N/A: aunque estoy de exámenes, estoy intentando cumplir con el tiempo máximo de actualización (15 días), y por eso subo este capítulo hoy. Hay dos cosas que me preocupan al respecto de esta historia: 1) que sea pedante o tediosa 2) los Lemon. Si tenéis tiempo, indicadme aquello que se os haga pesado, y también si esperáis Lemon del nivel de "Algún día". Gracias por mostrar vuestro apoyo, estoy gratamente sorprendida. Quería también indicar que todos los personajes que tienen relevancia en esta historia están vinculados con los personajes de Los Juegos del hambre, solo para que lo tengáis en cuenta, no puedo decir más porque si no desvelaría demasiado.

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Capítulo 1

Una pregunta estúpida

—Y bien, señor Mellark, permítame que empiece esta entrevista sin rodeos: ¿qué le lleva a desear ser el presidente de Panem?—Finnick Odair lanza al entrevistado una mirada cómplice, e irremediablemente familiar.

Dandy tarda alrededor de tres segundos en contestar. Sus pupilas parecen contraerse al mirar a su interlocutor, su iris gris neblinoso se hace más grande. Las cámaras enfocan su mirada, su expresión reflexiva se emite en las pantallas de todas las televisiones que han sintonizado el canal nacional. Peeta sonríe al ver a su hijo, tan parecido a él cuando era joven, Katniss se remueve sobre las piernas de su marido, y reconoce su propia mirada dura en los ojos de su hijo; aunque no le pasa por alto la bondad, heredada de Peeta, que irradia en ellos, Katniss Everdeen se alarma, porque desconoce dónde acaban los rasgos que Dandelion ha adquirido de ellos, y dónde empiezan los de él; Katniss Everdeen se da cuenta de que teme la posible grandeza de su hijo, mientras Peeta Mellark queda atrapado, simplemente, en un amor obnubilante.

—No es una pregunta fácil de responder, aunque tengo clara la respuesta. —Pronuncia el hijo de los amantes trágicos, su entrevistador y amigo, descruza las piernas para volverlas a cruzar.

—He empezado fuerte. —Comenta Odair, y oculta con el dedo índice su media sonrisa, el entrevistado no cambia su expresión, el gris de su mirada sigue reflejando su cavilar, entonces, por un momento, parece haber cesado de moverse el engranaje de su mente. Dandelion se recuesta en su asiento y, visiblemente relajado, contesta:

—Creo que las cosas se pueden hacer mejor. El presidente actual tiene toda mi admiración, pero estamos cayendo en algunos errores del pasado. Pequeños detalles que podrían llevarnos a una situación meramente materialista. —Sentencia el pequeño de los Mellark, Odair toma nota mental de su respuesta aunque no es necesario, pues el aparato electrónico que sostiene en sus manos, transcribe cada palabra pronunciada por Dandelion, colocándola en el lugar correcto del texto que muestra las preguntas.

—Meramente materialista. —Repite Odair, Dandelion no asiente con la cabeza, pero da la impresión de hacerlo en un leve parpadeo de sus largas pestañas rubias.

—Hace un tiempo —prosigue el chico— aquí, en esta ciudad, las personas olvidaron lo que importaba hasta tal punto que podían comer palomitas mientras veían como otra persona, un hermano, de su mismo país, de su misma especie, moría desangrado. —Su frase parece provocar que se espese el aire. La cosa empieza a ponerse interesante para su entrevistador, y sus compañeros periodistas, que ya ven el primer titular para el evento, mientras el público, en especial las personas de mayor edad, se remueve en sus asientos.

En la Aldea de los vencedores, del Distrito 12, Katniss Everdeen abandona las piernas de Peeta Mellark para sentarse a su lado, con los dedos cubriéndole parcialmente los labios. Peeta deja caer una muda exclamación, tal como lo hace su propia hija Alisma Mellark en la casa que comparte con Finnick Odair y Annie Cresta. En ese mismo momento Haymitch Abernathy, que está viendo la entrevista con interés, junto con Eleanor Everdeen, la madre de Katniss, señala el televisor con una cerveza sin alcohol y sentencia: "No sigas por ahí, chico", sin embargo, Eleanor, solo tiene admiración para su nieto, pues ella comparte la impresión que manifiesta.

—He empezado fuerte. —Añade Dandy, sin mover ni un milímetro la expresión de su rostro, pero claramente sonriendo con la mirada, mientras Odair sigue tapando sus labios con el dedo.

—Bueno, ya estamos en el mismo punto, eso está bien. —Afirma Finnick.

—Eso espero. —Añade Dandelion, a modo de broma, sin embargo, el público no ríe, se encuentra indeciso, pues no saben si el chico realmente habla en clave de humor, ya que la dinámica de aquel Mellark con su entrevistador es muy diferente a la que su padre pudo tener años atrás, con Caesar Flickerman, el cual, de hecho, se halla entre dicho público.

—Seguro que sí —Asevera Finnick, que no tiene duda sobre el espíritu bromista de Dandelion—. Bien, señor Mellark, el tema del materialismo lo ha abordado en más de una ocasión en la columna de opinión del periódico de su facultad, pero algo que no acabo de entender es, ¿por qué cree que es necesario un cambio de gobierno para ello?

—No creo que sea necesario pero sí creo que es lo ideal —El entrevistado hace una pausa, como Finnick no parece tener intención de añadir nada, prosigue—. Soy joven, y sólo conozco esta época de prosperidad, si hubiera cualquier otro candidato joven, lo apoyaría, porque creo que es necesario un presidente que haya nacido en esta etapa de paz y que, al mismo tiempo, esté creciendo con ella.

—Así que cree que el presidente actual es demasiado mayor para su puesto. —Resume Finnick, Dandelion ladea, de forma casi imperceptible, la cabeza.

—Es una forma de verlo. —Comenta el chico.

— ¿Está de acuerdo, entonces?—Insiste Finnick que, como buen periodista, busca afirmaciones rotundas y, a ser posible, con un chispa de polémica.

—No estoy en desacuerdo —Consiente Dandelion, y en este caso los dos intercambian una mirada reveladora, Finnick tiene claro que esa entrevista continuará tras las cámaras, si el chico se deja, claro.

El apuesto periodista lee en la pantalla de su dispositivo un mensaje en rojo, de Lila Trinket, y sabe lo que quiere decir el rojo: "introduce algo interesante", "haz un giro", o "estás aburriendo a la audiencia". Así que, con un movimiento rápido de la yema del dedo sobre la pantalla, pasa a las preguntas que tenía preparadas para el "código rojo".

—Dandelion Mellark—Dice Finnick Odair, y echa una mirada al público, que se endereza en sus butacas, como atraídos por un hilo invisible que el atractivo entrevistador, tan hermoso como su difunto padre, les lanza desde el centro de sus pupilas—, en el caso de que usted fuera presidente, sin duda sería dentro de unos cuantos años, puesto que todavía no ha acabado su formación, y que el presidente tampoco ha acabado su segunda legislatura.

—Así es.

—En cualquier caso, hay algo que la gente teme de su posible gobierno, por encima de todas las cosas —Sonríe, abiertamente, Odair. Dandelion en esta ocasión muestra una ligera sorpresa—. ¿Sabe qué es?

—La verdad es que no —Confiesa, y se endereza un poco en la butaca. El público espera con curiosidad, ninguno tiene ni la más remota idea de que es lo que se supone que temen del posible mandato de Dandelion.

En sus casas, tampoco los amigos y familiares de los Mellark, o los Odair, saben qué puede ser, salvo Alisma Mellark, que ha leído todas las preguntas que Finnick ha preparado y que, de hecho, le ayudó con dicho listado, añadiendo algunas de su autoría, como por ejemplo, la que el joven periodista estaba a punto de formular.

— ¿Quiere una pista? —Plantea Odair, cuya sonrisa se ha pronunciado; aunque Dandelion se encuentra tentado a contestar con un sí, pues en rara ocasión se le plantea un acertijo que no sea capaz de resolver, decide contestar negativamente.

—No, no creo que acierte. —Dice, saliendo al paso de la situación.

—Pues bien, la mayor parte de la población, temería una sola cosa —Finnick hace un silencio adrede, para alargar la incertidumbre, y finalmente lo suelta—: Que les pusieras a dieta. —El público se queda callado, Alisma ríe en el salón de su hogar, poco a poco entre los espectadores también surge la risa, Peeta Mellark se deja caer en el respaldo del sillón sonriendo mientras Katniss suelta un hondo suspiro.

—¿Se refiere a que no permitiera el consumo de carne? —Pregunta Dandelion, con absoluta seriedad, como ajeno al chiste.

—Efectivamente. —En realidad es una cuestión que los panienses no se han planteado, quizá porque la mayoría de los habitantes, en especial los de los Distritos, fuera del mundo de fantasía de la capital, no creen que Dandelion Mellark tenga una intención real y factible de ser presidente, evidentemente no le conocen los suficiente.

—No tengo intención de prohibir nada, sí tengo intención de que las personas cambien sus hábitos alimenticios por propia iniciativa. —Contesta Dandelion, resuelto.

La entrevista, durante unos quince minutos más, se centra en las hipotéticas medidas que el joven universitario tomaría en caso de presidir Panem. Aunque Lila Trinket envía varios mensajes de "código rojo" a su compañero de trabajo, Finnick no puede hacer nada por aumentar la función, primordial, de divertimento del programa, sencillamente, Dandelion es un tipo demasiado serio, no se presta al espectáculo, no es, decididamente, un "showman", a pesar de ello, el público y los telespectadores, le escuchan con atención.

—Lo que quiero decir con esto —Relata Dandelion, en respuesta a una de las cuestiones de Odair, acerca de la filosofía de vida en la que encuadra al joven— es que en este momento vuelve la espiral de "eres lo que tienes". Lo veo aquí, y veo como se extiende hacia todas las poblaciones. Los distritos no saben de opulencia, la reciben con los brazos abiertos. Las familias, antes, hacían grandes esfuerzos por darles algo que comer a sus hijos, ahora, lo hacen por darles algo con que entretenerse, con lo que sentirse importantes. Lo único que quiero decir es que eso es peligroso, porque así fue como El Capitolio consiguió que los habitantes se olvidaran de que cada año veían personas morir, porque no veían personas, veían una nueva moda.

Ante su discurso, en el Distrito 12 (y en otros, especialmente los que habían sido más desfavorecidos en la época del Capitolio) la mayoría de los telespectadores asienten convencidos, sus hijos jóvenes miran para otro lado, enfundados en sus prendas recién estrenadas, o mientras se entretienen con sus juguetes tecnológicos, recién salidos de los almacenes de la capital. Mientras, en los distritos más prósperos, se inquietan, como si les señalaran con un dedo acusador.

Finnick le pregunta a Dandelion cómo haría para evitar la opulencia, a lo que el chico se limita a decir que haría viable otra forma de ocio. En tan solo quince minutos, el joven remueve la conciencia de aquellos que se creían espectadores pasivos. Tanto Lila Trinket como el equipo del programa se encuentran intranquilos, pues pensaban que el aspirante a presidente querría ser jovial, alegre, animoso, para con los ciudadanos, pero, de hecho, el programa se estaba convirtiendo en una especie de bombardeo a las conciencias, hasta que el propio Finnick Odair considera que es hora de pasar a la siguiente etapa, quizá un poco antes de lo programado. De cualquier modo, y a pesar de lo que los componentes del programa pudieran temer, las personas que se encuentran en el plató se deshacen pronto de las sensaciones que les ha provocado las respuestas de aquel joven, se quedan con la sutil impresión de tener en frente a un ser con un discurso demasiado profundo para una tarde de viernes, y deciden mantenerse bajo el encanto de su aspecto, de su serenidad y de su gran parecido con Peeta Mellark; además, para todos ellos llega, por fin, la parte más interesante del programa, aquella en la que se les permite hacer preguntas al invitado. Las chicas y chicos más jóvenes tienen claro cuáles serán las suyas, mientras los espectadores más románticos están deseosos de saber la visión del joven Mellark acerca del idilio de sus padres, y algún que otro espectador de edad avanzada todavía tiene curiosidad por el gobierno que implantaría aquel muchacho.

En cualquiera de los casos, pronto el equipo de la cadena estatal, y más concretamente del programa "Las preguntas de Panem" retoma la seguridad en el espectáculo, cuando el ambiente se vuelve jocoso, ante la pregunta de las y los adolescentes, aunque para desgracia de estos, Dandelion Mellark no parece dispuesto a soltar prenda.

—¿Eres virgen? —Pregunta una chica de pelo verde aceituna, claramente teñido, con aspecto pícaro. A Dandelion le parece que, aunque lleve una decena de complementos estéticos, como maquillaje, o tatuajes removibles, no debe tener mucho más de trece años.

—No creo que eso sea relevante. —La chica se ríe. Finnick se siente un tanto incómodo con el matiz pueril que ha tomado el programa.

—Se rumorea que tu compañero Jeffrey Wright está enamorado de ti, ¿es así? —Inquiere un muchacho de edad cercana a la chica del pelo verde, este lleva la cabeza rapada formando el dibujo de un arco.

—No lo sé, y de saberlo no lo diría —Sentencia Dandelion, el chico de la cabeza rapada se queda mudo, le mira con interés, y casi le habían apartado el micrófono de los labios cuando formula otra pregunta—. ¿Alguna vez has estado enamorado?

En Panem, y en especial en la capital del cotilleo, el rumor de que el pequeño de los Mellark es un joven asexuado al que no se le conoce pareja, ha generado diversos chismorreos, y una persecución incesante de periodistas, en búsqueda de una instantánea que grabe el momento íntimo entre el, aparentemente, glacial Mellark (tan diferente de aquel joven enamorado que fue su padre) y su posible pareja sentimental. No obstante, todos los esfuerzos son vanos, pues Dandelion se relaciona con un grupo reducido de personas, y el máximo exponente de sus relaciones personales es su compañero, el hijo del técnico de comunicaciones del país el ingenioso Beetee Wright, gracias al cual los rebeldes salieron de la arena en el vasallaje de los veinticinco. Los rumores de que Jeffrey Wright pudiera ser el compañero íntimo de Dandelion Mellark son, al extremo, tentadores, pero nadie puede corroborar algo así.

Dandelion se toma su tiempo para responder, aunque en esta ocasión también sabe, sin lugar a dudas, cual es la respuesta. Demasiado tiempo para responder a una cuestión que solo requiere un "sí" o un "no". Dandelion pronto aprendería que en un mundo donde la información (y la desinformación) fluye a la velocidad de la luz, el silencio nunca se interpreta como un periodo reflexivo, si no como un intervalo inseguro donde inventar una respuesta. No obstante, el tiempo y ciertas circunstancias entregarán al "joven de los silencios" la absoluta confianza de su pueblo.

—No —Responde por fin Dandelion—. No estoy enamorado, a no ser que cuente mi familia, y mi país, en ese caso, es posible que lo esté.

Los tiempos de espera que el chico se toma para contestar, son totalmente olvidados cuando de sus labios sale una frase impecable y cautivadora.

En su casa de la Aldea de los vencedores, Haymitch ríe, y aunque no le resulta agradable, no puede evitar imaginar cómo hubiera sido si su tributo en la arena hubiera sido esa versión masculina de los genes Mellark-Everdeen, ¿se hubiera ganado ese chico, de apariencia serena, audaz y distante, la simpatía de los capitolinos? ¿Hubiera podido liderar una revolución? Era imposible, tanto para Haymitch como para los que habían conocido los tiempos oscuros del Capitolio, no imaginar a esa apuesta réplica de Peeta Mellark, con la mirada del Sinsajo, en una hipotética situación de peligro, en la edición de Los Juegos que vivieron sus padres, y en la posterior revolución que salvó al mundo. Lo cierto era que no parecía probable que alguien que no era capaz ni de comerse un pollo asado, pudiera luchar en semejante situación, pero ¿es necesario luchar para sobrevivir?

La ronda de preguntas y cotilleos se alarga demasiado para el joven Odair, el cual esperaba en vano que el programa volviera a encauzarse con seriedad, lo cual era realmente complicado, pues los más jóvenes del plató se tomaban las ideas de Dandelion Mellark como un juego, mientras que los más mayores todavía no tenían claro si ese muchacho realmente sabía dónde se metía. El pequeño de los Mellark continuaba respondiendo con evasivas, o con mensajes ciertamente patrióticos, que tibiaban algunos corazones. El programa tocaba a su fin cuando el micrófono empezó a acercarse a las pocas personas de edad avanzada que lo reclamaban, Finnick Odair aguardaba alguna esperanza en ellos, pero pronto se desanimó de nuevo y volvió a su Tablet, trabajando en el artículo que publicaría con la entrevista, para la prensa nacional, mientras escuchaba de fondo el intento de espectáculo.

Algunas mujeres interpelaron al chico acerca de sus sentimientos acerca de la historia de sus padres, a saber, su romance en Los Juegos, el secuestro de Peeta, incluso se atrevieron a preguntarle acerca del "incidente" con Coin. Dandelion no hacía ningún comentario que revelara sus sentimientos, en cambio, sí llegaba a realizar alguna sentencia moderadamente polémica, como por ejemplo al respecto de la muerte de Coin:

—Coin era una oportunista dictatorial, nunca nadie hubiera sido más feliz con ella, lo único que hubiera cambiado, serían las víctimas.

Tras aquello, se sucedía una ola de silencio en el plató, como ocurría con algunas de sus frases lapidarias. La claridad del chico, junto con su capacidad para condensar todo un juicio en unas pocas palabras, obligaba a los espectadores a tomar un tiempo para digerirlo.

El tiempo del programa llega a su fin, ha sido una noria de emociones, a pesar de la amocionalidad del protagonista del mismo. Los espectadores tanto en el plató como en sus casas, han hecho un recorrido por lo vivido a través de aquel chico, y han vislumbrado una posible continuación a su propia historia, llegando a imaginar cómo sería si aquel proyecto de líder alcanzaba a gobernar la nación; no obstante, por más que fuera el hijo del Sinsajo, nadie creía realmente que aquello no fuera más que un capricho de alguien que había crecido en el seno de dos personas de gran fama histórica, un muchacho idealista que, quizá, no supiera qué hacer con su vida si no pudiera tomar el relevo del protagonismo de sus padres. Para los más mayores esta era la visión predominante, mientras para los jóvenes, Dandelion no era más que una, relativamente nueva, moda.

Una cortina digital envuelve el lugar donde Finnick Odair y Dandelion Mellark se despiden del público. La cortina se oscurece y las personas se levantan de sus butacas echando miradas intermitentes, por si, por algún error, todavía se pudiera ver algo. Lila Trinket abraza brevemente a Odair y estrecha la mano de Dandelion, para después perderse en su camerino, donde se dispone a hablar con su novia y contarle que teme por su puesto, y que no aguanta más dando gritos y poniendo artificiales sonrisas. Entre tanto, el grupo de imagen personal asedia a los chicos, pretendiendo llevárselos para desmaquillar (a pesar de que Dandelion no está maquillado, pues no ha dejado que lo toquen y ahora tampoco lo hará). Finnick consigue que se retiren con un amable movimiento de su mano, y les informa de que les devolverá la ropa, y que ya se desmaquillará él solo; hace meses que Finnick Odair no ve a su apreciado cuñado, que es como un hermano pequeño para él, y lo que menos quiere es perder el tiempo con el equipo de esteticistas del programa. Dandelion empieza a parecer más humano en cuanto los dos se quedan solos en el plató en penumbras, alguien grita desde dentro que tienen que desalojarlo, pero Finnick no puede dejar de mirar con cariño a Dandelion, aunque este ya no sea un niño, sino un proyecto de adulto que hace unos meses ha cumplido diecinueve años.

—¿Tomamos un café? —Le pregunta Odair, Dandelion se encuentra con los ojos cerrados, deja caer un suspiro. No se encuentra estresado, pero necesita paladear el silencio y la oscuridad, después del asedio de las preguntas, el ruido del tumulto, y el impacto de las luces artificiales.

—De acuerdo.

Finnick Odair camina junto a Dandelion Mellark por la avenida más comercial del centro del Nuevo Núcleo. La avenida no es solo tremendamente comercial, también es escandalosamente tecnológica, con sus hologramas y pantallas inmensas, bombardeando con publicidad a los transeúntes. El gentío va y viene, como una lluvia de colores y voces, de un lado a otro, los coches se desplazan a gran velocidad, en modo automático en su mayoría, los semáforos cambian de luz en diferentes puntos de la avenida, algunas personas cantan o tocan un instrumento, añadiendo otro sustrato de ruido al ambiente, haciéndolo aún más caótico. Dandelion camina rápido, como todo el mundo en la ciudad, muy cerca del cuerpo de Odair, pues, aunque no es consciente de ello, cuando está con su familia algo de él vuelve a convertirlo en un niño, y en este caso la proximidad con quien fue su cuidador, Finny, con quien es uno de sus mejores amigos y, en definitiva, lo más parecido a un hermano mayor, le otorga algo así como una burbuja de oxígeno, la sensación de que junto a él el asedio urbano no puede tocarle, porque aquel joven que siempre le protegió, el niñero permisivo que ahora está casado con su hermana, le llevará a un lugar tranquilo. Y Dandelion está en lo cierto. En cuanto puede, Odair se interna en una calle perpendicular a la avenida, de ahí se introduce en calles cada vez más pequeñas, solitarias, y estrechas, hasta que en un rincón sombrío, donde el ruido es ya solo un rumor, Dandelion descubre una diminuta cafetería de aspecto antiguo, casi anti-tecnológico, se podría decir, nunca ha visto nada igual, salvo en las novelas literarias de hacía siglos, que les habían obligado leer en el Instituto.

—Hemos retrocedido en el tiempo —Anuncia Finnick, echando un brazo por encima de Dandelion y llevándole con él al interior de la cafetería.

Cuando Dandelion se sienta allí se da cuenta de que Odair no solo es diferente a casi todas las personas que conoce, además viste diferente, se mueve diferente, y mira de forma distinta. Desde luego es un ser especial, lo que en el Nuevo Núcleo llaman "alternativo", porque en aquel lugar tienen nombres para todo, lo cual les lleva a clasificar de forma banal a las personas, precisamente a Dandelion le denominan así. Pero Dandy sabe que Finnick no es, sencillamente, "alternativo", Finnick Odair Junior es un ser único, nada más, y él toma conciencia, en aquella pequeña cafetería, del afecto que le profesa, ahora que lo tiene en frente puede sentir que lo ha añorado mucho. La añoranza hacia el joven periodista, le lleva irremediablemente a la nostalgia de su hogar, sus padres y…

—¿Cómo está mi hermana? —Pregunta, de repente, como si acabara de acordarse de que tiene una hermana. Finnick en ese momento está mirando la carta de cafés, Dandelion no la ha abierto ni un solo instante, pues sabe de antemano que pedirá un capuccino con leche de soja, para él nada como tomar un capuccino en un lugar nuevo para saber si repetirá, por supuesto, es indispensable que puedan confeccionar sus vasos con leche de soja. Dandelion se inquieta cuando el rostro de Finny se ensombrece por un momento.

—Ya sabes cómo es tu hermana, siempre está bien. —Comenta Odair de forma distraída, Dandelion frunce el ceño.

—¿Hay algún problema? —Insiste, cuando Finnick cierra la carta y entonces el hombre de traje, que se encuentra en la barra, se mueve con elegancia a la mesa, y les pregunta con educación qué van a tomar. Finnick pide un café de nombre extraño, mientras Dandelion solicita el capuccino.

—Es realmente complicado seguir un orden contigo —Dice Finnick, con una leve sonrisa en sus suaves labios, su mirada marina reposa con afecto en los ojos grises de su interlocutor.

—¿Orden de qué? —Inquiere, entre tanto el hombre del traje sirve el capuccino a Dandelion e informa a Finnick de que su pedido tardará algo más, lo que deja patente que Odair ha solicitado algo elaborado.

—En primer lugar, quería saber qué hay de tu vida, quería que me contaras qué haces, cómo te sientes, y después pensaba decirte cómo es la mía, que he publicado el libro de cuentos, ese que parecía que nunca acabaría de corregir, y por último, pensaba contarte cómo me siento yo y que, por supuesto, tu hermana está bien, porque que esté bien es todo lo que quiero en el mundo. —Finnick acaricia con la yema del dedo la suave servilleta de tela que hay próxima a su mano derecha, Dandelion rompe el contacto visual con él cuando pone azúcar moreno en su taza y remueve a conciencia.

—Muy bien —Dice, tras sorber el capuccino, que entra, ardiente, en su estómago—. Parece que no queda más remedio que empezar por el final. Nuestras conversaciones no necesitan guion.

—Contigo no me vale ningún guion —Llega a la mesa el café de Finnick, que a juzgar por su aspecto parece un vaso lleno de nata montada y caramelo—. Tengo que reconocer que es una fea costumbre que he desarrollado, esta de marcar una pauta cuando voy a charlar con alguien que me importa, y a veces, cuando no me importa, también. — Dandelion asiente mientras mira a su alrededor, el lugar tiene un aspecto realmente extraño, no hay televisores, ni hologramas, ni ruido… Agudiza el oído y se da cuenta de que realmente sí hay un sonido ambiente, una música casi imperceptible se mueve por el lugar y le acaricia.

—Este lugar es bueno para aprender a escuchar —Comenta, a modo de conclusión, Finnick entre cierra los ojos, y Dandelion contesta a su pregunta no formulada, señalando con un dedo pálido al techo, aunque en el techo no haya nada en concreto que mirar—; lo digo por la música. En un mundo de estruendo una melodía lejana es lo mismo que el silencio. —Durante algunos segundos el comentario de Dandelion provoca en Finnick, precisamente, un inusitado mutismo. Observa sin pestañear al chico que tiene enfrente, el hermano de su mujer, su hermano, la música le invade, y toma un aspecto nuevo, se hace indisoluble con el joven Mellark.

—Os parecéis tanto. —Dice Finnick, rompiendo su silencio—. No solo porque seáis hermanos, hay algo en vosotros, algo que es totalmente idéntico y que, ciertamente, me inspira.

—Gracias.

—Necesitaba estar contigo, Dandelion, tanto como necesito estar con tu hermana, sin vosotros, sin vuestros padres, siento que me quedo seco. No podría escribir, ni viajar, ni mirar con los mismos ojos todo lo que me rodea. En definitiva, vosotros me hacéis sentir. Aprovecho este momento para decírtelo, me gustaría que tuvieras muy claro lo que significas para mí—. Finnick atrapa con la cucharilla la nata y el caramelo, y los dos toman el contenido de sus tazas, pausadamente; Dandelion no siente que aquello requiera respuesta, se tienen la confianza suficiente para no sentirse comprometidos a dar una respuesta emocional a cada confesión sentimental que se realicen— El problema —prosigue Finnick—, y te cuento esto porque Alisma ha dejado claro que no tiene ningún secreto contigo…

—Ni yo con ella —Se apresura a decir Dandelion, aunque la presteza no es precisamente un rasgo habitual en él.

—El problema es que, como cabía esperar, paso más tiempo fuera de mi hogar que dentro. Evidentemente, esto es gracias a ella, no podría dejar a mi madre sola de esta forma si alguien de confianza no cuidara de ella. La verdad es que había llegado a asumir esto, pero lo que me propone ahora me supera, siento que debo elegir entre mi vida con ella y mi vida con el periodismo y la escritura y…

—Eso es imposible —Interrumpe Dandelion, ligeramente alarmado—. Estás equivocado, no hay dónde elegir. No hay una vida con mi hermana y sin tu oficio, y una vida con mi hermana y con tu oficio. Lo que eres está por encima de lo que puedas elegir, tú no decides ser lo que eres, estar o no todos los días en tu hogar no va a cambiar tus necesidades.

—Adivina quién me ha dicho más o menos lo mismo que tú.

—Mi hermana es más inteligente que yo, y creo que también más que tú. Ella sabe ser sentimental y al mismo tiempo razonable. Tú solo sabes ser sentimental, yo solo sé ser razonable, por eso, si alguno de los tres está en lo cierto, probablemente sea ella. —Dandelion se acaba el contenido de su taza, y siente que aquel lugar es su lugar decididamente, una cafetería maravillosa, donde Jeffrey y él podrían charlar sobre sus proyectos con tranquilidad y privacidad.

Mientras Finnick acaba el contenido de su empalagoso café, Dandelion decide que mañana mismo volverá con su mejor amigo al local, y guarda en el bolsillo de su chaqueta una tarjetita de papel del taco que se encuentra adherido al servilletero.

—¿Qué es lo que te ha propuesto? —Pregunta Mellark, ante el silencio de Odair.

Finnick suspira y no se anda con rodeos, se retira un mechón de cabello cobrizo que le cosquillea el rabillo del ojo y, mientras mueve entre sus gráciles dedos la pequeña cucharilla de café, deja caer la respuesta como quien hace un comentario sobre el tiempo:

—Tener un bebé.

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El motivo por el que Dandelion Mellark lleva prácticamente todo el curso sin visitar a su familia se encuentra, sobre todo, en los planos que él y su inseparable compañero, Jeffrey Wrigths, disponen sobre la mesa de su estudio, aquella noche.

En su camino por ganar la confianza de los ciudadanos de Panem, Dandelion y Jeffrey han ideado un plan por el cual evitar los múltiples cortes de luz en los Distritos más pobres que aún tienen problemas con el tendido eléctrico. Han conseguido financiación para su proyecto (al fin y al cabo Jeffrey estudia Ingeniería Eléctrica y su padre es un técnico de prestigio) que consiste en la instalación de paneles solares construidos con un material que optimiza la transformación de energía.

Llevan todo el curso desarrollando sus ideas sobre el papel, y aunque ambos son reacios a contar con más gente para su trabajo, está claro que necesitarán, como mínimo, mano de obra para la fabricación y la instalación.

Dandelion suspira mientras observa las estrellas, apoyado en el alfeizar, Jeffrey cabecea sobre los planos, por más que los ha repasado, no consigue detectar ningún fallo, de la misma manera que tampoco lo detecta su compañero de proyecto, y amigo con el cual comparte estancia en la residencia de estudiantes. Dandelion baja la mirada del cielo a sus manos, y repara en el tomo que tiene entre ellas, que comprende el listado de empresas emergentes en los Distritos, lo ha revisado multitud de veces, pero no consigue decidir cuál de todas esas empresas podría llevar a cabo la fase material del proyecto, porque, para empezar, en el hipotético caso de que alguna aceptara, ni siquiera sabe si son dignas de su confianza, y el grado de confianza no parece ser algo que pueda calcularse con una impecable fórmula.

—Deberíamos dejarlo por hoy —Suspira al tiempo que se gira hacia su amigo, la luz de la habitación es potente, y da a su cabello rubio ceniza un resplandor artificial.

Su mirada gris reposó, cansada, sobre la espalda de Jeffrey, que yace tendida sobre la mesa, es evidente que Jeffrey se ha quedado dormido, como tantas veces le ocurre cuando trabajan en su proyecto hasta altas horas, en especial porque Dandelion no le permite ingerir café.

El joven Mellark llega hasta su amigo, lo levanta, y lo apoya contra él hasta llevarle a la cama, donde Jeffrey no tarda en hacerse un ovillo y seguir durmiendo profundamente. Dandelion sale del cuarto, apagando la luz tras él, y se dirige a la cafetería para tomar una infusión. Está solo allí, como es de esperar, pues a aquella hora los alumnos suelen encontrarse en sus dormitorios o, a lo sumo, fumando cigarrillos en las afueras del recinto, al fin y al cabo ya son mayores de edad y tienen una libertad sin corta pisas. Para Dandelion la mayoría de edad no ha supuesto grandes cambios en su vida, pues siempre ha hecho lo que ha querido, en el momento indicado. En este momento sus ideas merecen no solo la mayoría de edad, sino la categoría, real, de adulto. Ser adulto entre aquel tumulto de gritones con intereses políticos de todo típico, resulta bastante complicado, es obvio que aquellos que se habían matriculado en aquella carrera querían competir con sus compañeros, y todos aspiraban a un cargo de importancia en el efervescente mundo que se abría a sus pies. Para sus compañeras y compañeros, el objetivo de Dandelion Mellark es demasiado fantasioso, incluso para ser quién es, porque todos saben que la población tiene un terrible pavor al cambio, y que nunca confiarán en alguien tan joven.

Dandelion se reserva para sí el verdadero motivo de su ambición, para los demás, suele engordar el patriotismo que pueda sentir, pero en su fuero interno dedicar su vida al gobierno de Panem le parece la única manera de evitar una nueva tiranía, la forma ejemplar de cuidar a su familia todo lo que su vida diera de sí. Si la obsesión por la protección de los seres amados puede heredarse, Dandelion Mellark la lleva en sus genes por partida doble. Por otro lado, tras conocer y asumir la historia de sus padres, se le ha grabado a fuego en el corazón, entre otras tantas cosas, que su madre, Katniss Everdeen, solo se propuso una cosa en su vida, proteger a su hermana, y fracasó en el intento porque ella no daba las órdenes, fracasó solo por eso, así lo creía firmemente Dandelion.

Pensar en la muerte de Primrose Everdeen es de las pocas cosas que le encogen, literalmente, el corazón, al menor de los Mellark. Es cierto que nunca se ha enamorado, y también es cierto que no tiene el más mínimo interés romántico en nadie, pero no es menos cierto que ama a su familia, y que la sola idea de que su hermana pueda sufrir le provoca una especie de parálisis momentánea, como si el corazón se le helara en el pecho por un instante.

El mundo en el que vive le provoca algunas emociones: adora a los animales, a sus escasas amistades, a sus padres, a su hermana, a Finnick Odair, a su "tío" Gale y sus hijos, en especial a Adahy Hawthorne, quiere a su loba, y tiene especial aprecio a todos los seres del mundo, pero él no ha sintonizado íntegramente con nadie, ama, sí, pero no ha experimentado la afinidad que cree necesaria para enamorarse, ni cree que la vaya a experimentar nunca, pues, ni tan siquiera tiene apetito sexual por alguno de sus congéneres. Razón de más para dedicar toda una vida a su país y a su familia al considerarse un ser extraño en un mundo demasiado hostil para él.

Se encuentra en estos pensamientos cuando entra a la cafetería Diana Lewis, la joven estudiante de aspecto albino, cuya ascendencia era un misterio, y los motivos que la llevan, a ella y a su hermano mellizo, a estudiar en aquella facultad, también. Al menos, nadie sabe exactamente de dónde vienen aquel par de jóvenes huérfanos, y aunque se da por hecho que han perdido a su familia en la guerra, nunca lo han confirmado, al menos, que Dandelion sepa. Lo que también resulta enigmático para el muchacho es la aparente hostilidad con la que le tratan, y la acritud con la que ambos, por igual (quizá un poco más por parte de la chica) le tratan a él y a su familia, de hecho, la fría y antipática Diana, tenía entre sus aficiones la de escribir extensas columnas sobre la "verdadera historia del Sinsajo" en la cual relataba que Katniss Everdeen había sido una farsa de principio a fin y que hoy día era su propia descendencia la que utilizaba el oportunismo del que la falsa revolucionaria hiciera gala durante la última etapa de los Juegos del hambre. Dandelion sabe que a aquella chica le falta coraje para defender la utilidad de Los juegos, pero sin duda es lo que Finnick Odair Junior llamaría una "nostálgica de la crueldad", una "convencida de la meritocracia y el castigo social". Quizá precisamente Dandelion Mellark, su estilo de vida, sus aspiraciones y su carácter pacífico, es lo íntegramente opuesto a aquella chica de mirada azul eléctrica, aspecto delgado y frágil, y actitud voraz. Tal era la impresión que había causado en el varón de los Mellark-Everdeen que a veces soñaba con ella, la veía en un festín de carne, comiendo vísceras crudas, junto con su pálido hermano, los dos de pelo blanco y ojos azules eléctricos, piel rosácea y labios pálidos, manchados de sangre. Lo curioso era que rara vez alguno de los dos le dirigían la palabra a Dandelion, a pesar de lo cual él se sentía siempre insultado en su presencia.

Porque rara vez le hablan, se sobresalta cuando, al levantarse de la mesa de la cafetería, escucha la voz lineal de aquella chica, reposando entonces su mirada en ella; a pesar de su aspecto, ni ella ni su hermano son objetivamente feos, más bien al contrario, poseen un atractivo artificial, sumamente contradictorio, y la voz de ambos tiene una cadencia que parece rozar la dulzura, era como si uno se encontrara una peligrosa serpiente en medio del campo, y esta le cantara una canción dulce, en lugar de hincarle el diente.

—Señor presidente, no es necesario que se marche— Dijo la joven, claramente conteniendo una sonrisa— No tenía intención de interrumpir la alegre velada que parece tener consigo mismo.

Dandelion apenas la mira a los ojos, se limita a ignorarla, pasando por alto que la joven solo está allí plantada, con las delgadas manos en los bolsillos de una bonita chaqueta de color carmesí.

—Un personaje con tales aspiraciones debería de estar por encima de las diferencias políticas, aun cuando estas se remitan a su propia familia— Masculla la joven, y aunque Dandelion se encuentra a la salida de la cafetería, y ella no se ha movido, a él le parece que está cerca de su espalda. Un escalofrío le recorre la espina dorsal, aquellos hermanos están hechos con el material con el que se fabrican las pesadillas.

—Y una persona cuerda no habla en tercera persona de quien tiene en frente —Se limita a decir entonces Dandelion, clavándole la mirada.

La chica parece divertirse con el rifirrafe, aunque en realidad mirar a Dandelion llega a suponerle un efímero dolor, que trata de ocultar con todas sus fuerzas.

—Entonces ninguno de los dos lo estamos —Sentencia la joven—. En realidad solo he venido aquí porque imaginaba que estarías, no me interesa tomar nada a estas horas. —Dandelion hubiera fruncido el ceño si su lenguaje verbal fuera como el de cualquier persona, pero para él la expresión de sus emociones es algo que sencillamente no aflora, su estado de ánimo y sus sentimientos son en su interior como irisadas burbujas que, a veces, revientan, sin dejar ninguna estela visible para los demás.

—Si tienes algo que decirme, hazlo ya, yo sí he venido a tomar algo, ya lo he hecho, y no tengo ningún interés en hablar contigo. —Comenta con severidad, los delgados labios de Diana se contorsionan en una teatral mueca de disgusto.

—Quizá el futuro presidente de Panem sea un hueso duro de roer, pero yo tengo el corazón de mantequilla, y tus palabras me hieren profundamente —Susurra burlonamente ella, y vuelve a hablar en cuanto Dandelion se da la vuelta, mira fijamente su coronilla, acariciada por los rubios rizos de su pelo y entonces se dirige nuevamente a él—. Solo quiero saber si va en serio, si realmente te ves presidiendo, no quiero saber si pretendes ser presidente, quiero saber si lo serás. —Se sostienen la mirada, y a pesar de lo diferentes que son tiene en común, en ese momento, una expresión pétrea. Dandelion parece a punto de poner los ojos en blanco, pero solo abre la boca de forma imperceptible un segundo, antes de disponerse a marchar:

—Qué pregunta tan estúpida —Cuando desaparece del lugar, la chica siente que la cafetería ha bajado de temperatura radicalmente, y que el frío emana de ella, helándolo todo.

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