Disclaimer: Harry Potter no me pertenece y no lucro con esto.
Este fic participa en el reto "Navidades de Dickens" del foro La Noble y Ancestral Casa de los Black.
Deja que nieve
II
Hogsmeade, 1984
—Te estaba esperando —la cálida voz de su marido fue lo primero que la recibió al entrar a la cabañita que los dos compartían en el pueblo junto al colegio—. La cena está en el horno, sólo faltabas tú.
Elphinstone se acercó a su mujer, la agarró por la cintura y la besó larga y lentamente. Siempre la besaba así, como si ella fuera oxígeno y él la necesitara para vivir. Como si ella hubiera estado de viaje por el otro lado del mundo, en lugar de enseñando al otro lado del pueblo. Como si siempre la extrañara, sin importar lo cerca que estuviera.
—¿Yo también te extrañé, Elphinstone? —le respondió cuando él dejó de besarla—. ¿Ya llegaron Martin y Rebecca? —añadió, refiriéndose a los hijos de Elphinstone, de su primer matrimonio. Imogen Urquart había fallecido poco después del nacimiento de Rebecca. Él se había hecho cargo de los dos solo, dedicándose en exclusiva a ellos. Sus hijos habían sido el centro de su mundo, como era natural. Y para Minerva había significado muchísimo que ellos dos aceptaran su relación con él. Eran lo más importante que él tenía, después de todo.
Aunque al principio habían mirado a Minerva con cierta desconfianza —¿quién era esa extraña que había irrumpido de un día a otro en la vida de su padre?—, al final habían terminado por aceptarla. Los dos ya eran adultos y vivían en Londres, pero estaban invitados a cenar en la cabañita de sus padres para la noche de Navidad con sus familias. A Minerva aún le costaba pensar en sí misma como abuela.
—Aún no, dicen que llegarán en un rato —respondió su marido, sin soltarla de la cintura—. Lo que nos viene de perillas, ¿no crees?
—¡Elphinstone! —Minerva fingió escandalizarse y le dio un golpecito juguetón en el hombro.
Sin embargo, él la ignoró y empezó a besarla en el cuello. La mujer sintió que las piernas se le volvían de gelatina, como siempre que estaba junto a él. Elphinstone había logrado despertar en ella algo que creía dormido desde que le había dicho que no a Dougal. Había conseguido que ella se sintiera deseada, la mujer más guapa del mundo. Tenía que agradecerle por eso, por supuesto. No, nunca se había arrepentido de decirle que sí a Elphinstone.
Elphinstone, a pesar de no parecer una figura romántica, había hecho que Minerva volviera a sentir mariposas en el estómago. Había terminado por trastornarla de una forma que incluso a ella le parecía increíble.
Las manos del hombre empezaron a jugar con los botones de la capa que su mujer aún no se quitaba. Minerva lo ayudó a quitársela, pero justo en ese momento, un extraño aroma llegó a su nariz. Le dio un empujoncito a Elphinstone, que estuvo a punto de protestar, pero se detuvo al oler el aire.
—¡El pavo! —exclamó, echando a correr a la cocina. Minerva lo siguió, con una sonrisita en los labios.
Alguien tendría que arreglar ese desastre.
Minerva terminó casándose con quien fuera su jefe en el Ministerio de la Magia. Que Elphinstone haya sido viudo es un invento de mi cabecita y sus hijos también.
¡Hasta el próximo capítulo!
Muselina
