¡Hola! Acá estoy con de vuelta con el segundo capítulo de este fic (:

Quería aclarar que el centro de esta historia es la supervivencia de los personajes, y que no habrá grandes escenas melosas, ni lemmon. Espero no les moleste.

Advertencias: Zombies y gore. Se va a desarrollar un poco más lento que los fics comunes. Si sos sensible... bueno, leelo bajo tu responsabilidad.

Guarda que empieza!


Disclaimer: InuYasha y compañía no me pertenecen, son de la fantabulosa Rumkio Takahashi. De lo contrario, Kikyo nunca hubiera sido revivida.


Hacia la tarde del mismo día en que la enfermedad arrasó con la población humana, aproximadamente a las 7 pm, Miroku se armaba de valor para abandonar la parte trasera de su automóvil aparcado en la esquina del Centro Comunitario, donde había pasado todo el día aterrorizado, para atender el llamado de su vejiga. Cuando se bajó del coche el aire frío de el atardecer lo golpeó. El aire viciado del transporte herméticamente cerrado seguía siendo mejor. Detrás de un árbol logró aliviar la tensión que su necesidad le provocaba.

~~~~Flash Back~~~~

La desgracia lo había agarrado de vuelta a el hotel. Tuvo que asistir a una reunión en una fábrica que se le antojó ridículamente lejos y escondida en el bosque: Una papelera que tenía problemas legales con respecto a la tala indiscriminada. Miroku era abogado y no le sobraba el dinero, por lo que no pudo declinar la oferta de trabajo. Aún contra su voluntad, tuvo que alojarse en un hotel en el corazón de la ciudad que la dichosa empresa le estaba pagando.

Justo cuando estaba a mitad de camino, se vió encerrado en un embotellamiento digno de las grandes ciudades.

La gran masa de autos avanzó tan solo unas pocas cuadras, antes de detenerse para toda la eternidad. La asfixia mató a todas y cada una de las personas encerradas en sus autos. Salvo a él. Vió cómo la persona en el coche paralelo al suyo se ahogaba en su sangre hasta dejar este mundo. Entonces por una hueco que tenía a su derecha, dirigió su carro hasta la esquina del Centro Comunitario, donde lo apagó, aseguró los pestillos en sus puertas y se refugió en la parte trasera. En ese momento, esa estructura de metal, se le antojó el lugar más seguro del mundo.

~~~~Fin flash Back~~~~

Miró a su alrededor, a la lúgubre ciudad que se abría frente a el. Quiso en hacer bocina con sus manos a los costados de su boca y gritar pidiendo ayuda, pero el silencio triste que lo envolvía lo hizo sentir acobardado. Se dirigió a la puerta principal del edificio y retrocedió inmediatamente al ver en el suelo a unos 6 metros de la entrada al establecimiento, el conserje desplomado en el piso.

—Carajo..—Balbuceó cuando lo vió. Quiso volver a la relativa seguridad del interior de su auto, pero el frío que le calaba los huesos le obligó a seguir caminando para intentar abrir la puerta y encontrar un refugio, ya que su hogar se encontraba a mas de 400 Km y el carro casi no tenía combustible.

Cuando bajó el picaporte y la puerta se abrió, sintió algo así como felicidad, sin llegar a serlo. Solo le tomó unos minutos recorrer el frío edificio de cemento, que tenía techos altos, dignos de una construcción antigua y consistía de una cocina con alacenas con algunas conservas y enlatados, la sección de mantenimiento, los baños y la sala principal. No era un recinto muy grande. Es mas, estaba en malas condiciones.

Estaba seguro que un golpe lo suficientemente potente rompería los antiquísimos ladrillos de las paredes de la sala común. Había manchas de humedad en todos y cada uno de los muros y apostaba su culo a que cuando había precipitaciones, llovía mas adentro del edificio, que afuera. No encontró ningún cuerpo, por que supuso que cuando ocurrió todo, el conserje recién había abierto las puertas y se encontraba alejándose para cumplir alguna otra tarea.

Su cabeza iba a mil, pensando en todo lo que había pasado. Intentó calmarse con todas sus fuerzas, por que le pillaría un dolor de cabeza y no estaba seguro que conseguir un analgésico con la facilidad de antes.

Tras analizar la situación cuidadosa y esperanzadoramente, llegó a la conclusión de que no podía ser el único con vida. Entonces, un sonido que sonara lo suficientemente mas fuerte que su voz, alertaría a los supervivientes a una buena distancia, que había alguien más como ellos. Haciendo caso omiso de su propio temor, volvió a su automóvil y buscó -no con mucho pulso- cualquier cd que pudiera haber en la guantera del auto, ya que las estaciones de radio hacía horas que habían dejado de emitir, dejando como recuerdo, sólo estática.

Cuando introdujo el disco en el estéreo y le dió play, con las puertas del coche abiertas, las notas de la primera canción que salieron de los parlantes rompieron de una manera estrepitosa la quietud y la calma en el ambiente. Como si una vaso de hermoso cristal se estrellara contra el suelo y explotara en millones de astillas punzantes. Lo que no sabía, es que en el silencio ensordecedor de la ciudad, el sonido de la música viajaba mas lejos y tenía un alcance mayor.

A los 20 minutos el primer superviviente llegó aterrorizado, temblando ligeramente e histérico por el shock. Cuando este vio a Miroku, se abrazaron como si fueran amigos que llevan años sin verse. Con fuerza y palmadas tranquilizantes en la espalda. Nunca pensó que se alegraría tanto de ver a una persona desconocida. Ninguno de los dos dijo nada.

El segundo superviviente encontró el refugio, 37 minutos después.

Con ayuda del tercero y cuarto, prendió una gran hoguera en el estacionamiento del Centro Comunitario, con la esperanza de que la luz atrajera a las personas escondidas en oscuridad de la noche.

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Tratando de autoconvencerse de que lo que había visto esa mañana en la tienda y en la calle era todo un gran error y sin poder creer que todo eso fuera parte de la realidad, Kagome se destapó en un acto de decisión. Se bajó de la cama y se acercó a la ventana con miedo de lo que pudiera ver.

La vista que su dormitorio a seis pisos de altura ofrecía, era hacia el jardín trasero de una hermosa casa estilo español, y la extensión de la calle sobre la que estaba la entrada a su edificio.

Todos y cada uno de los cadáveres estaban en exactamente donde los había visto esa mañana. Sus ojos se llenaron de lágrimas, respiró lo más hondo que pudo y trató de calmarse.

Admiró el cielo. Estaba haciéndose de noche mucho más rápido que en verano. Ahora se podían admirar las estrellas incipientes y el cielo celeste, veteado con las nubes teñidas de rosado cercanas al sol, que se despedida junto con su luz, para dar paso a la maravillosa luna en cuarto menguante.

Ese era su momento predilecto en el día para practicar arquería. Sólo practicaba cuando no tenia exámenes cercanos, y eso no era muy común, por lo que no siempre podía pulir sus habilidades. Aun así, se notaba a leguas, que ella era buena. Muy buena.

Cuando emergió de sus pensamientos, lo que pensó que era una jugarreta de su inconsciente tratando de calmarla durante toda la tarde, entró por sus oídos.

Una canción de pop insoportable llegó a sus orejas. Primero parecía venir de todos lados, pero entonces cerró los ojos y mientras sus pulsaciones cardíacas se aceleraban como si corriese una maratón, logró distinguir desde qué parte de la ciudad venía esa odiosa pero locamente amada canción. Peinó con su vista toda la porción de ciudad que podía ver desde su ventana y localizó una fina columna de humo surcando el cielo.

Nunca pensó que desearía con tanto ímpetu tener a una persona cerca con quien hablar. Desesperada por la posibilidad de encontrar a alguien cuyo corazón lata, tomó su mochila más grande y metió dentro ropa de abrigo y algunos artículos personales.

Se puso la misma chaqueta que la acompañó a ver el desastre en la tienda y salió despacio por la puerta principal.

Cerró su departamento con llave, bajó las escaleras y echó a correr con dirección a la columna de humo siguiendo la música.

Veintitrés minutos después de abandonar su casa, Kagome Higurashi llegaba a el Centro Comunitario.

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IunYasha casi se daba por vencido en su búsqueda de supervivientes. Casi.

Demasiado asustado como para volver a su hogar, o cualquier lugar que frecuentaba por miedo a encontrar cadáveres de personas que alguna vez conoció, prefirió negar todo lo que había pasado y se encaminó a un parque donde se recargó sobre la hierba verde y llena de vida, ignorante de la destrucción a su alrededor.

Cerró los ojos para calmarse y olvidar el silencio mortal que lo rodeaba y se concentro en el suave murmullo de un arroyo cercano.

El siempre amó la naturaleza, le encantaba pasar las tardes cerca del mar, admirando su majestuosidad y sintiendo la fría brisa salada en su rostro o caminar por los bosques de eucaliptos aspirando su aroma impregnado en el aire.

Levantó la vista hacia el cielo y lo admiró preciosamente rosado y con algunas nubes. Por un momento pudo pretender que todo seguía normal.

Su ensoñación termino bruscamente cuando sintió sus dientes castañar por el frío que tenia. La temperatura debía ser de 9˚ C aproximadamente Y el sólo llevaba una remera mangas cortas.

Entonces se obligó a levantarse y caminar en dirección contraria a el arroyo, hacia la salida sin ningún destino fijo.

A medida que se alejaba del ruido acuoso, le llego a los oídos la melodía de una canción de pop súper comercial, -de esas que tienen mas trabajo de estudio que trabajo del propio artista-.

Primero creyó que era una treta de su mente cansada. Pero a medida que el tema terminaba y empezaba una canción de rock del bueno, sintió tal felicidad y esperanza crecer en su pecho con una efervescencia y rapidez que sintió que explotaría.

Todavía en shock por los sucesos del día y demasiado asustado como para preocuparse, inició una carrera desbocada haciendo uso de su muy buen estado físico. Se movía como alma que lleva el diablo acercándose cada vez mas a la fuente de sonido, desesperado por encontrar alguien con quien hablar. Alguien vivo.

Cuando vió el humo elevarse formando un surco vertical oscuro en el cielo, pensó que algo nefasto había pasado en donde sea que estuviesen tocando la música y paro de correr.

Soltó todos los insultos que conocía, en todos los idiomas que hablaba.

—Pero la gran pu...— Cortó la maldición y apunto de gritar de pura frustración, intentó serenarse contando hasta diez y se convenció de que no perdía nada con echar un vistazo en donde se encontraba el origen de la columna de humo.

Entonces caminando -medio trotando- siguió su camino, sin saberlo, hacia el encuentro con una quincena de personas.

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Miroku junto a Kagome e InuYasha fueron los primeros en recuperar la cabeza y un poco de conciencia después de lo acontecido. Con todo el horror a su alrededor, se olvidaron de comentarse lo básico, y que uno primero atina a hacer cuando conoce a alguien: Decir su nombre.

Tal vez por que ninguno había probado bocado desde la desgracia en la mañana, y la idea de una comida fue bienvenida, el movimiento de InuYasha hacia la cocina despertó el interés de Miroku y Kagome que lo siguieron con mucho recelo.

Entonces hablándose con escuetas oraciones en parte por timidez, y en parte por el estrés, se pusieron de acuerdo para encontrar algo con que calentar unas latas de porotos que estaban en las estanterías de la cocina.

Dieron con un hornillo, de esos a gas que se utilizan en campamentos. Hallaron también un paquete de arroz en las alacenas. Les pareció buena idea estirar el rendimiento de los frijoles con ese arroz, entonces como aún funcionaba el agua corriente, en una olla cocinaron los dos alimentos y anunciaron la efímera cena a las diez de la noche.

—¿Quieres que busque cuencos?— Pregunto en un susurro Kagome a InuYasha. Pero el la miró a los ojos con mala cara y la ignoró. —Me pareció ver platos en la alacena, iré a traerlos.— Ella entendía la mirada que el le dedicó. Estaba cargada de cansancio e incertidumbre.

Sirvieron la comida y la hora de comer transcurrió en una ansiedad e incomodidad camufladas en el silencio mas incomodo que InuYasha jamas había oído.

Las veinte personas congregadas en el Centro Comunitario estaban desparramadas por la sala principal, tapándose con las escasas telas y frazadas que pudieron encontrar en el recinto, mientras comían desesperantemente lento la comida insulsa, sin hablar o siquiera mirarse entre ellos.

Se veía que todavía estaban inestables emocionalmente. Todos y cada uno de los individuos que ahí se encontraban habían sufrido dolorosas perdidas y tenían la misma incertidumbre de pensar en que ocurriría después.

Eran una veintena de personas con una vida y una rutina las cuales no volverían a tener nunca mas.

Kagome sentía la pesadísima mirada en ella del chico de curioso cabello plateado que había ayudado en la cocina momentos antes. Primero intento ignorarlo, cerrando los ojos y recargando la cabeza sobre la precaria pared en la que apoyaba la espalda, sentada en el piso. A pesar de las ansias por encontrar a alguien vivo que la consumían horas antes, ella no quería hablar.

Prefería pensar sobre todo lo ocurrido, ahora que estaba entre pares. Pero sentía como la observaban dos puntos de fuego. En parte fastidiada, miro el techo y luego dirigió sus orbes hacia los ojos que la miraban fijamente.

Se permitió admirar el rostro y los hermosos iris color oro se le antojaron extrañísimos, con una mirada fiera. Un rostro anguloso que parecía cincelado perfectamente en piedra y esa tez morena que le denotaba calidez. Tenia el cabello recogido en una cola de caballo totalmente desarreglada y por consiguiente mechones de hebras plateadas caían alborotados a los costados de sus mejillas, dándole un aspecto salvaje.

Nunca pensó que podría haber semejante ejemplo de belleza entre tanta desgracia y muerte. Su lapsus de admiración acabó cuando el peli-plata se paró del banquillo de plástico color blanco en el que estuvo postrado durante los últimos cuarenta y cinco minutos y caminó hacia ella dieciocho pasos, quedando los dos a menos de un metro y medio de distancia.

El tomó una bocanada de aire y se terminó de acercar a ella, poniéndose en cuclillas hasta quedar a su altura. La azabache en ningún momento desprendió sus ojos de los soles que le respondían la mirada.

—Hola niña— susurró él. —Me llamo InuYasha— Y extendió la mano esperando estrecharla con la de ella. —InuYasha Taisho.—

Hizo una pausa y suspiró frunciendo el ceño. —Keh.. perdona.. por hablarte así en la cocina.— Miró el techo y acto seguido la miró a ella. —Estaba alterado.— Odiaba excusarse.

La pelinegra bajó la mirada hacia la mano expectante y la devolvió inmediatamente a los orbes que la miraban. Ella cerró los ojos un instante y suspiro.

—InuYasha... mi nombre es Kagome.— Estrechó su delicada mano con la de él, con decisión y seguridad.

—Kagome Higurashi.—Realmente hizo un esfuerzo por sonreír. —Y no te preocupes por eso, comprendo tus razones.—

El chico se sentó junto a ella y se quedaron simplemente ahí sin decir nada, tapados con una misma frazada intentando procesar los acontecimientos del día, tratando de no aterrorizarse por no saber que les depararía el futuro.

Durante la madrugada llegaron seis personas más al Centro Comunitario.

Hacia las cuatro de la mañana, llego Sango Taijiya en un estado de alteración y tristeza que hundió más el ambiente en el refugio. Ella fue la ultima superviviente en llegar.

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Cuatro días después:

Dejaron de recibir suministro eléctrico. Sabían que ocurriría tarde o temprano, pero eligieron creer que pasaría mas tarde. Mucho mas ultima noche sumidos en la mas horrible y fría oscuridad fue casi insoportable. InuYasha y Kagome temían que aquellos que aún no habían recuperado la conciencia, la perdieran finalmente sumidos en la negrura.

Estaban seguros que pronto no tendrían mas agua potable. Era solo hasta que el tanque de edificio se vaciara.

A las 9 de la mañana, Kagome se levantó entumecida de su posición -la misma de toda y todas las noches- hacia la cocina, dispuesta a tomar el desayuno después de no haber podido pegar un ojo.

Como era bastante obvio de pensar, por más triste y desganada pueda estar, no era conveniente enfermarse por no comer, en una realidad donde no sabía si recibiría ayuda médica en el hospital, o si tendría que aprender a vivir sin las maravillas del paracetamol o del ibuprofeno o cualquiera de las creaciones de la medicina.

En la cocina la azabache tomaba una lata grande de sopa de almejas (del mismo estante donde estaban los frijoles) con la intención de utilizar la misma olla que habían usado y lavado una y otra vez para calentarla.

Por el umbral entró InuYasha dispuesto a ayudarla seguido de Miroku, que se había presentado con ellos poco después de que InuYasha le hablara a Kagome hacía tres noches.

Cuando se sentaron en la mesita de la cocina con los tazones humeantes de sopa, Sango se asomó tímidamente y con los ojos rojos e hinchados por el llanto que la acompañaba todas las noches desde que llegó.

—Ven.. acompáñanos— Murmuro Kagome cuando la vió y le cedió su porción del caliente liquido espeso.

Sango sólo le agradeció con la mirada, se sentó frente a ella y a un lado de Miroku.

La pelinegra se levantó y se sirvió otra ración en otro recipiente. Tomó una cuchara y se sentó de nuevo. Pasaron cinco minutos en los que todos miraron su sopa como si fuera lo mas interesante que ocurría en esos momentos.

Pero vaya si estaban equivocados.

Por que afuera, los dedos asquerosamente fríos, grises y tensos del conserje desplomado bajo la ventana del baño de hombres, reaccionaron a un reflejo, estirándose. El movimiento se extendió a la mano completa y pronto por todo el brazo. El espasmo alcanzó rápidamente con una convulsión todo el cuerpo, que empezó a tratar de levantarse.

Como alguien que empieza a aprender a caminar, cayéndose para todos lados primero y luego por fin, encontrando seguridad sobre sus inestables pies.

Tropezó como un animal recién nacido y se alejó trastabillante, del Centro Comunitario.


Así concluye el segundo capítulo de esta historia. Por fin un indicio de un zombie :O

Dejarme un rw no cuesta nada y : 1)Me motiva a seguir con la historia. 2) Me hace saber su opinión y aspectos a mejorar.

Aclaraciones:

1)Para los que no se dan una idea de cuanto viaje son 400 km, es aproximadamente 5hs viajando a una velocidad de 100km/h mas o menos.

2)Porotos = frijoles

3)Cuclillas = Realmente no se si el resto de Latinoamérica conoce esta posición con este nombre, pero por las dudas la describo: Es sostenerse sobre la punta de los pies, con las piernas flexionadas, y una rodilla se recarga en el piso. Generalmente se usa para ponerse a la altura de un infante.

Eso es todo. ¡Muchos besos desde Argentina!

Gracias por leer (: