Había pasado un día, es decir, que solo quedaba otra jornada para que el francés viajara a Londres. Francis se había tirado todo el día anterior haciendo llamadas y buscando por internet actividades entretenidas. No era pro exagerar, pero casi todas las páginas que encontró tenían que ver con San Valentín, Lunas de Miel o cualquier cosa de enamorados. También, es que ponía en el buscador ciertas palabras que podían llevar a malentendidos. Tipo: "Juegos con atrevimientos", "Actividades para pasar un buen rato en pareja", "Retos para entretenerse sin tocarse". Normal que le salieran cosas extrañas.

A resumidas cuentas, no encontró nada del gusto del cejotas, pero sí para él que sin duda utilizaría la próxima vez que pasara una agradable velada. Descartando todo aquello no había nada que se pudiera utilizar. Era julio y aunque la tierra de Inglaterra fuera siempre tan húmeda, las temperaturas habían subido por lo que tenía que una actividad relajada. Dejó de lado, mirando por la ventana entre abierta que daba a unas hermosas vistas a la Torre Eiffel. Sin tener que asomarse a esta podía escuchar a la gente pasear por la calle principal, muchos hablaban en inglés, otros en francés, o en muchos idiomas diferentes. Pero le tranquilizaba escuchar el bullicio de la gente.

Era la hora de comer en Francia, aún sabiendo que muchos países podían estar ocupados preparando la fecha indicada, decidió hacer una última llamada que esperaba que le salvara de aquello, dándole alguna idea. Esa persona sin duda, era la que más ocupada y ansiosa tenía que estar por el 4 de julio, pero era quien más conocía la parte privada de Arthur.

-¿Oui? ¡Alfred, amigo mío!

-¡Francis! ¿Qué tal? ¿Querías algo?

-Em… oui. Me gustaría saber, o descubrir, alguna cosa que entretenga al rancio de Arthur. Que no sea tomar el té por dios.

-¿Con Arthur? ¿Por qué no lo traes a mi cumpleaños? Seguro que se lo pasaría bien, además con el poco aguante que tiene con el alcohol, lo tendrían entretenido en seguida.

-Alfred, querido mío, yo adoro como intentar animarle, pero sabes que jamás conseguirás convencerle. Arthur no asistirá a ninguna fiesta de cumpleaños tuya. Es más, cuanto más se acerca a ti ese día peor se encuentra.

-Ya, si lo sé… pero yo también quiero que esté. No deja de ser alguien muy importante para mí, además, este día. Ya sé que no le gusta, pero… bueno. Se nota mucho que no está. Siempre tendrá la puerta abierta para que venga. De todos modos, gracias por cuidar de él. Sé que cuando está contigo, al menos lo pasa bien o algo más tranquilo.

-Oh, eres un trocito de cielo Alfred. Intento animarle porque es… amigo mío. También tiene derecho a que ese día sea especial para él, aunque en un pasado fuese una mala fecha. No hay que guardar rencor de ningún tipo.

-Por supuesto. Eres una buena persona, Francis. No todos hacemos eso que tú haces y menos con un tipo como Arthur.

-Por favor, Alfred, me estoy sonrojando. Al final acabaré yendo a tu cumpleaños para darte un regalo… incomparable.

Se escuchó una sonora carcajada desde el otro lado del teléfono, sin duda aquel comentario había alegrado al americano en gran medida.

-Ay… De verdad que eres un verdadero pícaro. Con lo que veníamos hablando ¿algo con lo que entretener a Arthur, no? Hm…

-Oui

-¿Qué tal una partida al parchís?

-¿Parchís? ¿Con Arthur? Es un tipo más de ajedrez, pero con los gustos tan anticuados que tiene seguro que le parece lo más divertido del mundo.

-No exactamente a eso. Mientras sea un juego, donde el objetivo de este sea comerle una ficha, seguro que te da rienda suelta a mucha imaginación. Pero con lo lento que Iggy seguro que le cuesta pillarlo incluso así.

-Por dios Alfred, qué mente más perversa ¿desde cuándo eres yo? Mon dieu, no lo hago con esas intenciones. No al menos tan directamente.

-Vaya, vaya, a lo mejor a Arthur sí que le gusta. No es que yo haya ido a preguntarle personalmente o este me lo hubiera comentado una noche de borrachera.

Aquello le pilló de improvisto al francés. No era tonto y sabía a lo que se refería el americano, aunque no lo hubiera dicho con palabras exactas. Total, llevaban en ese juego un buen rato ya. Pero sí que le dejó en shock unos instantes, ya que Arthur no le había comentado nada. No es que fuera una persona de gran uso de la palabra, pero al menos podría habérselo dejado caer o comentado por encima. Dado el silencio que se hizo, fue Alfred quien lo rompió volviendo a hablar.

-Pero espera, no es que yo te hubiera dicho nada. Solo era para echar una mano. Quizás ahora sí que se te ocurra algo interesante que hacer.

-Sí, sí, solo que me ha sorprendido que eso venga de Arthur.

-Bueno, lleva tres años pasándolo bien. Y esta vez es la primera que realmente desea que llegue. Solo se le tenía que ver la cara en las últimas reuniones y dudo mucho que sea exclusivamente por mi cumpleaños, que también. Está ansioso y emocionado por el día de mañana, me apuesto mi… mi hamburguesa que está aquí esperando que me la coma.

-Pues ya podría habérmelo dicho a mí directamente, si es que ya sabía yo que tenía que emborracharlo más a menudo.

-Cierto, cierto, pero es Arthur, luego te mandaría de vuelta a tu casa de una patada.

-Ya lo hace.

-No me sorprende, me hace lo mismo.

-Bueno… pero sigue sin ser una idea exacta de lo que puedo hacer.

-Vale ¿y por qué simplemente no pasáis el día juntos?

-Es una buena idea, pero eso sería lo más sencillo y fácil ¿no desilusionaría eso a Arthur?

-Lo dudo. Ya solo te queda ir con él y comprobar qué es lo que más le apetece hacer a ese testarudo inglés.

-Mejor lo averiguo yo mañana. Gracias Alfred, me has ayudado mucho.

-De nada, amigo, para lo que necesites. Ya me contarás que tal os ha ido a los dos…juntitos.

-¡Alfred! Nos vemos… cuídate, anda. Y feliz cumpleaños adelantado.

-Gracias, gracias, nos vemos Francis. Bye, bye.

El francés colgó la llamada y se dejó caer sobre la cama. Se abrazó a su blanda almohada, forrada de terciopelo rojo, quedándose pensativo. Sus propios pensamientos iban directos a Arthur. No podía dejar imaginarse el día de mañana, junto a aquel sujeto amargado que le llamaba tanto la atención. Acabó hecho un ovillo en la cama, con su corazón palpitando a una velocidad descomunal, tanto que sentía que iba a salir disparado de su pecho. Siempre se emocionaba tanto por sus cosas y de una manera tan tonta. Y es que no solo se emocionaba él, es que si lo que Alfred le había dicho era verdad, también había conseguido llamar la atención de Arthur. Y eso era un puñetero merito a su favor. Sobre todo echando la vista atrás y viendo la relación tan penosa que siempre habían mantenido. Pero por una vez en la historia, ese 4 de julio iba a ser su momento, podría conocer al verdadero Arthur que siempre se escondía en las múltiples facetas del rubio.

Él solo pensó, dedujo que si el inglés no le había llegado a decir nada y que todo le había llegado por parte de terceros era porque, seguramente, le tenía una sorpresa preparada para el día de mañana. Al menos eso era lo que quería pensar el galo. Solo con eso sus ganas de que llegara el día aumentaron considerablemente.

Lo único que no le terminaba de de cuadrar al francés, era que Inglaterra no le había mandado ningún mensaje, ni se había puesto en contacto con él, para asegurarse que la cita de mañana seguía adelante. Quizás era porque estaba muy ocupado ordenando sus cientos de tés. Mañana se presentaría en su casa como en los últimos años, sin avisar, así todo sería una sorpresa.

El tiempo corría cada vez más rápido. El día llegaba y con él, el esperado evento tanto para la parte del cumpleañero, como para la parte de los otros dos. Sin duda, iba a ser un día inolvidable para cualquiera, y que sin duda daría que hablar.