Una breve continuación de esta historia, gracias a la sugerencia de Fran Ktrin Black. Poco a poco iré moldeando la historia y trataré de darle un final descente jejeje….creo….

Han pasado dos meses ya. Dos meses en que no paro de escuchar a la gente comentando sobre la linda pareja que hacemos con Mary. Dos meses en que a pesar de esa máscara de perfección que llevo con mi matrimonio, no puedo evitar durante mis largas duchas, tocar mis labios, cerrar mis ojos, y pensar en ese beso, en esa noche que, me desgarra el alma pensarlo, nunca volverá a ser.

No te he visto desde que partí de luna de miel con Mary, y las cosas marchan mal. La cotidianidad no me sienta para nada bien, y ella lo sabe. Trata de convencerme de que vaya a verte, de que sigua una que otro caso contigo, pero me es imposible.

Sencillamente sé que si volviera a verte, a tenerte tan cerca, el deseo sería demasiado, me arrogaría hacia ti y ¡Sabe Dios qué locuras cometería!

Por Mary quiero evitar las tentaciones. Ella me ama, lo siento, y aprecio aquello. Y por eso mismo deseo hacerla feliz.

Me ha costado mucho últimamente. Pues llegar a casa, de la clínica, cenar, ver televisión, darme una ducha, ir a dormir, despertar y repetir la tediosa rutina es semejante a un palpitar tortuoso que resuena en mi cabeza recordándome que solo existe una persona capaz de hacerme sentir vivo. Tú.

Es cuando mi cabeza está por explotar, cuando luzco terriblemente desencajado en el trabajo, que finalmente tomo el consejo de mi esposa, salgo a las cinco de la tarde de mi oficina y busco un taxi.

Ya no lo soporto más. Tengo que verte, así suceda algo de lo cual me arrepentiré…¿Arrepentiré? Te deseo, Dios Santo, y no me arrepentiría de ello nunca. Pero seguro Mary me odiaría, y no me creo capaz de soportar el lastimarla.

Durante el trayecto que me toma desde la clínica a Baker Street, voy pensando en innumerables escenarios posibles de nuestro encuentro.

En el primero me recibes dando un salto a mis brazos, besándome apasionadamente, recorriendo tus manos ansiosas sobre mi ropa, nuestra ropa, que comienza a estorbarnos. Y la arrancamos. Perdemos las inhibiciones y…

En el segundo yo entro al 221B y te hallo sentado en tu sofá de siempre, refundido en tu palacio mental. Espero a que salgas y notes mi presencia. Al hacerlo me saludas como siempre, me ofreces té, y cuando quiero hablarte de lo sucedido en la boda, me dices que aquel beso era tu forma de demostrar aprecio, mas nada diferente.

En el tercero, y debo admitirlo es el que más me desgarra, apenas entro me hallo con una mujer con tu bata atravesando la sala. Ella me saluda, y tras una conversación fugaz te llama, usando una ternura que me da arcadas. Tú la tratas de la misma manera. La besas ¡con esos labios que deberían ser MIOS!

Sacudo la cabeza. El hombre del taxi me hace despertar del trance. Ya hemos llegado y me pide que le page. Cancelo, y salgo del taxi. Al principio ansioso, después me lleno de valentía estando frente a la puerta. Pero una vez dentro, siento que las rodillas se me doblan.

Subo las escaleras, percibiendo mi respiración agitada.

El escenario que me encuentro no es ninguno de los que he imaginado. Pues no estás allí. Te llamo varias veces, sin encontrarte. Hasta que en el umbral de la puerta, ataviada con dos tazas de té y unos pastelillos aparece la Señora Hudson.

-John, querido, siéntate, siéntate- me dice ofreciéndome sitio en tu sofá y ella ocupando el que era mío cuando compartíamos piso.

-Señora Hudson, no hace falta-trato de evitar me brinde té. Termino aceptando.

-Creí que no regresarías por aquí. Que tú y Sherlock habían tenido alguna clase de pelea. ¡Qué tonta soy! Por supuesto que él está furioso por tu boda. Pero es que has sido muy tonto John, digo Mary es una buena chica, pero Sherlock…¡Oh, pobre niño!- la señora Hudson no para de hablar, mis oídos duelen y poco le atiendo, pero sé de entre sus palabras que escucho que tiene razón-…no lo he visto hace días ya…-

-¡Espere!- coloco con violencia la taza en la mesa de centro, haciendo que la señora Hudson dé un salto-¿Qué no lo ha visto hace días? ¡¿Qué quiere decir?!- me pongo de pie de un salto.

-¡Oh, creí que lo sabías! Sherlock ha estado fuera ya mucho tiempo. No viene muy seguido a casa…creo…- murmura, sus ojos se cristalizan y yo temo algo terrible. –creo que ha sufrido una recaída.

La señora Hudson apenas termina la frase, y yo me doy cuenta de que he salido del piso como alma que lleva el diablo. Mi pecho se oprime, no puedo respirar. Una vez en la calle la cabeza me da vueltas. No sé a dónde ir.

Solo se me ocurre algo. Y me estremezco por la sola idea.

Tomo un taxi, lo cual me cuesta trabajo a pesar de estar en el centro de Londres, y le indico al conductor una dirección que sé de memoria. Es un lugar no muy lejos de donde Mary y yo vivimos, una casa abandonada donde… trago saliva de solo pensar lo que hacen allí decenas de jóvenes día tras día.

El taxista me ve, preocupado cuando yo bajo en el deplorable lugar. Pero apenas le pongo atención. Le pago y corro al pórtico destartalado lleno de grafitis inentendibles, y de ventanas cegadas con tablones de madera podrida.

Abrir la puerta no me cuesta nada. Y atravesar lo que parece ser una estancia, tampoco. En los salones, cocina, y escaleras, varios colchones repletos de moho y suciedad sirven de cama para un grupo inimaginable de adictos, harapientos, de rostros demacrados, que apenas si me ven.

Sus ojos de miradas despedazadas y vidriosas apenas me reconocen. Siento una opresión en los huesos al verlos enfermizos, cadavéricos, y tan desesperados insanamente por inyectarse e inhalar sustancias que podrían matarlos en cualquier momento.

Corro entre las camas, buscando entre tantas cobijas viejas, y gente drogada, tu rostro. No te encuentro, y el alivio me embarga durante unos instantes.

Pero eres Sherlock Holmes, debo recordar. No te quedarías entre tanta gente, es más apenas si me soportar a mi como para decidir pasar tanto tiempo entre tantas personas.

El corazón se me estruja. Salgo corriendo como loco. Debe haber un sótano, un ático, un lugar desolado donde de seguro te irías a refundir.

Y lo encuentro.

Una puerta apenas visible, en la vieja cocina, abre paso por medio de unas escaleras a un sótano cubierto de moho, asqueroso, olor a orines, y completamente a oscuras. Saco mi celular del bolsillo para iluminar el sitio aparentemente vacío.

En una esquina, envuelto en una bata azul mugrienta, con los cabellos azabaches desordenados, el rostro pálido y la piel alrededor de los ojos de pupilas dilatados, una figura demacrada levanta la vista.

Tú.

Quiero vociferar. Quiero llorar. Quiero golpearte, matarte. Pero lo único que atino a hacer es a pedirte que te pares.

Tardas en procesar mis palabras. Estás tan drogado. Pero al final me obedeces. Durante dos segundos, claro, pues luego tus piernas de doblan y caes al suelo. Al principio creo que es uno de tus trucos. Te visto manipular a las personas, pero cuando comienzas a temblar de manera intermitente y dedico una fugaz mirada a la esquina donde habían estado enfurruñado me doy cuenta.

Una sobredosis. Hay tantas jeringas en el suelo que me pregunto por qué no has muerto aún.

Sigues convulsionándote, y sin poder respirar, te levanto en brazos. En penumbras salgo del sótano. Tú te sacudes en mis brazos gimiendo y arqueando tu cuello. Tu pulso está por los cielos.

Salgo a la calle, y no tengo idea de a donde correr. Solo avanzo por la acera, desesperado, y no sé cómo llego hasta la puerta de una clínica donde entro exigiendo una enfermera a todo pulmón.

Me hacen dejarte en una camilla, y me cuesta separarme de ti.

Paso las siguientes dos horas dando mil vueltas por el pasillo. Pensando en que si algo te ocurriera, yo no sería capaz de soportarlo. No podría. Y mucho menos sabiendo que moriste sin saber nunca cuando te amaba, que hubiera dado la vida por ti si era necesario.

Las palabras que dijiste en mi boda retumban en mi cabeza.

Yo era, ante tus ojos, el mejor hombre. Y te había abandonado cuando más me necesitabas.

Golpeo la pared. Y una voz de una enfermera me llama. Pienso que me va a reclamar por mi acto de violencia.

-¿John Watson?.-pregunta.

Asiento.

-Su amigo está estable. Un poco consiente, y desea verlo-. Me dice.

Mi corazón da un vuelco de alegría. No puedo creer que lo haya salvado. Respiro un par de veces antes de entrar en la habitación, y mis fuerzas menguan cuando te veo en la camilla, débil, temblando, pálido y decaído.

-Sherl…-susurró, incapaz de terminar tu nombre.

-John, yo lo siento…John- dices. Escucharte mencionar mi nombre, me parece lo más hermoso que escuchado salir de tu boca alguna vez.

-Eres un maldito idiota-grito. Acercándome. Me siento en el derecho de gritarte, golpearte, estrangularte, si es necesario. Pero lo que hago es tan cursi, tonto y maravilloso que no me arrepiento.

Me acercó hasta tu camilla, atrapando tu cuello con ambas manos y te beso, profundamente hasta cuando tus labios se hinchan, y nuestras lenguas se rozan haciéndome sentir el paraíso.

-Eres un idiota- me dices.

-Tú más. No vuelvas a hacerme esto, nunca- hablo y vuelvo a besarte sintiendo el sabor salado de tus lágrimas y las mías al descender sobre nuestro beso.

Un crujido de la puerta abriéndose, a nuestras espaldas, me hace dejarte. Al voltearme, el alma se me cae a los pies, el cielo parece resquebrajarse y golpearme regresándome a la realidad.

Mary está de pie en la puerta, con el rostro desencajado, la mirada atónita, abriendo y cerrando la boca.

-John, me llamó una enfermera diciendo que Sherlock había sido internando- habla, temblorosa, su voz quebrada. Acto seguido, sale corriendo sin poder contener las lágrimas.

Una vez más no sé si quedarme contigo o ir tras ella como se supone que debería hacer. Finalmente te dirijo una mirada de disculpa, tú me sonríes amargamente, y salgo tras Mary prometiéndome que volveré por ti.

La intercepto en el pasillo principal.

Trato de explicarle, pero ella llora descontroladamente, diciendo mil cosas sobre que siempre la han traicionado pero que jamás lo esperó de mí. Se me parte el corazón pero tengo que ser sincero.

-Mary, yo te quiero mucho, pero Sherlock…-digo sin querer esconderme nada.

Antes de que yo termine, ella grita:

-John, no quiero exigirte nada, sin embargo- balbucea entre sus llantos- si lo amas, está bien. Si me has reemplazado por él ¡Está bien!-gruñe-pero estoy embarazada- escupe, y el mundo vuelve a darme mil vueltas.

Cuando despierto me doy cuenta de que la noticia de Mary me ha mandado al suelo. Literalmente. La cabeza me palpita, y un médico ilumina mis ojos con una linterna.

Incorporo mi cuerpo lentamente, mareado, y veo a Mary a mi lado, apretándome la mano y sonriéndome.

-Señor, creo que la noticia de su esposa lo ha emocionado demasiado- bromea el doctor, tratando de ser amable. Le sonrío, creo que lo asusto pues decide pronto darnos un momento, y se marcha diciendo que tiene que ver a otros pacientes.

-John….-empieza Mary, con el mismo tono taciturno de hace un momento.

-Mary, no. Te quiero pedir un favor, un solo favor- un sabor amargo asciende hasta mi boca por lo que voy a decir. Pero recuerdo los votos que recité para ella, también el hecho de que ha sido huérfana y siempre ha estado sola, y me maldigo por lo que diré pero…-Mary yo jamás te abandonaría. Por favor, olvida lo que ha ocurrido con Sherlock, olvídalo todo- la abrazo fuertemente, y ella solloza.

Soy incapaz de dejarla.