† Inter lucem et exitus †
-¿Aun no reacciona?
Preguntó Adham Wayne a su esposa, al entrar a la habitación otorgada a la misteriosa desconocida que había aparecido en la puerta del Eternal la noche anterior. Brigitte negó, sin mirar a su esposo.
Había algo en aquella mujer, que le causaba escalofríos.
Había sido un golpe de suerte que Adham estuviera en el hospital esa noche. Ahora que trabajaba como líder del Consejo, ella apenas lo veía.
Odiaba ese distanciamiento, pero por respeto a la memoria de Jatziri, no decía nada.
El fue el primero en llegar a la desconocida cuando la enfermera Thomson había gritado. Obviamente, con el avanzado embarazo de Sakura, ella se había demorado mas.
Casi todos los presentes en el recibidor, incluyendo a Brigitte misma; habían jadeado llenos de terror cuando Adham había verificado las pupilas de aquella mujer.
Usualmente, los no-vivos, independientemente de su raza, mantenían los ojos de un color neutro hasta que se alimentaban, o sentían la presencia de sangre a su alrededor.
Ella lo había vivido en carne propia, cuando terminaba con ojos impares al alimentarse de su esposo. Y también vivía enamorada del celeste en los ojos de su esposo, cuando tomaba de su sangre.
Aquella mujer, apenas tenía pupilas. Sus ojos eran completamente púrpura.
Solo había conocido tres no-vivos así.
Katherine, que por ser una Sanguine Filii pura, tenía los ojos blancos el 99% del tiempo.
Anabell Balmonth
Y la difunta Jatziri Burkhalter.
Ella, personalmente, había estado revisando las retinas de aquella mujer, cada 20 minutos.
No habían cambios. Sus ojos seguían tan púrpura como cuando llegó.
Y eso la aterraba.
Su esposo la abrazó, después de revisar a su paciente, quién dormía plácidamente. Tan tranquila como si estuviera muerta. Brigitte lo abrazó cerrando los ojos y respiró el tranquilizante olor a océano de su esposo.
- Nadie ha venido procurándola, Adham. ¿Quien será?
- Esperemos que ella nos lo diga al despertar.
Susurró Adham, besando la cabeza de su mujer y ambos suspiraron. Los dos sabían que aquella no era una opción. En el TAC que le habían hecho aquella mañana, aparecía una sombra bastante amplia en su lóbulo frontal.
Eso solo aparecía cuando había amnesia de por medio.
Brigitte se sentía impotente. Aunque su mentor se especializaba en ese tipo de traumas, ella había preferido la demencia en los no-vivos.
-Voy a pedirle ayuda, Adham. Debe ser horrible, no recordar.
Adham volvió a asentir sin preguntar. Sabía de quien hablaba su esposa.
Del único hombre que ella respetaba igual o más que a él mismo. Quién le enseñó todo.
-Llámalo, vida. Lo necesitaremos.
Brigitte besó los labios de su marido y arreglando la solapa de su bata impecablemente blanca, salió de la habitación, probablemente a su oficina.
Adham siguió con la vista a su ángel personal, hasta que la puerta volvió a cerrarse. Aún se sorprendía de como, años después de su matrimonio; su mujer tuviera aun el talento de robarle el aliento.
La amaba como tonto.
Y la echaba demasiado de menos.
Pero el Consejo lo tenía preso.
- Así de presa te sentías tu, ¿no es así?
Susurró pensando en su amiga muerta. Irónicamente, con la vista anclada en la desconocida.
Llevaba una bata de hospital cuando llegó al Eternal. Pero la bata era como de una niña como Krystal. Y aquella mujer, fácilmente pasaba del metro 80. No. Aquella bata no podía ser suya.
Se acercó al pie de la cama. Miraba su rostro apacible como si en él, pudiera encontrar respuestas.
- ¿Quién eres? ¿Cómo llegaste aquí?
Preguntó en un susurro tan bajo, que apenas escuchó su propia voz.
Solo el silencio, respondió...
† † † † †
El Hospital Universitario Montepríncipe, no era lo mejor del mundo para completar su residencia, pero Sebastian Rose no se quejaba. Había tenido que dejar Grecia, cuando se dió cuenta de lo que era, y que no envejecería jamás.
Desde entonces España era su nuevo "hogar".
Hogar. Esa palabra siempre sería desconocida para él. Había estado hasta la adolescencia en un orfanato y, cuando se dió cuenta de que no lo adoptarían, se había fugado de allí, buscando a su familia.
¿Y que encontró?
Solo un cabrón Intellexit hambriento.
Y para su desgracia, tenía el letrero de McDonnals en la frente.
Ya iban años de aquella noche. Aunque aun podía ser considerado un infante no-vivo.
Ahora tenía un sótano apartado dentro del campus. Había robado y matado para conseguir algo de dinero. Aun se sorprendía de haberse graduado y entrado a la Escuela de Medicina.
Pero sus planes eran mucho mas que eso.
En su sótano, revisaba su e-mail. Todo había estado en silencio por casi 6 meses. Era raro que Lancelot no le hubiera enviado instrucciones. Así que le había escrito a Camille Miller, una colega. Pero ya iban 2 meses de eso y ella no había respondido.
Hasta hacían 22 horas.
Sebastian:
Siento mucho haberme demorado en contestar. Estoy fuera de Moscú y donde vivo ahora, es casi imposible tener contacto con el exterior.
Te diré que en efecto, Lancelot está desaparecido. Hace 6 meses logró neutralizar a la hija del Diablo. Luego de eso, parece que su mujer y sus hijos han sido en lo único que piensa. También hemos tenido bajas. Y Gael nos traicionó por la hija de Burkhalter. No tenemos ni a Lancelot ni a su mano derecha. Así que estamos a la deriva, o de vacaciones por decirlo así.
Te admito que muero por volver al negocio. Pero siempre trabajé con él y no me atrevo a moverme sin su consentimiento.
De saber algo mas, te aviso.
Camille.
Releyó varias veces el mail. ¡Así que Lancelot estaba jugando a la familia feliz! Familia. ¡Que pendejada! Que una mujer debilitara un titán como Lancelot. Sebastian sentía asco. Pensar que cuando lo conoció, lo admiró tanto que quiso ser como él.
Lo había visto como un hijo admira a un padre.
Había visto el parecido en sus nombres, como una señal divina.
Pero ahora los había dejado. ¡Claro! Los usó como quiso. Los manipuló con promesas falsas de eliminar a los no-vivos que arruinaban a jóvenes como él.
Pero solo quería llegar a Burkhalter y después de lograrlo, todos valían mierda.
Mataría al cabrón.
Otro abandono. Tendría que agregarlo a la lista.
Pero, ¿por que esperar por Lancelot?
Lancelot había demostrado ser débil. Se había dejado gobernar por una Cibum. Y para colmo, una Damnati. ¡Una puta Damnati!
El coraje se iba esparciendo por sus venas como pólvora.
Si había algo que le seguía en su lista de "Yo odio a:" a los Intellexit, era a los malditos Damnati.
Podía ser mejor que Lancelot. Total, él no tenía sus debilidades.
Él no poseía alma.
Tenía la ventaja de que, que el supiera, era el único Intellexit que también era Venator. Nadie sospecharía de el.
En Moscú había un hospital para los malditos no-vivos.
Quizás era hora de hacer una transferencia.
"Mátalos a todos. Demuestra que eres mejor que Lancelot"
"Él te traicionó. Toma su lugar. Lidera a los Venatores"
Sebastian sonrió al escuchar en su mente, la voz de su alter-ego. Tan retorcido y enfermo que se excitaba de una forma enferma.
-Sí. Iremos a Moscú. Pero antes...
Se puso en pie, cerrando su laptop y fue a la parte posterior del sótano. Sonrió de forma maniaca al ver su último juguete. Se acercó, encendiendo las luces. El área arreglada como un quirófano y acostado en la cama de metal, estaba lo que fue un joven Intellexit.
Ahora era su conejillo de indias.
El joven parpadeó cuando sintió la luz contra su rostro. De forma automática, su expresión fue de pavor al ver a su captor.
Tenía solo un año de convertido. Solo un año. Y odiaba tanto a la mujer que lo convirtió, que había huido a España, intentando huir de ella y sus acosos.
Tenía solo 19 años.
Sebastian extendió la mano a la bandeja de instrumentos. Tomó un guante de la caja y con un movimiento y un sonido elástico tiró del hule blanco en su piel. Repitió lo mismo con el otro guante.
No se iba a ensuciar con aquella asquerosa sangre.
Ya era demasiado tenerla dentro de su cuerpo.
El intellexit temblaba mientras el tomaba el bisturí. Hizo la incisión en el pectoral del hombre. La sangre fluyó de inmediato y Sebastian tomó un separador.
La pieza de metal encajó en medio del corte de mas de treinta centímetros. Con un sonido metálico movió la perilla del artefacto y este separaba los músculos. Los órganos quedaron a la vista bajo la única luz de la potente lámpara movible sobre la camilla.
Sentía hasta sus colmillos extendidos dentro de su boca. El intellexit rogaba y tiraba de las sujeteciones de sus brazos y tobillos.
Sambulló su mano dentro de la cavidad toráxica y sujetó el corazón del no-vivo. Como intellexit aún le latía, al igual que el suyo; por lo que le provocaría un malestar de los mil demonios que estrujara el músculo para impedirle el trabajo de bombear. La piel del joven rápidamente se secaba sin el flujo sanguíneo.
Con su otra mano abrió su piel a la altura de su vientre. Jugaba con aquellas vísceras para ver a su víctima marearse al punto de vomitar sangre. Asqueroso.
Sacó sus manos agitándolas para quitar la sangre restante de los guantes.
Se movió y pasó sus dedos por el resto de instrumentos. Algunas gotas rojas manchaban los instrumentos de metal.
Se decantó por el taladro quirúrgico. Lo probó y el sonido rebotó en las paredes. No pudo contener una risa corta.
Se inclinó sobre la cabeza ensangrentada. La movió a un lado y trazó una línea diagonal de tres centímetros sobre el hueso de los ojos. Recordaba las clases de neurología de la escuela de medicina. Aquella lección de "Como hacer una lobotomía cerebral" había sido fascinante.
Presionó la punta del taladro abriendo la piel y el cráneo hasta escuchar ese chasquido característico de cuando se rompe la última corteza y se llega al cerebro. Movió en un círculo el instrumento. Retiró el hueso y dejo expuesto el músculo gris.
Dejó el taladro y tomó la pinza alargada. La empujó dentro de la herida y la sangre empezó a fluir. No estaba seguro de si su víctima lloraba. Tampoco le importaba.
Separando la carne, los nervios oculares quedaron expuestos. Era tan fácil acabar con sus vidas. Todas ellas sujetas a aquel órgano que era tan vulnerable y frágil.
Con la misma pinza cortó las cuerdas de colores azules y rojizos. El cuerpo quedó inmóvil.
Pero el trabajo estaba a la mitad. Dejó aquello sin importarle que las pinzas colgaran del cuerpo y tomó una gran tijera. Con una puñalada término con su otro ojo celeste.
No había habido tiempo para jugar mas al doctor.
Tenía que sacar un pasaje a Moscú...
† † † † †
"Krystal"
Estaba soñando otra vez. Lo supo al escuchar aquella voz distorcionada que había aparecido hacía unas semanas. Pronto desaparecería y ella despertaría.
Siempre era igual.
"Krystal"
Estaba mas cerca. Ella no quería abrir los ojos. Aquella voz era tenebrosa y ella había visto suficientes películas de terror, como para saber que no debía mirar. No sabía donde estaba esta vez. Desde que los sueños comenzaron, ella aparecía desde en su cuarto de la infancia, hasta en la playa.
Pero jamás un sueño se había extendido tanto.
¿En que momento había corrido tras el conejo blanco, y había caído por el hoyo, directamente al país de las maravillas?
"Krystal"
Bien... Al menos no la llamaba Alicia. Ése debía ser un buen síntoma.
Abrió un ojo, luego el otro. No logró ver nada. ¿Donde rayos estaba?
- ¿Hola?
Llamó mirando sin mirar. No se atrevía mover los pies, por no tropezar por nada.
Ése instinto de supervivencia que aparece, aun cuando es el inconsciente quién está al mando.
"Krystal"
"Ven con nosotros, Krystal"
"Eres una de nosotros Krystal"
- ¡NO!
Cerró los ojos con fuerza. Tenía que despertar. Necesitaba despertar. ¿De quienes eran aquellas voces? Nunca había sido así.
Abrió los ojos, esperanzada de estar en su cama. Esperaba ver el reflejo de la luz del baño encendida.
Al abrir los ojos, estaba volteada de cabeza, sostenida por cadenas. Negó aterrada. Comenzó a gritar.
- ¡Quiero despertar! ¡Dejenme despertar!
Suspendida en medio de la nada, la única luz que entraba venía de donde estaban sus pies. Sus manos estaban atadas pero no sentía cuerdas a su alrededor. Sin embargo, no podía mover los brazos.
"Eres una de nosotros, Krystal"
"Ven con nosotros, Krystal"
"Libéranos Krystal"
Mientras gritaba, podía sentir como tocaban su cuerpo con la punta de sus dedos. Querían llegar a ella, pero algo se lo impedía.
Y ella no quería saber qué los detenía.
Solo quería despertar.
"Sálvanos Krystal"
"Eres una de nosotros, Krystal"
"No nos dejes"
"Ven a casa"
El cuerpo de la Indulgeo se sacudía con desesperación, pero no lograba liberarse. Sus gritos desgarraban su garganta y sentía sus lágrimas perderse en la raíz de su cabello.
De pronto todo se iluminó, como si alguien hubiera encendido velas.
Entonces comenzó el terror.
No habían cuerpos. No habían caras. Aquella era una cueva.
De sus paredes, salían solo brazos.
Brazos sangrantes, destrozados, desfigurados.
Y todos querían alcanzarla.
El coro de voces con su nombre y sus llamadas de auxilio opacaba sus gritos de terror. Toda ella, por instinto se volvió una antorcha humana.
El fuego salió de su interior, propagándose por toda su piel.
Pero ella no se quemaba. Ella nunca se quemaba...
† † † † †
Dos amantes se encontraban en la oscuridad. Para ellos, la luz no era necesaria. Conocían sus cuerpos a la perfección.
-¿Llamaste?
Preguntó él con voz ronca. Su voz era un ronroneo mientras su amante se acomodaba sobre su escritorio.
Escritorio donde él había recostado su cabeza, cuando el cansancio le había vencido, media hora antes de que su mujer fuera a el.
¿Le molestaba?
En absoluto.
Él subió sus manos por los muslos de ella, empujando su erección aún enfundada en su pantalón contra su centro caliente. En respuesta, su mujer le había regalado el sonido mas hermoso que había escuchado jamás.
Un gemido con su nombre.
Luego la sintió asentir contra su garganta, mientras sus dientes jugaban con su carótida, en señal de su hambre.
Hambre por su sangre.
Y hambre por él.
Casi se corre, sin tocarla.
Apretó sus muslos con desespero. La falda de su mujer se le había subido hasta la cadera y él sabía que allí estaba la tierra prometida donde él necesitaba perderse.
Con un gruñido gutural, la agarró por las nalgas, levantándola. La ronca risa de ella, hizo la sinfonía perfecta con el sonido de su respiración. Llevó su cuerpo contra la pared. ¿Cual? Era lo menos importante. El sonido de la espalda ajena chocando contra el concreto, lo encendió aun mas.
- Necesito estar dentro de ti.
- ¿Y que te detiene?
Preguntó ella en un ronroneo bajo, felino, animal.
Sintió su eje tirar de la pretina de su pantalón, amenazando con romperle. ¿Que lo detenía? Nada. Jodidamente nada.
Bajaba su mano al cierre de su maldita prisión, cuando tocaron la puerta. Ella rió, aunque su frustración era palpable hasta en el aire que él respiraba.
- Ignoralo. Yo haré lo mismo.
La sintió volver a reír entre jadeos. Él bajó sus labios a la piel de su pecho que sobresalía de la camisa.
El golpe en la puerta se multiplicó por mil. La insistencia lo hizo gruñir. Mataría a quien hubiera interrumpido su único momento de paz.
- ¡Doctor Wayne! ¡Doctora! ¡La habitación de la señorita Krystal se quema!
Bastó un segundo, para apagar la pasión en el matrimonio Wayne Molyneux.
El mayor miedo de Brigitte, desde que supo el don de Krystal, se había hecho realidad.
De un salto, Brigitte se bajó de la cadera de su esposo. Y se miraron apenas unos segundos, en medio de las tinieblas.
Ambos salieron corriendo rumbo a la habitación de su paciente, con el mismo pensamiento.
Una vez mas, la realidad les había alcanzado...
† † † † †
Krystal no era consciente de lo que pasaba en el mundo real. Se sentía demasiado desesperada queriendo escapar de aquella cueva.
No sintió cuando Adham entró a la habitación, con un extintor, apagando lo que ella había creado.
Tampoco sintió cuando la tomaron en brazos y la sacaron de la habitación.
Menos sintió, cuando la bata blanca de la doc Molyneux, cubrió su cuerpo desnudo.
Cuando comenzó a gritar y a retorcerse, Brigitte temió otro ataque. Pero luego ella abrió los ojos.
Al principio comenzó a empujar, intentando alejar las manos que la tocaban. Pero cuando logró distinguir en su nebulosa, el cabello rubio de la doctora, se aferró a ella, llorando por auxilio.
- Estás a salvo, Krystal. Nada va a tocarte. Solo soy yo.
La voz tranquilizadora de Brigitte, hizo que ella se calmara, al menos un poco.
Pero no cerraba los ojos. Sentía terror de cerrar los ojos.
Adham la tomó en brazos, y ella comenzó nuevamente a sacudirse. Pero entonces Brigitte apareció ante sus ojos.
- Solo es Adham linda. Te llevaremos a un lugar seguro.
Cuando Krystal asintió, pudo ver con su vista periférica, el humo saliendo de su habitación. ¿Se había incendiado realmente?
¡Dios! Tendría que dar muchas explicaciones.
Sus ojos volvieron a llenarse de lágrimas y volteó su rostro contra el torso del doc Wayne. Estaba avergonzada.
Brigitte y Adham caminaban en silencio hacia el área de reconocimiento físico. Había que revisar que no estuviera herida. Se miraron significativamente entre ellos. Y fue una de esas miradas que dicen todo, sin palabras.
La comunicación existente entre una pareja, con una sola alma compartida.
Habría que evaluar a Krystal, tanto física, como mentalmente.
Era probable que la joven Indulgeo, sufriera de la Demencia por sangre.
La maldición de los de su raza...
† † † † †
Eran las 3:53 pm en Argentina, cuando recibió la llamada de su pupila. Al parecer, su merecido retiro, tendría que ser pospuesto.
No era que Ambiorix Morgan, estuviera haciendo algo importante.
A decir verdad, desde que se difundió el rumor de la muerte de la líder del Consejo, el legendario Stulti, había hecho todo lo posible por alejarse del caos.
No es que no le hubiera dolido la muerte de su amiga. Le había dolido tanto, que había sido inevitable recordar la muerte de su mujer y su hijo.
Por eso se había alejado de todo ese luto. Era mejor para su estado mental.
Pero, como todo lo bueno se acababa siempre, su tiempo de tango y el futbol, había terminado. Jamás le diría que no a Brigitte de Wayne.
La había conocido cuando la joven hacía su residencia. Solo tuvo que verla, para saber dos cosas:
1) Era una Indulgeo extremadamente inteligente y con un futuro prometedor.
2) Que había un médico loco, seriamente obsesionado con ella.
Adham Wayne casi la perseguía por los pasillos del hospital, donde Brigitte comenzaba su carrera.
Mientras Ambiorix hacía su maleta y ponía su pasaporte en un lugar visible, recordaba cómo se había hecho amigo, del Oncólogo Adham Wayne.
Brigitte había sido asignada a su área. El departamento de psiquiatría del hospital general de Washington, era como Disney para ella. Sus ojos verdes brillaban con sed de conocimiento y de ayudar. Él le había dado los casos más difíciles y ella era adicta al reto. Pasaban horas y horas juntos.
Adham quería matarlo por eso.
Y gracias a eso, surgió la mas grande y extraña amistad entre ellos, hasta el día de hoy.
Si bien no eran amigos que salieran de rumba todos los fines de semana, o se juntaran a hacer barbacoas en la casa del otro, siempre estaban en contacto.
"- ¿Doctor Morgan?
- Brigitte, ¡ya no soy tu jefe! ¡Te lo he dicho mil veces! ¿Como estás? ¿Como está Adham? ¿Y los niños?
Brigitte rió en el teléfono.
- Todos estamos bien. Los niños te extrañan.
- La pequeña Sophia debe ser ya toda una señorita, tan hermosa como su madre.
Brigitte volvió a reír y él no tenía que verla, para saber que se había sonrojado.
- Está hermosa. Escucha yo... ¿Estás muy ocupado?
- Para ustedes, jamás lo estoy. ¿Que pasa? ¿Que me tienes?
Brigitte había suspirado, como pensando en que palabras usar.
- Una desconocida llegó anoche al Eternal. En extrañas circunstancias. El TAC reveló que es probable que tenga amnesia. Te necesito. Ella es... rara, Ambiorix. La quiero fuera de aquí, por cruel parezca. No la quiero cerca de mi familia.
Y allí estaba la Brigitte Molyneux que él había entrenado. Perspicaz e intuitiva.
- Llegaré en unas horas. No te preocupes."
- Disculpe, señor. Estamos por aterrizar. Abroche su cinturón.
Abrió los ojos confundido. Se había dormido, recordando la llamada de Brigitte el día anterior. Negó y le sonrió a la aeromoza con una disculpa.
Ella le sonrió de vuelta, como si hubiera visto el sol.
Abrochó su cinturón, volteando su vista a la ventanilla. Moscú le saludaba triunfante, como si se burlara de su visita.
Bien Burkhalter, estoy de vuelta. Pero jamás iré a tu tumba, amiga mía.
Pensó con nostalgia.
Odiaba estar de vuelta...
† † † † †
5 meses después del ataque de los lobos al Eternal, parecía que el "mensajero" había abandonado a Brenda. No había tenido ni una sola visión desde aquella noche. Por eso, su doctora le había dado de alta, con la condición de que fuese transferida a Moscú, si algo iba mal.
Sus padres la tuvieron de viaje un mes. Ambos tenían la esperanza de recuperar a su hija de alguna forma.
Luego de un mes de viajar el mundo, regresaron a Lancaster. Allí les esperaba Marcus, su otro hijo.
Marcus también se había perdido cuando Brenda enfermó. Se drogaba diario, tomaba en exceso. Sus padres lo sabían, pero no podían hacer nada por el. Esperaban que el regreso de Brenda le animara.
Habían gastado todos sus ahorros en los pasajes, hoteles, comida. Si tenían que internar a Marcus en un centro de desintoxicación, habría que hipotecar su casa.
Lo harían sin pensarlo dos veces.
Brenda tenía miedo de ver a su hermano. Si las cosas no habían cambiado, era probable que el mensajero regresara y por ende, sus padres regresaran su culo a Moscú en un vuelo sin escalas. Ya no le temía a sus visiones. Ya no le temía a lo que estaba dentro de ella. Pero no quería volver a dejar a su hermano solo, con aquellos demonios.
Cuando el auto se detuvo y antes de que ella pudiera abrir la puerta, Marcus había bajado corriendo y la abrió por ella, la sacó del auto y la abrazó, dándole vueltas en el aire. Por un momento, fue como si todo estuviera bien. Como si todo hubiera regresado a la normalidad. Pero el olor a azufre en su hermano, la regresó de golpe a la realidad.
Marcus aún estaba poseído.
- Te eché tanto de menos. Quiero que sepas que te perdono, Brenda. Todo está olvidado.
Le susurró al oído a su hermana. ¡Claro! El la disculpaba por haber intentado matarlo. ¡Si él supiera! Le sonrió cuando el volvió a ponerla en el suelo. Le pasó los dedos por el cabello. Ahora lo tenía mas largo. También era obvio que se había hecho mas tatuajes.
Le tomó las manos y se las besó con devoción. Entonces miró sus ojos. Los seguía viendo totalmente negros. El demonio seguía allí.
- Si lo hieres, yo misma te enviaré de vuelta al infierno.
La advertencia era clara. Marcus la miró confundido pero sin quererlo, su cabeza asintió.
El mensaje había sido recibido.
Brenda había descubierto en esos meses, que el mundo no era poblado por simples humanos. Había conocido gárgolas, vampiros, mestizos, demonios.
Ella misma, llevaba uno dentro.
La vida era una continua evolución.
Tendrían que trabajar en ello...
† † † † †
Abrió los ojos lentamente. Su sueño había sido tranquilo. Nada de pesadillas. Nada de sueños raros. Ni buenos, ni malos.
Era un lienzo en blanco.
Miró a su alrededor. Debía estar asustada, por estar en un lugar desconocido. Debería estar gritando, histérica.
Nada.
No sentía nada.
Escuchaba un suave beep a la distancia. Siguió el sonido hasta encontrar el suero que era monitoreado por la máquina dueña de aquel suave sonido.
La habitación era de un amarillo pálido. Las sábanas blancas.
Por algún extraño motivo, se sentía en paz.
Intentó recordar cómo había llegado allí.
Nada.
Intentó recordar qué había hecho la semana pasada.
Nada.
Intentó recordar su nombre, su edad, su dirección.
Nada.
En su cabeza no había absolutamente nada.
Aún así, estaba tranquila.
Pasó sus manos por su rostro. Luego miró sus manos.
Nisiquiera sus propias manos, le eran conocidas.
Todo era como si su cerebro se negara a cooperar.
La puerta de su habitación se abrió de golpe. Ella miró hacia allí y vió un niño entrar.
Un hermoso niño, como de 5 años.
El niño la miró con curiosidad. Luego le sonrió, acercándose a la cama.
- ¿Por que estás aquí?
Preguntó con su inocencia a flor de piel. Y ella se conmovió hasta la médula.
Insegura, extendió una de sus manos, acariciándole su castaño cabello.
El niño había hecho una excelente pregunta.
- No lo se. Creo que estoy enferma.
¡Dios! ¡No podía siquiera reconocer su propia voz!
- No pareces enferma. Eres muy bonita. Tus ojos son del color de las uvas que me da mamá.
Pensar que no recordaba ni su propia apariencia, le dió escalofríos. Pero no entró en pánico. No quería asustar a aquel niño.
- ¿Crees que soy bonita? Gracias. Eres todo un galán.
Dijo en cambio. El pequeño sonrió mostrando sus pequeños dientes y se sonrojó un poco.
- ¿Como te llamas?
Oh si. Aquella era una pregunta extremadamente sencilla. Pero ella no sabía la respuesta.
"Es tiempo de que vuelvas a la vida, Lucía Fernanda. LuciFer..."
Aquellas palabras raras sonaron desde el fondo de su cabeza. Pero ni idea de quién las había dicho.
- Lucía. Me llamo Lucía Fernanda. ¿Y tu?
¡Ok! No sabía si aquel era su nombre. Pero era mejor que traumar al pobre niño, ¿no?
- Yo me llamo Andrew Wayne Molyneux.
Dijo con orgullo en su voz. Tanto que ella tuvo que sonreír cuando lo vió como un niño grande, extendiendo su manito hacia ella. La tomó de forma solemne.
- Es un gusto conocerlo, señor Wayne.
Dijo con extremo respeto. El niño rió confundido.
- Noooooo ese es mi papá. ¡Yo solo soy Andrew!
Rodó los ojos, como si aquello fuera lo mas obvio.
Y sin motivo, Lucía hizo un juramento en su interior.
Mataría por aquel niño a quién fuera.
- Mis disculpas, Andrew. Me he confundido.
La puerta volvió a abrirse y entraron varias personas.
Dos hombres. Uno de cabello castaño claro y el otro pelirrojo.
Y dos mujeres. Una hermosa rubia y una mujer de cabello negro, visiblemente embarazada. Muuuuy embarazada.
- ¡Andrew! ¿No te dejé con Louis en la guardería?
Dijo la mujer rubia, apresurándose al niño y lo alejó de ella como si fuese una amenaza.
Lucía contuvo un gruñido cuando lo vió alejarse.
- ¡Mamá! ¡Me aburría!
Refunfuñó Andrew, safándose del agarre de su madre. Corrió hacia Lucía y, subiéndose casi a la cama, le besó la mejilla.
- ¡Hasta pronto Lucía! ¡Me alegra que estés de vuelta!
Y ante la sorpresa de todos los presentes, salió corriendo de la habitación, con Brigitte tras el.
- Buenas tardes, soy el doctor Wayne. El es el doctor Morgan y ella la enfermera Mika. ¿Como se siente?
Preguntó el doctor Wayne que, al parecer; había sido el primero en recuperarse del impacto por la actitud de su hijo.
Andrew jamás hablaba con extraños.
A decir verdad, apenas hablaba con nadie.
Lucía levantó la vista al doctor que le hablaba. Instintivamente supo, que podía incluso poner su vida en sus manos.
Ni idea por que.
- No recuerdo nada. No se nada. Nisiquiera como llegué aquí o donde estoy con exactitud.
Escuchó un jadeo, proveniente del otro doctor. El doctor Morgan, según había escuchado. Cuando lo miró, el doctor dió un paso hacia atrás.
Estaba afectado por algo.
El doctor Wayne se acercó a ella y revisó su pulso. Al parecer todo iba normal.
- Sakura, busca algo de comer para ella. Debe tener hambre... Y sed.
Los colmillos de Lucía latieron ante ese hecho. Y por loco pareciera, ella sabía porqué.
Ella no era humana.
Ella quería sangre.
Y mucha.
La enfermera dijo algo que ella no escuchó y luego se retiró.
- ¿Su embarazo va bien?
Susurró para sí misma. Pero su doctor la escuchó.
- Va muy bien. No han habido anomalías.
Lucía sintió que sus hombros se aflojaban. Entonces sonrió.
- Me alegra. Ella lo merece.
Ambos doctores se miraron extrañados.
- Bien, escuché al pequeño llamarte Lucía cuando se fue. ¿Ese es tu nombre?
Preguntó el pelirrojo, acercándose a la cama, como si estuviese minada y el temiera explotar. Ella encogió sus hombros en un movimiento lleno de elegancia.
- No lo se. Solo recuerdo a alguien que me llamaba por Lucía Fernanda. Pero nada más.
El pelirrojo asintió, abriendo el expediente de ella y comenzó a escribir.
- Bien, yo los dejo para que hablen.
Dijo el doctor Wayne, y sin saber porque aquel impulso, le tomó la mano a Lucía y se la apretó levemente, como dándole ánimos. Luego caminó hacia la puerta.
- ¿Adham?
Al escuchar su nombre, el doctor volteó.
- ¿Si?
Se escuchó contestar.
- Gracias. Por todo.
Y asintió con su cabeza, sonriendole.
Él no pudo contestar. Solo salió de allí a toda prisa.
Mientras caminaba hacia su oficina, rascaba su nuca de forma distraída.
No recordaba en ningún momento, haberle dicho su nombre de pila. Solo le había dicho su apellido...
† † † † †
En el inframundo, Hecate se movía de un lado al otro en el salón del trono. Ella, a diferencia de otros de su nivel, solo subía a la tierra, cuando alguna bruja la invocaba. El resto del tiempo, era feliz, atormentando almas en el infierno.
¿Estar entre humanos? ¿Para que?
Sin embargo, la diosa de la brujería y la magia negra, no se estaba divirtiendo con las pobres almas prisioneras.
Estaba en el salón del trono, esperando a su rey.
Como parte de la corte de las concubinas de Satán, ella tenía derecho de estar allí. Quizás no tanto como Lillith o Aloqua, pero no se quejaba.
Cuando lo vió entrar, sonrió mostrando sus dientes, perfectamente alineados y puntiagudos.
- Te esperaba.
Su voz fue un ronroneo descarado. Satán sin embargo, nisiquiera se inmutó ante la sonrisa lujuriosa de la madre de las brujas. Tampoco por su túnica transparente, que mostraba a la perfección sus firmes pechos, su vientre plano y su monte venus. Para el, ella era más de lo mismo.
- ¿Que quieres, bruja?
Preguntó sin interés, pasando por su lado hasta llegar a su trono, donde se sentó.
Su indiferencia, no turbó a la demonio.
- Sabes lo que quiero. Quiero el alma de la no-viva. Llevo esperando centurias por ella. La quiero en mi colección.
Por supuesto, pensó el rey demonio. Quería el alma de Jatziri Burkhalter. Un alma como aquella, era lo suficientemente valiosa para vender mas de la mitad del infierno y dedicarse a las bienes raíces.
Pero, el padre de toda mentira, hizo un ademán con su mano, restándole importancia.
- Hasta donde sé, es Azrael quién controla ese departamento, querida. ¿Por que vienes a mi?
Su voz terroríficamente dulce y casi inocente, no engañó a Hecate ni por un segundo. Impaciente, sacudió sus pies contra el barro, como niña preparándose para hacer un berrinche. Satán, rodó los ojos.
- ¡Ya fui a verlo! ¡Dijo que tú tienes su alma, pero el maldito bastardo no dijo nada más!
Controlando su caprichoso mal humor, la demonio respiró hondo y, con pasos de bailarina, se acercó al trono, dándole la vuelta. Puso sus garras sobre los hombros del padre de los demonios, mientras sus labios le acariciaban sus cuernos. Luego descendió su boca hasta el oído ajeno.
Su lengua de serpiente salió por sus labios como si fuera una cobra, rodeando la oreja de Satán en un movimiento sexual.
Lección número 1 de cómo conseguir algo del diablo: Sedúcelo.
Pero, para su desgracia, Satanás conocía también ese libro instructivo y ni se movió.
- Dame su alma. ¡La merezco! Ella era bruja. Por ende, me toca a mi, poseerla. Tampoco me diste la de su hermana.
Dijo con voz melosa. Cuando le escuchó bufar, supo que no conseguiría lo que quería. Molesta, se alejó del cuerpo de Satanás y rodeó el trono hasta llegar frente a él.
Ver su expresión aburrida, le enfureció más aún.
- ¡No puedes negármela cabrón! ¡Hasta para ti hay reglas aquí!
Tan rápido que ni Hecate misma se dió cuenta, estaba ya contra el trono vacío y Satán a sus espaldas. Le tomó el cabello, empujando su rostro contra el duro asiento del trono y levantó su culo como si pensara golpearla.
Hecate lo odió con toda el alma que no tenía, cuando su cuerpo comenzó a excitarse ante la idea.
- Ten cuidado, como me hablas...
Su voz fue baja, casi angelical. Pero la amenaza estaba tan impresa, que las rodillas de la demonio temblaron.
Él, sin moverse, comenzó a usar su magia contra ella.
Podía sentir la erección de el, arremetiendo en su interior.
Aunque comenzó a jadear, sabía que no era real.
Aunque eso no lo hacía menos bueno.
La estaba sometiendo y ella lo sabía. Lo supo todo el tiempo.
Lo supo cuando sus pliegues se abrieron ante la polla imaginaria.
Lo supo cuando comenzó a gemir como la zorra que era.
Lo supo cuando enterró sus garras en el frío trono.
Lo supo cuando se corrió sin poder evitarlo.
Y lo confirmó cuando él la soltó, y cuando ella cayó al suelo y lo vió como si nada.
Nisiquiera estaba excitado.
Aquello era humillante.
- No te daré lo que quieres.
Dijo con una sonrisa indiferente, encogiendo sus hombros.
- Ninguna de esas dos almas están en mi poder. Y están tan bien escondidas, que no podrás encontrarlas. Ni con tus pendejadas de vudú.
Su sonrisa de "sé algo que tu no", hizo hervir el azufre dentro de su ser. Pero no dijo nada. No valía la pena.
Su sonrisa fue igual que la de su rey. Juntando todo su maldito orgullo, se puso en pie. Sus piernas aún temblaban, pero les obligó a ponerse en movimiento. Sacudió su cabello y le pasó por el lado hacia la salida.
Cuando logró salir del salón del trono, entrecerró los ojos, llena de odio.
- Ya veremos si no la consigo, mi querido rey. Ya lo veremos...
† † † † †
Ambiorix seguía escribiendo como si no hubiera mañana. Aquel caso no parecía nada diferente a lo que había tratado hacía mas de 300 años.
Sin embargo, no se atrevía a mirar a su paciente.
Una vez se quedaron solos, la habitación se quedó en absoluto silencio. Silencio que solo fue interrumpido cuando la enfermera embarazada entró con la bandeja de comida para su paciente.
Lucía le sonrió a la enfermera Mika cuando la vió entrar. Era un alivio. Primero porque estaba famélica. Segundo, porque para aquel doctor, ella era invisible.
Después de que Adham se fue, aquel hombre no había dicho ni una palabra. Era un hombre raro.
La enfermera puso la bandeja sobre una mesa con ruedas y desplazó la misma en dirección a Lucía. Era tan silenciosa, que si Lucía fuese ciega, no habría notado su presencia. También era increíblemente hermosa.
- Gracias.
Agradeció a la enfermera quién le sonrió, subiéndole la parte superior de la cama. Así Lucía, estaba prácticamente sentada.
La comida lucía espectacular. Estofado de res, arroz, vegetales, un flan como postre. Agua y un vaso de sangre.
Los colmillos de Lucía, volvieron a latir.
Lo raro fue, que aunque estaba hambrienta, tomó el vaso de sangre como si hubiera sido una copa de cristal. La llevó a su nariz, como hacen los catadores de vinos, y entonces le dió un pequeño sorbo.
Nada de beber como si fuera su última cena.
- Está deliciosa. Gracias otra vez.
Le comentó a Sakura y ella rió levemente. Ella solo hacía su trabajo, pero aquella mujer la trataba y agradecía como si le hubiera dado el Oscar.
- No es nada. Si me necesitas, presiona este botón sobre tu cama. Vendré lo antes posible.
Lucía volvió a agradecer y Sakura se retiró.
Lo primero que Ambiorix notó cuando subió la mirada a su paciente, fue que ella tomó una servilleta de papel, la desdobló con cuidado y la extendió sobre su regazo. Lo siguiente fue la forma en la que tomó los cubiertos plásticos, como si hubieran sido de la más fina plata. Cortó la carne con gracia, luego pinchó una pequeña porción y la llevó a sus labios.
Luego cerró los ojos y el tuvo la impresión de que, de haber estado sola, hubiera gemido de placer. Eso le hizo sonreír.
Se sentó en el extremo opuesto, para darle privacidad y la observó comer. Si el lavanda de sus ojos no había sido prueba suficiente, el verla comer, confirmaba sin lugar a dudas, que estaba frente a una Stulti en toda su gloria.
Y no cualquier Stulti.
Aquella mujer, era mayor que el.
Más de una vez, había intentado entrar a su cabeza, buscando indicios de quién era ella, o de donde, a través de sus recuerdos.
No había podido.
Cada vez que lo intentaba, chocaba contra una pared de concreto, que hasta le producía jaqueca.
"- ¿Cuando aprenderéis que entrar a la mente de una mujer, es por demás peligroso, amigo mío?
- Son viejas mañas, Jatziri. No me regañes. Además, contigo no lo logro. Estás mas sellada que una tumba.
- ¿Quien dijo tumbas? ¿Me hablabas a mi, Ambiorix? Mmmmmmm me seduce.
- ¡Oh no, dulce Anabell! Aunque saber las perversiones que rodean ese hermoso cerebro es una tentación, no soy digno."
Los 3 habían reído. Aquellos habían sido buenos tiempos.
Hacían 400 años de eso.
Y ahora ninguna de las 2 existía.
- Su mente está mas lejos que la mía, doctor Morgan.
Ambiorix parpadeó varias veces, centrándose en el presente.
Su paciente había terminado de cenar y salía del baño, arrastrando el atril de su suero, en su camino de vuelta a la cama.
- Disculpe. Moscú me llena de recuerdos.
Lucía detuvo sus pasos.
- ¿Moscú? ¿Estamos en Moscú?
Ambiorix asintió.
- ¿Es rusa, Lucía? ¿Recuerda eso?
Su paciente frunció el ceño, como intentando recordar algo. Luego renovó su andar hasta la cama, donde se sentó.
- No lo recuerdo. Me siento tan extraña. Acabo de verme en el espejo, y es como si me viera por primera vez. ¿Que será de mi ahora?
Ambiorix se puso en pie y se volvió a acercar a ella. Sus ojos púrpura, buscaron los de él.
¡Joder! ¡Aun ese contacto, a él le helaba la sangre!
- Soy experto en casos como el suyo, Lucía. Le aseguro que haré todo lo que esté en mi, para ayudarla a recordar. Se lo juro. Confíe en mi.
Lucía suspiró y asintió, recostándose sobre la almohada. Había estado casi 20 minutos frente al espejo del baño. Mirándose. Intentando recordar algo que le fuera familiar.
No lo había logrado.
Cerró los ojos. Repentinamente estaba cansada.
- Intente descansar, Lucía. Mañana vendré a verla temprano y veremos como comenzar su tratamiento.
Lucía asintió, aunque estaba mas dormida que despierta.
Aún así, sintió como le cubrían con las sábanas. Murmuró un gracias, y se dejó ir por el sueño.
Ambiorix había arropado a su paciente. La sintió dormir al instante.
Se quedó contemplándola por un momento, o quizás por horas. Se veía tranquila y aquello era extraño. Generalmente, sus pacientes tenían problemas para dormir. Su subconsciente le jugaba bromas pesadas, enfrentándoles a hechos de un pasado que conscientes, no podían recordar.
Pero ella estaba tranquila. Era como si nisiquiera en su subconsciente hubieran recuerdos. Raro. Muy raro.
Salió en silencio de su habitación, luego de apagarle la luz.
Tenía que hablar con Brigitte. Sus viejos huesos le decían que estaba frente al reto más grande de su interminable vida...
† † † † †
Tan pronto Andrew salió de la habitación de aquella extraña mujer, regresó a su estado habitual. Callado y reservado.
Brigitte quería gritar, mientras caminaba a su lado.
No le gustaba aquella mujer. No sabía porque. Ella generalmente no era tan quisquillosa.
Pero desde que había aparecido, hacía 3 días, aunque había dormido hasta hoy, Brigitte no estaba tranquila.
Tan solo esperaba que Ambiorix pudiera ayudarle a recordar, para que se fuera de allí.
Quizás su paranoia se había triplicado, desde aquel ataque, hacía ya 6 meses.
- Aquí hay enfermos de todo tipo, Andrew. No puedes andar metiéndote a las habitaciones de los pacientes. Ya hemos hablado de eso.
Andrew no contestó. Solo siguió caminando con la cabeza baja, como si el suelo de mármol fuera lo mas interesante del universo. Brigitte se sintió frustrada.
Se puso de rodillas frente a el, haciéndole mirarla. Aquellos hermosos ojos azules, lucían tan apagados que Brigitte quiso llorar.
- Solo me preocupo por ti. Mamá no soportaría que algo malo te pasara. ¿Entiendes? Prométeme que jamás volverás a acercarte a esa mujer. Ella está muy enferma. Es peligroso.
Le acarició el cabello a su hijo adoptivo. Andrew era tan importante para ella, como Louis, Katherine o Sophia.
No habían diferencias.
El pequeño le medio sonrió a su madre, antes de negar con su cabeza.
- Lucía no nos hará daño mamá. Ha venido de lejos, muuuuy lejos a cuidarnos de los malos. Ella es buena mamá. Ella es buena.
Brigitte abrazó a su hijo y cerró los ojos. Moría de miedo por su familia, sus pacientes.
Quería sentir la fe inocente que sentía su hijo, que desde su mundo de fantasía, veía a aquella mujer, como una heroína.
Pero para ella, los cuentos de hadas, se habían acabado hacían años.
Tomó a su hijo en brazos y se levantó con el.
- Vamos por algo de comer campeón. Así sorprendemos a tus hermanos. Luego a dormir. Es tardísimo para ustedes.
Sí. Lo mejor por ahora sería no insistir con ese tema.
Tenía la esperanza de que en unas horas, su hijo olvidara a quién había conocido.
Total, los niños olvidan rápido...
† † † † †
A la mañana siguiente, y ajeno a lo que ocurría en el hospital; Adrik Volkov se alegraba de haber encontrado la forma de darle un respiro a su amigo Adham. Llevaba 6 meses sin descanso y, él sabía mejor que nadie, cuánto jodía la corte del Consejo. Los bastardos no hacían nada que no fuera rascar sus culos y exigir orden, beneficios, ganancias.
No sabía como Jatziri había logrado mantenerles a raya.
Adham parecía estar enloqueciendo.
Sin embargo, se mantenía firme. Los había enfrentado más de una vez. Los había insultado con elegancia y para Adrik, cualquier cosa que le causara pesadillas a aquellos imbéciles come mierda, era una bendición.
Pero Adham era un hombre de familia. Así como pronto lo sería él. Así que el se había encargado por 1 semana de los buitres, para que el doctor tuviera un respiro.
Desafortunadamente para Adham, se había acabado el tiempo.
Por eso Adrik iba subiendo en el elevador hacia las oficinas principales del Eternal Phoenix.
Moría por detenerse en el piso de Sakura. Quería ver a su mujer y saber que ella y su hija estaban bien. Pero, sabía que Adham lo esperaba. Tendría que esperar.
Con un gruñido salió del elevador. Pasó sus manos por su cabello, dejando sus pasos elegantes dirigirse a la oficina de Adham. En la puerta, la secretaria de Adham, transcribía algo en su computador.
Alice Bennett era una mujer muy linda. Estaba pasada de sus 40 pero era muy elegante. Su cabello rubio caía casi en sus caderas. Tenía los ojos color miel, mas apacibles y tranquilos que hubiera visto en todos sus años. ¿Y su cuerpo? Definitivamente la madre de Alice era latina. Sus curvas lo demostraban.
Adrik era un hombre enamorado y comprometido fielmente.
Pero no era ciego.
La secretaria levantó la vista a él y le sonrió respetuosamente. Incluso se sonrojó un poco. Como si hubiera estado consciente de que Adrik la había "escaneado".
Aunque siendo humana, eso fuese imposible.
- El doctor Wayne lo espera, señor Volkov. ¿Gusta un café?
Iba a levantarse pero Adrik negó.
- Conozco el camino, sigue trabajando y estoy bien, gracias
Ella asintió con una sonrisa y Adrik entró a la oficina de su amigo.
Luego de abrazarse de forma fraternal, Adham le invitó a sentarse. Adrik suspiró un momento. No valía de nada irse por las ramas.
- Los de la corte se niegan a cooperar, Adham. Los Stulti nunca fueron muy unidos y ahora con ella muerta, están demasiado metidos en combinar los muebles con la cortina y las alfombras, como para ofrecerse a entrar al Consejo.
Adham bajó la vista, pasando sus dedos por el tabique de su nariz. Llevaban meses buscando gente apta para representar a los clanes en el Consejo. Pero desde que Jatziri murió, al parecer estaban demasiado asustados.
Era eso, o de lleno no confiaban en el.
No les culpaba.
- ¿A quiénes tenemos?
Preguntó intentando enfocar sus ideas.
- Está Arya tan fiel a ti, como lo estuvo a Burkhalter. Y obviamente, estoy yo. ¿Tienes a algún Indulgeo en mente?
Adham pensó en Krystal. Pero la descartó al instante. Primero, era extremadamente joven y segundo, la había notado algo distante en esos meses. Como en otro mundo.
Negó lentamente.
- Aun tenemos tiempo, Adham. No te preocupes.
¿Tiempo? Llevaban medio año así. La corte se había vuelto un dolor de cabeza de magnitudes catastróficas. Todos mandaban, pero ninguno cooperaba. Era obvio que no lo consideraban digno de liderar el Consejo.
Que les den. Pensó.
- Solucionaremos esto. Tenemos que solucionarlo.
Llevó su dedo al intercomunicador, presionando el botón. Al instante escucharon un suave toque en la puerta. Ésta se abrió y Alice entró.
- ¿Me mandó a llamar, doctor?
Preguntó Alice con libreta en mano.
- Sí, Alice. Reajusta mi agenda. En esta semana iré a ver a todas las familias de la Corte. Informales con una carta, que lleve el sello del Consejo, escritas todas a mano. Cuando estén, tráemelas para firmarlas. Encuentra un Cibum de confianza que las entregue.
- Por supuesto, doctor.
Asintió su secretaria antes de salir tan callada como un fantasma.
- ¿Tu secretaria es totalmente de tu confianza?
Preguntó Adrik sorprendido. Alice era humana y en su experiencia, los de su condición se mantenían alejados de los humanos. Adham sonrió asintiendo.
Lleva 25 años trabajando conmigo. No es que pudiera esconder que no envejezco, ¿o si?
Adrik asintió rodando los ojos y ambos rieron.
Adrik admiraba los cojones de Adham Wayne. Pero no lo envidiaba ni un poquito...
† † † † †
- Puedo asegurarlo, ¡jurarlo! Esa mujer es mayor que yo.
- No. Eso es imposible Ambiorix. Tu eres de los mas antiguos que conozco... y que quedan con vida.
La voz de Adham se hizo mas baja. Ambiorix hizo una mueca, entendiendo las palabras de su amigo. Aún estaba tenso, luego de que Adrik se fue. Pero no había contado nada de su reunión a su esposa.
Brigitte iba a su lado, totalmente en silencio.
Recorrían el pasillo hacia la habitación de Lucía. Quizás por eso Brigitte no se mostraba muy poco comunicativa.
- Pues ella lo es. Su cabeza está rodeada de granito. No logro entrar.
- ¿Entonces no puedes ayudarla?
Brigitte levantó la vista hacia su mentor. Detuvo sus pasos y con una mano en el hombro ajeno, le obligó a detenerse.
- No he dicho eso, Brigitte. Solo que será mas difícil.
Brigitte refunfuñó algo que los caballeros no lograron escuchar y empezó a caminar nuevamente.
Adham no entendía la actitud de su esposa. Su paranoia resultaba hasta incómoda. Quizás debía pedirle a Morgan que le evaluara. Aquello no era normal.
Una enfermera salía de su habitación. Probablemente le habían llevado el desayuno.
Ambiorix hizo una pausa, antes de entrar a la habitación.
- Salve Lucía. Quod sol in mane? (Buenos días Lucía. ¿Como amaneció hoy?)
Ella levantó la vista, de la bandeja de nuevos revueltos y tostadas con jalea que le habían llevado. La habitación olía a café y a lavanda, lo que significaba que su paciente se había duchado.
Su cabello negro aún estaba húmedo y sus mejillas sonrojadas. Ambiorix no podía asegurarlo, pero se veía mas alta que la noche anterior.
Ella les sonrió, dejando a un lado sus cubiertos con la gracia de una diosa y asintió a manera de saludo.
- Salve, quantum. Ego denique gratias quaero. Quid agis? Videtur quod non dormivit. (Buenos días, doctor. Me encuentro muy bien, gracias por preguntar. ¿Como se encuentra usted? Pareciera que no ha dormido.)
Fue la respuesta de Lucía en un latín tan fluido como si fuera su lengua materna. Latín antiguo. Los nuevos no-vivos en su mayoría, no conocían el idioma. Incluso para Adham, a veces era difícil recordar cada palabra en latín, en una conversación fluida. Pero, ¿Lucía? Ella había contestado naturalmente.
Ambiorix negó con una sonrisa oculta. Sí. Era muy antigua aquella mujer. Sin embargo, contestó en español para beneficio de Brigitte.
- No suelo dormir, Lucía. Pero gracias por su preocupación.
Brigitte rodó los ojos y le pasó por el lado a los dos idiotas que eran su marido y su mentor. Revisó el pulso de Lucía, (si aquel era su verdadero nombre) y se aseguró que el suero trabajara bien. Quizás era hora de quitárselo. Total, aquella mujer ya se veía bien, al menos en el físico.
- ¿Por que no te agrado?
Preguntó Lucía en voz extremadamente baja, solo para que la doctora rubia le escuchara. Los doctores estaban revisando su expediente, así que no se dieron cuenta.
O simplemente le ignoraron para no interrumpir.
Pero Brigitte ignoró la pregunta y continuó con su trabajo.
Cuando iba a retirarse de la habitación, Lucía la detuvo por su brazo. Brigitte quiso pelear, safarse, pero la fuerza de aquella Stulti era increíble.
- Merci beaucoup pour votre temps, mais je veux juste aller à partir d'ici. Vous avez ma parole que je ne blesser personne dans sa famille. Jamais nuirait un des miens. Vous m'avez donné trop. Faites-moi confiance, Brigitte. (Muchas gracias por atenderme, aunque solo desee que me vaya de aquí. Tiene mi palabra, de que no le haré daño a nadie de su familia. Jamás heriría a uno de los míos. Ustedes, me han dado demasiado. Confía en mi, Brigitte.)
Aquellas palabras detuvieron a la rubia. La detuvieron al punto que casi se cae, cuando Lucía soltó su agarre. Brigitte había escuchado aquellas palabras antes. Exactamente aquellas palabras, cuando llegó a Moscú.
Fue como si le hubiesen cambiado el disco duro en un instante. Como si toda la paranoia se hubiera desaparecido. Aquellas palabras parecían casi un hechizo sobre el humor de perros que había tenido Brigitte.
Se miraron a los ojos por mucho tiempo. Era como si se reconocieran. Como si se miraran el alma de la otra. Entonces Brigitte tomó la mano de Lucía.
Las palabras de Andrew se repetían en su cabeza. Su hijo confiaba en aquella mujer de forma ciega. Y de alguna forma, esa misma confianza se había instalado a sus anchas, en el corazón de la doctora Molyneux.
Se acercó al oído de la pelinegra y susurró solo para ella.
- Que Dieu vous bénisse, femme sans mémoire. Je vous donne ma parole que vous aidera à retenir. (Bendita seas, mujer sin memoria. Te doy mi palabra de que te ayudaremos a recordar.)
Cuando se apartó, Lucía tenía sus ojos llenos de lágrimas. Brigitte asintió y poco después se retiró a ver cómo seguía Krystal.
Mientras caminaba hacia la habitación de su protegida, sintió sus mejillas húmedas. Al tocarlas se sorprendió.
También estaba llorando, sin darse cuenta y sin saber porque.
Pero sus lágrimas no eran de tristeza.
Sino de tranquilidad. Sentía que cada pieza, había regresado a su lugar aunque no sabía de donde había salido aquella paz que le acariciaba...
† † † † †
Luego de un día pesado. No había nada mejor que un trago, antes de ir a casa con Poison y Draco. No. No era que Alice tuviera una vida ardiente, con dos hombres erectos, esperándola en casa.
Poison y Draco, eran sus preciados felinos.
Ella era la típica solterona. Ese estereotipo había dejado de molestarle en los 90. Tenía 44 años y aunque se veía bien, no había tenido suerte en el amor.
Los hombres preferían las curvas sin cerebro.
Y ella tenía ambas cosas.
Así que se había enlistado felizmente en la lista de: No solo sirvo para follar.
Entró al bar Vibe justo a las 5:00 pm. Aún no había mucha gente. Estarían saliendo de sus trabajos en aquel momento y en su mayoría, estarían de camino a sus casas con sus familias.
Ella se conformaría con una pizza de microondas.
Fue directamente a la barra y pidió un martini.
Sus manos dolían luego de haber escrito las cartas para el doctor Wayne.
Pero no se quejaba. Tenía un enorme afecto por el doctor. No le importaba que no fuera humano. Aquel hombre era sinónimo de respeto. Había conseguido el trabajo luego de pasar meses buscando.
Nadie la había contratado por no tener experiencia.
Pero él tenía en aquel momento una pequeña oficina al oeste de Moscú. Le había dado la oportunidad por un sueldo que daba miedo. Y habían crecido juntos.
Ella profesionalmente.
Él, en el aspecto emocional.
La doctora y él eran de ese tipo de parejas que normalmente ella odiaba ver. El amor del uno por el otro, se les salía por los poros.
Pero era más, el respeto que sentía por ambos.
Así se había ganado el puesto de ser de las pocas humanas trabajando en el Eternal.
El barman llegó con su trago y ella le sonrió, dándole un sorbo.
- ¿Me puedo sentar?
La voz aterciopelada a su lado, le hizo mirar.
Aquel era igual a su jefe. Después de tantos años, les conocía de lejos.
El que fuera un Intellexit le dió confianza y asintió. Él se sentó a su lado y pidió su bebida.
La miraba fijamente y ella sintió ganas de reír sin motivo. Se sintió hermosa, por tonto pareciera.
-Soy Sebastian Rose, estudiante de medicina. ¿Y tu?
¿Era aquella una señal divina? Se preguntó Alice.
Él extendía su mano hacia ella, con una sonrisa coqueta en sus labios. Ella estrechó su mano, sonriéndole igual.
-Alice Bennett, secretaria. Es un placer.
Ella no buscaba sexo. Menos de un jovencito aunque fuera vampiro y eso significara que podía tener cientos de años.
Pero si el lo intentaba, quizás Poison y Draco, tendrían que esperar unas horas mas...
† † † † †
