Historia original: The One With The Wedding, de alwayswritewithcoffee


Para cuando Rick se abre camino entre la gente, e incluso por encima de algunos, está casi sin aliento por el esfuerzo y la adrenalina que le demanda que se mueva más rápido, que encuentre a la mujer que acaba de dejar plantado a su prometido en el altar momentos después de pronunciar su nombre. Qué fuerte. Kate Beckett ha dicho su nombre en medio de sus votos nupciales. Esta idea recorre su cuerpo como un relámpago, provocando una ridícula risa de maníaco mientras carga contra las puertas dobles.

El conserje ya está en el otro lado, con expresión contrariada y desaprobador lenguaje corporal que aumenta cuando Rick ve el destello de tela blanca desaparecer a la vuelta de la esquina por el pasillo que da a los ascensores.

– ¡Beckett!

Se da cuenta de las miradas (algunas divertidas, otras desaprobadoras como la del conserje, y otras simplemente intrigadas) que le siguen, pero a Rick no podrían importarle menos. Atraviesa el vestíbulo del hotel más lujoso de la ciudad como un hombre poseído, esquivando a un botones que empuja un carro para equipajes y casi volcando a una anciana mujer que es escoltada tras él. A sus espaldas puede oír los gritos de alarma, las pisadas de los que sospecha son guardias de seguridad dándole caza para evitar que aterrorice el interior del lugar y escandalice a los huéspedes.

Rick se presiona para moverse aún más rápido, equilibrándose con una mano en el muro mientras da la vuelta a la esquina hacia donde sospecha que se dirige ella, gruñendo al notar la protesta de su rodilla izquierda al patinar por el suelo embaldosado. Está seguro de que pagará por ello mañana, tal vez incluso esa misma noche, pero eso no le detiene. No cuando puede verla, con la tela color marfil brillando, con un delicado cinturón que le abraza la cintura y elaboradas joyas que él estaría dispuesto a apostar que eran un regalo de bodas.

– ¡Kate!

Ella ya está dentro del ascensor cuando él consigue reunir el aliento suficiente como para llamarla, quedándose congelada en el lugar con los ojos desorbitados al oírle. Él no para de correr, bebiendo de la vista de una mujer sobre la que no ha posado los ojos durante trescientos cuarenta y siete días. El vistazo es breve, ya que las puertas se cierran antes de que ninguno de los dos pueda reaccionar. Castle hunde los hombros en un gesto de derrota, pateando la puerta con tanta fuerza que rayos de dolor le recorren el pie, lo que solo sirve para agravar el flato en su costado. Después de esto, definitivamente va a hacer más ejercicio.

Rick toma esa decisión mientras sus ojos observan los números sobre la puerta, el dedo apuñalando el botón de llamada del otro ascensor. Ha renunciado a ella dos veces, permitiendo que Kate Beckett se deslizara entre sus dedos hacia una relativa felicidad con otro hombre, pero nunca ha estado cerca de superar sus propios sentimientos. No tiene ninguna intención de perderla por tercera vez.

El ascensor le deja en el decimoctavo piso. La calma que reina en el pasillo resulta casi inquietante. El abrupto cambio es suficiente para convencer a Rick de que necesita respirar hondo para tranquilizarse; para detener el frenesí de su corazón mientras cuenta hasta diez. No le sirve de nada en cuanto abre los ojos, el fuerte pulso de vuelta a retumbar contra sus costillas ante la imagen de la suave sonrisa de Kate Beckett. Ella está apoyada contra el muro, observándole en silencio. Es tan guapa como recuerda, el pelo un poco más claro con reflejos de color caramelo que hacen que su piel brille. Sus ojos parecen incluso más verdes de lo que Rick puede recordar. Le quita el aliento, lo que es toda una hazaña, ya que todavía está intentando recuperar el control de sus pulmones tras su carrera de los cien metros lisos, categoría vestíbulo.

– Kate – Rick susurra su nombre como una plegaria, con los ojos azules brillando de felicidad al ver que ella le ha esperado.

Se mezcla con la memoria de la dulce y melodiosa forma en la que ella ha dicho su nombre delante de los invitados antes. Es la primera vez que ella decía su nombre con algo que sonaba como amor, y él nunca lo va a olvidar. No puede. Incluso si todo se va al infierno, él se irá a la tumba pensando en esa declaración.

– Te quiero – dice ella suavemente, con una mirada dulce, como alguien que ha llegado hace tiempo a la conclusión de la inevitabilidad de sus palabras.

No hay ni rastro de ansiedad en su cara, ni nerviosismo que haga que tiemblen sus dedos y le altere la respiración. Está tranquila y en calma; serena con una expresión de desnuda alegría bailándole en el profundo verde de sus ojos que centellean, el rosado color de sus labios incitándole con una sonrisa.

– Te quiero y soy una completa idiota por esconderme de ello.

Su absoluta sinceridad le hace reír en el mismo instante en que le hace valiente, llenando a Rick del coraje que necesita para dar un paso adelante.

Lo que sea que Kate fuera a añadir se pierde, disolviéndose en la nada excepto el seguro movimiento de su boca contra la de él. El beso es tan apasionado como dulce; la disculpa y el alivio decorando cada caricia de sus labios, cada roce de sus dedos contra la cara del escritor.

– Kate, Kate, Kate…

Rick no puede evitar entonar su nombre cuando se separan, sus anchas manos acunando su rostro, depositando diminutos besos contra su piel. En su frente, en la punta de la nariz, en ambos párpados, de nuevo en sus labios mientras ella le rodea la cintura con los brazos. Una manera de asegurarse de que no se vaya a ninguna parte, piensa Rick. No es que planee moverse de donde está, de todas maneras.

La tercera vez en su vida que besa a Kate Beckett es perezosa, una exploración que comienza simplemente porque él no puede negarse la oportunidad de saborearla otra vez, de aprender exactamente qué es lo que le hace exhalar de placer, lo que hace que sus dedos se curven alrededor de las solapas de su traje.

La segunda vez en su vida que le dice a Kate que la quiere es tras ese tercer beso, susurrando mientras le aparta un mechón de pelo de la cara.

– Te he querido durante bastante tiempo, en realidad.

Y está seguro de que no hay mayor alegría que observar aparecer esa preciosa sonrisa por su cara, sus labios de nuevo buscando los de él para otro lento beso.

– Lo sé, Castle. Lo sé.


Fin