Capítulo II: La Sátira de las Probabilidades
—Madge Undersee…
Es mi nombre, lo reconozco claramente mientras se repite hasta el infinito en un eco producto de mi imaginación, y aun así no lo puedo creer. El mundo parece haberse detenido a mi alrededor, todo se paraliza en un latido eterno, mis angustias y miedos palidecen ante la certeza de que ha ocurrido lo imposible: Soy yo.
La condenada soy yo.
La que partirá para no volver, la que morirá este año...
El miedo me domina al punto que siento que me falta el aire, que me voy a desmayar, sólo pienso en lo desagradable que resulta la persecución de los tributos fugitivos y en las represalias que a menudo se toman contra sus familiares, a quienes muchas veces se les prohíbe ir a decirles adiós. Ahora soy yo la tributo pero, como hija del alcalde, continua siendo mi deber dar el ejemplo, además todos los agentes me conocen y, quizá por ello, me dan la oportunidad de avanzar por mis propios medios, al fin y al cabo ellos saben quién soy y yo tengo más que claro que no hay lugar al que huir.
Me aferro con fuerza, casi hasta el punto de dolor, al broche de mi tía Maysilee, y en su recuerdo encuentro la fortaleza para poner un pie frente al otro y avanzar hacia la plataforma, como una brizna de hierba empujada por el viento, sin ninguna voluntad, sin poder asimilar realmente el golpe. Con cada paso que doy siento como me acerco a un ataque de histeria, el miedo apoderándose de mí: mi respiración descompasada, mi cuerpo temblando perceptiblemente y mis piernas parecen haberse vuelto de gelatina.
Entonces hago contacto visual con papá, en su mirada reconozco la veracidad de los hechos, su mueca es de puro terror, pero a la vez está rojo de rabia, de repente iracundo empieza a gritar, a clamar justicia, a pedir por mí, atónita capto por el rabillo del ojos como dos agentes se ponen en marcha para detener el espectáculo que ofrece mi padre fuera de sí, y recuerdo que todo esto está siendo televisado, que mi papá no puede permitirse reaccionar así, por lo que empiezo a correr hasta ellos.
Al salir de mi estupor inicial puedo escuchar tardíamente la reacción de la multitud que me rodea: un ruido generalizado se extiende por la plaza, mezcla de alivio y sorpresa, pero también cierto júbilo, a mi juicio totalmente fuera de lugar, incluso hay quienes le dirigen insultos a papá, otros que le reprochan que no haya pedido justicia para las docenas de tributos de los años anteriores… ¿Es que no lo entienden, entonces era la autoridad y cumplía con su deber, ahora es un padre a quien le arrebatarán a su única hija? ¿Es que les cuesta tanto ponerse en su lugar? ¿Acaso no han pasado por lo mismo y reaccionado igual o peor que mi papá? Ni él ni yo no les hemos hecho daño, no somos culpables de sus padecimientos, la lástima en los rostros de muchos me indigna, pero la expresión de superioridad moral y sonrisas cínicas de tantos otros me asquea.
¿Cómo debería sentirme, si las reacciones de mis conciudadanos me hieren, si mi padre, autoridad máxima en el distrito, en este momento no es capaz de mostrar la entereza y templanza que me ha inculcado desde niña? Papá te necesito fuerte, necesito que seas mi apoyo no que me causes más problemas.
Subo los cuatro escalones a toda prisa, queriendo llegar a mi padre y consolarlo, queriendo aplacarlo, e intentando evitar un escándalo mayor pues tengo claro que los castigos del Capitolio y del presidente Snow siempre podrán ser peores, cuando él totalmente fuera de sí intenta abalanzarse sobre Effie, la escolta lo esquiva con su perenne elegancia dando un par de saltitos graciosos hacia atrás, entonces papá dirige su ataque hacia la gran bola de la cosecha de la que extrajeron mi nombre, el cristal se hace añicos sobre el piso y los dos agentes, ahora coléricos, lo cogen de los brazos, deteniéndolo y obligándolo a ponerse de rodillas, papá sigue luchando y retorciéndose con violencia.
—¡Nooooo! ¡Papá!— Grito, tratando de detener la locura, pero mi grito se desvanece ante el desgarrador alarido de mi padre, luego de ser atacado al mismo tiempo por los tasers de ambos agentes.
El silencio que sigue es sepulcral. Por mi parte deseo ir con él y ayudarlo pero Darius, que no sé de dónde ha salido, se interpone en mi camino impidiéndome acercarme y me hace una seña para que ocupe el lugar que me corresponde. Papá ha sido colocado en su asiento, cual figura decorativa, donde yace inconsciente. No puedo evitar que una lágrima se deslice por mi mejilla, pues temo por el futuro de él, ya que el mío está prácticamente definido, me iré al Capitolio, probablemente no volveré, y de ahora en adelante no tendré noticia alguna sobre su suerte.
Seguidamente Effie retoma su papel protagónico, haciendo malabares por encima de los cristales rotos y las papeletas desperdigadas se dirige hasta la bola de los chicos, supongo que debe estar bastante alterada por todo lo ocurrido hasta ahora, pues no lanza ninguno de sus absurdos discursos, simplemente se limita a leer el nombre del chico:
—Rory Hawthorne.
Y justo cuando crees que las cosas no pueden empeorar, que han tocado fondo, que nada peor puede pasar, lo ves pasar frente a tus ojos. No puede ser él apenas tiene doce años y es hermano de Gale, es improbable que este le permitiera tomar teselas, es insólito siquiera pensar que tuviera más de una papeleta. ¿Qué probabilidad tenía de ser seleccionado? Al igual que yo él no tendría que ir al Capitolio, sólo me queda pensar que a veces las palabras tienen poder. Y en esta ocasión es el poder de castigarnos.
Este año las cosas más extrañas están sucediendo en el Distrito Doce, pero no puedo siquiera meditarlo porque lo que ocurre a continuación, rebasa por completo mi capacidad de asombro, reafirmando mi percepción: no han pasado más que unos segundos cuando Gale se abre paso hasta el pasillo central entre ambos grupos de elegibles haciendo lo nunca antes visto, al menos por mí, con su vozarrón grave e imponente, sereno pero al mismo tiempo desafiante, grita:
—¡Me presento voluntario como tributo!
Su hermano menor, a unos escasos pasos de él lo mira como a un héroe y en su carita infantil se mezclan el miedo, la resignación, la admiración, el orgullo, el alivio y mucho más; Gale le dice algo que no alcanzo a escuchar y el niño, casi al borde del llanto, vuelve a ocupar su lugar sin rechistar.
Effie por su parte, ve en esta acción la oportunidad de remediar el desastre en el que se ha convertido esta cosecha, este debe ser para ella un giro interesante y se aferra a él como un moribundo a su última esperanza.
—¡Vaya, vaya, vaya…! ¡Sube querido! ¡Sube aquí y dinos tu nombre!
Gale se acerca con su expresión más hostil, renuente a seguirle el juego pues es obvio que realiza tal sacrificio para salvar a su hermano menor y no por la gloria y la sarta de estupideces de las que alardea Effie.
Me pierdo por completo su charla, porque me cuesta dejar de mirar al pequeño, que ha roto en llanto, un llanto liberador que yo no puedo permitirme, algunos metros detrás hallo a Katniss, quien comparte la expresión huraña de Gale, y es que cuando están enojados hasta parecen hermanos, es evidente su furia y su inconformidad, y yo quisiera saber qué está pensando, que haría ella en mi lugar. Definitivamente no creo que haya sido de las que se alegró por mi cosecha y supongo que debe temer por la suerte de Gale. ¿Será que se preocupará también por mí?
Súbitamente detrás de nosotros Haymitch se levanta dando palmadas, y tropezando con sus propios pies por lo ebrio que se encuentra, tantas cosas absurdas hoy me han dejado totalmente descolocada, que hasta pienso que todo lo que está ocurriendo debe ser obra de mi imaginación, que probablemente estoy soñando, porque todo esto es ridículo y no tiene sentido alguno.
—¡Mírenlo, mírenlo bien!— grita, intentando pasarle un brazo sobre los hombros a Gale, pero le cuesta una barbaridad, ya que el muchacho le saca más de treinta centímetros de altura y él sigue tambaleante por el exceso de alcohol en su cuerpo.—. ¡Me gusta! Mucho...— No le salen las palabras y se muestra confundido durante un rato, hasta que sus neuronas hacen contacto y logra decir: —¡Coraje! ¡Más que ustedes! ¡Más que todos ustedes!— grita, señalando directamente a la cámara principal.
¿Se referirá a la audiencia o está tan borracho que es capaz de meterse con el mismísimo Capitolio? Nunca lo sabremos, porque, justo cuando abre la boca para seguir, se cae del escenario y pierde la conciencia. Frente a nosotros la multitud, que tan alegre se mostraba por mi elección en la cosecha y que luego se sorprendió por el voluntariado de Gale se encuentra pasmada. Sin embargo, parece ensayado cuando dirigen un antiguo saludo a mi ahora compañero, un gesto rara vez usado de nuestro distrito que suele verse en los funerales; es un gesto de gratitud, de admiración, de despedida a un ser querido y es conmovedor que casi todos los que se encuentran en la plaza se lleven los tres dedos centrales de la mano izquierda a los labios y después señalen con ellos a Gale.
Me escuece un poco notar lo disímiles que son las reacciones de los demás ante la situación que ahora él y yo compartimos, y queda claro del lado de quién están las simpatías, sé bien que preferirían tenerlo de regreso a él y que a su vez la mayor probabilidad está de su lado, pero mejor dejo de pensar en probabilidades pues hoy se han empecinado en ser caprichosas e irónicas.
Mientras a Haymitch lo retiran unos agentes en una camilla, Effie intenta volver a poner el espectáculo en marcha, sin entender nada, extrañada ante la falta de algarabía de la multitud y su deferencia para Gale.
— ¡Qué día tan emocionante, Distrito Doce! Conozcan a sus tributos: Madge Undersee y Gale Hawthorne — A pesar de todo no puedo negar que Effie es muy inteligente, así que asume las líneas que suelen corresponderle a mi papá, nos pide a Gale y a mí que nos demos la mano y cierra oficialmente la ceremonia de la cosecha: — Es el momento de perdonar y también de dar gracias...
La calidez que transmite su piel por el leve contacto es totalmente contraria a la frialdad que me dedica con su mirada directa, sus ojos grises fieros y decididos. Tranquilo, Gale. Para mí está claro el mensaje, ser amigos nunca fue una opción y ahora menos que nunca.
Quien diría esta mañana que yo: Madge Undersee, la correcta y bien portada hija del alcalde, terminaría en los juegos junto al chico que me ha robado el sueño durante tanto tiempo. Estoy segura que nadie contempló esa opción, al menos no yo...
Cuando se acaba todo y nos soltamos los agentes nos escoltan hasta el Edificio de Justicia, entonces vuelvo a sentir el escalofrío y el miedo, no sé qué vendrá ahora, no sé qué harán con papá, temo también por la reacción de mi madre. Son las dos únicas personas que se preocuparían por venir a decirme adiós y no sé si están en las condiciones para hacerlo. Dudo mucho que después de lo que pasó con papá nos hagan alguna concesión, a partir de ahora se acabaron los beneficios y las cortesías, ya no soy más la princesa del Doce. Debo olvidarme de ello pues he pasado de princesa a tributo.
N de A: Querida DarkMatterBlack, seguramente pensaste que había abandonado el fic, pero créeme no es así, se me ha dificultado mucho el poder escribir, pero sé que terminaré todos y cada uno de estos proyectos, sólo espero poder contar con tu recepción al otro lado. Disculpa lo malo, sé que es muy poco para ser tanto el tiempo que has esperado...
Nos leemos pronto.
Cariños...
