FRONTERAS DE TÉ

Desde aquel momento todo estuvo muy ajetreado entre los dos capitanes, desamparados, en aquella isla desierta. Antes de que cayera la noche habían conseguido tratarse las heridas, cortes y otras marcas superficiales de sus cuerpos. Sobre todo la de Arthur que era la que peor pinta tenía, pero parecía no correr peligro alguno. A parte del botiquín, habían decidido compartir cualquier suministro de primera necesidad, tipo: comida y agua. Fue lo único en lo que se pusieron de acuerdo. El resto de cosas, según Arthur, pertenecería al señor de cada mitad.

-Está bien, a partir de esta línea es mi zona y esa de ahí, es decir, la contraría a la mía es la tuya, ¿de acuerdo? –El rubio de pobladas cejas, con un pequeño tronco de madera, trazó en la blanca arena de la playa una línea hasta el principio de la oscura selva, donde la tierra sustituía a la arena.

-Pero… ¿No crees que es un poco exagerado? Es decir, ni que esto fuera territorio británico, para que tomes esa decisión.

-Antes no, ahora sí. –Respondió indiferente el inglés.- Seguimos siendo enemigos y aunque seas tú no me puedo fiar, nunca sabes cuándo te pueden apuñalar por la espalda. O peor aún, me fueras a asaltar con intenciones más oscuras que mi magia.

-Ni que fuera a usar mi energía en asaltarte con esa idea. No me gustaría quedarme solo en una isla desierta y caer preso de la locura. Mejor tener un compañero loco que me quite esa posibilidad. Al menos haces el tiempo más ameno, cejotas.

-No me llames así, ¡zopenco! –Zarandeó el palo de madera que había usado antes para trazar su nueva frontera. Con la intención de intimidar al castellano.- Si lo haces te mataré y si lo haces con alguna oscura intención sureña te mataré y te volveré a matar, hasta que mueras. –Siempre tan coherente cuando se encontraba a la defensiva.

-Woa, cuidado, creo que el palo está sufriendo tu fiera ira anglosajona. Qué pena, yo te rescataré "amor mío". –Alzó ambas manos dirección al rubio, colocando una muestra de lamento, dolor y agonía. Se llevó una mano al pecho a la vez que caía de rodillas en la arena.- El estrangulamiento ruin de un hombre que no nos deja estar juntos. Bueno, de un medio hombre mejor dicho. –Apartó el rostro intentando ocultar aquella risa burlona sobre su propio comentario.-

- … Tú eres idiota. Y no hables en castellano, maldito seas. ¡Agh! Me pones nervioso, si te ha quedado claro lo de la línea déjame en paz. Solo me das dolor de cabeza y para colmo, no hay ron de sobra como para ahogar mis penas por tenerte aquí.

-Solo era una broma, una broma. Entonces, a ver que me aclare, ¿todo este trozo es mío, junto con lo que ha caído de suministros, no? –Echó un vistazo, percatándose de que quizás el rubio había cometido un pequeño error.- ¿Incluso la caja de té que hay aquí? Bueno yo no le daré uso, seguro que prende bien como combustible.

-Té… Claro que prende bien el té. Espera. Té. ¿¡TÉ?! NO. DAME ESO. Spain dame esa caja inmediatamente, no voy a permitir como prendas algo tan preciado, caro, delicado y exquisito como el té. –Le amenazó con la vara de madera que aún seguía entre sus manos. No iba a dudar en darle una buena como amenazara a su querido té.- Dame el té. Yo le voy a dar mucho más usos que un patán como tú.

-Oye, oye, baja esos humos. Tú mismo has dicho que esta línea es mi territorio, junto con todo lo que haya en ella, por lo tanto, me pertenece. Y si crees que te la voy a dar por caridad o por tus buenos modales lo llevas claro. Y ahora, si me disculpas, voy a ver si enciendo un fuego y no me muero de frío esta noche.

-No, no. Por favor, no lo destruyas de esa manera, tiene sentimientos.

- ¿Me estás rogando por té, de verdad? Que bajo has caído.

-Que me lo des.

-Me niego rotundamente. Pídemelo como debes y quizás me plantee pensármelo.

-¡Que me lo des he dicho! –Pisó la línea marcada en la playa, haciendo que se borrara un poco.

-Oye, oye, relájate, que no puedes cruzar a mi territorio. Son tus normas, incluso aquí, en una isla desierta eres un corrupto de primera.

-Idiota… paso de seguir arrastrándome, haz lo que quieras. En cuanto vengan a salvarme te dejaré aquí.

Ese fue el fin de la conversación de ambos, ya que Antonio sabía perfectamente que si le continuaba picando la noche se convertiría en un gallinero. Ambos necesitaban descansar, había sido una jornada muy ajetreada. Por lo menos, la noche se pasó en silencio, únicamente con la fauna y el suave ruido de las brasas como música de ambiente.

A la mañana siguiente, solo la brisa del mar fue capaz de despertar a uno de los supervivientes del naufragio. Antonio se levantó mucho antes incluso que el inglés. Se llevó ambas manos a los ojos, para quitarse cuanto pudiera la sal que se pegaba a los parpados o la arena que se amontonaba en sus mejillas. Eso de dormir en la playa no le estaba gustando nada, lo mejor sería durante ese día hacerse al menos un pequeño refugio.

Una vez ya de pie, se asomó a la línea, ya casi borrada por culpa del viento. Si es que había sido una idea muy tonta, pero era de Arthur, así que iba a acorde con su personalidad. El rubio parecía completamente dormido, además de que lo hacía en una posición un tanto extraña, sobre todo porque estaba abrazado a un zurrón.

El español ignoró a su molesto compañero y fue a su parte de la isla para al menos ordenarla o algo. Ya le hubiera gustado a él que su compañero fuera Lovino para que al menos le destrozara su sitio, pero también le alegrara la estancia allí. Mientras recogía se topó con la dichosa caja llena de té, ahora podría deshacerse de esta sin tener al molesto inglés lloriqueándole por tal brebaje. Se le ocurrió una pequeña idea, solo de agradecimiento al rubio por haberle salvado la vida con el boca a boca. Abrió la caja y cogió una pequeña cantidad, suponía que con eso sería más que suficiente.

Tras varios minutos peleándose con la bolsa de té, el agua caliente y el fuego, consiguió servirle el dicho té en un charro de hojalata. No era una taza de porcelana francesa, pero el rubio se iba a tener contentar con aquello. Una vez listo, cruzó aquella frontera artificial y le dejó al lado, sobre una pequeña caja de madera, el recipiente con el té verde. Ya se había saltado muchas normas del propio inglés, por lo que volvió cuanto antes para no sufrir su ira en caso de que se despertara.

Una vez tuvo todo su sitio ordenado, las cajas unas sobre otras y haber salvado lo que podía de los resto del naufragio, decidió aventurarse al interior de la isla. Si por desgracia su estancia se alargaba más de la cuenta, tendría que buscar una fuente de alimento más estable que los míseros víveres rescatados.

Apenas Antonio había desaparecido por el interior de la salvaje jungla, cuando el inglés se despertó de su letargo sueño. Lo hizo porque la arena le molestaba en la nariz y porque, gracias a haber estornudado una vez, consiguió olfatear el delicioso olor a té recién hecho. Se despertó casi de un sobresalto, arrastrándose hacia el vaso y cogiéndolo con casi la misma delicadeza como si fuera de la vasija real.

-Dios… ¿qué hace esto aquí? Bueno mira, no lo sé, pero gracias por aparecer. Como sea un sueño me voy a despertar de muy mala hostia.

Pero no, por suerte para el inglés no lo era. Su delicioso té verde, recién hecho, en su punto perfecto, es como si lo hubiera hecho un maestro. Pero ese maestro no estaba presente, mientras absorbía lentamente la bebida, para disfrutarla al máxima le echó un vistazo a la playa. Ni rastro de Antonio.

-¿Antonio?