Capítulo I: Una rebeldía adolescente.
Eran solo dos jóvenes. Ambos vestían elegantemente con gruesas capas púrpuras que se arrastraban en el suelo al andar y barrían el polvo del piso. A la altura de sus pechos, llevaban la insignia de una serpiente que se enroscaba entre los orificios de los ojos y la boca de una calavera; estaba bordada con suma delicadeza en hilos dorados, plateados y verdes. Ninguno de los dos pertenecía al sitio donde en ese instante estaban; se encontraban en la última entrada de un enorme campo de concentración. Era descomunal. Habían tenido que atravesar varias murallas antes de alcanzar al recinto central donde vivían y trabajaban los que allí se refugiaban. Para lo cual no tuvieron mayores problemas a pesar de su aspecto llamativo y ahora estaban persuadiendo a un guardia a que los dejara entrar.
–Mi señor, tengo estrictas órdenes, no puedo dejarlos pasar.
Insistió el guardia con la cabeza gacha en señal de respeto.
–Oficial, –carraspeó uno de los jóvenes, el rubio para ser más precisos. –Su buena predisposición a cumplir su trabajo será altamente recompensada.
El guardia, sorprendido que un joven de la nobleza le dijera un halago, levantó la vista un microsegundo. Inmediatamente colapsó en el suelo.
–Muy buena predisposición, pero aun así le hiciste olvidar cuál era el protocolo para tratar a la nobleza. –Suspiró el que no era rubio, el de cabellos más oscuros que el ébano. –Podrías decirle a tu padre que recluten guardias más eficientes que éstos. –Le recriminó mientras guardaba su varita mágica en un bolsillo en el interior de la manga.
–Parece muerto… –dijo el rubio, pateaba el cuerpo inconciente con una admirable indiferencia.
El otro no respondió, ni siquiera perdió tiempo chequeando que el guardia estuviese realmente muerto. Atravesó las enormes puertas macizas de la última muralla. La última muralla que separaba el mundo mágico del mundo de los muggles buenos para nada y los sangre sucia.
El rubio iba detrás de él echando rápidas miradas hacia los lados con la sospecha que alguien los encontraría allí.
–¿Cuántos crees que logremos liberar?
El rubio miró las celdas y luego el reloj que le colgaba en su cuello. Las manecillas tenían runas grabadas que cambiaban según la posición del sol.
–Tenemos algo así como diez minutos. Creo que es tiempo suficiente como para que nos ocupemos de este piso.
–Perfecto… Esto va a convertirse en una verdadera carnicería. Vamos, Draco…
Se dirigieron a la celda que estaba más cerca. Era iluminada por la intensa luz de la luna que estaba casi llena. En el suelo sucio había una muchacha que dormía acurrucada, intentando abrigarse de esa helada noche con sus propios brazos esqueléticos. Probablemente tenía la misma edad que los otros dos jóvenes. Sus cabellos marrones despeinados le daban un espantoso aire salvaje. Se veía, en su boca levemente abierta que sus dientes frontales eran más grandes que el promedio normal. Temblaba, y es que era una de las noches más frías de la primavera y ella sólo llevaba una especie de camisola desgastada que era transparente a causa de los años que tenía de uso.
Con un clic, la puerta estaba abierta y el rubio se acercó para despertarla.
Todo ocurrió demasiado rápido.
En un segundo estaba la chica durmiendo en el suelo, en el otro estaba ella de pie con la varita del rubio en sus manos. En el proceso, el rubio había perdido el equilibrio y estaba en el suelo. La miraba sin poder creer lo que había sucedido. Se sacudió el polvo de la capa para poder ponerse otra vez de pie.
–¡No se mueva! –La varita lo apuntaba y el de pelo negro observaba entretenido porque una muggle se atreviera a empuñar una varita creyendo que iba a poder hacer algo con ella.
El rubio, con la misma clase de pensamiento, no hizo caso y se paró.
–¡Petrificus Totalus! –Chilló la joven, sus ojos marrones brillaban intensamente con triunfo cuando vio que el rubio había quedado inmovilizado.
–Expeliarmus… –susurró el de pelo negro para que la varita volara a su mano. La mirada que le dirigió luego a ella era hielo seco puro.
–¿Cómo hiciste eso? ¿A quien le robaste su magia?
Su voz era tan imponente que ella no pudo hacer otra cosa mas que quedarse quieta en su lugar, confundida por las preguntas que le estaba haciendo. Sus pies lentamente la llevaron hacia atrás, hasta que sintió la fría pared en su espalda. Sus ojos ya no brillaban con el triunfo de hacía solo unos meros segundos. Sus ojos estaban aterrados.
–A nadie… –susurró ella moviendo los ojos frenéticamente para buscar alguna forma de escapar de esa persona de mirada aterradora. –Es lo que usan los guardias para controlarnos… –Su pecho ascendía y descendía con ligereza. Se hiperventilaría si continuaba así.
El de pelo negro se quedó en su lugar. Su cara era una piedra que no dejaba revelar ni la más leve expresión. Miró su reloj, sólo quedaban tres minutos más.
–Corre. Aquí te matarán. –Le dijo mientras se acercaba a Draco.
Ella parpadeó confundida porque ¿cómo era posible que esos dos estuviesen allí para liberarla? –¡CORRE, MALDITA SEA! –Le ordenó él y la joven tomó tanta velocidad como sus piernas se lo permitieron. Lo cual no era mucha. En aquellos lugares apenas los alimentaban para que siempre estuvieran cansados y no tuvieran las energías que se requerían para escaparse del trabajo manual que les daban.
El de pelo negro deshizo el hechizo que mantenía inmovilizado a su compañero.
–Maldita perra, –masculló el rubio frotándose el codo que había amortiguado su caída.
–Tenemos solo dos minutos y medio. Esta vez no despertemos a nadie.
El otro asintió y fue a la siguiente celda. Allí había tres muggles amontonados. Se abrigaban entre ellos como si fueran perros mugrientos de la calle. Hasta el hedor que transpiraban era vomitivo. Una celda tras otra fueron trabajando sigilosamente y en silencio, sin siquiera hacer comentarios entre ellos.
–Alto ahí.
–Detrás de ellos, unos diez guardias congregados apuntaban sus varitas hacia ellos. Uno tenía a la joven que habían liberado primero sujetada del cuello. Casi no podía respirar. La arrojaron a los pies de los jóvenes como si fuese basura que no querían tocar. Y el guardia luego se frotó el brazo que la había tocado para limpiarse. La chica tosía con fuerza tratando en vano de recuperar su normal respiración.
Más rápido que la velocidad que necesita un pensamiento para formarse, el de cabello negro gritó "Expeliarmus" y todas las varitas llovieron sobre él, el rubio, y la chica. Logró tomar una en el aire y el resto no llegaron a tocar el suelo cuando tomó al rubio por el cuello de la túnica, a la joven por la cintura y gritó eufórico y con un susto fingido:
–¡CUCARACHAS! ¡CUCARACHAS POR TODOS LADOS! ¡Y USTEDES LAS DEJARON ESCAPAR!
Pop.
Habían desaparecido los tres.
Los prisioneros, que con tanta conmoción se habían despertado, estaban empezando a correr hacia la salida. Las mismas puertas que los dos jóvenes habían dejado abiertas. De lejos se escuchaban gritos. Ordenes de los guardias para que no dejaran que nadie se escapara. Gente desesperada que corría tratando de salvar sus insignificantes vidas.
*.*.*.*.*.*.*.*
El de pelo negro estaba doblado de la risa. Lejos del alboroto del campo de concentración. El rubio tenía una arruga entre las cejas que enmarcaban unos fríos ojos celestes.
–Tenemos que dejar de hacer esto, señor.
–Deja de preocuparte, –le contestó cuando pudo detener su risa.
Se volteó y vio que la chica muggle se alejaba de ellos, tropezándose cada dos pasos que daba. Tomó aire y la inmovilizó en un leve movimiento de su varita.
Los ojos de ella estaban cargados con lágrimas. Su fino cuello tenía las marcas por haber sido estrangulada antes. El de pelo negro recorrió las suaves líneas de su cara con un dedo hasta llegar a los hombros donde comenzaba esa horrible túnica que llevaba puesta. Era de tan mala calidad que se notaba que no llevaba ropa interior.
–Puede hacerla suya si quiere, mi señor. Puede aprovechar ahora que está petrificada.
Aunque no podía mover ningún músculo, se podía palpar en el aire el miedo que segregaba de cada uno de sus poros. No podía siquiera pestañear, mucho menos defenderse o protestar.
–¿No la prefieres tú, Draco? Es más de tu estilo…
Hablaban sin emociones.
El rubio se mojó los labios y la miró por un tiempo.
–No me interesan las muggles. –Dijo finalmente y miró su reloj con ansiedad.
–¿Tienes miedo que se te caiga el pene en el intento? –Se rió el de pelo negro. –¿Aun crees en esos cuentos infantiles?
El de pelo negro tomó fuertemente de la barbilla a la joven muggle y le plantó un beso en los labios.
–Aun no me pasó nada… –le dijo a la vez que se palpaba la entrepierna. Y otra vez la besó.
El rubio parecía tan paralizado como la chica.
–¡Basta, señor! Ya es hora de regresar.
–Eres demasiado aburrido… –le dijo con un suspiro.
Dejó a la joven inmovilizada en el suelo y se quedó pensativo con la mirada hacia el campo de concentración. Todavía se escuchaban los gritos desesperados. Aun continuaba la masacre.
–¿Qué haremos con ella? –preguntó el rubio con temor de que su señor dijera que se la llevarían a su casa para jugar.
El de pelo negro se sobó la frente y pasó su mano por sus despeinados cabellos oscuros.
–Escúchame bien, –se dirigió a ella. –Te dejaré escapar. Si quieres vivir tendrás que correr hacia el norte, a través del bosque. ¡Draco, dame tu capa!
El rubio lo miró aturdido.
–Dije que me dieras tu capa. –Repitió impaciente y con la mano extendida hacia él.
El otro le tuvo que obedecer sin emitir ningún sonido de protesta. Era su obligación. Era su sirviente. El morocho insistiría una y otra vez que no lo era, pero llegado a estos casos debía obedecerle, si se sublevaba lo castigaban. Si no lograba persuadirlo de cometer locuras como éstas, también lo castigaban. De cualquier manera, sabía quien sería el que pagaría. Estaba acostumbrado recibido por ser su sirviente personal. Su asistente, ese era su título oficial, en realidad era su esclavo. Por eso no podía dejar de odiarlo. Lo detestaba y aborrecía. Por eso nunca lo llamaría por su nombre como él se daba el lujo de hacer.
El de pelo negro le puso la pesada capa de lana a la joven sobre sus hombros.
– Te dejo una varita en el bolsillo. Te voy a soltar ahora. Si intentas algo te aseguro que sé cómo matar.
Ese joven infundía miedo. No eran sus palabras sino que era su postura poderosa, el timbre grave de su voz imponente. Era difícil saber si sonreía o si se quejaba. Era como si nada le importara.
La joven seguía en su lugar sin comprender nada, a pesar que ya no estaba inmovilizada con magia.
–Gracias… –susurró ella ajustando la capa y haciendo una leve reverencia con la cabeza. Entonces comenzó a correr en dirección opuesta a la prisión.
El morocho se rió.
–Es tan idiota que no entiende que el norte es más allá, –señaló hacía un costado de donde corría ella.
–Tardará unas horas más, –contestó con sequedad.
–Estuvo divertido, ¿no crees?
El rubio se encogió de hombros. Sería divertido si no fuese él a quien castigarían luego.
–Señor, sabe ya lo que opino de estos juegos suyos…
–Pero la primera vez que lo hicimos llorabas de la risa, –se quejó el de pelo negro. –Solías divertirte en serio, Draco.
–Era divertido cuando solo abríamos las celdas, esta vez liberó a un muggle… –puso cara de asco, –y no sé cómo pudo poner sus labios en esa boca sucia.
El de pelo negro volvió a reírse.
–Solo apoyé mis labios en los de ella, tan sucio no soy.
–Se hace tarde, mi señor.
–Deja de llamarme así, Draco. Harry, mi nombre es Harry y así deberías llamarme. ¿Cuántas veces debo repetírtelo?
