- Mi señor, es hora de levantarse - con un suave tono de voz, la sirvienta avisó al príncipe tras entrar en su habitación.

La mujer corrió las voluminosas cortinas de la estancia para permitir que entrara la luz del sol. Aquella acción fue suficiente para arrancar un leve gruñido mañanero de Todoroki, quien mantenía el rostro pegado a la almohada. Los recuerdos de la anterior noche le golpearon en cuanto notó lo mucho que pesaba su cuerpo por culpa del cansancio. Esa visita nocturna a los establos claramente le estaba pasando factura. Después de desinfectar y vendar la mano de Midoriya, el pequeño palafrenero por fin regresó a su hogar fuera de la fortaleza. Aprovechó entonces que algunos guardias estaban ocupados abriéndole las puertas que llevaban a la ciudad para escabullirse y regresar a su habitación, de modo que nadie notó su ausencia durante la noche.

No supo exactamente a qué hora regresó a sus aposentos, mas debido al agotamiento que llevaba encima no quería pensar en ello.

- Joven príncipe, si no os levantáis, llegaréis tarde a vuestras clases - insistió la mujer sin dejar de lado su agradable entonación.

Ante semejante advertencia, Todoroki se movió con pesadez por el colchón hasta que consiguió sentarse en el borde de la cama. Tras haberse situado de aquella forma, se frotó el rostro tratando de despejarse un poco.

- ¿Cómo os encontráis hoy? ¿Habéis dormido bien? - preguntó la dama después de ver al príncipe incorporado sobre el colchón.

- He descansado bien, gracias - le informó a la sirvienta ocultando un posterior bostezo - Puedes retirarte.

La sirvienta hizo una leve reverencia y abandonó la habitación antes de cerrar la puerta con suavidad. Todas las mañanas eran idénticas: después de que alguno de los sirvientes al servicio del rey despertara a Todoroki, era preciso que el príncipe informara de su estado anímico. Tras asearse y desayunar, tenían lugar sus lecciones; le esperaban horas de historia, esgrima o hasta música y baile, teniendo en cuenta la cercanía del próximo gran evento. No obstante, sus clases eran tan repetitivas y monótonas que no era difícil encontrarse al príncipe distraído en más de una ocasión.

Cuando se aseguró de que se había quedado solo Todoroki se levantó de la cama y fue directo al cuarto de baño para asearse. Cuando acabó se vistió frente a su espejo con lentitud, incapaz de tener la mente concentrada en lo que estaba haciendo. De pronto, se acercó a mirar su reflejo y suspiró con molestia al distinguir unas leves ojeras en su rostro. El príncipe se podía imaginar que su padre no dejaría pasar aquel detalle por alto y le preguntaría el por qué de esas ojeras. Desde luego, tenía claro que debía mentirle si no quería recibir un castigo.

Una vez terminó de vestirse, abandonó su habitación para dirigirse al salón comedor. No obstante, la suerte quiso que, a pesar de todas las preparaciones que tenía que gestionar Endeavor en el castillo, acabara encontrándose con él a mitad de uno de los pasillos por los que estaba transitando. Tras unos segundos de silencio incómodo, el rey habló:

- Buenos días, Shouto - saludó mientras realizaba una leve inclinación de cabeza.

- Buenos días, padre - respondió Todoroki, tratando de no apartar la mirada del rostro del rey.

Incapaz de detener aquella situación inevitable, el joven príncipe simplemente observó cómo su padre, tras esgrimir una expresión de extrañeza, le sujetaba con suavidad de la barbilla mientras contemplaba las evidentes marcas bajo sus ojos.

- ¿No has descansado bien? - inquirió, casi afirmando - ¿A qué se debe? - preguntó justo antes de soltarle la barbilla con suavidad, lo cual contrastaba con su estoica presencia.

- No pude dormir por nuestra discusión de anoche - explicó Todoroki, lo cual no se alejaba demasiado de la verdad.

Después de escuchar su respuesta, el rey no tuvo más remedio que esbozar una sonrisa que pretendió ser compasiva mas fue mostrada con sorna.

- Shouto, no fue una discusión. Solo estábamos conversando - le corrigió Endeavor ante la impasible mirada de su hijo - Bien, me tranquiliza saber que solo se trata de eso. No me gustaría enterarme de que hay más responsables que se han dedicado a incordiar tus horas de descanso.

Tras esta acusación, el príncipe trató de mantener su habitual seriedad, evitando así delatarse él mismo por sus acciones. Sin embargo, tuvo que contenerse con todas sus fuerzas para no lanzarse al cuello de su padre cuando escuchó su posterior confesión, con la cual buscaba claramente incitar la provocación de Todoroki:

- De hecho, anoche tuve que doblar el trabajo del palafrenero como correctivo por haberte molestado. Hay que recordarles a los trabajadores holgazanes a quién están sirviendo.

Ante el silencio de su hijo, Endeavor posó una mano en el hombro del chico y, tras propinarle un ligero apretón, siguió su camino.

- Ve a desayunar, Shouto - pidió mientras se alejaba justo por el mismo camino por el que Todoroki había venido.

El joven príncipe dejó escapar un ligero suspiro, liberando así la tensión de sus músculos. No obstante, aquella breve pero tortuosa conversación con su padre sirvió para crearle un nudo en el estómago, pues el hecho de que su padre hubiera confirmado sus propias sospechas le asqueaba.


- ¿Desea un poco más de pan blanco, mi señor? - preguntó uno de los sirvientes mientras le ofrecía tal alimento en una bandeja que portaba.

- Sí, por favor - contestó el príncipe sin levantar la vista de la mesa, tratando que no se notara su desgana.

Ese indeseado encuentro con su padre le había cerrado el estómago, por lo que le estaba costando más de lo normal tomar el desayuno. Sin embargo, no podía permitir que ningún miembro de la corte se percatara de su malestar, pues en el caso de que eso sucediera, el rey sería notificado inmediatamente. De esa forma, Endeavor no tardaría en relacionar su extraño comportamiento con su reciente conversación. A veces podía llegar a ser muy retorcido.

Por esta razón, Todoroki decidió no correr riesgos y ocultó en una servilleta todo aquello que no fue capaz de ingerir aquella mañana con el fin de esconder su falta de apetito. Finalmente, tras terminar de desayunar su ración de carne, se levantó de la mesa y se dispuso a cumplir su habitual jornada.


Sería una falacia afirmar que las horas de la mañana eran las más inaguantables, pues la realidad era que, por lo general, la jornada entera resultaba bastante cargante. No obstante, no era posible negar que el aburrimiento se acrecentaba cuando era el profesor Aizawa quien impartía las clases de historia.

- Y no fue hasta después de cinco siglos que conseguimos expulsar del territorio a todos los bandos invasores… - relataba con su voz siempre carente de musicalidad.

A pesar de que su mirada estaba fija en las páginas de aquel antiquísimo libro, la mente del joven príncipe se encontraba muy lejos de las lecciones. Desde luego, cualquier banal pensamiento era más interesante que atender las clases. Esta actitud de dejadez por parte de Todoroki fue advertida por Aizawa, quien levantó la vista del libro que sostenía con una mano y observó la mirada distraída del chico.

- ¿Tenéis alguna pregunta? - preguntó con su voz cargada de hastío.

- Sí - contestó el muchacho sin moverse de su posición - ¿Por qué no estudian los plebeyos?

- Preguntas sobre el temario - especificó Aizawa ante semejante cuestión.

- Pero esa es mi única duda - insistió tranquilamente Todoroki, levantando la vista para ver a su profesor - Si quiero llegar a ser gobernador, no puedo tener incertidumbres de ningún tipo.

El profesor Aizawa suspiró al ver lo fastidioso que podría resultar rebatir al príncipe semejante argumento. Por ello, cerró el libro con la misma mano con la que lo estaba sujetando y, posteriormente, lo acomodó bajo su brazo.

- Porque son plebeyos - explicó simplemente - El estudio sobre la historia del reino no es una de sus obligaciones. De hecho, podría afirmar que ni siquiera es de su incumbencia - aseguró, dejando en la mesa el pesado libro.

- ¿No es conveniente que sepan la historia del reino? - preguntó incrédulo el joven príncipe - ¿Qué hay que esconder?

- El conocimiento es poder, mi señor - comentó Aizawa - Cuanto menos conocimiento posean los miembros de clase baja, más sencillo será establecer esa diferencia de rango entre las clases sociales. Por lo tanto, los plebeyos aceptarán su posición y su respeto hacia los miembros de la corte estará garantizado.

- En otras palabras, les estamos controlando como cerdos descerebrados - apuntó Todoroki.

- Es una manera de verlo, mi señor - admitió Aizawa sin inmutarse por aquel símil tan despótico - Pero así ha sido siempre por medidas de seguridad. Y así seguirá - concluyó, remarcando bien esa última frase.

- Cuando yo gobierne esa privación de conocimiento terminará - declaró el futuro rey sin ninguna muestra de vacile en su voz.

- Buena suerte, pues - deseó el profesor mientras retiraba la mirada de su alumno sin tomarse en serio sus palabras - La necesitaréis para evitar que una muchedumbre pensante y hambrienta de poder proclame un golpe de estado.

- No habrá ningún golpe de estado si hay igualdad entre las clases.

Aizawa le dirigió una última mirada al chico y suspiró ante tanta ingenuidad.

- Si hay igualdad absoluta en vuestro mundo utópico, ¿quién se encargaría de gobernar? - preguntó sin esperar ninguna respuesta, pues deseaba dar la conversación por terminada - La clase ha acabado, mi señor - concluyó.

De esta manera, Todoroki se levantó a regañadientes de su asiento y, tras realizar una leve inclinación de cabeza que fue correspondida por su profesor, se marchó de la estancia.

"No me convertiré en un déspota. No como mi padre" pensó el joven príncipe mientras la última pregunta del profesor Aizawa rondaba su mente.


Una vez hubo terminado la jornada de la mañana, Todoroki abandonó el castillo con el objetivo de emplear al menos dos horas de su tiempo en olvidarse de que algún día se vería obligado a tomar el control del reino entero. Mientras observaba cómo el castillo quedaba cada vez más alejado de él, no tuvo en cuenta vigilar aquellos ojos controladores que siempre estaban puestos en él.

- Shouto - llamó de forma calmada el rey al ver a su hijo deambulando fuera del castillo, como era habitual en aquel niño desobediente y respondón - Qué sorpresa encontrarte de camino a los establos - comentó en un evidente tono de sarcasmo.

En esos momentos Endeavor se encontraba junto a los jardineros, pues todas las preparaciones antes del gran baile eran pocas. Ante el silencio de su hijo, el rey siguió hablando:

- ¿Qué pretendes hacer ahora? - inquirió.

- Quiero salir a cabalgar - respondió Todoroki sin inmutarse, pues no quería perder el tiempo hablando con el rey. Además, estaba seguro de que su padre también tenía mucho trabajo por delante.

- Manda preparar tu yegua - demandó Endeavor antes de dar por terminada su conversación.

No fue necesario nada más para que Todoroki reanudara su marcha y retomara aprisa su camino hacia los establos del reino. La atenta e inquisidora mirada de Endeavor persiguió al joven príncipe hasta que desapareció de su vista, pues, aunque no le era posible ser la sombra de su hijo, no quería enterarse de que sus advertencias pasaban desapercibidas para Todoroki.

Una vez llegó a los establos, comenzó a buscar en cada cuadra un muchacho tan inútil como trabajador. No fue difícil localizarle puesto que era el único palafrenero del lugar. Tras asomarse a la cuadra de un ejemplar árabe de capa baya, descubrió al jovencito; con su cabello siempre alborotado se dedicaba con esmero a dejar reluciente el interior de los boxes.

- Midoriya - llamó al chico al ver que se encontraba de espaldas a él.

El muchacho reaccionó saltando de forma tan violenta que llegó a divertir a Todoroki. El caballo que se encontraba junto al muchacho asustadizo, por el contrario, no pensó lo mismo, ya que respondió a aquellos movimientos echando hacia atrás las orejas al sentirse amenazado. Midoriya sujetó con fuerza la horca y recuperó la compostura al darse la vuelta y descubrir a Todoroki.

- Buenas tardes, señor - saludó el chico, de forma educada como de costumbre - ¿Qué tal vuestro día?

- Tedioso - respondió el joven príncipe mientras se apoyaba en la puerta de la cuadra - Pondría la mano en el fuego a que tú te has divertido más que yo.

- Bueno… supongo que vuestra formación debe de ser agotadora - opinó el chico, pues siempre trataba de hacer sentir bien al príncipe, ya que todavía no se sentía a gusto con su presencia.

En ese momento Todoroki miró las manos enguantadas del muchacho y pensó preguntarle si ya se había recuperado de su lesión. No obstante, rechazó esa idea al creer que, probablemente, no tendría importancia para el joven.

- Midoriya, necesito mi yegua; voy a salir a montar - pidió el joven príncipe.

- Por supuesto, señor - respondió el chico de forma inmediata, justo antes de salir de la cuadra y dirigirse al cuarto de los arreos.

El animal ya estaba cepillado con anterioridad, por lo que no había más que ensillarla. Todoroki siguió con curiosidad los movimientos de Midoriya, pues le resultaba entretenido ver cómo el joven ponía tanta dedicación en su trabajo. Sin embargo, no tardó en desubicarse en cuanto no distinguió la silla de la yegua lusitana.

- Es esta - Todoroki puso fin a la búsqueda del muchacho al posar la mano sobre el borrén trasero de la silla de su yegua.

- ¡Es verdad, lo siento, lo siento! - se disculpó el muchacho de manera innecesaria tras coger la silla correspondiente.

Tras este pequeño despiste, Midoriya retomó sus labores bajo la mirada del príncipe.

- Midoriya - llamó de nuevo - ¿Tú sabes cabalgar? - preguntó mientras el chico ajustaba la cincha al animal.

- Sí, señor. Aunque seguramente no esté a vuestra altura.

- Es suficiente. Vas a venir conmigo pues - declaró justo antes de disponerse a ensillar el ejemplar árabe de capa baya.

- ¿¡Eh!? - exclamó el chico, alertado, mientras se asomaba desde dentro de la cuadra de la yegua lusitana para observar, incrédulo, las intenciones del príncipe - ¡Pero no puedo dejar los establos desatendidos!

- Llevas trabajando toda la mañana - rebatió Todoroki con parsimonia mientras preparaba la montura de Midoriya - Además, no sucederá nada si soy yo quien te lo ordena.

Ante semejante argumento, el muchacho se quedó sin opciones para contestar al príncipe, pues ignoraba cómo actuar si una persona con más poder que él le estaba pidiendo que hiciera una pausa en sus obligaciones.

- Pero… ¿y si ocurre algo mientras yo no estoy? - murmuró, visiblemente inseguro.

Al ver que estaba poniendo al chico en un aprieto, Todoroki salió un instante de la cuadra y se acercó a Midoriya.

- Si algo sucede, asumiré toda la responsabilidad. Lo prometo - aseguró seriamente, esperando así convencer al muchacho, quien, finalmente, accedió.


- Montáis con mucha soltura - elogió Midoriya mientras paseaban a lomos de sus respectivas monturas.

- Es algo que llevo haciendo desde niño - explicó el joven príncipe sin dar demasiado mérito a sus palabras.

- Disculpad mi entrometimiento, pero ¿puedo preguntar qué más habéis estado practicando desde niño? - preguntó el muchacho con interés.

- Pues… esgrima, caligrafía, piano… - enumeró.

- ¿Tocáis el piano? ¿Tendré la oportunidad de oíros alguna vez?

- Claro. ¿Asistirás al gran baile?

- ¡Por supuesto, señor! No me gustaría perdérmelo.

Tras aquella pequeña conversación, Todoroki esbozó una leve sonrisa; ignoraba los sentimientos del zagal, pero, por su parte, el príncipe se sentía muy relajado cuando hablaba con Midoriya. Era algo que agradecía, pues compensaba los desafortunados encuentros con su padre.

- ¿Puedo haceros una pregunta? - dijo el joven Midoriya.

- Claro.

- Bueno… ¿por qué me habéis pedido que os acompañe?

- Es aburrido cabalgar solo.

No supo exactamente a qué se debía, pero aquella simple respuesta provocó una pequeña punzada de decepción en el palafrenero. Sin embargo, procuró mantener la compostura, pues debía recordar que únicamente se encontraba ahí para servir a la nobleza.

- ¿Galopar sabes? - le preguntó Todoroki, consiguiendo así que el joven Midoriya saliera de su ensimismamiento.

- Sí, señor - respondió con determinación el chico y, acto seguido, espolearon los animales hasta alcanzar un cómodo medio galope.

Prosiguieron su camino a esa marcha, vigilando que ninguno de los cuadrúpedos adelantara al otro, pues el príncipe quería procurar que ambos avanzaran a la par. Mientras el caballo árabe parecía flotar a cada paso, la yegua lusitana marcaba los cascos en la hierba con fuerza, resultando ser este último ejemplar el que terminara ganando terreno. El viento en sus oídos y los jadeos y resoplidos de los animales era el único acompañamiento de los jinetes.

De vez en cuando, Todoroki volvía la vista atrás para asegurarse de que no dejaba una distancia exageradamente amplia entre él y su acompañante. De nuevo, redirigió la mirada al frente del camino sin ralentizar la marcha y, aprovechando que Midoriya no le estaba observando, sonrió de diversión. Finalmente, tiró con suavidad de las riendas de su yegua para volver a adoptar un paso calmado. Midoriya, al verle, le imitó.

- Por aquí - pidió el príncipe antes de salirse del camino y pasar entre unos árboles que delimitaban el recorrido.

El joven Midoriya no alcanzaba a entender por qué habían abandonado su actual ruta. Sin embargo, no hizo preguntas y siguió al príncipe. Sus inquietudes fueron resueltas en cuanto los árboles dejaron de amontonarse frente a sus ojos y dieron paso a un extenso acantilado. El muchacho se quedó embobado ante la imagen que se presentaba ante él. Desde aquel recóndito lugar podía distinguirse desde el castillo hasta el mismísimo puerto. En aquella visión panorámica el reino entero se antojaba minúsculo mientras que el mar engullía todo el paisaje.

- No te quedes rezagado - le pidió Todoroki, tras haber desmontado de su yegua.

- Eh… ¡sí, señor! - respondió antes de imitar al príncipe y atar a su caballo a una rama.

Después de dejar sujeto a su montura, Midoriya se acercó al borde del acantilado para observar más de cerca el paisaje. Mientras contemplaba cómo los barcos amarrados en el puerto cedían suavemente al leve movimiento de las olas, respiró la brisa salina que mecía su, ya de por sí, arremolinado cabello.

- De pequeño solía venir más a este sitio - confesó el príncipe tras ir al encuentro de Midoriya, quien tardó en darse cuenta de que Todoroki se encontraba a su lado - Estás siempre en las nubes - comentó con diversión mientras observaba al chico.

En ese momento el palafrenero esbozó una sonrisa nerviosa, pues se preguntaba cuánto tiempo había estado siendo observado por el príncipe.

- Perdón, es solo que… este lugar es fascinante - opinó Midoriya.

- Lo es - dijo el joven príncipe antes de sentarse en la hierba e invitar al muchacho a hacer lo mismo.

Entonces Todoroki, ante los ojos de su acompañante, depositó con suavidad en la hierba el pan blanco que no había logrado acabarse en el desayuno envuelto en una servilleta. Tras desenvolverlo, cogió el alimento y lo partió por la mitad.

- Ten - dijo el príncipe tras sostener frente a su rostro la mitad del pan blanco.

- ¿Eh?... ¿Yo? - cuestionó Midoriya con inseguridad.

- Seguro que no has comido en todo el día. Al menos acepta esto.

Todoroki era consciente de que el pan blanco era otro privilegio de las clases altas. Los rangos sociales más humildes, por el contrario, no contaban con unas harinas tan refinadas, por lo que solo podían aspirar a un pan más negro y con mayor contenido de salvado. Por esta razón, al joven Midoriya no se sentía a gusto aceptando manjares que no se ajustaban a su estatus social.

- Perdonad, pero sería un aprovechamiento por mi parte. Quiero decir, agradezco vuestro gesto de amabilidad, no me malinterpretéis, pero podría ser muy desvergonzado…

Sus excusas acabaron cansando al príncipe, quien, tras adoptar una expresión de aburrimiento, le estampó el pan en los labios.

- Déjate de habladurías y come, cerdo descerebrado.

Tras ver la jocosa expresión de Midoriya con el pan blanco sujetado por sus dientes, el joven príncipe no pudo evitar sonreír de manera jovial, lo que provocó que el muchacho se sonrojara, avergonzado. Después de que Midoriya empezara a comer, el Todoroki desvió la mirada y contempló el horizonte, pues no pretendía seguir incomodando al chico.

"Si hay igualdad absoluta en vuestro mundo utópico, ¿quién se encargaría de gobernar?"

"Cerdos descerebrados".

El joven príncipe dejó escapar un suspiro tras recordar aquella agotadora conversación con su profesor. Entonces volvió la vista hacia el palafrenero, quien atesoraba el pan que estaba catando, y le formuló la siguiente pregunta:

- Midoriya - llamó, captando así la atención del chico, el cual se giró a verle con la boca llena - ¿Tú crees que yo… podré llegar a ser un buen rey?

El palafrenero se quedó descolocado ante aquella pregunta. Llevaba poco menos de una semana trabajando en los establos del reino y lo único que conocía de Todoroki eran los numerosos chismorreos de la ciudad acerca de lo poderoso y respetable que era el príncipe. Sin embargo, en esos momentos no podía evitar pensar que Todoroki estaba mostrando una imagen muy vulnerable de su persona.

- Por supuesto que sí, señor - respondió el chico con determinación - Sois excelente en todo lo que hacéis y no cabe duda de que sabréis gobernar vuestro reino en el futuro.

Aquella respuesta tan perfecta lo único que consiguió fue desmotivar a Todoroki, pues ese discurso modélico solo lograba reforzaba la imagen que el príncipe tenía de los plebeyos.

- Gracias - respondió finalmente con desgana, desviando posteriormente la mirada.

Esta reacción no pasó desapercibida para Midoriya, quien vio la decepción en el comportamiento del príncipe. Por ello, se quedó pensativo y trató de rectificar sus palabras:

- Si me permite, señor… - comenzó, visiblemente inseguro por su atrevimiento - Creo con sinceridad que no es necesario gobernar con puño de hierro para ser un buen rey. Un gobernador debe estar dispuesto a ayudar a su pueblo y vos cumplís esas expectativas - declaró con firmeza.

Todoroki se quedó observando al chico con un brillo esperanzador en sus ojos, pues esa nueva contestación había sido fruto únicamente de Midoriya y no de lo que se esperaría de un plebeyo.

- Pienso igual que tú, Midoriya - confesó - Y por ello soy considerado un soñador ingenuo.

El palafrenero, al haberse quedado sin palabras, simplemente se encogió de hombros mientras esbozaba una tímida sonrisa, aliviado al no haber disgustado al príncipe con sus palabras. Después de ese intercambio de ideas, Todoroki se dejó caer en la hierba, quedándose así boca arriba. Deseó entonces que, ojalá, no tuviera que regresar nunca al castillo. Quería atesorar esos momentos en los que había encontrado a una persona que compartía sus mismos ideales. Y esa persona era un simple trabajador del reino, un torpe palafrenero con el que solo podía reunirse lejos del castillo. Fundar un reino con semejante individuo sí que sería una idea disparatada.