Drifters pertenece a Kouta Hirano.
Y aquí va la segunda viñeta. Esto sería poco después de que Anastasia llegó a ese mundo extraño.
El cielo está cerrado y el infierno vacío
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Insomnio
Abre los ojos y, a pesar de la oscuridad en que está sumida la habitación, fija la mirada en la construcción de piedra. Ya han pasado algunos días desde su llegada, pero aún no puede dormir bien. Es la misma intranquilidad que sintió cuando ella y su familia se instalaron en la casa Ipátiev, pero ahora no tiene a nadie a quien recurrir para calmarse, así que se levanta y sale. Camina por los pasillos en busca del sueño que ha huido, pero no halla más que silencio y soledad; todos deben estar dormidos... o fingiendo dormir. Deambula hasta llegar a la parte más retirada del castillo, una sala medio derruida cuyo techo ha caído en parte. Al pasar cerca, alcanza a ver la luna que se asoma por la abertura de la bóveda; se detiene a observar el astro, hipnotizada por su resplandor, y, al bajar la mirada, nota algo entre las sombras que proyectan las paredes; es una sombra más, o un espectro, o una ilusión producida por la luz de luna, o simplemente alguien que, como ella, ha salido a caminar en medio de la noche, presa del insomnio. Quiere acercarse para ver quién es la otra persona, pero se queda quieta, congelada; quizá sea el sueño que buscaba el que la inmoviliza, quizá sea el letargo que ese mundo le produce.
El ruido de unos pasos la vuelve en sí y ve que, de entre la penumbra, sale alguien. Es ese hombre al que Rasputín llama Hijikata; pasa a su lado, pues ella está junto a la puerta, y se aleja sin haberle dirigido ni siquiera una mirada o una palabra. Ella lo sigue con los ojos, hasta que se pierde en los corredores del castillo; después de eso, regresa la vista hacia el cielo nocturno y permanece así durante varios minutos, hasta que una sensación de quietud la invade. Es como si ya hubiera visto antes ese cielo, esa luna, esa noche, sí, son los mismos de su tierra natal... Pero son diferentes.
Lleva la mirada por donde el hombre caminó y se pregunta si él también pensó y sintió lo mismo al observar esa noche de luna, pero la idea desaparece pronto, porque ella emprende el regreso a su habitación, con el propósito de intentar dormir y de olvidarse de todo, incluso de sí misma y del mundo que la rodea y del que ya no.
No obstante, la siguiente noche de desvelo recuerda su pasado, cada detalle, cada instante de terror, y entonces ya no duda más. Y quiere gritar, llorar, desaparecer, dormir para siempre, pero no puede... Se levanta otra vez y camina hasta la sala de la ocasión anterior. De nuevo se encuentra con ese hombre, pero ninguno dice nada, ni siquiera voltean a verse, sólo miran el cielo nocturno, la luna y las pocas estrellas que resplandecen débilmente. Es el mismo firmamento que el de sus patrias, eso es todo, ese es el único pensamiento que se permiten tener justo en ese momento, ambos, sin emitir ningún sonido, mientras el hechizo lunar hace efecto y una especie de paz, huidiza, los llena.
