La historia me pertenece pero los personajes que aquí se presentan son propiedad de Stephanie Meyer, yo sólo los adapto en mi historia.

Capítulo beteado por: Pichi LG

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Capítulo I Viaje sin retorno

"Viajamos para cambiar, no de lugar, sino de ideas". Hipólito Taine.

La luna era mi guía en esa tenebrosa noche nebulosa, mis pies se deslizaban en contacto directo con las quebradizas hojas y ramas del extenso bosque. No tenía una dirección fija, sabía que caminaba hacia algo, pero no sabía con exactitud qué era.

Mi respiración no se alteraba, pareciese que la oscuridad provocaba cualquier sensación contraria a las comunes, estaba en un ambiente confiable, no había una pizca de temor en mi cuerpo.

Caminé hasta que una rama que colgaba de un alto árbol me impidió el paso, levanté mi brazo y haciendo un poco de fuerza la moví de mi camino, di un paso hacia adelante sin notar que ahí la superficie ya no existía, así que, sin poder evitarlo, caí en picada, quería gritar pero esa sensación de seguridad, que aún seguía en mí, retenía la desesperación.

La caída duró algunos segundos antes de que aterrizara en algo o... en alguien. Sentí unos brazos sostenerme con firmeza, subí mi mirada hacia aquella persona que me había evitado una caída dolorosa, y lo primero que hallé fueron unos ojos inyectados en sangre, mis manos se elevaron hasta el rostro de aquel extraño ser, mis dedos delineaban sus rasgos ocultos en la oscuridad de la noche, me sentía como un ciego en proceso de aprendizaje, palpando para observar a su manera.

Su creencia sobre la seguridad es errónea, Srta. Swan —ronroneó mi salvación al tiempo que se abalanzaba a mi cuello, succionando el líquido que recorría mi cuerpo y que mantenía mi órgano vital en funcionamiento, mi sangre.

Un impulso me llevó a levantar mi torso sudoroso, cubierto por una vieja camiseta de tirantes delgados, quedando sentada en medio de la angosta cama, los latidos de mi corazón retumbaban en mis oídos, no respiraba por la nariz, inhalaba bocanadas de aire desde mi boca, tratando de captar mayor cantidad de oxígeno, aunque eso era imposible, todo lo que atrapaba terminaba en mi estómago no en mis pulmones.

Cerré mis ojos y me enfoqué en regularizar mis signos vitales, me recosté con delicadeza en mi cama, puse uno de mis brazos delante de mis ojos, como si hubiera algo ahí, una luz cegadora que me impidiera dormir, a pesar de que la recámara aún estaba en penumbra.

Empezaba a conciliar mi estado de inconsciencia, después del extraño sueño que había protagonizado, cuando alguien irrumpió en mi habitación.

—Hora de levantarse —Mi madre entró a mi oscura guarida—. No querrás perderte el vuelo —proferí un quejido cuando acto seguido a sus palabras, abrió las pesadas cortinas verdes permitiéndole la entrada a los primerizos rayos del sol—. ¡Vamos, Isabella! —apresuró dando algunos golpecitos en mis piernas, sobre las cobijas que me cubrían.

—Dame un minuto —pedí tapando mi cara con una de las almohadas.

Si creí que mi madre me daría tregua, estaba muy equivocada, no había pasado ni un segundo cuando sentí que tiraba de la almohada que me cubría de la detestable luz que se colaba en mi ventana.

—No... me... perdonaras... —decía entre tirones— si... pierdes... ese... ¡vuelo! —Mi madre terminó por arrebatarme la almohada, mi protección había flaqueado. Suspiré.

—Sólo te pedí un minuto —La miré entrecerrando los ojos, y saliendo del calor de mi cama.

—Detén esa mirada —habló con autoridad—. Ya me lo agradecerás —dijo mientras salía de mi habitación.

Un bufido involuntario abandonó mis labios, me moví con parsimonia entre mi cuarto, tomando lo necesario para ducharme. Antes de cerrar la puerta del baño alcancé a observar la hora que marcaba el reloj del mueble de roble ubicado a un costado de mi cama.

Quince minutos pasados de las siete.

Me despojé de cada prenda con lentitud, tenía tiempo de sobra, cuando me deshice de todo me acerqué a abrir las llaves de la regadera, el agua salió a propulsión de ella, mis pies se movieron hasta que estuve debajo del frío líquido que poco a poco se iba tornando más cálido.

—¿Isabella, podrías apresurarte? —Unos duros golpes sacudieron mi puerta—. Mamá no quiere que empecemos el desayuno sin ti. —¿Acaso no podía disfrutar de un buen baño sin ser interrumpida?

—Déjame tranquila, Hannah —dije al tiempo que tomaba un poco de shampoo y lo repartía por cada rincón de mi cuero cabelludo.

—Si yo fuera tú, bajaría en este momento. —¿En qué momento había pasado a ser la hermana víctima? Ahora era yo quien recibía amenazas de mi hermana menor.

—Déjame tranquila —repetí autómata, y agradecí cuando no escuché contestación alguna.

El tiempo de mi ducha se acortó a causa del remordimiento de saber que me esperaban para tomar el desayuno juntos, así que en cuanto mi cuerpo estuvo fuera del baño me vestí con rapidez y até mi cabello en un desordenado moño.

Salí de mi habitación y caminé en dirección a las escaleras ubicadas al final del pasillo. Conforme avanzaba levanté mi brazo y con mis dedos acaricié las paredes pintadas de un descolorido marrón claro, estaría fuera tres meses, extrañaría los gritos de mi hermana resonando en toda la casa, las pláticas de mi padre y los delirios de mi madre.

Mi noción del tiempo y espacio se perdió con mis pensamientos, y cuando volví a la realidad me encontraba sentada en el lugar habitual que ocupaba en la mesa, mi mirada recorrió lo que me rodeaba, mi familia.

Capté a mi hermana parloteando sobre la cita que tendría con su actual novio; al final del día, las reacciones de mis padres eran opuestas, mi madre la escuchaba atenta, sus ojos tenían un brillo que reflejaba su emoción; mi padre la observaba ceñudo, yo sonreí por impulso.

—¿Bella? —llamó una voz detrás de mí, mi cabeza se giró lentamente, retrasando la sorpresa.

—¡Dave! —grité mientras me levantaba y corría a su encuentro, él sonrió y abrió sus brazos sólo para mí.

—Tus padres creyeron que sería buena idea invitarme a tu desayuno de despedida —Su voz rozó mi cabellera desordenada, y sus brazos me habían envuelto con suavidad.

—¡Vaya que sí! —Levanté mi cabeza, separándome un poco del abrazo que compartíamos. Dave agachó su cabeza lo necesario para que sus labios besaran mi frente, y una sonrisa se posó en los míos, consecuencia de su acción. Cuando rompió el contacto me vi envuelta en su mirada, sus ojos oscuros, casi negros, me observan; siempre me impresionaba al observarlo, su cabello castaño claro hacía un hermoso contraste con su rostro varonil, era atractivo, no había razón para negarlo.

—¿Por qué no se sientan, chicos? —preguntó mi padre. Siempre que le hablaba me sorprendía, era como si Charles Swan tratara con un hijo más, Dave era el único chico al que mi padre le permitía la entrada.

Charlie, mi padre, era el responsable de la mayoría de los rasgos que yo poseía, cabello de un tono chocolate y ojos avellana. Mi madre, por otro lado, me había heredado finas cejas, y pestañas largas y rizadas.

—Hannah, Bella, acompáñenme a la cocina —pidió mi madre, sentada al costado derecho de mi padre—. Dave, puedes sentarte, nosotras traeremos el desayuno —anunció la mujer de hermosos cabellos rubios.

—Gracias, Sr. y Sra. Swan —Dave dio muestra de gratitud, mientras mi hermana y yo nos encaminamos a la cocina para reunirnos con mi madre.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Me detuvo Hannah halándome del brazo a mitad de camino, ambas estábamos fuera del campo de visión de Charlie y Dave.

—Claro —respondí. Mi hermana lucía nerviosa—. Sólo pregunta, Hannah —Le infundí valor.

—¿Tú quieres a Dave? —Su mirada azul, similar a la de mi madre, sostuvo la mía.

—Creí que eso estaba claro —obvié.

—No, no —negó con la cabeza, haciendo mayor énfasis—. No como un amigo —aclaró.

—¿Por qué preguntas eso? —Mis cejas estaban próximas a unirse expresando mi confusión.

—Olvídalo —Hannah estaba retomando el camino a la cocina cuando la detuve.

—Respóndeme —le solicité.

—Dave me pidió que te lo preguntara —reconoció, y una risa brotó de mis labios—. Mi trabajo como cupido ha sido un fracaso —Agachó la cabeza.

—¿Se supone que aún estamos en el instituto? —pregunté riendo. Hannah alzó la vista, mirándome con extrañeza—. No entiendo por qué Dave te envió a ti a preguntármelo.

—Es un chico tímido —su respuesta insegura causó que continuara riendo.

—No, no lo es —Moví mi cabeza en negación—. En todo este tiempo, Dave ha tenido más novias de las que podría contar con los dedos de mis manos, créeme la timidez no es algo que lo caracterice —le expliqué a Hannah.

—Ahora que lo recuerdo, jamás respondiste mi pregunta… ¿Quieres a Dave, como algo más que un amigo? —No sabía qué responder, me lo había planteado pero siempre que esa pregunta se instalaba en mi mente, la ahuyentaba.

—¿Cuándo vendrán a ayudarme? —Mi madre asomó la cabeza fuera de la cocina. La campana, en este caso mi madre, me había salvado de responder algo, cuya respuesta no estaba clara.

—Vamos —insté a Hannah para que acudiéramos al llamado de mi madre. Sus ojos azules me fulminaron, pero caminé a la cocina evitando su mirada.

—Ayúdame con esto —Renée, mi madre, me entregó un cuenco lleno de fruta picada en pequeños cubos.

Tratando de maniobrar con el gran recipiente llegué al comedor en donde mi padre y Dave charlaban, Renée había preparado cantidades de comida exorbitantes.

—Discúlpame un momento, Charlie —dijo Dave al levantarse de su asiento, mi padre asintió—. Permíteme ayudarte con eso —Dave quitó el bol de mis manos para tomarlo y colocarlo sobre la mesa.

—Gracias —Le sonreí agradecida, él sólo guiñó un ojo de regreso.

El desayuno avanzó entre miradas acusadoras de mi hermana, guiños por parte de Dave y sonrisas cómplices de mis padres.

No entendía la razón de sus comportamientos, es decir, había tenido algunas relaciones formales, no tantas como mi pequeña hermana de dieciocho años, pero las suficientes para afirmar que tenía experiencia en el ámbito amoroso, mis años no habían pasado en vano.

Miré a mis padres detenidamente, y lucían ilusionados… ¿Acaso esperaban que Dave se hincara sobre una rodilla y me pidiera casarme con él? Tenía veinticuatro años pero aún no tenía esa crisis por contraer matrimonio, mi vida avanzaba como era su curso natural, sin prisas.

—Gracias por el desayuno, mamá —Renée me miró alegre—. Estaré en mi habitación alistándome. —Me retiré de la mesa y escapé de ahí.

Cuando estuve en mi habitación caminé hacia el tocador, me senté en el banquillo delante de él, abrí uno de uno de los cajones que contenía los instrumentos de belleza, el maquillaje.

No me gustaba ponerme una plasta de pintura encima, así que sólo me coloqué una crema que contenía pigmentos que evitaban recurrir a los polvos que cerraban los poros de mi piel, le di volumen a mis pestañas con ayuda del rímel y, para terminar, pasé un suave brillo sobre mis labios, el labio inferior sobresalía sobre el superior.

Mi cabello demoró más tiempo, aunque no me devané el cerebro tratando de darle forma, como decía mi hermana, sólo lo cepillé dejándolo suelto, mi tiempo se desperdició tratando de deshacer los nudos que mi rápido peinado después del baño había provocado.

Por otro lado, mi vestimenta se mantuvo igual, una blusa de cuello de tortuga negro, una chaqueta marrón a conjunto con unos pantalones de mezclilla, finalizando con unas botas estilo militar, del mismo tono que la chaqueta.

Miré el reloj, faltaba una hora para mi vuelo. Caminé hacia mi mesita de noche y tomé el delicado reloj plateado, regalo de mi abuela, lo até alrededor de mi muñeca y en seguida guardé mi celular en una de las bolsas de mi cazadora.

Me moví velozmente alrededor del cuarto, analizando cada rincón, repasando mi lista de objetos para el viaje, y cuando terminé con ello, bajé al encuentro de mi familia, incluyendo a Dave.

—Estoy lista —les comuniqué mientras me reunía con ellos en la sala. Al escuchar mi voz se levantaron y se acercaron.

—Queremos que tengas algo para que recuerdes que tienes una familia que te quiere y te espera —habló mi madre.

Mi hermana me extendió un hermoso collar largo que terminaba en un medallón, lo tomé entre mis manos, lo abrí y me encontré en una de las caras, con una foto miniatura de nosotros cuatro en uno de nuestros viajes de visita a los abuelos a Washington, en la cara opuesta había una foto de Dave abrazándome debajo de un hermoso roble.

—Me encanta —Mis dedos recorrían el grabado antiguo y las fotos.

—Me gustaría retrasar el momento pero debemos irnos ahora —dijo mi padre.

Todos le dimos la razón y salimos de mi hogar, el lugar que me daba seguridad y del cual estaría lejos por tres largos meses.

Decidí irme en el auto de Dave, un hermoso Peugeot 308 negro.

—¿Nervios? —preguntó de camino al aeropuerto.

—Sí —concedí. Su mano se acercó a mi regazo y tomó la mía, entrelazo nuestros dedos y colocó la unión sobre la palanca de cambios—. Es un poco tarde —La tristeza se coló en mi voz.

—¿A qué te refieres? —Se desentendió.

—Es tarde para iniciar una relación —aclaré—. ¿No te han dicho que las relaciones a distancia no funcionan? —le cuestioné juguetona.

—Podemos hacerlo funcionar —dijo con una mueca, y me miró unos cortos segundos antes de regresar al vista al frente.

—Dave, no es una buena idea —Mi mirada no se separó de su rostro que se mantenía tenso.

—Lo peor de todo… es que sé eso —admitió—, pero no puedo decirte que estaré esperando por ti, por dos razones —habló sin despegar la vista del camino.

—¿Cuáles? —pregunté con curiosidad.

—La primera, eso suena como un cliché —Me reí por su ocurrencia—. Y la segunda, no quiero comprometerte, si encuentras a alguien en Rumania no quiero que pienses que estás traicionando lo nuestro.

Su sinceridad me abrumó, lo había escuchado hablar sobre sus noviazgos con tanta dulzura que empalagaba, pero hablar sobre lo "nuestro" era diferente, deseaba decirle que esperara por mí, pero detuve el impulso, fue en esos momentos que empecé a ser consciente de las sensaciones que me provocaba estar a su lado.

—Quiero que lo que tenemos ahora no desaparezca —Oprimió con suavidad la unión de nuestras manos, brindándome confort—. Lo que voy a decir a continuación tal vez suene como un cliché, pero si cuando vuelva ambos no tenemos ningún compromiso, podemos iniciar algo —le sugerí.

—Tienes razón —reconoció con una alegría renovada, que me contagió—. Eso suena como un cliché —se burló de mí, y una carcajada suya estalló en el auto. Traté de mantener una postura enfadada pero el sonido de su risa provocó la mía.

—¡Basta! —le dije entre risas mientras golpeaba, sin fuerza, su brazo derecho.

—Está bien, Bella, sólo bromeaba, podemos intentar lo que propones —Me sonrió. Solté mi mano de su agarre y lo abracé con precaución, evitando provocar un accidente, besé su mejilla.

—Te quiero, Dave Connell —Esas palabras tenían un significado más sólido.

—Te quiero, Isabella Swan —correspondió.

Después de eso, llegamos a JFK Airport, mis padres y Hannah llegaron segundos después que nosotros, todos me acompañaron a la zona de espera y platicamos por unos minutos hasta que por los altavoces resonó la voz de una mujer pidiendo que abordáramos. La despedida se estaba prolongando, mi madre no me permitía irme y, a pesar de que mi padre le decía palabras consoladoras, no cedía.

—Mamá, tienes que soltarme o perderé el vuelo —Mis súplicas no eran escuchadas—. Me verás pronto —Su abrazo se rompió con lentitud.

—Eso creo —dijo insegura. Sus ojos azules, idénticos a los de Hannah, me miraron—. Te quiero, hija —Sus lágrimas caían por sus blanquecinas mejillas.

—Y yo a ti —le respondí con afecto.

Di unas rápidas palabras a mi padre y a Hannah, además de unos cortos abrazos, y ambos apresuraron a Renée para irse de ahí, dándome privacidad.

—Te extrañaré, cariño —Dave me envolvió en sus brazos.

—Te extrañaré, Dave.

El abrazo duró menos tiempo del que hubiera deseado. Me separé de él para alcanzar sus labios, él agachó su cabeza, puesto que era más alto que yo, y los unió. Sus labios se movían en compás con los míos, era un beso dulce, cálido... embriagante. Fueron cortos los segundos que estuvieron en contacto, pero no por ello, fue menos especial.

—Escríbeme todos los días —pidió Dave con anhelo.

—Todos los días —asentí, y me alejé de él. Me acerqué a la zona de abordaje, pasé debajo del detector de metales, deposité en una canastilla los pocos objetos que llevaba en una pequeña mochila, y crucé. Tomé mis cosas y caminé hacia la puerta que me llevaría al avión, giré una última vez y me despedí de Dave y, simbólicamente, de mi hogar, del atareado estado de Nueva York.

Mostré mi boleto y caminé a través del largo pasillo hasta que estuve dentro del avión.

—Disfrute su viaje —dijo una de las azafatas cuando ingresé a la amplia aeronave.

—Gracias —Le sonreí. Mis pies inseguros caminaron a través del pasillo del avión buscando el lugar que me correspondía, y cuando lo hallé me alegré, me habían asignado el puesto de la ventana.

Cerré mis ojos cuando estuve sentada en mi lugar, el asiento era cómodo para ser de tercera clase.

—Debe haber un error —reclamaba una voz a lo lejos.

—No lo hay, Sr. Cullen —Trataba de razonar una mujer. Abrí mis ojos enfocando el problema que se suscitaba en el pasillo.

—Necesito hablar con la persona a cargo —rezongaba el que parecía ser el Sr. Cullen. Sólo podía ver su ancha espalda y alta estructura, envuelta en un costoso traje de satín. El tono de su cabello atrajo mi atención, cobrizo. Podía apostar por su atractivo con lo poco que veía.

—El Sr. Masen ha advertido sobre el conflicto que usted podría ocasionar, y dejó un mensaje para usted —dijo la azafata.

—¿Y cuál es el mensaje? —habló con fastidio.

La azafata sacó un papel de una de las bolsas de su chaleco azul oscuro y recitó—: No puedes desobedecer mis reglas cuando te venga en gana, ese será tu escarmiento. —La azafata alzó la vista y observó con miedo al hombre delante suyo.

—¡Esto es absurdo! —explotó el Sr. Cullen.

—Sólo sigo las instrucciones del Sr. Masen —Fue lo último que dijo la mujer antes de retirarse, dejando a ese hombre de cabellera cobriza solo con su molestia.

El Sr. Cullen decía improperios ininteligibles en voz baja. Cuando su furia fue mermando se sentó en el asiento vacío que estaba junto a mí. Me mantuve tranquila, silenciosa, evitando que la molestia resurgiera o aumentara en el hombre a mi lado.

Una voz en el altoparlante pidió que abrocháramos nuestros cinturones. No me di cuenta de los nervios que habían tomado mi cuerpo como huésped hasta que mis manos torpes temblaban impidiéndome cumplir con esa simple tarea.

—Permítame —dijo una voz varonil, mientras sus grandes manos tomaban mi cinturón con delicadeza abrochándolo en el proceso.

—Gracias —Subí mi vista para encontrarme con una mirada verdina que me observaba.

—Después de todo, viajar en tercera clase no es tan malo —murmuró. Yo sonreí incómoda y él me devolvió la sonrisa.

Esperaba que este viaje no resultara desastroso. Los acontecimientos anteriores no auguraban un grato viaje en compañía del atractivo Sr. Cullen.


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G.