Desclaimer: Hetalia y sus personajes no me pertenecen si no a Himaruya que si pusiera romance en su serie yo no estaría escribiendo esto.
Aclaración:Este Fic está basado en un Universo Alterno, donde todos son humanos, También se encuentran en una época de guerra la cual aún no aclaro. Por cierto, si pueden escuchar la canción de "Hoy no estas—kudai" podrían darle un mejor sentido a la letra, n es mi grupo favorito eh de aclarar, pero me pareció, desde la primera vez que la escuche, que era perfecta.
Advertencias: Parejas Hombre x Hombre o mención de ellas.
Dedicatoria:A mi querida –Inserte un corazoncito aquí- A-chan, mil gracias por corregir mis atrocidades
Hoy no estás, no mirarás el amanecer nunca más a mi lado.
Hoy no estás, no me miras con amor
No te abrazas a mis sueños, se te hizo tarde
Y el dolor me dominó
Dime por favor ¿Cómo puedo olvidarte?
Te marchaste con la promesa de volver…
Y hoy, Hoy no estás.
Apagaste mi cielo azul
Sigo viendo mi ventana esperando que regreses…
Por favor… Por favor te suplico vuelve a mi lado…
Simplemente Francis no había parado de llorar, sus ojos estaban rojos, sin vida.
Muchas caras ahí habían perdido el toque de felicidad.
—¡¿Por qué nos hacen esto?—Gritó molesto, extrañando a todos, el italiano menor— No los arrebatan y no tienen la decencia de al menos regresarnos sus cuerpos.
Su hermano lo miró con el mismo dolor, Antonio no estaba para protegerlo, para mimarlo, para sonreír y animar a ambos gemelos.
—Feliciano, cálmate— intentó tranquilizarlo Tino, con su tono maternal, pero, de la misma manera en la que intentó animar a su primo, falló.
—¡Calmarme! ¿Cómo puedes decirme eso? ¿Cómo puedes decir eso enfrente de Francis, de Lukas y enfrente de mí?
Tino retrocedió asustado, Lovino se acercó a su hermano, el finlandés no tenía la culpa.
—Feli, Tino no tiene la culpa— Intentó tocar su hombro para tranquilizarlo, ganándose un manotazo de parte de su hermano.
—No me digas eso, ¿No te importa? Dejarán de buscar a Antonio también y él posiblemente este vivo, tú tienes la esperanza de que vuelva, yo no tengo nada Ludwig está Muerto… ¡Muerto! Y no puedo tener ni su cuerpo, no puedo ir a llorarle a un cementerio si quiera— estalló el italiano tirándose al piso mientras con sus manos cubría su cara soltando lágrimas de dolor.
La lluvia comenzó a caer, empapando a todos los residentes del lugar, que se habían juntado en medio de la calle.
Feliciano lloró, lloró bajo el último recuerdo que vivió con Ludwig.
Hoy no estás, aún recuerdo tu sonrisa
Tu mirada al decir adiós.
Te fuiste junto con el sol
Y no volviste para el amanecer…
—"Feliciano antes de partir quiero decirte algo"
Un rubio de piel rosácea miraba fijamente a su amigo de años, mientras en su espalda cargaba su mochila de viaje.
—"Lud ¿Tú También irás a la guerra?— Preguntó el castaño intentando ocultar sus lágrimas.
—"No llores, prefiero ir yo a que tú lo tengas que hacer, no podría soportar la idea de verte al frente de la batalla"—
—"No quiero que vayas, quédate conmigo"— sus lamentos salían tan desesperados desgarrándole el corazón al alemán.
—"Feliciano"— tomó el rostro del castaño en sus manos haciendo que se miraran fijamente— "Te amo"—
Y lo besó, se besaron con una pasión infinita, no hubo tiempo de ser amables, no, se besarían sin dejarse sin aliento, como si no hubiera un mañana, un beso de despedida con una débil y casi insignificante promesa de volver.
—"Promete que volverás"— Chilló el castaño abrazando fuertemente al rubio.
La bocina del carro que escoltaba a todos los militares sonó, anunciando que el tiempo de despedida acabó.
—"Promete que no importa que pase serás fuerte"— habló el alemán, sabiendo que por más que lo quisiera no podía prometer algo que no estaba seguro que podría cumplir.
Aunque nunca vuelvas más
Yo siempre viviré amándote a ti
Con la esperanza de que esto sea un sueño
Y cuando despierte corra a tus brazos y te diga
Cuánto te amo…
Lovino abrazó con fuerza a su gemelo intentando que el dolor de su hermano se llevara el suyo.
Escondió su rostro entre el cuello del menor, llorando, lloraba porque no sabía que pasaría, intentaba darse fuerzas, pero ya era tan inútil, saber que pronto el dolor que sentía su hermano sería igual al suyo.
Tino abrazaba a Emil, mientras los ojos de Lukas, ya secos y apagados volvían a soltar pequeñas gotas cristalinas que se escondían entre la lluvia.
Francis abrazaba al pequeño oso que una vez perteneció a su más grande amor, Arthur intentando no llorar tomó a su mejor amigo del brazo y sin decir nada volvió a su casa, para prender la chimenea y tirarse los dos en el sofá a llorar amargamente.
Soltó por fin todo el dolor que desde el día en que la televisión anunció la terrible noticia del inicio de la guerra, una guerra sin sentido, América contra Europa, una lucha sin causa alguna.
Lloró amargamente, como quiso llorar el día que dos cartas llegaron a su casa, la casa que compartía con los gemelos americanos y su tonto mejor amigo francés.
Las cartas con el apellido Jones marcado, la carta de reclutas, la carta que le arrebataría a sus dos seres más preciados, al amor de su vida y a su casi hermano.
—Matthew— gemía con dolor el francés abrazando con todas sus fuerzas al pequeño osezno de peluche— Matthew— y el agua salada corría de sus ojos mientras se hacia bolita en el sillón, abrazando al oso y a sí mismo.
Arthur lo miró con lástima, se levantó y tomó una cobija para abrigar al rubio.
Se hizo de noche y la luna no brillo
Y yo sigo viendo por la ventana
La lluvia caer
Y el dolor me dominó.
Caminó lentamente por la casa hasta detenerse en la habitación del gemelo mayor de los Jones, como no queriendo la cosa entró, el aroma a colonia estadounidense le golpeó de frente, sus ojos se llenaron de agua. Llegó corriendo rápidamente a la cama del muchacho, su olor seguía impregnado en la almohada.
La abrazó con fuerzas mientras dejaba salir todo su dolor y tristeza, enojado por todas las palabras que no pudo decir, sus sentimientos guardados en lo profundo de su corazón jamás saldrían a la luz, porque amaba a su tonto americano, lo amaba por que era como un sol para él, un sol que hoy se apagó…
Sigo aquí mirando la ventana
Mientras la lluvia cae
Y en la última gota vi tu cara
Y comprendí el dolor
El sol volvió a iluminar, una nueva mañana, un nuevo día, nuevos despertares y el mismo dolor.
Arthur se levantó con toda la pereza del mundo, bajó a preparar el desayuno, siguió su camino hasta la cocina y prendió el horno, preparándose para aguantar las quejas del francés sobre tocar su lugar sagrado, pero nada de esto ocurrió, la casa estaba en un completo silencio
Con angustia buscó a su amigo en la sala pero esté no estaba ahí, temiendo lo peor corrió a la antigua habitación del gemelo menor, rezando inconscientemente porque el francés no hubiera hecho una locura.
Con cierta nostalgia abrió la puerta, encontrando a Francis sentado en la esquina de la cama, con una fotografía de Matthew en una mano y en la otra esa terrible carta amarilla.
—Mi Matthew no va a volver— comentó mientras las lágrimas corrían rebeldes por sus ojos— Hoy no está…
—Lo sé Francis, lo sé, a mí también me duele…
Hoy no estás
Te perdiste en la mañana
Robándote un beso de mi alma
Partiste sin volver.
Lukas se levantaba con los rayos del sol, sus ojos estaban rojos e hinchados, sus labios partidos y su piel pálida, era como ver a un zombi, la única diferencia es que él seguía con vida pero al mismo tiempo estaba muerto.
Bajó a la cocina, ya llevaba dos días sin comer ni beber nada, de puro milagro salió de la habitación.
Peter lloró cuál bebé al ser asustado, Tino lo tomó en sus brazos acunándolo, mostrándole el avioncito que Berwald le había mandado, el bebé dejó de llorar abrazando aquel trocito de madera.
Emil miraba toda está escena con cierta melancolía, fijó su mirada en la pobre y descuidada silueta de su hermano mayor, que con cierta ira miraba a Tino, envidiándolo en el fondo, deseando tener la certeza de que su ser querido seguía con vida.
Intentó tomar una taza, pero sus manos no tenían fuerza y sus movimientos eran lentos y torpes que detener la caída de ese pedazo de vidrio fue inútil.
El sonido de la taza al caer retumbo por toda la casa, fue como si los despertaran de un sueño, Emil comenzó a llorar, de pronto el saber que ese tonto danés no iba a volver le causaba un enorme dolor. Tino, por su parte abrazó con más fuerza a Peter, quien gustoso disfrutaba de los mimos de su "mamá"; Luka, por su parte se dio cuenta del dolor que estaba transmitiendo egoístamente, saliendo por fin de su miseria corrió a abrazar al infante, acunándolo en sus brazos como cuando era más pequeño, besando su frente y diciéndole que tenía que ser fuerte, aún cuándo él quería seguir llorando.
Por ese día no pensaron en nada más que estar abrazados, se sentaron en el sillón y duraron horas en esa posición, sin moverse, sin pensar, dejando partir lentamente el recuerdo de Mathias, porque aunque les dolerá aceptarlo él… Él no iba a volver.
La luna brillara
Y aunque nunca vuelvas más
Yo siempre estaré aquí
Esperando en secreto tú llegada…
Feliciano dormía con la camisa puesta que alguna vez perteneció a ese rubio alemán que tanto quiso, desde su habitación podía escuchar los suaves sollozos que soltaba Lovino, se sintió culpable por como se había comportado hace unos días, pero no pudo contenerse, Lud, su Ludwig no iba a volver, no volvería a probar sus comidas, no volvería a regañarlo por holgazanear, ¿Cómo iba a vivir sin él ahora? Ahora que era dependiente de su estricta forma de ser, ¿Cómo iba a vivir después de ese beso que marcó su despedida?
Más lágrimas corrieron de sus ojos, olisqueó una vez más la camisa, dándose cuenta que poco a poco el olor de él se estaba borrando, y por esa noche lloró con todas sus fuerzas por última vez.
Lovino por su parte intentaba contener su llanto, suficiente era con que Feliciano sufriera, abrazó con más fuerzas el peluche en forma de tomate que Antonio le regaló hace unos años, cerró sus ojos y la blanca y perfecta sonrisa de ese español inundó su mente, prometiéndose ser fuerte por su hermano y por él se dejó llevar por ese grato sueño, en el que Antonio y él volvían a caminar juntos de la mano.
Y ahí estás
Tu rostro en cada gota de dolor
Tu sonrisa en los rayos del sol
Ahí estás y yo no te puedo tocar.
Todos los habitantes en ese pequeño suburbio tenían una tristeza que los carcomía, Yao seguía llorando en el regazo de Natasha, quien solo por está vez hizo tregua con el asiático, porque en el fondo solo él podía comprender el dolor que apretaba a su alma.
Kiku miraba a su hermano con nostalgia, leyendo una y otra vez la carta que cierto griego escribió, Gupta tomó su mano con suavidad, dedicándole aquella sonrisa que tranquilizaba a cualquiera, per en el fondo sabía que ese hombre de sonrisa pacifica y aire tranquilo sufría más que él.
Feliks junto con la hermana mayor de Iván intentaban vanamente alegrar a todos los presentes, se movían de un lado a otro, cocinando, arreglando cosas, limpiando, haciendo de todo para no dejar que el dolor los invadiera.
Todas las casas estaban llenas de tristeza y melancolía, algunas más que otras, pero si te fijas bien, en este lugar dominando por la tristeza una pequeña niña, que dormía entre los brazos de una castaña, sonreía mientras contra su pecho abrazaba una carta blanca.
Me fui esperando la mañana
Mirando el horizonte
Esperando tu llegada.
Los días pasaron, las cartas dejaron de llegar, un rubio vendado de un ojo iluminó, por primera vez en mucho tiempo, aquel lugar sumido en tristeza.
Vash estaba ahí, de la mano de un alto joven de pelo castaño, quien traía vendado su brazo derecho
—Roderich— Gritó Elizabeth llena de felicidad.
Lily corrió a abrazar a su hermano, sin importarle las vendas y heridas que lo cubrían, nada importaba porque su adorado hermano estaba ahora con ella.
Roderich estaba ahí también, portando tres cartas blancas en su mano.
Con la ayuda de Elizabeth caminó hasta Tino, llenando de felicidad a esa familia que apenas se reponía de la muerte de aquel rubio.
Tino tomó la carta mientras lloraba, por fin estaría de regresó, una vez más estarían juntos, y siendo egoísta, según lo creía él, se dejó invadir por la dicha de tener esa carta.
Roderich hizo una mueca de dolor, Feliciano y Lovino se le acercaron para ayudarlo, dándole las cartas sobrantes a Elizabeth para que terminara de repartirlas.
Se acercó a Kiku entregándole una carta, una carta con el nombre de Heracles y Sadiq en el sobre, por último se acercó a Feliks, quien no pudo contener su alegría y comenzó a saltar de felicidad.
Roderich tomó aire y poniéndose de pie solo, habló.
—La guerra… La guerra por fin ha terminado.
El primer rayo de sol comenzó a salir por las nubes.
Quizás tú ya no volverás
Me haré a la idea
Dejare al sol salir
Dejando que el viento se lleve
Esas historias de hojas rotas que quedaron…
Más cartas comenzaron a llegar, el cartero siguió su rutina, ahora con una sonrisa, ya no era tan triste detener su bicicleta, su trabaja volvía a tomar sentido.
Bajó sus ojos aprecio el rencuentro de familias, pero sus ojos, agudos como los de un cazador, también apreciaron dolor y envidia; Tal vez las plegarias no habrían sido tan en vano.
Siguió su camino, mirando una última vez aquel lugar, aquel lugar al que en un momento de su vida deseó no ir, pero ahora todo sería diferente.
Miré una última vez el cielo
Las nubes negras se iban
Y aunque el sol me tocara
Yo no sentía su calor.
Los meses pasaron y en vez de cartas llegaron personas, personas con grandes heridas y muchos vendajes, personas que sin importar el dolor corrieron al encuentro de aquel ser querido.
Pero aquellos corazones partidos miraban todas estás escenas con cierta melancolía, aquellos portadores de cartas amarillas y azules habían matado a sus esperanzas.
El cartero volvió, con cartas en sus manos, tocando las puertas de esas casas que parecía que el sol no tocaba.
Una última carta, una que cerraría el ciclo, llegó.
"Una carta negra con bordes dorados"
La invitación para conmemorar a los caídos, una carta que te restregaba en la cara una ve más que tu ser querido no iba a volver.
—Al menos tienen la descendía de organizarles algo— comentó Lukas con toda la amargura que dominaba su alma.
Los portadores de aquellas cartas fueron a aquella ceremonia, notando que miles de personas estaban ahí, igual que ellos, de luto, con dolor y odio.
La multitud de gente los separó.
Lukas se acercó al lugar donde la foto de Mathias debería de estar, notando que el lugar vació, su cuerpo se llenó de ira ¡Eso era una falta de respeto! Era como escupirle en la cara y restregarle su dolor.
Antes de que si quiera pudiera darse la vuelta e ir a gritarle una sarta de tonterías a esos oficiales, una mano se ciñó en su cintura, un escalofrió corrió por todo su cuerpo, un cuerpo más alto se apegó al de él, una respiración chocó con su oreja, cerró los ojos intentando no llorar, pero la suave voz lo hizo volver a soltar el llanto.
—Te amo Noru…
~.~
Feliciano tomaba con fuerza la mano de Lovino, un oficial se le había acercado hace rato para informarle que habían encontrado el cuerpo de uno de los hermanos alemanes, Elizabeth iba detrás de ellos abrazando a Roderich.
Un oficial, de espaldas a ellos, tomaba el retrato de Ludwig en sus manos, estaba apunto de tirarlo al piso cuándo Feliciano corrió a detenerlo, con lágrimas en sus ojos abrazo a aquel hombre.
—Tú… ¿Tú quién eres?—La voz del hombre salía rasposa, con un acento familiar.
—Ludwig estás de nuevo conmigo— Feliciano se abrazó más al hombre.
Esté por una extraña razón se tardo en reaccionar, abrazándolo por acto de reflejo, dejando caer otro porta retrato.
El retrato de Guilbert cayó, rompiéndose el cristal en muchos trocitos.
Una mano tocó el hombro de Lovino, haciéndolo saltar del susto.
—Lovi….
El hombre no pudo terminar de hablar porque Lovino ya lo estaba besando con fuerza.
—Yo también te extrañe mi amado Lovino.
Se separó del castaño, tomando su mano entre las suyas y acercándose a Feliciano que seguía abrazando a aquel oficial.
—Feli, Ludwig perdió la memoria…
Feliciano miró a aquel hombre, que le dedicaba una mirada curiosa y atormentada.
—No importa, yo lo haré recordar.
¿Y Guilbert?—Preguntó Elizabeth con temor.
Él dio su vida salvando a Ludwig y a mí.
El cuerpo ahí, en ese ataúd, no era otro que el de aquel albino, de ojos rojos y sonrisa soberbia.
~.~
Yao había sido alejado de la multitud por un extraño hombre, llegaron hasta un rincón donde fue empujado con gran fuerza, el extraño hombre tenía la cara cubierta, lo aprisionó contra la pared, Yao intentó resistirse hasta que los labios de ese extraño tocaron los suyos, haciéndolo gemir como hace mucho no lo hacían, se separaron por un momento.
—¿Iván?
Da~
Y ambos comenzaron a comerse a besos una vez más.
Hoy marcó el reloj el tiempo del adiós.
Guardare tus besos debajo de la cama
Y dejaré que la lluvia se lleve el dolor.
Francis y Arthur iban tomados de la mano, llegando al lugar donde estaban las fotografías de los Jones-Williams. Grande fue su dolor que no notaron que los portarretratos estaban vacíos; habían prometido no llorar, pero dolía, esto era definitivo el último adiós.
Una señora con un grupo de niños se le acercó a Francis, cada niño le tendió una rosa, él los miró incrédulo hasta que un pequeñito con unos lentes en la mano se puso en frente.
Francis soltó una gota de dolor, eran los lentes de Matthew, el niño acercó su manita a él, dándole los lentes.
—Ese señor fue muy valiente, nos salvo a todos nosotros la vida.
Francis apretó las gafas contra su pecho, llorando una ve más.
—Estos niños eran rehenes, el señor Matthew Jones Williams fue su salvador, lamentablemente una explosión los separo y solo encontramos las gafas— Explicó la señora con cierta melancolía.
—Gracias— Comentó Arthur, tomando a su amigo del brazo y retirándose del lugar.
Caminaron en silencio, mientras pequeñas gotas de lluvia caían sobre ellos, ¿En realidad importaba ahora mojarse? Las lágrimas empapaban su alma desde hace días, unas cuantas gotas de lluvia no harían la diferencia.
Se detuvieron frente a la puerta de su casa, Arthur soltó la mano de Francis.
—Iré al parque a caminar un rato— Anunció Arthur.
Francis agradeció el gesto, tenía ganas de estar solo, solo él y su recuerdo de Matthew.
Miró partir a su fiel amigo, que se perdía entre la lluvia, introdujo la llave en la cerradura, abrió la puerta encontrando la casa en oscuridad.
Entró a la casa, con un dolor en el pecho, encendió la luz y…
—Francis, te extrañe, gracias por traer mis gafas…
Bajo esa lluvia de dolor
Y ese cielo gris que mata el amor
Regó en cada gota un corazón partido
Se llevó los malos recuerdos
Y dejo al sol salir.
Arthur seguía su camino, sin rumbo fijo y con la mirada perdida, camino hasta aquel sendero donde una vez estuvo apuntó de declararse.
Ese era el sitio favorito de ambos, los recuerdos volaron por su mente.
Aquellas tardes caminando por ese mismo lugar, tomados de la mano, con sonrisas y miradas cómplices.
Llegó a la banca donde siempre se sentaban, vislumbró una silueta, iba a dar la vuelta pero una voz lo detuvo.
—Te estaba esperando, Iggi~
Bien, Acabé con este two-shot, en serio espero y les haya gustado
Lamento haber hecho que en el capitulo anterior hayan usado sus galletas de animalitos para cortarse las venas, y sobre todo ¡GRACIAS A-CHAN! Que me corrige para no mostrar un asco de historia :D
Y por haber corregido aunque tenia sueño :D
Mil gracias por todo el apoyo que me dan en todas mis historias, que me tardo en actualizar, Mil gracias :D Por cierto, ya han visto el nuevo botoncito para dejar Review, es muy cute :D
Porque yo apoyo a:
"Un mundo con un Alfred más salvaje grr~"
Y:
"A un mundo por un Matthew más grr ~
