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El campamento de los Hombres Alegres se encontraba en las profundidades del bosque, entre los límites del rey Leopold y el bosque de Sherwood. Regina se sentía segura ahí, no sólo por la compañía de Robin, sino también porque parecía que se encontraban en otro lugar, muy apartado, pues el campamento estaba habitado por hombres y mujeres que no obedecían a la ley, tanto así que nadie reconoció a la reina. Robin tuvo mucho cuidado de no revelar la identidad de Regina, pues sabía que los forajidos no se llevaban muy bien con la nobleza y viceversa.

Hubo una celebración por la llegada de Robin Hood. Todos en el campamento ofrecieron sus reservas de cerveza y alimentos sólo para festejar. Durante toda la tarde comieron, bebieron y rieron alrededor de la fogata del campamento. Regina pudo darse cuenta de que Robin era todo un líder, pese a que algunas veces solía apartarse de sus Hombres Alegres y trabajar por su cuenta. Pensó en lo que diría su madre si supiera que ella estaba ahí, rodeada de ladrones, los mismos que solían asaltar los caminos de la corte de su marido y, además, enamorada de uno de ellos. Por fortuna, Cora se encontraba muy lejos de Regina como para enterarse.

La tarde fue cayendo mientras todo era fiesta alrededor de la fogata. Uno de los hombres tocaba un laúd y cantaba versos que hacían bailar a todos. Regina observaba sentada en un tronco mientras aplaudía animada. Robin conversaba con el Pequeño John, ambos un poco apartados.

—¿Y de dónde has robado a la damisela, Robin? —preguntó el Pequeño John mirando distraídamente hacia donde los demás bailaban.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Robin sonriendo.

—Vamos, se nota que es de buena casa. Viste como una señora noble. No vas a decirme que la encontraste en algún pueblo, ¿verdad?

Robin esbozó una sonrisa, no podía engañar a su mejor amigo, mucho menos al ladrón experto que éste era.

—Sí, es una mujer noble —asintió Robin bebiendo cerveza de su cuenco—. Pero no la robé de ningún sitio. Ella vino conmigo.

—¡Ja! Esta es la primera vez que sucede esto contigo, amigo mío —rio el pequeño John—. Eres muy afortunado.

—Lo sé —sonrió Robin mirando a Regina de reojo.

—¿Y cuánto tiempo estará ella aquí?

—¿Qué quieres decir?

—Sí, ¿cuándo la llevarás de vuelta a su feudo?

—¿Por qué haría eso? —preguntó Robin confundido.

—Vamos, Robin. Te conozco muy bien. Además, esa muchacha no está acostumbrada a una vida como la tuya, como la de nosotros, no pasará mucho tiempo cuando ya pedirá regresar a su casa y…

—John, yo amo a esa mujer —dijo Robin con seriedad—. No es sólo una muchacha más. Quiero hacer una vida con ella.

El Pequeño John miró a Robin con sorpresa, nunca antes lo había escuchado decir tal cosa.

—¿Estás seguro?

—Más que nunca.

El baile alrededor de la fogata terminó entre gritos y risas. El Pequeño John abrazó a Robin con fuerza, nunca antes lo había visto así. Robin Hood no se enamoraba, hasta entonces.

~OQ~

No cenaron hasta que Henry llegó a la mesa. Regina lo miró con severidad, pero luego le revolvió el cabello y lo besó en la frente. Robin ayudó a Roland a sentarse en la silla y a colocarse la servilleta correctamente alrededor del cuello. La cena transcurrió con normalidad. Henry hablaba casi sin parar de su trabajo en la tienda de Mr. Gold, a Regina le gustaba que él la mantuviera al tanto de lo que sucedía ahí, pues con lo parlanchín que era su hijo era más sencillo saber si su peculiar abuelo no lo estaba induciendo a la magia, particularmente a la magia negra. Y, de hecho, Henry estuvo a punto de contar lo que había encontrado aquella tarde, pero afortunadamente Roland distrajo a todos cuando sorbió lo último que quedaba de su leche con chocolate haciendo demasiado ruido.

—Creo que ya no queda nada en tu vaso, hijo —sonrió Robin.

—¿Qué tal estuvo, Roland? —preguntó Regina también distraída.

—¡Muy rico! —exclamó el pequeño con la boca manchada de chocolate.

Regina sonrió enternecida y limpió las comisuras de la boca de Roland con una servilleta. Solía hacer eso constantemente con Henry hacía algunos años, cuando él todavía la necesitaba para ese tipo de cosas. Roland sonrió y siguió comiendo la tarta. Regina miró de reojo a Robin, éste tenía una mirada brillante.

~OQ~

No sabían con certeza qué tan tarde o temprano había terminado la fiesta en el campamento. Algunos hombres se habían quedado dormidos, totalmente borrachos, alrededor de la fogata que ahora era ceniza. El Pequeño John ofreció a Robin y Regina una tienda para ellos solos. En pocos minutos en el campamento no se escuchaba nada más que los ronquidos de los Hombres Alegres y el sonido que hacían los grillos.

Robin preparó las mantas y las pieles de animales que les servían de abrigo, Regina se metió en ellas y se acurrucó al lado del ladrón.

—Espero que conocer a mis Hombres Alegres no haya sido un poco… desafiante —susurró Robin acariciando el rostro de la mujer que tenía al lado suyo—. No son hombres muy educados, pero son buenas personas.

—Lo sé —dijo Regina esbozando una sonrisa—. Robin, yo no soy de la nobleza.

—Pero mírate: eres toda una reina —sonrió Robin.

Regina sonrió, sabía que él lo decía solamente por hacer un cumplido. Lo conocía de hacía apenas unos días y era como si pudiera descifrar todo de él. Aquello había sucedido en un instante, por ello Regina estaba aún más asustada: ese amor comenzaba a consumir todo de ella, ese amor era osado, arrebatado, valiente y al mismo tiempo lleno de ternura. Era diferente a lo que había sido con Daniel. Ese amor era una segunda oportunidad.

Robin la besó, con el aliento cálido, y la rodeó con sus brazos para atraerla a sí. Regina correspondió a sus besos, ahogando su propia respiración. Los dedos rápidos del ladrón despojaron a la reina de sus prendas, dejándola desnuda en la oscuridad. Sin embargo, él ya conocía su cuerpo, conocía cada centímetro y sabía qué hacer.

La respiración de Regina se volvió un jadeo cuando Robin comenzó a acariciarla, recorriendo su cuerpo con los labios. A ella le gustaba esa sensación, recién descubierta, del placer, mientras él se tomaba el tiempo suficiente.

Robin besó los pechos de Regina, acariciándolos primero con sus manos. Luego, con la lengua comenzó a lamer los pezones y enseguida se aferró a ellos succionándolos. Regina respiraba con pesadez y de vez en cuando dejaba escapar un suspiro. Podía sentir el miembro de Robin erecto, caliente y pesado sobre sus muslos.

Ella lo necesitaba adentro, pero Robin deslizó sus dedos por debajo de su vientre y comenzó a frotar su clítoris.

—Oh… Robin… —musitó Regina en el oído del ladrón.

Robin sonrió, besando el cuello y la oreja de Regina.

—Entra, por favor, entra… —pedía Regina entre jadeos.

—Abre las piernas, mi amor —dijo él al oído de la reina.

Regina separó sus muslos y dejó que el miembro de Robin entrara en ella, firme, resbaloso y profundo. Ella soltó un gemido, mientras él comenzó a balancearse poco a poco sobre ella, abrazándola con delicadeza.

Robin apretaba las caderas de Regina, ella rodeaba el cuello de Robin mientras lo besaba fervientemente. Ambos se fundieron entre las mantas. Sus pieles desnudas se impregnaron del olor del otro, del olor del bosque.

Regina disfrutaba del arrebato de Robin, de su apasionado deseo. Con Daniel sólo habían llegado a algunos jugueteos y roces por encima de la vestimenta cuando se escapaban al estavlo. Y luego… luego estaba el rey, quien nunca la había forzado a nada, pero sin duda había aprovechado muchas ocasiones para recordarle sus deberes como esposa. De alguna manera, Regina tuvo el deseo de que él pudiese ver aquello, que pudiese ver de lo que sucedía entre Robin y ella; que el rey fuese testigo de cómo Robin la penetraba, una y otra vez, y de cuánto ella deseaba y amaba al ladrón, como nunca lo hizo ni lo haría con el rey. El simple hecho de estar desnuda, entre los brazos de Robin la excitaba. Lo que habría dado porque el rey apareciera en ese momento y se diera cuenta, sin rodeos, de que ella no le amaba, que en realidad lo despreciaba y que había escapado porque su vida en el castillo era miserable.

Regina salió de sus pensamientos cuando Robin la miró a los ojos. Su mirada se posó en ella, igual que una caricia más.

El orgasmo alcanzó a Regina al instante, mirando los ojos azules de Robin. Ella arqueó la espalda dejando salir un gemido intenso. Robin esbozó una sonrisa y de pronto, inevitablemente, él también alcanzó el clímax, eyaculando dentro de Regina, mientras soltaba un resoplido.

Ambos respiraban agitados, sudorosos y somnolientos. Se acurrucaron por debajo de las mantas, abrazados, besándose hasta quedarse dormidos.

~OQ~

—¿Dientes limpios?

Roland mostró todos sus dientes, los de leche y los definitivos, a Regina. Relucían de limpios. Ella asintió con aprobación y cubrió al pequeño con el cobertor.

—Regina, ¿podemos ir mañana por un helado?

Roland miraba a Regina con sus enormes ojos marrones que lo podían todo. Ella sonrió y acarició su frente mientras lo arropaba entre las sábanas.

—Cariño, es casi invierno.

—Oh… —dijo Roland un poco decepcionado— ¿es que en invierno no venden helados?

Regina rio divertida.

—Está bien, podemos ir por un helado si me prometes que vas abrigarte bien —dijo ella, mirando al pequeño con seriedad.

—Lo prometo —sonrió Roland con sus hoyuelos.

Regina besó al niño en la frente y salió de la habitación para dirigirse a la de Henry. Éste leía un cómic ya acostado en la cama y con el pijama puesto. Tanto para Regina como para el chico la hora de dormir era todo un ritual. Ella solía arroparlo y contarle cuentos cuando era pequeño, pero en cuanto comenzó a crecer, y antes de que Emma llegara al pueblo, la lectura de cuento se redujo a una breve plática entre madre e hijo para ponerse al tanto de lo que había sucedido en el día. Regina había extrañado muchísimo eso cuando Henry comenzó a alejarse de ella, pero sobre todo cuando estuvieron separados todo un año.

—Mamá, ¿crees que algún día de estos puedas ir a la tienda de mi abuelo? —preguntó Henry mientras ella apagaba las luces y prendía la lámpara de la mesita de noche.

—¿Pasa algo, cariño? —preguntó Regina con curiosidad, sentándose en el borde de la cama de Henry.

—No, nada —respondió Henry despreocupado—. Sólo que… Belle me ha dicho que él está realmente arrepentido de…

Regina soltó un suspiro. Sabía a dónde quería llegar Henry con todo eso. Sonrió resignada.

—No lo sé, Henry, es algo que tengo que pensar bien. Es decir, tal vez Rumpel necesita un tiempo para pensar en lo que sucedió hace unos meses.

—Sí, entiendo… sólo que, él te aprecia y creí que le haría bien platicar con una vieja amiga.

Regina sonrió. No sabía si entre Rumpel y ella había una auténtica amistad. De hecho nunca estuvo segura de eso, ni siquiera en el pasado cuando eran maestro y alumna. Pero podía entender el argumento de Henry. El chico era el verdadero creyente de todo y de todos, incluso de El Oscuro.

—Lo pensaré, ¿está bien?

Henry sonrió, para él era suficiente. Regina le dio el beso de buenas noches y salió de la habitación. Minutos después, Henry se levantó de la cama y buscó el pergamino que había escondido debajo de la cama antes de que su madre entrara en la habitación, sin embargo ahí ya no había nada.

~OQ~

En cuanto amaneció Robin buscó algo de comida para Regina. Cuidó de no despertarla y dejarla descansar lo suficiente. El Pequeño John se mostró sorprendido cuando Robin le dijo que sólo estarían unos cuantos días en el campamento y luego tendrían que seguir su camino hacia el norte.

—¿Por qué irse? Aquí está todo —dijo el Pequeño John apesadumbrado.

—Lo sé, pero debemos llegar a tierras del norte —respondió Robin sin revelar sus verdaderas circunstancias—. Después, pasado algún tiempo, volveremos. Lo prometo.

El Pequeño John no estaba muy convencido con las palabras de Robin. Extrañaba al ladrón, al mejor arquero, sin él se sentía un poco perdido, pese a que el Fraile Tuck se encargaba de tener a todos los Hombres Alegres en orden.

—¡Oye, Hood! —uno de los hombres, bajo y con el rostro picado por la viruela, se acercó con un saco que lanzó a Robin.

—¿Qué es esto, Stutely? —preguntó Robin mirando el interior del saco con curiosidad.

—Un regalo de bienvenida —sonrió Stutely.

Robin se dio cuenta de que el bolso estaba lleno de joyas y algunas monedas de plata y oro.

—Regálale algo bonito a tu mujer —sonrió el Pequeño John, despreocupado.

La mirada de Robin se turbó, finalmente cerró el saco y lo extendió de vuelta a Stutely.

—No necesitamos esto —dijo el arquero con firmeza.

Tanto el Pequeño John como Stutely lo miraron con extrañeza y luego se soltaron a carcajadas.

—¿Qué mosca te picó, Hood? —preguntó Stutely—. Hoy amaneciste con ganas de bromas, ¿eh?

Sin embargo, Robin no bromeaba, su semblante serio enseguida apagó las risas de los hombres.

—Oye, ¿qué quieres decir, Robin? —preguntó el Pequeño John, desconcertado.

—Quiero decir que hay otras formas de ganarse la vida, sin robar.

Robin se giró, dejando a sus dos amigos estupefactos, y echó a andar hacia la tienda donde estaba Regina. La encontró despierta, despejada y recogiéndose el cabello en media coleta, lista para comenzar el camino hacia las tierras del norte.

—El desayuno —sonrió Robin ofreciéndole unas manzanas, uvas y un pedazo de pan a la reina.

—Gracias —musitó ella verdaderamente hambrienta.

Robin se sentó al lado de ella, también comiendo los frutos que había conseguido.

—Nos iremos en un par de horas —comenzó a decir Robin.

—¿Hoy mismo? —preguntó Regina con sorpresa.

—Sí, milady, el camino a las tierras del norte es largo.

Regina asintió, pudo notar que algo molestaba a él, pero no estaba segura. Había una especie de vergüenza en los ojos de Robin Hood que, desde que había conocido a Regina, intentaba ocultar. No quería seguir siendo un ladrón sin oficio, no en ese momento cuando una reina estaba compartiendo la vida con él. Sin embargo, no sabía qué más hacer. Tenía la esperanza de que al llegar a otras tierras pudiese ocuparse en limpiar su nombre, conseguir un trabajo en alguna aldea y tener una vida digna con Regina.

—¿En qué piensas? —preguntó ella, terminando lo último de su pedazo de pan.

—En ti —dijo Robin, sonriente—. Estando contigo no puedo pensar en nada más.

Regina sonrió y lo besó. Fue un beso dulce y suave. Cuando de pronto se escucharon gritos afuera de la tienda. Robin se despegó de Regina sobresaltado. Sin pensarlo tomó su carcaj con flechas y salió de la tienda.

—¡Robin!

Éste no hizo caso. Regina lo siguió fuera de la tienda. El campamento estaba siendo atacado por una docena de soldados. Los Hombres Alegres defendían su territorio con flechas y algunos otros con espadas. Regina miró horrorizada cómo los soldados golpeaban y azotaban todo sin piedad.

—¡Allí está! ¡La reina!

Uno de los soldados gritó por todo lo alto señalando a Regina. Ella sintió que las piernas se le volvían agua y de pronto los brazos fuertes de Robin la sujetaron para salir corriendo por el bosque.

~OQ~