ACTO II: "Swinger Complex"

E n otro sitio, un avergonzado muchacho tocaba todas las puertas. ¿Cómo era posible que su novia hubiera desaparecido? EL barco era grande… Pero ni siquiera la hiperkinética Serena era capaz de recorrerlo de proa a popa en solo unas horas. En los otros camarotes sólo recibía mal humor, sonrisas de irónica compasión y una que otra mirada de sincera preocupación.

Darien se sentó un rato sobre el entablado, con la espalda apoyada sobre la pared. Se frotó los ojos y se cogió la frente con desesperación. Las cosas no estaban saliendo bien, nada de bien. Se supone que ellos eran la pareja perfecta ¿Qué estaba haciendo mal? Podía sentir la tirantez en sus gestos, la molesta sensación, parecida a cuando creemos ver moverse algo en la esquina ciega de nuestro ángulo de visión.

Debía afrontarlo. Serena no era igual a él. Podía percibir que se aburría y tal vez lo criticaba por ser tan mesurado, ¿Pero que podía hacer? ¡Era un Príncipe! Desde muy pequeño, la Dríade que cuidaba de él, su madre y su padre, también, le habían inculcado la prudencia, la mesura, la desconfianza, un ligero temor a lo desconocido. Si no fuera por ello, los humanos hace muchísimo tiempo que habrían dado cuenta de ellos. Destruido su Paraíso, Secado su laguna, encerrado a su gente y desentrañado sus secretos. Definitivamente, Serena no comulgaba estos saludables preceptos.

Ella, ahora recién venía a verlo, era una cabeza loca que deseaba lanzarse de rondón por la vida, y no podía o no quería comprender que su postura ante la vida ponía en riesgo a ella y toda su comunidad. ¡Qué ciego había sido! ¿Qué actitud asumiría a la hora de comunicar al Consejo que su elección de Consorte había sido errónea? ¡En miles de años jamás había sucedido! ¿O sería que lo habían disimulado muy bien?

-Disculpe… - Una voz suave como terciopelo y melodiosa como el canto de las aves se adentró en su oído – perdone que lo moleste señor, estoy buscando a mi hermano.

Él levantó la vista. ¡Ah! La muchacha de cabellos color ala de cuervo. La había divisado en el Comedor hace unas horas. Tenía fina y altiva cabeza de gacela, ojos color oscuro, casi violeta y una piel pálida, como de porcelana. Sus modales parecían finos, sobre todo si se los contrastaba con el animoso gandul que comía con ella. ¡Otra pareja dispareja! Se dijo en su mente, con sorna. Ella sonrió, como si hubiera podido escuchar su broma interior. Sus ojos no se apartaban de sus labios. ¡Es verdad! Aún no le daba una respuesta.

-¿Dijo, "Su hermano"? Lo lamento, creo que no lo he visto… -musitó, perdida la concentración por sumergirse en esa mirada tranquila, que parecía un pozo de aguas profundas y calmas – de hecho; yo también estoy intentando encontrar a una persona perdida… mi prometida Serena.

Rei también sentía perderse en los ojos azules del desconocido. Había magnética serenidad, seguridad y un toque de desafío. ¿Tendría acaso algún cargo de autoridad en su comunidad? No parecía habituado a los imprevistos, ni a que lo importunaran con pequeñeces.

-¿Será que ellos…?- se detuvo en forma abrupta. No podía decirle a este hombre que tal vez su hermano estaba con su novia. Movió la cabeza, con auto reprobación. – no es nada, olvídelo.

-Entiendo lo que insinúa. No se preocupe, también lo pensé. Por un lado sería reconfortante saber que ella no se encuentra sola. Es su primer viaje fuera de nuestro pueblo, y creo que podría estar confundida y asustada si acaso se ha perdido. -Tal vez deberíamos buscar los juntos – Rei sonreía mientras le ofrecía una mano al hombre, el cual la aceptó y se puso de pie. Ahora le era más difícil mirarlo a los ojos. Era al menos un palmo más alto que ella.

Darien se sintió extrañamente reconfortado. Tener alguien que compartiera su inquietud y su búsqueda lo complacía. Se sentía menos solo y menos burlado por el destino. También esbozó el fantasma de una sonrisa a su acompañante. Mientras caminaban por largos corredores y pasillos, le hizo, tímidamente algunas preguntas.

-Sí, somos italianos, nuestra familia siempre ha estado ligada al mar- respondió Rei con secreto regocijo – no concebimos la vida sin la cercanía del océano.

-Es curioso, yo siento mismo de del paisaje boscoso y siempre verde de la Selva Negra – replicó él – el verdor, la humedad, la fina neblina que vivifica todo, las flores gigantes y salvajes, cubiertas de rocío…

-Me gustaría verlo aunque fuese sólo una vez… - dijo la muchacha, cerrando por un segundo los ojos para "imaginarse" los recuerdos del hombre en su mente – Sí, debe ser muy hermoso. El fondo del mar también es maravilloso.

-¿Bucea acaso Usted, Srta. Rei?

-Muy a menudo, en verdad, me declaro adicta – señaló ella, riéndose un poco– A veces, yo siento como si pudiera respirar bajo el agua y pudiera hablar con todas las criaturas del fondo marino.

Él la miró sorprendido. Por un segundo le pareció que ella no bromeaba. ¡Imposible!

Mientras, en otro extremo del barco…

Seiya arrastraba a su hermosa desconocida por un pasillo que había creído reconocer.

-¡Aquí! Exclamó con voz triunfal. Habían bajado un par de pisos hacia el vientre de la embarcación, y aunque la amplia estancia estaba en semi penumbra, la alegría y la música la hacían brillar.

-Había escuchado que los italianos no podían estarse sin bailar, pero creía que era sólo un mito…

La alegre "tarantela" llenaba el aire, Serena se sintió enganchada por el brazo y sumergida en la vorágine de sensaciones, que la danzante marea humana le transmitía en medio de su regocijo.

Alrededor de una hora más tarde, Seiya y ella estaban intentando recuperar el aliento, agotados, pero su ropa ya estaba perfectamente seca. Pero ¡Ay! Obviamente, la alegría no podía ser completa.

-¿Qué sucede, preciosa? - los vibrantes ojos azul noche la interrogaban con preocupación.

-Siento… siento que voy a desmayarme – En verdad, una creciente languidez se apoderaba de sus miembros – Comí muy poco al almuerzo - recordó avergonzada.

-"¿Cosa? ¡Eh, amici! ¡Calzone per la signorina! ¡Presto, súbito!" (4)

-"¡Vola calzone!"(5)-

Una sonriente matrona le tiró por los aires una envoltura misteriosa al muchacho, que la acercó a la boca de Serena. Ella la mordió con apenas una pizca de sobresaltada desconfianza. Una masa suave pero crujiente se fracturó bajo sus dientes, llenando su boca de una deliciosa mezcla de carne, salsa de tomates, y sabrosas especias tibias. Se sintió revivir.

-Te volvieron los colores, ¿No? – Aseveró el sonriente muchacho.

-"¡La forza dil pomodoro!"(6)- Rieron los italianos.

Luego una bandeja cargada de "calzone" comenzó a circular entre los impenitentes bailarines, que devoraban a dos carrillos el manjar de su madre patria. Tras repetirse cuatro veces, la mente de Serena pareció recordarle algo… ¡Darien! Darien iba a matarla…

-Debo encontrar mi recámara – musitó, compungida.

-Te ayudaré. Después de todo, como ángel salvador debo hacer el trabajo completo ¿no?... – gritó hacia la sonriente multitud que volvía a rascar el entablado al compás de la música: "¡Grazie Mile!"(7) Y se volvió hacia ella, cogiéndola de la mano y guiándola de nuevo hacia el laberinto interminable de entrañas del gigantesco navío.

Rato después, ya habían recorrido varios pisos de habitaciones, estaban algo mareados de tanto subir, subir y recorrer, cuando en un recodo pasó lo imprevisto:

-¡Serena!

-¿Darien?

-¿Qué haces con ese muchacho?

-Yo… eh… Los estábamos algo perdidos y nos encontramos y decidimos buscar mis habitaciones juntos… ¿Y tú, qué haces con esa señorita?

-¡Hermana! - Exclamó Seiya y se abalanzó sobre Rei, quien pareció visiblemente molesta de su efusividad.

-Estábamos precisamente haciendo eso, buscándolos – respondió Darien – y por lo visto ya hemos logrado nuestro objetivo – agregó, mirando ligeramente apenado al ver marcharse a los italianos – No vuelvas a salir sola, Serena, tenemos un compromiso para cenar esta noche.

-Perdóname… - dijo la chica rubia, con voz apenas perceptible, mientras era arrastrada de nuevo a la monotonía y el tedio, que gobernarían de aquí a futuro su existencia.

Por la noche las mil y una luces del transatlántico hacían mella de la oscuridad y triunfaban de ella. La Cena Bailable, era una tradición náutica difícil de evadir, ya que como mínimo, todos los huéspedes de mayor alcurnia y mediana cuna, debían asistir al Gran Comedor, salvo que desearan pedir servicio a sus habitaciones.

Sin quererlo o poder evitarlo, Serena se había ataviado con coquetería. Pero inconscientemente, no estaba pensando en Darien cuando se enfundaba en el vestido de satín con amplia falda arrepollada, cubierta de tul y ornada de lazos color de rosa y delicados capullos de flores artificiales de seda. No era su Príncipe prometido el que la inspiraba a peinarse con esmero, a maquillarse y a ponerse perfume. No. Su mente divagaba… la imagen de Seiya se paseaba por su mente, bailando, riendo… semi desnudo y con la ropa mojada… un calor desconocido y febril le arrebolaba las mejillas. Se sentía en pecado, aún sin haber hecho nada… ¿Acaso no debía sus pensamientos al que sería su Señor?

Pero no podía evitarlo. Su ser completo, su alma volátil, la esencia misma de su espíritu… pensaban en Seiya. Si sus pensamientos pudieran llamarlo. Un hechizo mágico lo habría logrado con facilidad, pero, obviamente, no podía hacerlo. Empero, un hechizo sencillo de olvido podría borrarlo de su mente y quitarle esa inquietud – se dijo – pero tampoco quería recurrir a ello. Tal vez sería su pequeño secreto, alimentarse de los efímeros y fugaces recuerdos que tejieran juntos, le servirían de consuelo cuando la vida se le hiciera adversa o insípida. Suspiró con desaliento.

Con destino la Mesa de Oficiales, llegaron a puerto con puntualidad inglesa. Darien sentía un gran alivio de ver volver las cosas a su normal curso. Todo sería perfecto, si no hubiera sentido, en un pequeño recodo de su espíritu, que algo le faltaba. Se examinó de un vistazo. Elegante tuxedo negro, camisa blanca, gemelos de oro, corbatín, sombrero de copa, zapatos impolutamente negros y brillantes. Acompañante cogida de brazo, arrebatadoramente hermosa. Los ojos de Serena estaba radiantes y sus mejillas sonrojadas. Pero parecía que su espíritu también se encontrara a kilómetros de distancia.

¿Qué sería este súbito mal, que ensombrecía esta jornada perfecta? Nada. Por más que buscara mentalmente el detalle que le hacía sentir carente, no lo encontraba. Movió la cabeza para espantar las locas ideas, impropias de su regia persona. Pero entonces… sus ojos se encontraron con los de ella. Ella, Rei Disirenes. Su traje de fiesta rojo como la sangre, que hacía que su piel pálida tuviera el color de la nieve y contrastara violentamente con el negro azabache de su cabello. Sus ojos se quedaron otra vez sumidos en la modesta elegancia natural de la mujer, cuya majestuosa forma de moverse, la hacía parecer una princesa. Nada parecido a los andares de pato de su novia, que tropezaba con facilidad y lo arrastraba consigo a veces, haciéndole pasar vergüenzas, por su poca experiencia de fluida caminata.

No era justo compararlas, pero… A la hora de baile, la pudo ver, danzando esplendorosa, ora con su hermano, ora con algún sonriente y encantado desconocido. Ella apenas esbozaba una parsimoniosa y lejana sonrisa para ellos. Ahora, Serena bailaba con él, pero no sentía empatía alguna con ella, a pesar de que siempre había oído que el baile unía a las parejas. No sentía disfrute alguno al sentirla adherida a su cuerpo, como una lapa fría sobre un delfín. La mirada de su novia, abstraída, parecía perderse en un punto lejano.

Serena miraba a Seiya. De reojo claro está. Lo veía tan impoluto en su traje de noche, de punta en blanco, pero sin perder la alegría que lo caracterizaba. Bromeaba y reía con sus ocasionales compañeras de baile, con tanta gracia y donaire… Obviamente ya ni siquiera recordaba los sucesos que habían vivido juntos en la tarde. Un rictus de desilusión se enseñoreó de sus facciones. Decidió enfocarse en lo que ya era suyo, y bailó con esmero, poniéndole más atención a su novio que de costumbre. Por dentro, una cosa ácida la corroía, la amargura de la desilusión. Pensaba que los momentos que habían compartido, los había acercado, pero sólo había sido un brevísimo interludio en que sus vidas se habían cruzado… Nada más. ¡Humanos! Se dijo.

Seiya miraba a Serena. Había tanta vida en ella y tanto contento que se sintió avergonzado. Por un instante había creído que lo que habían compartido había sido especial para ella, y se había considerado con derecho de luchar por lo que sentía. De lograr que su novio la dejara libre… ¿Para qué? Si ya era feliz con él. Ya tenía a su lado todo lo que necesitaba. El motivo por el cual se encontraba sola y escalando por el barandal sería aún un misterio. ¡Humanos! ¿Quién los entiende? Si al menos en otra tribu submarina hubiera alguien parecido a Serena… Su luz había tocado traicioneramente la puerta de su corazón y se había marchado en volandas, olvidándolo y dejándole cautivado en el proceso.

Pasaron varios días. Los cuatro personajes, con gran dificultad podían coincidir, entre la marea humana que pululaba por el Trasatlántico, salvo las noches de Baile de etiqueta, donde cada vez parecía encenderse más intensamente la animosidad de unos contra otros, prisioneros de sus propias aprehensiones.

De pronto, llegó el momento en que al interior de la muchacha de origen alemán, la caldera que bullía bajo su piel, simplemente necesitó una vía de escape, puesto que amenazaba con explotar. Escapó otra vez. Darien sólo lo supo un par de horas más tarde, cuando quiso invitar a su prometida a dar un paseo por la cubierta.

Serena casi corría por los pasillos, buscando el sector asignado a los italianos. Sabía que ahí debía estar o tal vez no, pero al menos, la actividad febril le venía mejor que el desgano ocioso. Con todo y su falta de orientación, llegó a la estancia donde día y noche se bailaba alegremente la tarantela. Luego de dar varias vueltas del brazo de sonrientes desconocidos, logró que alguien, por fin, entendiera que estaba buscando a alguien, en concreto, a Seiya Ditritonis… devorando un par de "calzone" por el camino, un niño de cabello rizado y tez aceitunada le indicó una puerta.

-Seiya – le indicó, mostrándole una puerta, seguido de una larga monserga en italiano de la que pudo poco y nada comprender.

La muchacha sintió que le flaqueaban las piernas. ¿Qué se supone que estaba haciendo? ¿Qué iba a decir? ¿Con qué pretexto estaba golpeando a la habitación de un joven soltero que apenas conocía? Se dio media vuelta para marcharse, compungida. Pero entonces… ¡Ah! Una súbita rebeldía, un impulso de esos que pocos hay en la vida, de esos que hacen que alguien se juegue el todo por el todo, la obligó a empuñar los dedos de la mano y tocar con energía. Unos ruidos leves le llegaron con nitidez desde el otro lado.

-¿Rei? ¿Eres tú? ¡Condenada! Te dije que me dolía la cabeza y que necesitaba que me dejaras dormir un par de hor… El joven, atónito, enmudeció de golpe. Las ideas se vinieron en tropel a su cabeza, haciendo que esta hiciera cortocircuito y por unos segundos que le parecieron interminables, simplemente contempló a la mujer que yacía a centímetro de él, apoyada en el dintel de su puerta. Sus hermosos ojos celestes bebieron de los suyos y luego vio como ella se sonrojaba violentamente y daba vuelta el rostro.

¡Santa Madonna! Se dijo Seiya, al recordar que llevaba sólo puesto el pantalón. Le hizo un gesto vago a Serena y cerró la puerta, sintiendo en sus mejillas idéntico calor. Segundos después salió del cuarto, totalmente vestido.

-Perdóname, Señorita Serena, creí que era mi hermana… - comenzó a decir – pero luego, se sintió envuelto en un abrazo cálido e inesperado.

-Te extrañé – le dijo la voz de ella, apagada por estar su rostro apegado a la camisa a rayas que se él había puesto con celeridad – No sé que embrujo pusiste sobre mí, sé mucho de magia, pero esta no la conocía… no puedo dejar de pensar en tí…

-No parecías extrañarme tanto cuando bailabas con tu prometido – la regañó él, intentando que su voz sonara con naturalidad, pero ya su corazón se había desbocado y latía dolorosamente, con la punta de los dedos tomó el rostro de ella para elevarlo y poder contemplarlo, y se sobresaltó al comprobar que estaba lleno de lágrimas.

-Fui una tonta… pensé que ya ni siquiera recordabas mi nombre – sollozó Serena.

-¿Qué historia es esa de que sabes de magia? – Esas palabras le habían quedado dando vueltas más que nada.

-Perdóname por no ser sincera contigo… es que no podía confesarle todos mis secretos a un desconocido. Yo…

-Espera, salgamos de este pasillo primero – le dijo él, guiándola por los laberintos del barco, llevándola a la misma cubierta desierta donde había comenzado todo.

-¿Preparado? Sin saber para qué, y levemente temeroso de la revelación, Seiya asintió, moviendo la cabeza de arriba a abajo, como si sus finos rasgos romanos estuvieran apenas sujetos por un hilo muy fino.

-"Mein Wunsch ist es, zu fliege"(8)- Dijo Serena en voz clara, dándose un pequeño impulso para saltar.

Apenas estuvo en el aire, en un segundo, dos alas translúcidas aparecieron, como si fuera polvo plateado líquido que manara de su espalda. De inmediato comenzaron a abanicarse y la mantuvieron suspendida en el aire, haciendo que su cabello se agitara, devanado en hebras de oro al viento.

-¡POR LAS BARBAS DE ZEUS! Eres, eres…

-Sí, soy un hada mágica. Los bosques de la Selva Negra están habitados por Elfos, Duendes y Hadas. No es algo que pueda contarle a cualquiera - suspiró con desaliento.

El chico se sentó en el suelo, impresionado. En verdad necesitaba algunos segundos para reponerse.

Mientras, en otro sitio del barco…

Darien no podía apartar los ojos de la felina figura en traje de baño, que tomaba el sol y bebía un jugo en una reposera de la cubierta. Carraspeó para poder salir del encantamiento, y sintió un leve dolor al romper la ilusión del momento.

Rei se quitó las gafas del sol y lo miró. Por primera vez lo veía vestido informal, la camisa suelta, la bermuda de gabardina y las sandalias lo rejuvenecían.

-¿Puedo ayudarle en algo, señor Grunwald?

-Sólo llámeme Darien, el señor Grunwald era mi padre.

La muchacha rió con risa cristalina por la pretensión del joven. Él la observó en silencio, complacido y vivificado por verla sonreír.

-Bueno… Darien – se le hacía raro llamarlo por su nombre nada más – ¿Me dirá en qué puedo ayudarle?

-Ehmm…. He vuelto a perder a mi prometida, señorita… digo, Rei.

Una sombra velada pasó por los ojos de la muchacha. -Con mi hermano no está – replicó con voz un poco áspera por la desilusión de saber que sólo buscaba a la rubia loca de su novia – La última vez que vi a Seiya, él estaba durmiendo en su cuarto – observó como las facciones él se relajaban con alivio, y con asombro, lo vio sentarse en una silla de playa a su lado.

-Creo que me quedaré un rato a disfrutar de la brisa marina, si no es molestia- declaró con una sonrisa y le hizo señas a un camarero para que le trajera una bebida.

-¿Y su prometida?

-Cuando le de apetito aparecerá – replicó el joven moreno, divertido – Serena tiene el apetito de un oso siberiano.

Ambos rieron de la ocurrencia.

Al otro lado del barco, empero, las cosas se complicaban.

-Es imposible – murmuró Seiya, mientras las frágiles y nonatas ilusiones que se habían hecho paso a través de su cerebro, morían asfixiadas, ahogadas bajo el peso de la realidad. Se puso de pie como pudo, aún abrumado, sintiendo la cabeza pesada, como si hubiera recibido un mazazo.

-Tu novio, también es… ¿hada? – preguntó, e inmediatamente la vio asentir en silencio, con la pena y un naciente temor volviendo a tomar cuerpo de sus facciones hermosas – Entonces, no hay nada más que decir – agregó, tomándola de la mano y haciéndola descender.

Las alas se evaporaron en el aire, como por ensalmo – Debes volver a donde perteneces, y a quien perteneces – concluyó con desaliento.

Serena sentía la suave calidez de la mano de él en la suya, y la ternura del gesto, contrastada a la dureza de sus palabras le hacía daño.

-¡Pero Seiya! Muchos humanos han encontrado el amor entre los seres mágicos, ya ni siquiera está vedado por nuestras leyes, siempre que guarden el secreto…

Seiya deseó ardientemente ser un ser humano en ese momento, renunciar a todo lo que era, con tal de verla sonriente y feliz de nuevo, pero, por su pueblo, no podía. Se debía a su gente.

-Yo… no deseo estar contigo. Quiero que vuelvas con tu novio y te olvides de que existo.

-Seiya… - las lágrimas brillantes y nacaradas como perlas del hada mágica comenzaron a manar y a quedarse suspendidas en el aire, como diminutos diamantes – Yo creí…

-Un humano tal vez, podría dejarlo todo por estar contigo, pero yo… yo no soy humano.

Ella se volvió a mirarlo, temerosa, y aún sin salir de su estupor, preguntándose qué clase de criatura podría ocultarse en verdad bajo el aspecto de ese guapo y alegre doncel que había enamorado tan fácilmente a su espíritu. ¿Y si era un troll o alguna criatura horrenda o enemiga de las hadas? Sin poder evitarlo, simplemente, se alejó con rapidez, intentando perderse en el laberinto de pasillos y corredores, intentado no pensar más en que tenía el corazón destrozado, y debería enterrar los despojos heridos para siempre y fingir que era una esposa digna del Príncipe de las hadas… y que era feliz.

Seiya se obligó a no seguirla. Su corazón apenas latía, conmovido dolorosamente, y apenas ella se hubo marchado, de sus ojos comenzó a bajar la sal, se aferró al barandal del barco y lloró desconsoladamente, como un niño pequeño. Le había hecho daño, la había herido, lo veía claramente, y de había destrozado a sí mismo en el proceso. Pero era lo mejor para todos, era lo correcto. Pero… si era lo correcto… ¿Por qué dolía tanto?

Glosario:
4. -"¿Cosa? ¡Eh, amici! ¡Calzone per la signorina! ¡Presto, súbito!" = Traducido del Italiano: "¿Qué? ¡Eh, amigos! ¡Un calzone para la señorita! ¡Vámos, rápido! 5. -"¡Vola calzone!" !" = Traducido del Italiano: Vuela un "calzone". 6.-"¡La forza del pomodoro!"(6) = Traducido del Italiano: ¡La fuerza del tomate (para salsa)! 7.- "¡Grazie Mille!" = Traducido del Italiano: ¡Muchas gracias! 8. -"Mein Wunsch ist es, zu fliege" = Traducido del alemán: Mi deseo es volar.