—Tú calmar, yo hablar a tú —pide Roma en sajón—. Tú soltar mujer y niño y yo hablar.
Germania parpadea.
—Me entiendes y hablas mi lengua —frunce el ceño con esto, pero le mira.
—Tú soltar ella, yo hacer tú decir.
—¿Quién eres?
—Tú soltar. Yo decir —insiste.
—La soltaré cuando me convenza lo que dices.
El romano frunce el ceño.
—Yo hijo de Romae. Hombre poderoso de Romae. Rico... él tener cosas y tierras. ÉL dar a tú a cambio de yo si yo vivir.
—Si quiero tierras, las tomo —frunce el ceño también porque no le gustan los romanos.
—Tierras legales. No hombres muertos. Tus hombres vivir, yo vivir, tú vivir y tener tierras nuevas. Más fácil y barato.
—¿Qué haces peleando aquí?
—Yo querer... ver mundo, correr aventuras, conocer pueblos germánicos —sonríe y vuelve a frotarse el ojo contra el hombro. Germania frunce el ceño con eso.
—Tú estás matando germanos, eres un latino asqueroso.
—Yo volver a casa y ser gran héroe, a yo no importar a quien matar, galos, germanos...
—Eres un idiota entonces —murmura con el ceño fruncido aún, ya empezamos —. Has liberado al "cónsul".
—Y yo ser héroe por eso ahora —sonríe levantando la barbilla.
—Tú estás muerto por eso ahora —frunce el ceño y le toma del pelo levantándole la cabeza. Roma aprieta los ojos intentando minimizar el daño lo más posible.
—Si tú matar a yo, tú problemas. Si tú dejar vivir yo, tú dicha.
—Yo voy a vencer a todos los romanos, a conquistarles a todos... no me interesan tus tierras.
Roma traga saliva y le mira a los ojos, respirando de forma un poco densa.
—Yo poder dar a tú otras cosas —susurra.
—¿Qué puedes darme? ¿Información?
—Sic. Yo poder enseñar tú latín. Tú poder oír y leer mensajes, tú poder espiar.
—Eso intentaba hacer con la chica... —le mira a los ojos —. ¿Por qué habrías de enseñarme tú?
—Yo más listo, ella miedo, yo no —sonríe. Germania levanta la mano y le limpia un ojo con la palma de la mano, luego se limpia la sangre en la túnica del romano.
—No me has dado un motivo para confiar en ti.
—¿Qué motivo querer tú?—agradece el gesto.
—Mataste Germanos, mereces morir. Pero... puede que te use antes.
—Si yo no matar ellos matar a yo —parpadea ahora mirándole.
—Ley de guerra... y tú eres el prisionero —le suelta la cabeza.
—Yo muerto no útil...
—Nein, tú no eres útil muerto. Llévenselo —gesto con la mano.
—Esperar —se acerca a él lo que le dejan las cadenas.
—Was?
—Yo... saber cómo hacer para demostrar tú confiar en yo. Yo... ¿Agua? —pide. Germania parpadea extrañado pensando que es una treta, claro está. Pero al final... está encadenado.
—¿Quieres agua? —levanta una ceja y Roma asiente.
El sajón hace un gesto con la mano y un chico, bastante bastante joven, casi un niño, aún ensangrentado de la batalla, se acerca corriendo hacia la pileta y trae un cuenquito de agua. Germania mira al romano que se acerca al chico tirando de las cadenas de nuevo, con ansias. El chico mira a Germania y luego acerca un poquito más el cuenco, dándole de beber.
Roma cierra los ojos y se acaba el agua casi de un solo sorbo porque estaba realmente sediento. Germania le mira atentamente hacer.
—Más —murmura al chico haciéndole un gesto.
El latino se relame y le sonríe con agradecimiento. Germania se sonroja un poquito porque a pesar de la capa de fango y mugre que tiene encima... Esa estúpida sonrisa romana...
El moreno parpadea un instante al notarlo y sinceramente, se siente terriblemente más aliviado y tranquilo con eso. Germania sacude la cabeza y vuelve a fruncir el ceño.
—No veo que me convenzas
—Si tú presentar a mi limpio a tu jefe él estar más dispuesto a escuchar y a aprender de yo y a... hacer cosas buenas a tú.
—¿Si yo te presento a mi jefe? ¿Qué quieres que mi jefe te use a ti?
Roma asiente y se bebe el agua que le han vuelto a traer, sintiéndose mejor, mientras Germania lo valora.
—No veo por qué debas ser de interés... Tampoco sé que te hace pensar que hay un gran jefe aquí que no sea yo —levanta la nariz.
Roma levanta las cejas confirmando sus sospechas al respecto y se relame sonriendo con ello. El sajón frunce el ceño.
—Aquí no, pero haber pueblos grandes con grandes hombres...
—¿Y qué? Yo soy el jefe de todos —asegura
—¿Yo estar en presencia de gran líder germano?
El nombrado frunce el ceño y le medio le fulmina.
—¿En presencia de quien creías que estabas, romano idiota?
—Yo necesitar aseo, no honor suficiente.
—Ahora estas entendiendo el asunto del honor —frunce el ceño —. ¿Luego que vas a pedirme? ¿Que te suelte? ¿Una cama para dormir?
—¿Tú dar si yo pedir? —sonríe de lado e inclina la cabeza.
—Nein.
—Solo soltar una mano y agua. Yo lavar. Luego dejar tú encadenar de nuevo.
El de ojos azules suspira porque el pretendía cortarle la cabeza en la mañana. Mira a uno de sus hombres de rejo, quien mira al romano con desagrado sin estar en lo absoluto seguro de que deba ayudarle... sin embargo, es un romano que habla mucho mejor que la mujer idiota que enamoró a uno de sus hombres.
—Bien, agua y soltarte una mano es lo único que tendrás
Suelta el aire relajándose más y se deja caer en la silla.
—¿Tú poder echar todos hombres fuera? —pide Roma y Germania hace los ojos en blanco.
—Pudoroso además...
—En casa de yo, hombres miran a hombres y tener sexo. Yo encadenado. No importar a yo mirar pero ser incómodo.
—¿Tienen... sexo? —levanta las cejas.
—Sic —asiente y le mira notando que eso le ha interesado. Germania se sonroja un poco y carraspea.
—Salgan —ordena a todos.
Roma sonríe de lado y les mira de reojo. Se salen todos... menos Germania que separa la palangana con agua que él ocupa para limpiarse. Le pone un lienzo. Se le pone en la espalda y le da un golpecito en la nuca.
El romano le mira hacer, impacientillo y da un saltito con eso, apartándose.
—Sht... No te muevas si quieres que te suelte las cadenas.
Baja la cabeza de pelo oscuro y le cambia la respiración para hacerse más pesada, inmóvil.
El sajón le desamarra la cadena de una mano y lo amarra a la silla.
—Eres un jefe romano, ¿verdad? Nada de un hijo de un padre con dinero —murmura.
Levanta las cejas con eso y rápidamente se lleva la mano a los lugares a donde le duele para valorar los daños, ambas manos, de hecho, arrastrando un poco la silla.
—Tú creer que si yo ser, ¿yo decir a tú? Tú matar.
Le mira hacer, sin detenerle demasiado, sabiendo que no hay mucho a donde pueda ir. Tiene curiosidad en realidad de ver a un romano actuar, porque no les entiende del todo.
—Voy a matarte igual, no veo cual sea la diferencia —asegura
—¿Tú ya no querer aprender latín? —pregunta quitándose la coraza rota que le presiona la herida de las costillas.
—Si quiero aprender latín —asiente frunciendo el ceño y mirando sus heridas.
—Entonces no matar a yo —se quita también la túnica y de hecho se desnuda del todo, hundiendo el paño en el agua y lavándose, empezando a sentirse mejor de nuevo a pesar de estar echando mucho de menos las termas porque ALGUIEN ES UN SEÑORITINGO DE CIUDAD diga lo que diga. Germania se sonroja, pero no deja de observarle detenidamente—. Latín no ser única cosa yo poder enseñar a tú —comenta notando que le mira, sonriendo mientras se pasa el trapo por los hombros.
—¿Ah, no? ¿Qué vas a enseñarme? A pelear sin duda... No
El romano se ríe... un poquito falsamente, pero es casi inapreciable. El germano se cruza de brazos sin dejar de verle.
—¿Así que quien eres?
—Yo ser un jefe de Romae, tener muchos jefes en ciudad muy grande. Pero yo no hablar de enseñar tú a pelear precisamente
—¿A qué quieres enseñarme? —frunce el ceño.
—Sexo con hombres. Parece tú no saber de eso.
Yum, yum, Roma. Anda que como tengas que enamorarle con tu prosa poética...
