Capítulo 1
Hace seis años
Apartamento de la Dra. Quinzel
9:15 a.m.
Delicados nudillos martillaron la puerta tres veces. Exactamente tres veces
Olvidando por un momento lo que aquel nimio detalle podía significar, tanteó por debajo de la almohada vecina, deslizando las manos como arañas en busca del Guasón.
Una parte de sí se alegró de no encontrarlo, pero la otra sintió nostalgia y un deje de soledad. Realmente la compañía de Él le agradaba.
Levantó los párpados violentamente, dirigiendo al techo un par de claros ojos azules. Se dio un momento para aspirar su aroma, y regocijarse con los recuerdos de lo ocurrido la noche anterior. Una traviesa sonrisa se formó en sus labios al ver las sábanas blancas manchadas con pintura roja y negra, blanco también y aunque no se notaba, ella lo sabía.
Se levantó, mientras golpeaban la puerta de esa forma particular una vez más. Cuidó no estirarse demasiado al desperezarse, precaviendo de no abrir las inestables heridas que tenía en el estómago. En la mesa que estaba junto al espejo, a los pies de la cama de dos plazas, había un florero morado, y en él, la única rosa morada. El esperado mensaje colgaba de sus espinas:
"Volveré a verte. Pronto.
G.-"
Esas escuetas palabras eran suficiente. Cerró los dedos alrededor de la rosa, arrugando el mensaje, sin importarle que las espinas se clavaran en su palma. Porque era de él, era dulce veneno que él había dejado con amor para ella.
Con una inconciente sonrisa insana, dejó su regalo sobre la mesa y se dirigió a la puerta. Reprimiendo un bostezo, la abrió sin mucha ceremonia.
Y si aún quedaba algo de sueño, la imagen que se ofrecía en el umbral de la puerta la despertó del todo.
Tres golpes en la puerta con los nudillos. Debía recordarlo.
- ¡Harleen! – y un par de huesudos brazos la apresaron, dejándola sin aire.
- ¿Ma… má? – boqueó, confusa. La satisfacción que la embargaba se esfumó con prisa.
La mujer se despegó de ella, apretándola las mejillas.
- ¡Cielos, Harley! ¡Estábamos tan preocupados por ti cuando nos llamó tu supervisora! – la señora Quinzel se separó unos centímetros de ella, examinándola de arriba a bajo. Sus ojos, exactamente iguales a los de Harleen, se detuvieron en las diversas cicatrices esparcidas por sus piernas, en uno que otro corte que la camisa con que dormía permitía ver, y finalmente, en su abdomen, donde estaban las recientes y más letales heridas que el Guasón había provocado. - ¿Te sientes bien, mi niña? ¿No necesitas nada? ¿Tienes miedo?.
Retrocedió, permitiendo que su madre se adentrara en el departamento, mirándola confundida, frunciendo el ceño.
La presencia de su madre era realmente… inesperada. No la veía desde la última Navidad, cuando fue a visitarla a ella y su padre. No se preocupaba por mantener una relación fija con ellos, y no les había mencionado una palabra de su asignación al caso del Guasón y posterior escape, ocurrido hace un par de semanas.
Sin embargo, la noticia ya había recorrido casi todo el país, y la doctora Leland, seguramente preocupada de la obsesiva fijación que el payaso sicótico había desarrollado por su siquiatra, habría llamado a su madre.
Un gran error, sin duda.
Intentando asimilar esa súbita visita, se percató de dos cosas que no le gustaron; había una gran maleta negra en el suelo, a la derecha de dónde su madre estaba de pie unos minutos atrás, y al otro lado, se encontraba una muchacha de no más de catorce años, con una mochila colgando de uno de sus hombros.
Frunció el ceño aún más, mirando a la chica.
- ¿Y tú quién eres? – preguntó. La señora Quinzel se volteó levemente.
- ¡Ah, si! Lo olvidaba – murmuró con una sonrisita en los labios. Entró su maleta, cerrando la puerta, y tomó a la joven por los hombros, posicionándola delante de ella. – No esperaba que la reconocieras, puesto que la última vez que la viste era muy pequeña – hizo una pausa para tomar aire – Ella es Amanda Ryder, nieta de tu tía Ellen, hija de tu prima Meredith. – la muchacha se mantuvo con el rostro inexpresivo. Era alta, sumamente delgada, de cabello negro liso y ojos oscuros, nada más diferente que el cabello rubio y ojos azules de Harleen y su madre.
Amanda… sí, recordaba a su tía Ellen (por desgracia), y también a su quisquillosa y sumisa prima mayor, Meredith. Pero a su hija no la recordaba.
- ¿Y para qué la trajiste? – le espetó a su madre, no muy segura de querer saber la respuesta.
- Meredith estaba visitándonos cuando recibimos la noticia. A propósito, te manda saludos y espera que te recuperes pronto. Meredith propuso que Amanda viniera conmigo, y yo no me opuse. Además, Amanda quería conocerte y ver cuan exitosa eres – miró maternalmente a la muchacha, apretándole una mejilla.
Las miró, incapaz de creer que eso era cierto.
- Bueno, será mejor que preparemos el desayuno. Debes comer, Harley, estás muy delgada. Amanda, lleva mi maleta y tus cosas a la habitación de huéspedes. – Amanda obedeció sin decir una palabra.
- Espera, no pretenderás que las hospede aquí, ¿verdad? – preguntó a su madre, quien se encaminó a la cocina para preparar la comida.
- Harley, nos las arreglaremos. Amanda trajo consigo su saco de dormir, podrá dormir junto conmigo. Necesitas a alguien que te cuide, mi niña. Además, Amanda es una niña muy simpática – explicó, sacando platos y tazas.
- Pero…¡Madre! – se llevó una mano a la cabeza, desesperada.
No podía dejarlas convivir allí con ella, no en ese lugar dónde el Guasón podría aparecerse cualquier noche y…
- Ya está decidido, Harley. No te arrepentirás – la mujer mayor le dio la espalda, abriendo la alacena en busca de azúcar y café.
Harleen se tragó un chillido de frustración. Indignada irrumpió en su habitación, cerrando la puerta con estrépito. El florero tembló al sentir la vibración que retumbó por toda la habitación.
Sentía la picazón en la palma de la mano. La miró. Comenzaban a salir pequeñas gotas de sangre. Él le había enseñado el valor de su sangre. Tan sólo sentarse a ver cómo el espeso líquido emanaba de ella cada vez que la hería, concentrado en ello, jugueteando con la sustancia roja.
Harleen se presionó los bordes de la herida, permitiendo que la sangre saliera. Depositó la mano sobre el espejo, esparciendo la sangre sobre la superficie mientras deslizaba la mano hacia abajo.
Con los dedos dibujó las iniciales "H" y "G" encerradas en un rojo corazón.
Nadie le iba a impedir que viera al hombre del cual estaba enamorándose.
∞*∞
Hace seis años
Apartamento de la Dra. Quinzel
Esa misma tarde
Suspiró.
Hizo rodar el lápiz por la superficie lisa de la croquera. No iba a dibujar nada ese día, por más que siguiera garabateando la hoja.
Ciudad Gótica era como cualquier otra ciudad. Los transeúntes iban y venían apresurados, sumidos en sus propios y aburridos asuntos. El exceso de automóviles provocaba atracones en las calles de la ciudad a determinadas horas, estresando a los ciudadanos.
Ciudad Gótica, en apariencia, era como cualquier otra ciudad. Exceptuando ese atractivo que la diferenciaba de las demás, el encanto propio de Gótica. Su enmascarado vigilante. Batman.
Pero a ella no le llamaba la atención el cuero, o hule, o plástico negro, ni que algún tipo demente arriesgara su vida para salvar la de los otros. Sino que era su… ¿rival?. El Guasón.
En un mundo globalizado, las noticias llegan a todos los recovecos. Había visto por los noticieros las crueldades que el hombre disfrazado de un perturbado payaso había hecho a la ciudad unos meses atrás. Había visto, sentada entre mamá y papá, los videos sicóticos que enviaba a las señales televisivas, había escuchado su risa, había profesado sus credos. Lo había seguido día a día, esperando qué nuevos juegos haría participar a los ciudadanos de Gótica, qué nuevas trampas le tendería a Batman y la policía. Hasta que lo atraparon.
Sin embargo, durante esa visita a la casa de los tíos de su madre, había escuchado los detalles que los noticieros no decían. Que una pariente suyo, prima de su madre, había tenido el privilegio de tratar al Guasón en el Asilo Arkham. Que era la siquiatra, y ahora que se había escapado, la estaba acosando, llevándola cada vez más cerca de la Muerte.
Era una única oportunidad, y no la iba a desaprovechar. Tenía que ir con la tía Ágatha a Gótica. Mamá no quería que fuera. Pero si Mamá se negaba, ella iba a ir a contarle a Papá sobre todos esos extraños regalos que Mamá recibía de distintos hombres.
Suspiró nuevamente.
El bullicio de la ciudad se colaba por la ventana entreabierta que tenía al lado.
La tía Ágatha había salido a comprar alimentos para preparar la cena. Ella se había librado de ir, abogando por el hecho de que el viaje la había agotado y quería descansar.
La tía Harleen no se había dado la molestia de disimular aunque fuera un poco el disgusto que le causaba su presencia en el apartamento. Ahora estaba semi acostada sobre el sofá, con los pies descalzos, concentrada en mirar algún punto de la alfombra.
Hizo girar el lápiz entre los dedos, mirando a la rubia mujer.
Tal vez sólo llevaba nueve horas conviviendo con la siquiatra, pero su necesidad imperiosa por saber, por conocer, por querer escuchar aunque sea una palabra de que todo era real y existía la instó a hablar. Algo extraño, porque generalmente era la demás gente la que empezaba a conversar.
- Tía Harleen – llamó, bajando los pies del borde de la silla.
La mujer despegó la vista del suelo para posarla en ella tan de inmediato que tuvo la impresión de que Harleen estaba esperando a que le hablara.
- No me llames Harleen – murmuró – Sólo Harley. Y no soy tu tía.
Amanda se pegó al respaldo de la silla, frunciendo levemente el ceño. Si ésa era su tía, si siempre respondía de formas toscas y directas como ésas, tal vez ese viaje y esa estancia en Gótica era mucho más peligrosa de lo que se esperaba.
Y ni siquiera podía imaginar cuánto.
∞*∞
