Anne puso su alarma temprano y dejó su ropa lista para el día siguiente; releyó algunos folletos que tenía sobre las universidades que visitaría, poniendo especial énfasis en Oxford. Esa era su meta. Y se durmió.

Miró la hora 03:32 de la madrugada y pasos agitados, acompañados de una sonora melodía venía de la sala. "No puede ser cierto" pensó. Se dio la vuelta para intentar seguir durmiendo, pero la melodía (aunque agradable) se hacía cada vez más fuerte, entonces se levantó y desde la puerta de su cuarto miró hacia la sala, aun frotándose los ojos. Sin saber muy bien que decir, carraspeó un poco antes de vociferar:

-¡Hola!

Sherlock, que en ese momento le daba la espalda, se volteó con el violín aun en su mentón. Se quedó mirándola por unos segundos, pestañeando repetitivamente.

-¿Aun no han pasado cinco días? – preguntó por fin, con una expresión desorientada.

-Nop, contestó Anne, moviendo sus ojos de un lado a otro, aun más confundida que el detective.

-Ya veo.

Silencio otra vez. Anne seguía de pie junto a su puerta y Sherlock esperaba pacientemente. Parecía que se quedarían así por el resto de la velada cuando finalmente Holmes lanzó:

-¿La razón de tu insomnio es el violín o la comida de la señora Hudson?

-El violín. Definitivamente – contestó ella, haciendo un ademán con la mano.

-Entonces… ¿debería detenerme? – preguntó Sherlock, indeciso

-Si no es mucho pedir…

-Dijeron que no te notaría – recordó el hombre, encaminándose a guardar el instrumento – y creo que te noto demasiado.

-Intentaré ser más discreta la próxima vez. – contestó la muchacha, con un tono de ironía que Holmes no alcanzó a detectar.

Anne se durmió en el acto, mientras Sherlock seguía dando vueltas por la sala. Estaba inquieto y necesitaba pensar. Sabía que desde Scotland Yard lo requerirían con premura, ya que uno de los simples y cotidianos asesinatos que casi pasan desapercibidos en una ciudad como Londres, tenía un elemento diferente. Amaba lo diferente, era lo que ponía el sabor a cada taza de té que compartía con Lestrade.

Decidido a mantener su cerebro activo, fue a la cocina, a experimentar con la retina de un ciego que Molly Hooper había conseguido para él.

Cuando Anne despertó, notó que su celular tenía muy poca batería. Conociéndose, sabía que con los nervios podría olvidarlo, por lo que decidió ponerlo a cargar en la sala, donde de seguro lo vería o alguien se lo recordase. Notó que la puerta de Sherlock aun estaba cerrada, por lo que se apresuró en tomar una ducha lo más rápido posible, aunque en realidad, se retrasó, lidiando con la temperatura del agua. Se tomó el cabello en una coleta alta, se puso una tenida bastante sobria, que incluían jeans negros, un suéter de escote V en tono azul oscuro, bastante delgado y una americana dentro de la misma gama. Optó por zapatillas de lona, para dar un aire relajado a su look. Puso un poco de máscara de pestañas y cubrió un grano rebelde que amenazaba con sobresalir en su frente. En la puerta del armario de su habitación, había un espejo donde se miró de pies a cabeza, intentando darse valor. Cuando salió para desayunar, Sherlock ya estaba en su sillón, con una taza de té. La jovenpasó en silencio a la cocina, dejando su bolso sobre una mesa, calentó agua y se preparó un café. Luchó por un momento con sus ganas de observar al hombre, que parecía bastante ocupado, pero al final, no se pudo resistir y se apoyó sutilmente en el marco de la puerta con las dos manos en su taza.

Él parecía no notar su mirada que se perdía alternadamente entre los largos y delgados dedos que jugueteaban en un móvil y esos rizos oscuros y rebeldes, que enmarcaban la expresión de concentración máxima en su cara. Casi se le escapa un suspiro cuando recordó que se le hacía tarde. Dejó la taza medio-vacía sobre el lavaplatos y se fue a paso largo a buscar su celular; pero no estaba. Siguió con la mirada el cable del cargador y…

-¿Ese es mi teléfono? – alegó, sintiendo como se le subían los colores a la cara.

-Tardaste bastante en notarlo – contestó Holmes, sin despegar la vista del aparato.

La muchacha se lo arrebató furiosa, pero él permanecía inamovible.

-Esto es personal ¿lo sabías? – reclamó la joven, cerrando todas las pestañas que el detective había abierto, que iban desde la galería de fotos, contactos y notas, hasta sus redes sociales y su correo electrónico.

-No deberías dejarlo por ahí – respondió Holmes, tranquilamente mientras iba a la cocina por un café.

-¡Lo tenía cargando! – se defendió - ¿Tomarás todo lo que deje "por ahí"? – indagó, guardando el aparato en su bolso.

-Solo lo que me parezca interesante, aunque la verdad me decepcioné un poco – contestó el hombre, con un gesto, para luego coger el periódico que estaba sobre el sillón de Watson.

Anne se puso las manos en las caderas y se mordió el labio inferior, evidentemente molesta, esperando una disculpa o una explicación algo más cortés. Holmes la miró de reojo y volvió a su lectura, cuando lanzó al aire:

-Deberías irte, la gente de Oxford odia la impuntualidad y el tráfico a esta hora es bastante insoportable.

-¿Cómo sabes eso? – preguntó ella, verificando la hora

-No deberías guardar tus contraseñas en tu celular.

-El celular estaba bloqueado – dijo Anne, haciendo pequeñas pausas entre las palabras, para controlar su enojo.

-Tampoco es buena idea usar tu año de nacimiento como PIN.

Anne iba a contestarle, pero recordó que se le hacía (bastante) tarde, por lo que tomó sus cosas y salió apresurada.

-Dile al taxista que evite las calles del centro y que no quieres la ruta histórica – vociferó Sherlock, con una sonrisa.

Anne estaba por salir cuando se detuvo a oír lo que Holmes gritaba, una sonrisa entre nerviosa y resignada se le escapó mientras abría la puerta. le dio indicaciones al taxista tal y como él lo había dicho.

-¿Qué fueron esos gritos, Sherlock? – preguntó la señora Hudson, mientras subía a entregar la correspondencia.

-Indicaciones de tránsito – contestó Holmes, aun leyendo su periódico.

-No seas molesto con ella Sherlock, ¿puedes? – solicitó la mujer.

Holmes despegó la vista del diario para mirar a su casera y, con esa sonrisa propia de un asesino en serie asechando Londres, le dijo:

-Creo, señora Hudson, que hasta podría agradarme.

Esa afirmación y el tono que utilizó preocuparon aun más a la mujer.

Tal y como Sherlock había previsto, pasó menos de una hora desde que Anne dejó el apartamento cuando las inconfundibles pisadas de Lestrade anunciaron que el detective era requerido.

-Dime que es el militar – solicitó Holmes, apenas hizo contacto visual con el policía.

-No sé por qué me lo pides, si ya lo sabes –contestó el hombre, molesto.

-Siempre se te pueden perder las llaves de tu casa – dijo Holmes, con una sonrisa.

Lestrade decidió ignorar el comentario, en vista de lo mucho que necesitaba del detective.

-Dos hombres lo apuñalaron luego de forcejear con él por unos minutos. No le quitaron la billetera, ni el celular u otro objeto de valor y lo único que se encontró en el lugar fue un USB, que ya fue analizado. Nada. Nadie vio nada. Los sujetos huyeron.

Holmes, que se había puesto de pie y oía el relato con franca indiferencia, miró extrañado al inspector:

-¿Cómo que sin testigos? La prensa dice que un vecino vio todo, vamos Lestrade, ¿Saben los del Daily Mail más que tu?

-Bueno, si hay un testigo – afirmó él, moviendo la cabeza – pero ya lo interrogamos. No es una fuente confiable, tiene algún tipo de trastorno y desvaría, alucina, es algo paranoíco… en fin, Donovan dice que se llevaría muy bien contigo.

-Sherlock volvió a su asiento y puso las manos juntas sobre su boca, lo que ayudó en parte a disimular su sonrisa de satisfacción. Se quedó en silencio durante unos minutos, analizando las ventajas de la situación actual, cuando Lestrade lo interrumpió:

-¿Y bien?

-¿Y bien qué? – replicó el detective, mirando fugazmente a su amigo

-¿Vienes?

-Si, pero no aun. Necesito un psiquiatra… -Dijo, levantándose repentinamente para encender su computadora.

-¿El testigo otra vez? Sherlock, no tiene caso, ya lo entrevistamos. En presencia de un profesional de la policía.

Sherlock lo miró arqueando una ceja en señal de desaprobación, para volver a su búsqueda.

-Necesito a alguien en quien yo pueda confiar.

-¿Y ahora tienes un psiquiatra de confianza?

-Una. Bastante buena. Iremos cuando llegue.

Lestrade se despidió sin entender mucho la actitud de Holmes, pero confiaba en él, y más importante, lo necesitaba.

Al quedarse solo, Sherlock meditó con calma lo que había y estaba pasando. Confiaba en Anne. La había elegido como primera opción para ayudarle en ese caso que le olía raro. Eso era diferente, eso era, en esta oportunidad, lo raro. Desenfundó su violín y se sentó en su sillón. Suavemente comenzó a acariciar las cuerdas con sus dedos para ordenar sus ideas.

Pasada la hora de almuerzo, la chica regresó a casa con una expresión de tranquilidad y una bolsa de un local de comida para llevar. Subió las escaleras, saludando al paso a la casera y dejó la bolsa sobre la mesa de la cocina, mientras iba a su habitación a guardar el resto de sus pertenencias y cambiar su chaqueta por una sudadera más cómoda.

Cuando salió, escribiendo un mensaje en su celular, Sherlock se decidió a hablar:

-¿Ya se te pasó el berrinche?

La chica lo miró recordando lo que había pasado en la mañana, pero, en vista de lo bien que le había ido en sus entrevistas para Oxford, decidió ignorarlo y responder de forma distante.

-Por lo menos ya no quiero asesinarte.

-Eso es suficiente – dijo el detective, levantándose repentinamente y sonriendo.

Anne, que no entendía sus cambios de humor, lo observó atentamente mientras se ponía guantes de cuero, una bufanda y revisaba los bolsillos de un abrigo que posiblemente usaría.

-¿Vas a salir? – preguntó la joven, algo perturbada por la rapidez con que se movía Holmes.

-Sip. Un caso. Asesinaron a un militar retirado fuera de su casa, creerías que es un asalto, pero no le quitaron nada. el hombre llevaba una memoria vacía y el único testigo es su vecino loco – pausa para comprobar la reacción de Anne - ¿Vienes? – invitó, arreglando uno de sus guantes.

-¿Qué? No, no puedo, tengo que ir a otra entrevista esta tarde y… - titubeó la chica.

-¿Pero ya viste a la gente de Oxford, cierto? – interrumpió el detective

-Si

-¿Y te fue bien, verdad?

-Si – repitió la chica, sin contener la ilusión que se le asomaba por los poros.

-Entonces ya estás lista. Además, esto es más entretenido. – afirmó Holmes, sonriendo y se adelantó a salir.

La chica vaciló por un segundo y dejó escapar un "¡Diablos!" antes de correr a su cuarto a buscar su bolso. Abajo, Sherlock la esperaba.

-No he almorzado siquiera – dijo la chica, aun dudando de lo que hacía.

-¡Por el amor de dios! ¿Tengo que hacer todo por ti? – vociferó Holmes, corriendo escaleras arriba.

Regresó con la bolsa que la propia Anne había dejado en la cocina.

En el taxi, y mientras comía, la joven aprovechó de hacer un par de preguntas al detective que no le prestaba mucha atención.

-Entonces, ¿qué voy a hacer exactamente?

-Ayudarme. Sobre todo en el tema del vecino, señalarme cosas que tu veas y yo no, aunque es improbable, no sé, mi asistente – contestó el detective, sin mirarla

-Ah, o sea, como el doctor Watson ¿por qué no lo llamaste a él?

-Porque no necesito esa clase de doctor, esa vez. – dijo, algo melancólico para luego agregar de forma suspicaz: - ¿Cómo sabes lo que él hacía? – y ahí si se volteó a mirarla.

-Te dije que había leído su blog – respondió, limpiándose los dedos – bueno, no es tan así. Un día me puse a buscar blogs de médicos y di con ese, que no es precisamente un blog "médico" – hizo el gesto de las comillas y se acabó su refresco.

Pero Sherlock ya había dejado de ponerle atención. El caso. El caso era todo lo que le importaba.

Al llegar al lugar de los hechos, Anne pudo notar el rechazo del personal policial hacia Holmes, excepto de uno, que parecía más amable.

-Pensé que no ibas a llegar – señaló el hombre cuando se encontró con el detective.

-Tráfico – aludió Sherlock.

-Ya veo – afirmó el policía, no muy convencido - ¿Y tu psiquiatra? ¿Ya la encontraste?

-Si, aquí está – hizo un ademán a la chica para que se acercase – Anne, el detective inspector Graham Lestrade.

Anne saludó con una sonrisa timida.

-Es Greg, de hecho – confirmó Lestrade, haciendo un gesto con su cabeza – Disculpa, pero ¿ella? Es… una chica.

Sherlock lo miró intrigado y Anne se echó a reír.

-La mejor deducción que has hecho en años, sin duda, pero no entiendo el cuestionamiento.

-Dijiste que tenías una muy buena psiquiatra de confianza y resulta que vienes con una chica que aun no acaba la universidad.

Sherlock sobreactuó su reacción de enojo y afirmó:

-¡Es la mejor de su generación en la Universidad de Pensilvania!, Ahora deja de hacernos perder el tiempo y llévanos adentro.

Entraron a la casa del Hombre que había visto los hechos, y Anne pidió su expediente médico. Cuando se lo entregaron, parecía algo confundida, por lo que sigilosamente, Holmes se acercó a ella, y le dijo:

-¿Hay algún problema?

-No – contestó la joven, sin desconcentrarse de su labor - ¿Cómo supiste que soy la mejor de mi generación?

-A veces sólo tengo suerte – afirmó Sherlock, al notarla más confiada.

-Bien – dijo Anne, luego de un rato de lectura – El historial no habla de alucinaciones, pero quizás la mezcla de medicamentos que toma, más la situación de stress pueda provocarlas.

-¿Qué sugieres? – solicitó Sherlock

-Dejenme entrevistarlo – contestó Anne, segura, mientras entregaba el reporte a Lestrade – y luego veremos si suspendemos alguno.

Entonces, en una habitación donde sólo estarían ella y el testigo, Anne habló con el hombre por cerca de diez minutos. Salió con un papel en las manos y con cuidado dijo:

-Es estable, pero la medicación no nos está ayudando en este caso. El ansiolítico está bloqueando su percepción del momento de tensión. Sugieron que suspendan el Alprazolam por 10 horas y luego lo interroguemos otra vez.

Lestrade miró a Sherlock que sonreía triunfante, sin embargo el especialista de la policía intervino, afirmando que podía afectar a la estabilidad del paciente y generar alguna reacción de ira. Anne escribía en el papel que tenía en las manos y se aprontó a responder, cuando Anderson, que estaba ahí para recoger muestras señaló:

-Además, ¿Por qué le haríamos caso a la pequeña mascotita de Holmes?

Anne lo miró por dos segundos y volvió con toda calma a lo que hacía, para simplemente decir:

-Deberías comer más liviano por las noches y tomar zaleplon, eso te ayudaría con el insomnio. Te daría una receta, pero aun no puedo. El doctor – hizo un gesto con la cabeza, señalando al médico – podría hacerte una.

Anderson miraba a todos lados, el médico miró a la chica y Lestrade niró a Sherlock quien le hizo una señal de confianza.

-¿Algo más? – le preguntó el inspector.

-Sabiendo lo que puede provocar la ausencia del ansiolítico en su sistema, creo que podrían prepararle una infusión de hierbas en esta medida – extendió el papel al policía – y así controlar un poco su estado. Otra cosa, ¿Tenemos acceso a un monitor de impulsos cerebrales y ritmo cardiaco?

-Creo que Molly Hooper nos podría ayudar con eso – afirmó Lestrade, rascándose el mentón.

-¿Detector de mentiras? – preguntó Sherlock.

-Control de fantasías con caballitos saltando sobre nubes, de hecho – contestó Anne.

Ya era bastante tare, y aunque Molly accedería (y todos sabían que lo haría) Lestrade decidió no molestar. Además, aun tenían que dejar al hombre 10 horas sin medicamento.

-Vive solo, evidentemente – señaló Sherlock – por lo que dudo que alguien pueda monitorear su estado. Deberías dejar gente, sugiero a Anderson.

Lestrade rió y se despidió. Acordaron encontrarse en St. Bart's alrededor de las 10 am.

En el taxi de camino a casa, Sherlock analizaba la última cinta de seguridad que había grabado desde el pario del difunto, cuando repentinamente le preguntó a Anne sobre la deducción del insomnio de Anderson.

-¿Cómo rayos pudiste saber eso?

-Ah, fue fácil. Un leve temblor intermitente en el párpado derecho, tenía la boca seca y las bolsas de sus ojos indican la estacionalidad del asunto. Podría ser resaca, pero el color del párpado señala insomnio. – contestó con tranquilidad.

-Sólo lo viste dos segundos.

-Sip.

-De verdad eres muy buena – aceptó el detective, sonriendo.

-Soy una mujer que es la mejor de su generación de psiquiatría en la universidad de Pensilvania. Tengo que ser excepcionalmente buena para llegar a eso.

La joven miraba por la ventana y luego dirigió su vista a Holmes, quien la miraba fascinado.

Se sonrieron.

A pesar de su confianza, Anne estaba demasiado nerviosa, por lo que repasó el procedimiento que efectuaría una y otra vez. Sherlock siguió revisando el video, algo no cuadraba.


Gracias por leer. Este nuevo "dúo dinámico" ya está en acción y mañana, en Bart's se vienen momentos importantes.

Se agradecen critícas, halagos y sugerencias.