miraba sus brazos amoratados, los había maldecido en silencio hasta decir basta.

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Luego de que le contara toda la historia, Viktor Nikiforov solo había parpadeado varias veces. Bueno, de alguna manera lo entendía. Aquellos chicos habían acogido de buena manera a Yuuri cuando este había llegado a Chile, así que era lo lógico que Yuuri los ayudara de vez en cuando, aunque aquello era excesivo.

―¿Y por qué te terminó puncionando Javier también?

Yuuri carraspeó mientras se acomodaba sus anteojos.

―Se lo debía ―fue su cortante respuesta.

Y Viktor Nikiforov no se quedó tranquilo ante aquella respuesta, pero, aunque intentó por todos los medios que Yuuri le dijera, este evadió muy hábilmente el tema.

Cuando llegaron al departamento de Yuuri, a eso de las seis y media, ambos desalmados culpables (según Viktor) estaban ya preparándose para sus turnos de noches, con sus uniformes de enfermería ya puestos; unos trajes azul oscuro que parecían ser bastante cómodos, y que llevaban el logo de la universidad a la que iban.

¿Tienes práctica, Javier?

Un turno extra.

Yuuri asintió. Usualmente los turnos de Javier y Sarina no solían coincidir, así que le había extrañado ver a ambos en sus trajes.

No mates a ningún paciente, por favor ―dijo en tono de broma, aunque ni tan en broma, porque su amigo tenía práctica en la unidad de cuidados intensivos, y ya había visto morir a uno que otro paciente.

Javier solo rio, algo que a Yuuri no le dio buena espina.

Por cierto, Yuuri, dejé una caja de preservativos en tu habitación ―avisó con maldad viendo cómo el japonés enrojecía de pronto―. Úsalos sabiamente.

¡Javier! ―dijo nervioso, mirando brevemente a Viktor a su lado, agradeciendo que el ruso no entendiera el español.

Viktor, quien miraba a los hombres charlar relajadamente, sintiéndose un tanto excluido por la obvia barrera del idioma, dirigió su vista a Sarina, que había encontrado especialmente chistoso el que Yuuri intentara competir con un tomate.

Hey ―increpó en ruso―, tú y tu amigo dejaron los brazos de MI Yuuri todos moreteados.

El uso del ruso dentro de la estancia hizo que inevitablemente el lugar quedara en silencio.

Sarina solo elevó una ceja antes de responderle, aunque en esta ocasión en inglés.

―Agradece que solo fueron vías venosas y no cateterismo vesical.

―¡Sarina, por la chucha! ―gritó Yuuri horrorizado.

Viktor parpadeó dos veces y luego ladeó la cabeza ligeramente, obviamente no entendiendo de qué demonios hablaba.

Fue Javier, "el amable", quien decidió sacar al ruso de su duda.

―Se debe meter una sonda por el pene hasta llegar a la vejiga.

¡Javier! ¡Sarina, deja de reírte!

En menos de treinta segundos, Viktor buscaba huir del departamento, alegando que ese día Yuuri iría a dormirse con él al hotel.

Yuuri, mientras salía con el ruso del departamento, no sabía si sentirse horrorizado o divertido. Aunque bueno, pensó, eso era ya algo usual. Dejó escapar una pequeña risita, que obviamente llegó a oídos del ruso.

―¡Yuuri, no te rías! Te estás riendo de mí, ¿verdad?

Pues sí, pensó Yuuri, se estaba riendo de él y de lo infantil que podía llegar a ser a veces.

―Tus amigos son crueles, Yuuri ―se lamentó mirándolo de reojo, mientras formaba un puchero con sus labios.

Bueno, en realidad esa vez los chicos se habían pasado con sus bromas.

Pero bueno…

―Espérame acá, Viktor. Vuelvo enseguida.

…que a él algo se le había pegado de todos modos.

Cuando volvió al departamento, Javier y Sarina seguían riéndose, mientras Max los miraba con paciencia, aunque igual con una sonrisa divertida. Yuuri no hizo mucho caso y se dirigió a su habitación. La caja de condones estaba sobre la cama, claramente con el objetivo de avergonzarlo.

Un tic en una de sus cejas hizo acto de presencia.

―Así que alguien tendrá un poquito de diversión esta noche, ¿eh? ―Javier movió sus cejas de forma sugestiva.

Yuuri sonrió de forma provocativa, eros saliendo por cada uno de sus poros.

―Algo que ustedes no tendrán, de todos modos. Suerte con sus pacientes.

Esta vez el único que rio mientras él abandonaba el lugar fue Max, mientras se oía un «tonto weón» y un «cállate Max, que también sufres tú» por parte de los dos chilenos.

Viktor lo miró extrañado cuando volvió a su lado.

―Yuuri, ¿qué…? ―Pero no pudo terminar la oración porque Yuuri le mostró la dichosa caja de preservativos.

―Javier nos desea una buena noche ―dijo, mientras con su mano derecha se peinaba sus cabellos hacia atrás, haciendo que Viktor contuviera el aliento―, y yo debo darte una adecuada bienvenida a Chile. ―Aquellas últimas palabras fueron susurradas cerca del oído del ruso.

Los ojos de Viktor brillaron.

Amazing!

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Notas de autora

Espero que les haya gustado este pequeño especial. Es para compensar un poquito el atraso que llevo con el cap de DEAD.

Como aclaración: este capítulo está ubicado temporalmente en agosto de 2017.