Capítulo 2

Más allá de la distancia

-1-

El cuerpo inerte del hombre cayó pesadamente a los pies del santo. La sangre le bañaba por completo, en su rostro aún reflejaban la agonía y el terror de los últimos minutos de su vida. En obvio desdén a su presencia, Máscara de Muerte pateó por última vez el cadáver de aquel infortunado sujeto.

- ¿Era necesario tanto sadismo? -preguntó indiferente Aioria que observaba desde lejos el cruento espectáculo protagonizado por el de Cáncer.

- No venimos hasta aquí para invitarlos a tomar el té. -refutó sarcástico el cangrejo.- Además, gracias a MIS métodos, ahora sabemos donde encontrar el cofre con el alma de Apolo.

- Como sea… -agregó el león encaminándose a un angosto pasadizo algo escondido entre los escombros.

Alrededor de los santos se levantaban las ruinas de lo que alguna vez fuera un majestuoso templo. A pesar de haberse reducido en su mayoría a polvo, los pedazos de fino mármol y piedras talladas aún evidenciaban la gloria de los ayeres de ese lugar; aquel fue uno de los principales templos dedicados al dios del sol. Los santos habían conseguido su objetivo, los cuerpos de los insurgentes yacían por todos lados, algunos de ellos severamente masacrados gracias a las técnicas interrogatorias del caballero de Cáncer.

Con ayuda de la luz dorada emitida por sus cosmos, los santos se adentraron en los oscuros y húmedos pasadizos que los llevarían a un desconocido destino. Conforme descendían el camino se hacía más y más angosto obligándolos inclusive a agacharse un poco para poder continuar. Tras varios minutos alcanzaron el final de su camino.

Delante de ellos una puerta de piedra decorada con un sol marcaba el final del túnel. Avanzaron sin titubear hasta quedar directamente frente a la antigua puerta; ahora la cuestión era ¿abrirían la puerta para conseguir el cofre con el alma de Apolo? O ¿sería más prudente destruir el lugar para sellar el acceso a la cámara secreta?

De la nada dos hombres salieron para atacar a los santos por las espaldas, mas con la habilidad propia de sus rangos de caballeros dorados alcanzaron a evadir sin ningún problema los embates. Con destreza el guardián de Leo mató rápidamente al hombre que le atacó mientras que el cangrejo logró detener del cuello al otro preparándose para iniciar su perverso juego con la víctima en cuestión.

- Tal vez deba arrancarte el rostro mientras aún estás vivo. -la mirada del de Cáncer se iluminaba con maldad, parecía disfrutar de antemano su próxima acción.

Un fino de rayo de energía atravesó limpiamente el corazón del individuo cegando de inmediato su vida. Desde atrás de él Aioria apuntaba con el índice en dirección a él mientras sus verdes ojos retaban descaradamente a su compañero de armas.

- ¡¿Quién demonios crees que eres para meterte en mis asuntos? -reclamó exasperado Máscara de Muerte ante la intervención de Aioria en "su" pelea.

- A diferencia tuya, yo no disfruto con el sufrimiento y la crueldad. -fue la cortante respuesta del león dorado.

- Escúchame bien, león… -le confrontó el cangrejo acercando el puño amenazantemente a la cara de Aioria.- Sigue metiéndote en donde no te llaman y ya verás.

Aioria sonrió con malicia-Hablas demasiado. Tal vez deberías cerrar tu enorme boca y comenzar a hacer algo al respecto-respondió a la amenaza del de Cáncer.

Habían alcanzado el punto en que simple y sencillamente no se soportaban más el uno al otro. La poca paciencia que poseían se había agotado, era cuestión de tiempo antes de que los golpes comenzaran a volar en todas direcciones, sin embargo el crujir de la piedra moviéndose capturó por completo su atención. Le enorme puerta al final del túnel se abría frente a sus ojos permitiendo que la luz se escapase a través de la apertura impidiendo a los santos ver más allá.

- ¿Qué demonios es eso? -exclamó Aioria tomando posición de combate.

Máscara de Muerte no contestó, él tampoco tenía la menor idea de lo que estaba sucediendo. Entre la deslumbrante luz se distinguía la delgada figura de alguien, aunque no podía apreciarse del todo si aquella persona era un hombre o una mujer. Por fin el resplandor empezó a cesar, lentamente la cegadora energía despedida desde adentro de la cámara disminuía dándole un poco de descanso a los ojos de los santos.

- Ustedes han violado el sagrado piso del Templo de Apolo al derramar sangre inmunda, deberán pagar por semejante ofensa. -una mujer mayor había emergido de la luz. Vestía un largo manto blanco que cubría su cabeza dejando ver su rostro, en sus manos cargaba un pequeño cofre de madera y oro que los santos de inmediato reconocieron como el lugar de descanso del dios del Sol.

- Vaya, así que para Apolo eso son sus seguidores: ¡sangre inmunda! -al león dorado le resultaban indignantes las palabras de la mujer. Su cosmos aumentó ante el inminente ataque.

- Esos hombres indignos del favor del señor Apolo, fueron débiles. Para sujetos así no existe nada más que el Infierno. -el inmutable rostro de la mujer no mostraba ninguna emoción a pesar de la dureza de sus afirmaciones.

Las aseveraciones encendieron la rabia de Aioria, sin más palabras se decidió a atacar.

- ¡Detente Aioria! -los ojos del cangrejo brillaban con deseo.- Ahora es mi turno de divertirme.

El santo de Leo envió una fulminante mirada a su compañero, sin embargo desistió.

- Haz como desees. Quienes no conocen la compasión no tiene derecho a disfrutarla.- habiendo dicho lo anterior se dio la media vuelta y se paró frente a las escaleras que guiaban a la superficie.

Una maléfica carcajada escapó de la garganta del santo de Cáncer-Serás mi nuevo trofeo-se dirigió a la mujer-Aunque creo que será más divertido llevarte al Infierno para que te reencuentres con esos seres inmundos de los que tanto hablas, así veremos que opinan ellos al respecto.

El peliazul apuntó su dedo índice hacia la mujer, se irían de viaje al Yomotsu.

- ¡ONDAS INFERNALES!

Un enorme agujero negro apareció llevándose consigo tanto al santo como a la mujer dejando solo a Aioria. Sabía que solo era cuestión de esperar antes de que Máscara regresara con su nueva adquisición para las paredes del templo de Cáncer, así que se apoyó en la pared y cruzó los brazos. Pronto estarían de vuelta en el Santuario.

-2-

Dentro de la pequeña cabaña de la amazona, Seiya se encontraba ya plácidamente dormido. Había sido un largo día de entrenamiento que terminó con el infame encuentro con Shaina en el Coliseo, de no haber sido por la oportuna aparición de Shura de Capricornio muy probablemente aquel encuentro se hubiese transformado en un baño de sangre. Marin aún permanecía despierta, en realidad no tenía sueño y todavía tenía que curar la herida de su hombro. El contacto del alcohol con la herida abierta hizo rodar lágrimas por sus mejillas, detrás de la máscara el dolor se dibujó en su rostro. Se mordió los labios para evitar que un gemido de dolor escapara despertando a su joven aprendiz, nunca le había gustado demostrar algún tipo de debilidad ante Seiya, esa fue la manera en que la habían crecido; siendo una amazona tenía que ser tan dura como cualquiera de los santos, inclusive más que ellos.

Cuando hubo terminado de tratar sus heridas se recostó en la cama para quitarse la máscara de plata encubierta por las sombras de la noche. Perdió sus ojos en el techo de la casa y sus pensamientos volaron de inmediato hacia él. ¿Dónde estaba? ¿Estaría bien? ¿Cuándo volvería? ¿Cuándo le vería de nuevo? Lentamente sus ojos se humedecieron y las lágrimas rodaron por sus mejillas. ¡Vaya que era tonta! , sabía que ese amor era imposible, condenado a permanecer como un eterno secreto, encerrado en su corazón viviría para siempre aún si nunca nadie se enterara de él; ni siquiera el mismo Aioria.

Se sentó de golpe para secarse bruscamente las lágrimas con su brazo. Poniéndose la máscara se levantó y abandonó sigilosamente su cabaña para perderse en el extenso territorio que ocupaba el recinto de la diosa de la sabiduría, si no podía dormir tampoco se quedaría a atormentarse con sus sentimientos absurdos. Caminó sin rumbo fijo por varios minutos. El aire frío le ayudaba a despejar las ideas, le daba un respiro a toda esa angustia aferrada en su alma, la liberaba momentáneamente de sus propios fantasmas. De repente cayó en cuenta de donde estaba, sin que lo notase sus pies la habían llevado a la playa.

No existía mejor lugar para ella que la playa situada a las afueras del Santuario, podía pasar horas enteras sentada observando el vaivén de las olas y deleitando sus sentidos con la presencia del mar. Adoraba la sensación de la arena al escurrirse entre sus dedos, el sonido de las olas recalando a la orilla y el fresco olor del salitre impregnado en el aire; aquella sensación la hacía sentir en casa, de vuelta en Japón. Era apenas una niña cuando la obligaron a alejarse de su país natal y de su hermano, de eso habían pasado años pero todavía se le erizaba la piel al recordar los gritos del chiquillo llamando su nombre mientras la obligaban a dejarle atrás para unirse a las huestes de la diosa de la sabiduría. Sacudió la cabeza para sacarse las imágenes de su mente, esa noche no tenía ganas de sufrir.

Se tiró sobre la arena para fijar su mirada en la bóveda celeste. Sobre su cabeza brillaban miles de estrellas, cada una con su refulgente luz aún más visible gracias a la oscuridad que las rodeaba. Como alguna vez lo hizo durante su infancia, repasó en silencio las constelaciones que adornaban el cielo, una por una fue reconociéndolas por nombre dejando pasar las horas de esta manera. Pronto experimentó el relajante efecto del sonido del mar sobre su cuerpo; los párpados comenzaban a cerrársele, empezaba a sentir el cansancio en sus músculos y un involuntario bostezo hizo acto de presencia.

Poniéndose de pie se encaminó de vuelta a su choza no sin antes alzar la vista al cielo para identificar la constelación de Leo.

- Buenas noches…mi amor. -el murmullo de su voz se perdió en la brisa marina.

-3-

Fastidiado de esperar el retorno de Máscara de Muerte, el león había abandonado la sala subterránea para sentarse en las ruinas del antiguo templo con nada más que el cielo sobre su cabeza. En su mano sostenía una moneda de oro con el Sol esculpido en uno de sus lados que había encontrado entre las piedras; ansiosamente jugaba con ella dándole vueltas y resbalándola entre sus dedos.

La luna iluminaba el cielo rodeada de refulgentes estrellas, un espectáculo digno de ser disfrutado, pero en la mente de Aioria no existía más que ella. Estaba mal desearla de esa manera, eso lo sabía, pero no podía evitarlo; aquel sentimiento era mucho mayor que la razón.

- Cobarde. -bufó para sí mismo. Se reprochaba no tener el valor para confrontarla, para declararle la pasión que solo ella podía despertar en él; sin embargo cada vez que se disponía a hacerlo el temor de perderla le hacía desistir de su intento.

Miedo. Sí, sentía miedo de lo que sería su vida sin Marin; al menos como amigo podía disfrutar de su presencia, compartía precioso tiempo con ella y, aún más importante, ella le abría la oportunidad de ser parte de su vida. Cierto, si ella correspondía sus sentimientos lo tendría todo, pero si no, entonces perdería lo poco tenía; y ya había perdido demasiado.

El tintineo de pasos subiendo la escalera en dirección a donde estaba le hicieron prestar atención. Segundos después el santo de Cáncer hacía su aparición. Traía en las manos el cofre con el espíritu de Apolo y de la mujer no había rastro, solamente las manchas de roja sangre en la capa del peliazul.

- Creí que decidiste quedarte en el Infierno. -reprochó el león sin quitarle la vista a la moneda que traía en las manos.

- Eso quisieras.

Aioria no pudo evitar que una mueca parecida a una sonrisa se le escapara al mismo tiempo que miraba por el rabillo de ojo a su compañero de Orden. Se puso de pie para dirigirse a los derruidos muros que quedaban del templo con la intención de largarse del lugar habiendo completado la misión, afortunadamente para él no tendría que seguir soportando al cangrejo mucho tiempo más. Poco después, dos brillantes meteoros de luz dorada atravesaban el cielo, su destino: Grecia.

En un parpadeo se encontraron a los pies de la escalinata de la casa de Aries, sin pensarlo más comenzaron el ascenso hasta el Templo de Athena. Como era usual, contados santos de oro permanecían en guardia; Shaka, Shura y la inesperada presencia de Afrodita fue lo que reconocieron en su camino, sin embargo identificaron el cosmos de Milo de Escorpión dentro de la Cámara Patriarcal en compañía de Su Excelencia.

Caminaron con firmeza sobre la alfombra roja de la sala del trono hasta llegar a los pies de Arles donde se hincaron en señal de respeto. Milo solamente observaba.

- Aioria, Máscara de Muerte, veo que han regresado más pronto de previsto. -la rasposa voz de Arles se dejo escuchar en el silencio de la habitación.

- Señor, los insurgentes han sido eliminados y el Templo de Apolo ha sido completamente destruido-rindió su informe el león dorado.

- Patriarca Arles, hacemos entrega del cofre que sella la esencia de Apolo. -el italiano extendió la preciosa caja al Santo Padre quien la tomó con cuidado. La examinó detenidamente para luego regresar la mirada a ambos santos.

- Athena aprecia el servicio que le han brindado a ella y a la humanidad. -respondió el Patriarca.- Si no hay ninguna novedad o información de relevancia son libres de retirarse.

- Con su permiso. -Aioria se disponía a salir cuando una risita irónica de santo de Cáncer lo detuvo.

- En realidad su Ilustrísima hay algo que debe saber…

Los ojos azules del cangrejo parecían burlarse de la cara de sorpresa de Aioria, estaba totalmente desconcertado, no tenía idea de lo que Máscara de Muerte hablaba.

"Te dije que me las ibas a pagar maldito traidor" pensó Máscara.

- Una mujer… -continuó el de Cáncer.- …quien se identificó como sacerdotisa de Apolo me confesó que pronto el sello de Athena perderá su fuerza, por lo que el regreso del dios del Sol es inevitable. Gran Patriarca, es necesario mantener vigilado el cofre.

- ¿Se puede sabes por qué no me dijiste nada de eso? -reclamó furioso el león.- Como compañeros tu deber era hacerme saber ese tipo de información.

- No preguntaste, estabas desesperado por regresar…al lado de tu amazona. -contestó burlonamente Máscara dejando frío a Aioria.

Los ojos turquesas de Milo se abrieron con una mezcla de sorpresa y temor para fijarse en la reacción de Arles; aquella era una acusación grave y de ser sustentada por el de Cáncer el Patriarca llegaría hasta las últimas consecuencias. El santo de Escorpión sentía como el león dormido comenzaba a despertarse, el cosmos de Aioria desbordaba rabia, y lentamente se tornaba amenazador.

- ¡Imbécil! ¡¿De qué carajos estás hablando? -un puñetazo tomó desprevenido al santo de la cuarta casa, haciéndolo caer al piso y ocasionando que un leve hilo de sangre corriera por su barbilla.

El segundo golpe iba en camino cuando el escorpión se interpuso entre Aioria y Máscara de Muerte obligando al santo de Leo a detenerse.

-¡Aioria detente! -exigió el de la octava casa.

-¡Quítate Milo! ¡Esto es entre él y yo!

-¡Si, Milo! -reclamó Máscara de Muerte.- ¡Hazte un lado para que de una buena vez pueda mandar a este infeliz al Infierno!

-¡¿Acaso los dos han perdido la razón? -preguntó el de Escorpión sin darle crédito a la situación que estaba viviendo. Aquello era inaudito, dos santos dorados en pleno lío de golpes en presencia de la máxima autoridad del Santuario.

-¡Suficiente! -el grito de Arles cimbró la edificación acaparando la atención de los tres santos más jóvenes-¿Qué significa todo esto?

-Este idiota ha dejado en entre dicho mi honor y el de una compañera de Orden. -reclamó aún bastante exasperado el de Leo- ¡Si es necesario voy a hacer que se trague sus palabras!

-Tranquilo. -susurró Milo en un intento de apaciguar al león.

Solo Athena supo de dónde sacó temple Aioria para callarse, pero de alguna manera el santo de Leo consiguió dominar a tiempo su explosivo carácter. Detrás de la máscara, Arles parecía disfrutar la escena, una retorcida sonrisa le llenaba el rostro pensando en las mil y un maneras en que podría sacar provecho de tan delicada información; sin embargo por el momento lo importante era fungir como Patriarca, y así lo haría.

- ¿Puedes respaldar tus palabras con pruebas, Máscara de Muerte? -habló.

El de Cáncer se quedó petrificado, esperaba que gracias al pacto que tenía con Saga, el ahora Patriarca le apoyara en su caso contra el león, pero ahí estaba, cuestionándolo.

- No. -respondió tragándose la ira mientras agachaba la cabeza.

- En tal caso, no hay razón para seguir con este escándalo, retírense. -ordenó sin siquiera alterarse.- Y que no se vuelva a repetir, va para los dos-agregó al verlos alejarse de él.

Salieron de la Cámara Patriarcal seguidos de Milo, el santo de Escorpión estaba seguro que si no los vigilaba la pelea solo cambiaría de lugar. El escorpión observaba expectante la reacción de sus dos compañeros y no se tranquilizó hasta que, después de un leve bufido y una maldición en italiano, Máscara de Muerte comenzó a descender por las escaleras.

- Si serás idiota. -le dijo Milo a Aioria.- Le diste al cangrejo justo lo que quería: sacarte de quicio.

- No necesito tus reclamos bicho. -en el fondo Aioria sabía que estuvo mal reaccionar de esa manera, pero no pudo hacer nada para evitarlo; había que admitir que el santo de Cáncer sabía que cuerdas mover.

- Escúchame. -Milo tomó del brazo a Aioira y lo jaló hasta donde estaba seguro que nadie podía oír su conversación.- Dudo que Arles se haya tragado que no pasa nada entre tú y Marin, sobre todo después de ese arranque de ira; mantente alerta porque Máscara de Muerte no va a dejar pasar así nada más todo esto ¿entendiste?

El león torció la boca, Milo estaba en lo cierto.

- Ok, ok, tomaré mis precauciones ¿contento? -le respondió con una media sonrisa, después de todo Milo simplemente se preocupaba por él.

- Más te vale, gato revoltoso. Por cierto, deberías mandarle una tarjeta de agradecimiento a Shura porque si él ya no tendrías pelirroja por quien sufrir.

- ¿A qué te refieres Milo? -cuestionó con preocupación.

- ¡Bah! Dejaré que ella te cuente. -y dicho lo anterior el santo de Escorpión emprendió el retorno a su templo dejando tras de sí a un muy intrigado león dorado.

-4-

Permanecía acostado en su cama con los brazos cruzados detrás de la nuca indiferente a todo lo que le rodeaba. Estaba cansado, pero no tenía sueño aún; de hecho le resultaba sarcásticamente cómico que el causante del dolor de cabeza que tenía fuera Máscara de Muerte y no Apolo, como debió haber sido de acuerdo con la misión encargada. Maldito cangrejo, algún día se vengaría arrancándole la viperina lengua para que dejara de meterse en sus asuntos, su actitud frente al Patriarca resultaba inaceptable, bien merecido se tenía el golpe que le había asestado, y gracias a Athena por Milo, porque de otra manera ambos hubiesen terminado en serios problemas con el Santo Padre.

Cerró los ojos para forzarse a dormir un rato. Moría de ganas de verla, pero tras el incidente en el templo de Athena sería mejor guardar un poco de discreción un par de días…

- ¡¿Qué demonios...? -exclamó enojado poniéndose de pie.- ¡No tengo nada que ocultar!

Se dirigía a la salida de las habitaciones de Leo cuando la sintió acercándose. Dudó por un momento, ¿sería ella o su imaginación le jugaba una mala pasada? Hasta ese extremo le habían llevado sus sentimientos, dudar de su propia sanidad mental; aunque a su favor estaba el hecho de que Marin nunca se presentaba en su templo sin haber sido invitada o sin que tuviera alguna razón sumamente poderosa para avanzar a través de las doce casas.

El santo decidió esperar por la pelirroja, después de todo el camino estaba libre. La casa de Aries permanecía vacía desde que su guardián, Mu, se auto exiliara en Jamir al morir el antiguo Patriarca Shion. Por su parte Aldebarán pasaba largas temporadas en Brasil, y solo pisaba el sagrado suelo del Santuario cuando era convocado por su Ilustrísima, lo cual sucedía en muy raras ocasiones; por lo general el Patriarca disponía del santo de Escorpión para empresas de alto riesgo. Géminis era un verdadero misterio, nadie sabía el paradero de Saga, lo único que restaba para proteger el tercer templo era el legendario laberinto que solía desaparecer al identificar cosmos aliados. De esta manera un solo obstáculo se le planteaba a Marin: Cáncer. Afortunadamente Máscara de Muerte estaba de visita en el último de Templo aprovechando la breve estancia de Afrodita en el lugar.

Cual león enjaulado caminaba de un lado a otro de su habitación esperando ansiosamente la llegada de la japonesa. Las largas escalinatas que unían las casas del zodiaco se le hacían eternas y en más de una ocasión se sintió tentado a correr al encuentro de Marin, pero se detuvo, si bien no tenía nada de ocultar tampoco daría lugar a comentarios infundados. El cosmos de la amazona atravesó Aries, Tauro, Géminis, Cáncer y…

Marin sentía sus rodillas temblar cuando puso el primer pie en la casa de Leo, su corazón dio un brinco al encontrarse frente a frente con los leones de piedra que, majestuosamente, resguardaban la entrada del quinto templo. ¿Qué la había llevado ahí? No lo sabía, simplemente fue un impulso, tal vez la necesidad de verlo; fuese como fuese ahí estaba a unos pasos de él. Entró al salón de batallas con el alma en un hilo y la cabeza llena de dudas. Luchaba por controlar su respiración, se mordía nerviosamente el labio superior y sentía sus manos transpirar.

"Marin ¿desde cuándo eres tan nerviosa? Tranquila. Respira, no pasa nada solo es Aioria, el mismo Aioria de siempre." se dijo intentando liberar algo de presión.

Sutilmente elevó su cosmos para anunciar su llegada, si bien eran amigos el protocolo debía de cumplirse. Permaneció quieta durante unos segundos aunque sus ojos detrás de la máscara recorrían el lugar entero en busca del santo de Leo, deseosos de tenerlo enfrente.

- Marin, que sorpresa verte aquí. -el eco de la voz de Aioria retumbó en el templo erizándole la piel a la amazona.

- Hola. -respondió la chica con una timidez poco usual en ella.- Vine a ver como estabas, supe que regresaron ayer, y como no me comentaste nada antes de irte pues quería saber si todo estaba bien.

"No pudiste pensar nada mejor Marin" se reclamó en silencio al escuchar sus propias palabras.

Aioria solo sonrió ¿sería posible que ella estuviera en la misma situación que él?

- Estoy bien, en realidad fue una misión bastante sencilla, pero gracias por preocuparte. -fue entonces cuando recordó la plática con Milo.- Oye ¿y tú cómo estás?

La respuesta era más que obvia considerando el vendaje en el hombro de la amazona que capturó de inmediato la atención del santo. Marin se miró la herida, se veía peor de lo que se sentía.

- ¿Esto? -le dijo al santo tocando con cuidado el parche sobre su hombro.- Larga historia.

- Pues tengo tiempo si quieres contarme. Vamos adentro y me cuentas.- Aioira se dirigió hacia los privados del Templo de Leo.

Ella dudó. Ya había estado antes en el interior de la quinta casa, pero ahora la situación era diferente, con tantas cosas pasándole por la cabeza no sabía que tan adecuado sería aceptar.

- Aioria, tengo que regresas, Seiya está… -intentó excusarse.

- Seiya sobrevivirá unos minutos solo, dale un descanso al pobre chico.- juguetonamente Aioria trataba de persuadirla de quedarse.

- Pero…

- Pero nada. Vamos.-cuando se dio cuenta el león ya la había sujeta de los brazos y casi la empujaba para que entrara al templo.

Dentro de la pequeña estancia del león se tiró sobre un sillón desparramándose por completo no sin antes asegurarse de que Marin ya hubiera tomado su lugar frente a él. El silencio se apropió momentáneamente del lugar, ninguno de los dos decía ni una palabra, solo existían miradas furtivas entre ambos.

- Bueno ¿me vas a contar? -rompió la monotonía Aioria.

- No hay mucho que decir. Seiya y yo fuimos anoche al Coliseo a entrenar pero nos encontramos con Shaina y sus múltiples seguidores, de repente ella nos atacó tratando de incitarme para que peleara con ella. Por proteger a Seiya me alcanzó uno de sus golpes, eso es todo-explicó sin mucho detalle la amazona.

- ¿Eso es todo? ¿No me habías dicho que era una larga historia? -la cuestionó con una sonrisa cómplice.

- Después de todo no era tan larga como pensé. -contestó la japonesa siguiéndole el juego.

- ¿Y cómo te libraste de ella?

- Gracias a Shura. Él apareció justo cuando íbamos a comenzar a pelear, le ordenó a ella y a sus hombres que nos dejaran en paz.

- ¿Shura? -Aioria alzó una ceja ante las palabras de la amazona. Desde la muerte de Aioros su relación con el santo de Capricornio se había deteriorado considerablemente; por un lado el sentimiento de culpabilidad del español y por otro el resentimiento de Aioria hacia el asesino de su hermano.

- Sí, Shura. -Marin sonrió detrás de la máscara, siempre le había aconsejado dejar atrás esos rencores que tanto daño le hacían, quizá la intervención de Shura ayudaría en algo.

- Como sea. -respondió con fingida indiferencia el león mientras se ponía de pie y caminaba hacia Marin.- Déjame revisar esa herida, tal vez pueda hacer algo para ayudarte.

- No tienes que molestarte. -insistió la amazona parándose de sus asiento.

- Marin. -Aioria la tomó de los brazos y la obligó a verle a la cara.- ¿Cuándo vas a entender que tú nunca vas a representar una molestia para mí?

La pelirroja se sintió perdida en la profundidad de los ojos esmeralda del santo, aquella mirada que era capaz de paralizarla y hacerla sentir entre las nubes. Se mantuvo quieta mientras el santo de Leo removía con cuidado las vendas dejando expuesta la herida causada la noche anterior, la examinó unos segundos y posó su mano a escasos centímetros de la lesión. Una cálida sensación la invadió cuando él usó su cosmos para curar lentamente el corte, no solamente desapareció el dolor sino que un raudal de emociones la atacó al tenerlo tan cerca y a solas.

El dulce aroma cabellos de Marin lo estaba volviendo loco y ni que decir de la blanca piel que tenía frente a sus ojos, era demasiado; apenas y podía concentrarse en curarla, tanta proximidad se volvía una irresistible tentación, mucho mayor que su fuerza de voluntad. Sin poder resistirlo se atrevió a hacer algo que nunca había hecho antes: la acarició. Con delicadeza deslizó sus manos por los suaves brazos de Marin, se deleitó con aquel simple pero tan esperado roce de sus pieles; ella sostuvo la respiración cuando un escalofrió le recorrió la espalda, pero no podía negar que lo estaba disfrutando tanto como él. Llevado por el momento Aioria besó tiernamente sus cabellos, y sin soltarle comenzó a descender hacia su cuello. Apartó las rojas hebras de cabello para despejar el camino de sus labios; la amazona consintió, había quedado atrapada en la mágica sensación.

La cálida respiración de Aioria en su cuello la tenía hipnotizada y la tibieza de sus labios le aceleraban el ritmo del corazón, se mordió los labios para dejar escapar un leve gemido de placer abandonándose por completo totalmente dispuesta a dejarse deleitar por el hombre de sus sueños. El sonido de la respiración de ambos era lo único que se escuchaba en la silente habitación, poco a poco la pasión se apoderaba de ellos ¿cómo era posible? ¿Por qué algo tan incorrecto se sentía tan bien? Entonces Marin reaccionó. El león ya se había perdido en el deseo mientras ella iba por el mismo camino, tenía que hacer algo para mantener el control de la situación, y tenía que hacerlo pronto.

Como pudo se liberó de los brazos del santo quien la observó confundido.

- Discúlpame no sé qué pasó, yo… -alcanzó a balbucear Aioria sorprendido de su propia conducta.

Ella lo calló colocando el dedo sobre sus labios-Tengo que irme-susurró antes de desaparecer por la puerta de la habitación.

-Continuará-

Por fin, después de casi un larguísimo mes he podido finalizar el segundo capítulo de esta historia (*la autora se esconde para evitar un tomatazo por parte del lector disgustado por el retardo u_u U*). Espero sinceramente que les haya gustado el capítulo porque vaya que me ha tomado tiempo, no me lo van creer pero escribí tres versiones distintas antes de dar con el definitivo, resultó que esta adorable pareja es muchísimo más compleja de lo que me imaginé y tampoco quiero escribir las cosas solo porque sí.

Me ha dado un gusto enorme el recibir sus comentarios acerca del primer capítulo Silentforce, Alfa, marinlucero, elena, puntuka y pegasusgirl ¡gracias por embarcarse en esta historia conmigo! Un especial agradecimiento a la Dama de Estrellas y a Sanae Koneko por siempre estar ahí ^_^

Un favor más, les suplico no odien al cangrejito dorado, solamente es malo para fines de este fic, además no me pueden negar que es adorablemente perverso jeje.

Me despido enviándoles de todo corazón un beso y un abrazo. ¡Felices fiestas! ¡Muchas bendiciones para ustedes y sus seres queridos!

Sunrise Spirit