Clases de cocina ~
Capitulo 2: "Chocolate Caliente"
Espire lentamente –entre dientes- en un vano intento por controlar mi incipiente hiperventilación. Contabilice mentalmente hasta diez, antes de abrir la puerta y atreverme a cruzar el umbral de la puerta, con pasos titubeantes.
Y allí estaba él, con su imponente figura –que conseguía aturdirme a tal punto, que toda la torpeza que poseía salía a flote con el sólo hecho de encontrarme en la misma habitación- murmurando de espaldas a mí algo que mi aturdida mente no era capaz de procesar. Pues a todo cuanto podía prestar atención era a esos perfectos y sedosos mechones de cabello cobrizo que se enroscaban sobre la pálida piel de su cuello, los imponentes y bien formados –pero no por ello excesivos- músculos de su espada y brazos, su fina cintura –que sin dudas mis brazos rodearían sin problemas- su cadera sugerente, y finalmente –pero no por ello menos importantes- sus largas y malditamente bien contorneadas piernas.
Simplemente perfecto.
Y eso era quedarse corta, pero representaba una buena forma de describir a mi muy excitante profesor de cocina. Que me trastornaba y llevaba al límite mi cordura cada semana, al susurrar demasiado provocador las instrucciones de la clase en mi oído, al rozar –más de la cuenta- su cuerpo perfecto contra el mío, masajeando –con las suaves y desquiciantes caricias de sus manos- mis brazos y manos cada vez que la situación ameritaba amasar algo, o simplemente nos encontrábamos lo suficientemente solos para permitirse además recorrer mi cuello con la punta de su nariz.
Un escalofrío sacudió mi columna vertebral con sólo recordar nuestras "sesiones de cocina".
-muchas gracias señorita Swan por honrarnos con su presencia- canturreo la sedosa voz de Edward, revestida de la cuota justa de sarcasmo. Que hizo dar tumbos a mi sangre por las paredes de mis venas.
-yo… lo siento. Tuve un inconveniente con mi coche- susurre despegando mis pies de la entrada, para encaminarme a mi sitio. .
Todo el rubor del mundo se concentro en mis pómulos, cuando mis iris hicieron contacto con las de Edward. Quien sólo sonrió –con esa maldita sonrisa torcida suya, que hizo castañear mis rodillas- indicándome con un gesto que continuase con mi recorrido.
Mis manos se aferraron al mesón –a penas estuvo a mi alcance- sosteniendo así el peso que mis piernas eran incapaces de cargar con aquellas preciosas iris de impactante color esmeralda fijas en mi.
Devolví –a duras penas- la sonrisa que Ángela –mi compañera en esa clase- me regalo para infundirme ánimos. Al creer erróneamente que la expresión de aturdimiento que mostraba mi rostro, se debía a la preparación que se detallaba en la pizarra blanca tras el profesor de cabello cobrizo y no por el mismo Edward.
Si ella supiese...
Suspire, poniéndome manos a la obra. Rezando porque mi creciente aturdimiento no afectase a mis de por si defectuosos reflejos, y acabase por crear un desastre de proporciones que me pusiese en ridículo frente al más increíble y maravilloso de los hombres. El cual –por una muy dudosa razón- parecía interesado en mi durante nuestras "clases" de cocina, si es que era eso lo que hacíamos cada semana, pues a mi más me parecía un concurso por quien conseguía incitar más al otro. Y estaba más que claro que yo era la eterna perdedora en ese juego.
Atenta –como nunca- a mis movimientos, encendí la estufa, colocando sobre el fuego una gran olla con agua sobre la cual coloque el bol de acero con los 100 gr de chocolate y los 150 de mantequilla que debía derretir a baño maría.
No fue necesario voltear o siquiera rodar mis ojos hasta su posición, para comprender que mi sexy profesor se encontraba a escasa distancia de mi tambaleante cuerpo. Pues el embriagante aroma que despedía su cuerpo ya estaba siendo degustado por mis sensibles neuronas nasales desde hacía más de un minuto, ocasionando que todas mis sentidos se pusiesen en alerta, y olvidaran prestar atención –sin consideraciones- a la preparación de los brownies de chocolate y almendras.
-me parece que esto ya está- canturreo su bella voz, erizando la piel de mi cuello. –déjame ayudarte-
Mi cuerpo entero se sacudió ante la cercanía del suyo. Mordiendo mi labio inferior, contuve el jadeo que amenazaba con salir ante el choque de su duro cuerpo contra mi espalda, al inclinarse tras de mi para retirar el bol del fuego.
-gracias- murmure con un hilo de voz, evitando a toda costa encontrar su mirada. Sabiéndome pérdida si lo hacía.
-de acuerdo, ten cuidado de no quemarte. Vuelvo luego a ver como estas- susurro ¿molesto? Ante el reclamo de su atención por parte de una de las chicas del mesón contiguo.
Asentí con la cabeza, insegura de cómo sonaría mi voz. Inhalando hondo en busca de la concentración que requería para continuar, empeñando todo mi autocontrol, para mantener a ralla los innumerables pensamientos que se había apoderado de mi mente ante la cercanía de Edward.
Con cuidado vertí los correspondientes gramos de harina, levadura, azúcar y almendras picadas, además de la cucharada y media de esencia de vainilla y polvos de hornear. Mis manos comenzaron a sudar, cuando cometí el grave error de mirar a Edward, ya que todo mi cuerpo reclamo su contacto. Tal vez más cercano de lo que era correcto, teniendo en cuenta que él era sólo mi profesor y yo su simple y descuidada alumna.
Revolví –no sin esfuerzos- la mezcla con movimientos circulares y uniformes, consiguiendo al cabo de un buen rato una consistencia homogénea como era de esperar, lo cual no dejo de alégrame, pues aún no cometía ningún estrago. Algo que agradecí en el alma a quien fuese que me hubiese oído allá arriba.
De nada servía ser conciente de su presencia, aún antes de que estuviese –tentadoramente- al alcance de mi mano. El calor de su cuerpo y su magnífico aroma conseguían ponerme tanto o más ansiosa y extremadamente nerviosa que la primera vez, desencadenando un cosquilleo en mi vientre con el sólo canto melodioso de su voz. Como cuando susurro –demasiado sensual- junto a mi hipersensible oído:
-¿En qué puedo ayudarte Bella?-
¿Era yo, o aquella pregunta tenía una doble connotación?
Porque sin dudas yo necesitaba muchas cosas de él, y ninguna de ellas llevaba relación con la repostería. O tal vez si, si él estaba dispuesto a prestarme su perfecta anatomía como pote para degustar mis postres.
¡Contrólate Bella!
-yo no…- mi mente se paralizo por completo cuando el poder de ese par maravilloso de esmeraldas envolvieron mis castañas iris.
-¿Bella?-
Cerré los ojos, al sentir la calidez de su aliento en mi rostro y su adictivo sabor a menta colarse por mis labios entreabiertos. Trague, sintiendo la frescura de su aliento descender oscilante por mi faringe rumbo a mi esófago.
-¿Bella, estas bien?-
Sisee –entre dientes- apretando los parpados con fuerza, cuando las imágenes comenzaron a girar sin control en mi mente y un lindo caleidoscopio hizo brillar –con frenesí- sus colores frente a mi retina.
-sólo estoy algo mareada…- me oí murmurar tenuemente por sobre el brillo deslumbrante de colores.
Algo frío me rozo la frente y al segundo la esencia concentrada de su aroma me arremetió con todas sus fuerzas, haciéndome temblar. La sensación era increíble y contribuyo a refrenar el paso de las imágenes en mi mente, pero cuando el toque frío se esparció por mi rostro –erizando mi piel a su paso- comprendí de que se trataba y mi corazón dio un vuelco.
¡Eran sus manos!
Inhale hondo, pero fue inútil, tan sólo conseguí aturdirme aún más, al inspirar la maravillosa esencia que despedía el cuerpo de Edward. Todo en mi cobro vida, ante el simple roce de sus manos suaves por mi rostro. Notando como el deseo volvía a arder en mi, con más ansia de la que había experimentado nunca en nuestros furtivos encuentros. Y debía ponerle un alto, antes de que la situación acabase por escapar de mis manos, y cometiese una locura de la que me arrepentiría hasta mi octava vida.
-en ese caso debes sentarte- canturreo su voz mientras acercaba un taburete y me sentaba en el sujetándome por la cintura. -¿qué tal estas?
-el suelo no deja de dar vueltas- reconocí entre dientes.
El crepitar de su risa musical, acelero el pulso en mis venas, embelesando a mis oídos con su ritmo contagioso.
Separe a penas los parpados, para comprobar que su muy perfecto e incitante rostro estaba demasiado cerca del mío, para el bien de mi salud tanto física como mental.
-¿Cuántos dedos ves?- dijo curvando sus labios generosos en una cautivante sonrisa torcida. Poniendo sus blancos y largos dedos frente a mi.
-tres-
Sonrió, robando con descaro el aire a mis pulmones.
-¿Entonces, cuál es el diagnostico?- susurraron mis labios, antes de que fuese conciente para detenerlos.
Su sonrisa se ensancho, haciendo brillar con mayor énfasis sus iris verde.
-sobrevivirás. Pero por seguridad, es aconsejable que esto lo haga yo- gesticulo mientras sus manos volteaban mi mezcla para brownies en un molde para horno.
Fue imposible no seguir uno a uno sus movimientos, como una completa idiota –de eso estaba segura- sentada sobre el taburete en que él me había dejado, mientras se encaminaba a depositar mis brownies dentro del horno.
Edward se desplazaba con un garbo capaz de enloquecer y deslumbrar a cualquiera, pues hasta el más mínimo de sus gestos era malditamente seductor y excitante, y yo como una esponja absorbía cada uno de sus encantos. Conciente de que acabarían por pasarme la cuenta muy pronto, si no encontraba una escusa para salir de allí y despejar mi mente en una tina repleta de hielo.
-¿mejor?- ronronearon sus labios, rozando el lóbulo de mi oreja.
Mis mejillas se ruborizaron al instante y la respiración se me atoro en la garganta cuando sus pectorales se marcaron por sobre su camisa gris, al sentarse frente a mi.
Asentí, fijando la mirada en mi regazo, donde mis manos estrujaban los dedos de su homóloga. Sintiendo sus ojos siempre fijos en mi, rogando para que los siguientes treinta minutos fuesen los más cortos de mi vida, y pudiese sacar mis brownies del horno y huir de allí.
-por un momento creí que hoy no te vería-
Sus palabras me pillaron de improviso, y en contra de mis imposiciones alce la vista hasta perderme en esos ojos esmeralda que no conseguía sacar de mi cabeza.
-te hubieses librado de mi torpeza- dije apartando la mirada, algo intimidada por la intensidad de la suya.
-pero eso no compensaría el perderme esto-
Un placentero escalofrío recorrió mi cuerpo cuando sus dedos se deslizaron por mi rostro, rozando a penas mi labio inferior, para descender por mi mandíbula y alzar mi barbilla con una estremecedora caricia. Caricia que consiguió reunir todo el rubor del mundo en mis pómulos.
El deseo disparo la adrenalina en mis venas, despertando hasta la más recóndita de mis terminaciones nerviosas con su tortuoso y turbulento paso por las paredes de mis venas. Lo desee cerca –como jamás me había ocurrido con nadie- y qué decir de sus labios, si antes me habían tentado, ahora me volvían total y completamente loca, al sonreír de manera torcida a tan corta distancia de los míos, llamándome a saborearlos con mi lengua y mordisquearlos hasta realzar –si era posible- el tono rojizo que componía sus curvas generosas, de lo que imaginaba sería suave y sabrosa piel.
-sí, nada es más adorable que el color de tus mejillas- murmuro su voz revestida en terciopelo.
Mis entrañas al completo se estrujaron de sólo oír sus palabras, eso sin considerar el vaivén de sus dedos por mi mandíbula hasta mi cuello. Lo deseaba y de que forma, si tan sólo no tuviésemos público.
En un vago intento por recuperar mi cordura, recorrí la sala con la mirada, sintiendo mis ojos prácticamente salir de mis cuencas al observar en detalle el lugar.
¿Dónde demonios estaban todos?
Jadee –notando como mi garganta se comprimía por el deseo que parecía querer consumirme- cuando los labios de Edward sustituyeron el camino de sus manos por mi cuello, presionándose levemente sobre el lóbulo de mi oreja.
-yo… tengo… debo irme- tartamudee, buscando con la mirada a Ángela.
Pero por todos los cielos, no había nadie ¡Estábamos completa y peligrosamente SOLOS!
-no te vayas…- volvió a ronronear, acariciando con sus dientes mi lóbulo derecho. Dejando sus manos caer por ambos lados de mi cuello hasta mis hombros.
Las escusas comenzaron a abandonar mi mente, por lo que acabe por mandar de vacaciones la escasa cuota de racionalidad que aún poseía y me entregaba a sentir y disfrutar del placer al que Edward estaba arrastrándome. O en eso estaba cuando el suave "clic" del horno me pareció el sonido más molesto del planeta.
Las manos de Edward me dejaron demasiado rápido, para encaminarse –a grandes zancadas- junto a la hilera de hornos, a retirar mis brownies. Dejando un regusto a poco y una enorme sensación de inconformidad en mi.
Sentí mi respiración volverse errática, conforme mis ojos se deleitaban con los movimientos de Edward, con cada contracción de los músculos de sus imponentes brazos, al desmoldar –sin problemas- los brownies y dejarlos sobre un plato con un gesto profesional, que sólo consiguió excitarme más.
-mis felicitaciones, tiene un esquicito aroma- murmuro meciendo mi cabello con su aliento –pero la mejor forma de disfrutarlos es con chocolate, déjame preparar un poco- continuo escabulléndose de mi lado nuevamente.
¿Es que sufría de trastornos bipolares? Habíamos estado a punto de besarnos y él se iba a preparar ¿¡chocolate!
Resople notoriamente frustrada, pero sin ser capaz de dominar mis piernas y alejarme de allí. Aún y con su tan sutil forma de cambiar de tema y querer pretender que nada había pasado, confirmaba mis dudas acerca de su atracción hacia mí, desmoronando más mi ya pisoteado ego, pero a pesar de todo no deseaba alejarme de él. Llámenme masoquista, pero una parte de mi se aferraba a la idea de que había algo más, y yo deseaba averiguar de que se trataba.
-ya esta-
La dulzura de su voz fue miel, que mis oídos bebieron sedientos, mientras lo veía ocupar su lugar frente a mí –tentadoramente al alcance de mi mano- tendiéndome una humeante taza de chocolate, junto a uno de mis brownies.
-delicioso- dijo Edward tragando un trozo y acercando la taza a sus labios.
En aquel segundo hubiese vendido mi alma, con tal de ser aquella taza que sus labios acariciaban, como yo deseaba que hiciese con los míos.
Resignada bebí de mi chocolate, maravillándome con el sabor que deleito mis papilas gustativas, aquello sin dudas era lo más esquicito que había probado en mi vida.
-¿te gustó?-
-claro, no hay nada mejor que el chocolate-
Tal vez tus labios, pero al parecer nunca lo sabré.
-tienes chocolate aquí-
Mi cuerpo entero reacciono al roce de sus dedos contra la comisura de mis labios, perdiendo el hilo de mis pensamientos cuando sus dedos se permitieron delinearlos –con extrema lentitud- y su rostro se inclino a tal punto que al aire que inspiraba estaba cargado de su perfume.
-Bella sé que esto no es correcto, pero no puedo aguantar una semana-
¿Pero de qué demonios de semana hablaba?
-¿una semana?- pregunte confusa.
-en una semana dejare de ser tu profesor y esto no irá en contra de las reglas. Pero no soy capaz de esperar hasta entonces- bailotearon sus labios, hechizándome con sus encantos.
-¿esto?-
-Bella, despiertas en mi un deseo contra el que ya no puedo luchar- dijo apartando un par de bucles de mi rostro pasmado por la sorpresa.
-entonces no lo hagas- me oí murmurar con una voz casi inaudible y desconocida.
Sus labios se curvaron en una deslumbrante sonrisa, antes de inclinase y presionar su calidez a lo largo de mi mandíbula.
-no sabes lo que me complace escuchar eso- ronroneo besando la piel bajo mi pequeña oreja. Presionando el punto justo, que encendió en un ardiente deseo hasta la última de mis células.
Mis manos subieron –sin titubeos- hasta su rostro, enroscando los dedos entre los suaves y alborotados mechones de su cabello –que resultaron ser más suaves de lo que había imaginado-. Una descarga eléctrica sacudió una a una mis células cuando Edward soltó un suave gruñido contra la piel de mi cuello, succionándolo luego con sus labios.
Con desesperada ansiedad incline mi rostro en busca del suyo –perdido en mi cuello y la prominencia de mi clavícula- besando todo a mi paso –deleitándome con el sabor y la textura de la piel de su rostro- hasta alcanzar mi objetivo; sus carnosos y tentadores labios.
No fui capaz de contener el jadeo que escapo de mi boca, cuando mis labios rozaron la dulce piel de su labio inferior –estremeciendo mi cuerpo con ese simple roce-. Antes de permitirme recórrelos en toda su extensión, con pequeños besos que nos desquiciaron a ambos.
Las manos de Edward acunaron mi rostro y nuestras miradas se encontraron en un instante inmensurable. Me deje deslumbrar por aquellos ojos hermosos y la sensación de sus manos contra mi piel, comprendiendo que había dado un paso que no podía –ni quería- retroceder, y la sola idea me encantaba. Y por un instante me pareció ver lo mismo en sus orbes de resplandeciente verde esmeralda, como si fuesen un reflejo de los míos.
Era conciente que no existía lógica, pero no me importo. Si esto era sólo el ahora, pensaba aprovecharlo todo y al máximo, si después había que disculparse.
Embelesando mis pulmones de su aroma atrape su boca con la mía, besándolo sin restricciones y con todo el anhelo que sentía por aquellos maravillosos labios.
El primer encuentro fue una descarga de locura, el segundo un torrente de emociones que aumento el deseo que quemaba en mi interior y el tercer, bueno el tercero fue mi mayor perdición, cuando su lengua entro al juego, profundizando el beso de la forma más deliciosa pero no por eso menos incitante, que me hizo soltar un gemido que su boca devoró por completo.
Mis manos se soldaron a su cuello, descendiendo por sus hombros y el comienzo de su espalda –mientras mi paladar de regocijaba de placer, al degustar el adictivo sabor de su boca- las suyas por su parte masajearon mi cuello, antes de rodear mi cintura y acabar con toda distancia entre nuestros cuerpos, compartiendo el jadeo que produjo el encuentro y que fue amortiguado por el furioso encuentro de nuestros labios, que se negaban a dejar ir los del otro.
-sabes maravillosamente a chocolates y fresa- susurro Edward con voz ronca, dejando un rastro de besos húmedos por mi cuello hasta el pequeño escote de mi blusa.
Inconsciente mente me restregué contra él, maravillándome con la fricción y las muchas cosas que note con aquel pequeño –pero para nada inocente- movimiento.
Mi mente divagaba a la deriva, mecida por un millar de sensaciones que aturdían mis sentidos y que despertaban un candente cosquilleo, donde fuese que las fuertes y grandes manos de Edward se posaran. Olvidando hasta mi nombre cuando sus manos ascendieron por mi espalda, masajeando mis costados por sobre la delgada tela de mi blusa cuadrille.
Las embestidas se sus labios se volvieron más intensa, más apremiantes, y mi boca se esforzó al máximo en responderle y compartir su ritmo. Mientras nuestras lenguas desataban la tercera guerra mundial de manera alternada dentro de nuestras cavidades bucal.
El apremio por aire se volvió una prioridad cuando perdí la noción del tiempo, y me olvide hasta de continuar respirando. Pero es que ello suponía una tarea bastante dificultosa, cuando su boca esta succionando tan sensualmente mi labio inferior y sus manos no detenían su inspección por mi cuerpo –bueno las mías tampoco lo hacían- aumentando peligrosamente mi temperatura corporal.
Jadee –en busca de aire- en el momento en que los labios de Edward me dieron un respiro y descendieron por mi cuello, besando, mordisqueando y succionando todo a su paso. Acelerando –aún más- mi pulso y de paso mi respiración al rodear con su húmeda boca el botón más sensible de mi pecho, haciéndome arquear la espalda automáticamente hacía él, para darle un mejor acceso.
No fui capaz de controlar el impulso de jalar un par de mechones de su cabello –hundiendo su rostro contra mí- ganándome un estimulante gruñido por su parte contra mi pecho. Mordiendo mis labios para no gritar, deslice mis manos por su pecho, soltando los molestos botones que me impedían tocar su piel. Adivinando mis intenciones, Edward se alzo con los ojos oscurecidos por el deseo, besándome de una forma que debía estar prohibida, pero que me permitía un mejor acceso a los botones de su camisa.
Sus hábiles y expertas manos no se quedaron atrás, acariciando mi cadera se inmiscuyeron bajo el dobladillo, recorriendo la piel de mi vientre en el instante mismo en que mis manos hacían contacto con la suave y sedosa piel de su pecho. Con renovada ansiedad, solté los botones restantes, fascinándome con el espectáculo que se presentaba frente a mí.
Mi boca cobro vida propia, y tras un último roce con sus labios, descendió –mordisqueando el ángulo de su mandíbula- hasta su cuello, donde mi lengua salió al encuentro de su piel, para saborear en toda su extensión el torso perfecto de Edward. Quien continuo con sus manos el asombroso trabajo iniciado antes por sus labios y lengua en mi pecho.
En un ágil movimiento, sus manos consiguieron abrir mi blusa, y su boca rego un sinfín de besos por sobre el encaje de mi brasier. Y con otro –igual de imperceptible y rápido- sus manos se aferraron a mis muslos, subiéndome al mesón –con un extraordinario masaje- mientras Edward se abría paso entre mis piernas, que se aferraron –sin titubeos y con fuerza- a su diminuta cintura.
Molesta por las restricciones que la tela me ponía, comencé a deslizar la camisa de mi profesor por sus pálidos y perfectamente musculosos brazos, con Edward devorando –sin contemplaciones-mi cuello. Lo que sin duda dejaría marcas mañana, mientras se afanaba en liberar mi cuerpo del encaje y los restos de mi blusa.
Incline mi cabeza sedienta, jalando de su cabello para separar su rostro de mi piel y poder devorar sus labios con libertad. Temblando a la par cuando el encuentro se concreto y un torrente de maravillosas sensaciones abrazo mi cuerpo, y agilizo la lucha de mis manos con su molesta ropa. Acallando con las furiosas arremetidas de nuestros labios insaciables, los gemidos que nuestras caricias –en su inspección por el cuerpo del otro- ocasionaban.
Los dientes de Edward mordisquearon –con desesperante insistencia- mi labio inferior, cuando mis dedos se enroscaron en la pretina de sus pantalones, liberando –con un suave tirón- tanto tu cinturón como el enganche del botón, ganándome un perfecto gruñido junto a mi oído que hizo palpitar mi pulso y sobre humectar mi centro ardiente.
En un intento por aumentar sus gruñidos y los siseos que soltaban sus –ahora muy hinchados- labios, deslice mis dedos con deliberada calma por sus muslos, dibujando la forma de sus bóxers por sobre la tela del pantalón. Consiguiendo de paso que sus manos aumentaran su agarre en torno a mi cuerpo –volviendo las caricias más profundas y apremiantes- trastornándome al deslizar su boca cuello abajo y succionar con su lengua la piel de mi pecho hasta contornear con ella mi ombligo, haciéndome temblar al punto de sentir mis pantorrillas vibrar.
Un momento no era yo quien vibraba.
Edward dejo caer su frente en mi clavícula, cuando la maravillosa melodía de Debussy lleno la sala desde el bolsillo de su pantalón.
-un segundo- jadeo besándome castamente en los labios, antes de alejarse unos pasos e inhalar hondo antes de contestar. –¿Diga?- escucho en silencio a su interlocutor frunciendo el ceño –Tanya cielo ¿dónde estás?-
Mi corazón se detuvo.
¿Pero quién demonios era la dichosa Tanya? No podía ser su novia ¿o sí?
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Fin!
Holap!
Primero que todo; mil disculpas! De verdad siento en el alma la tardanza, pero luego de publicar tuve los exámenes finales en la Universidad, y al parecer estos secaron mi mente, porque hasta la semana pasada fui incapaz de escribir algo que me gustase. Y bueno las fiestas de fin de año tampoco ayudaron xD!
En segundo, pero no por ello menos importante; muchas gracias por sus reviews, alertas y favoritos! Juro que casi me infarte, cuando al cabo de un par de horas mi bandeja de entrada tenía como treinta mensajes de fanfiction! ^^
Sinceramente espero no me odien ni me manden a los Vulturis por como ha terminado el cap. en mi defensa puedo decir que nada es lo que parece! Y lo descubrirán muy pronto, ya que el próximo capítulo es un Edward POV :p
Y bueno, como varias me preguntaron les diré que en las clases de Edward hay mujeres desde 20 –como Bella y Ángela- y otras de que se acercan a los 40 –recuerden que la clase es originalmente de Esme-. Por otra parte la elección de las recetas no tiene nada de particular en sí, son sólo parte de mi reducida lista de repostería, asi que estoy abierta a sugerencias para las próximas clases, a ver si en una de esas se cumple el deseo de Bella y come sobre la anatomía de Edward –no digo más! xD!-
Como siempre va dedicado a mi amiga Clau –quien me trae helado de chocolate, para que me inspire y escriba pronto- y a mi melliza perdida –que aunque a la distancia, seguimos pensando lo mismo-
Espero se animen y me dejen saber lo que les pareció, pulsando el botoncito verde de abajo y dejándome un review. Siempre de la forma más constructiva posible xD!
Hasta el próximo capítulo!
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Bye.-
