La Mina de las Oportunidades

Capitulo 2


Genial. Simplemente genial. ¿Es que no me podía morir? ¿Era TANTO pedir? Las malditas rocas me habían caído encima y no me había dado tiempo a echar a correr después de salvarla a ella. Deseaba morirme. Notaba un agudo dolor en ambas piernas. Estarían rotas, seguramente.

Cuando habíamos oído el ruido supe perfectamente que volvería a pasar. Volvería a derrumbarse el techo encima nuestro. Pero ella se burlo de mí. ¿Cómo se atrevía a burlarse de mí? ¡Yo la había salvado! Aunque también había intentado matarla. ¡Bueno, y qué! ¡La había salvado de los policías! ¿Y así me lo pagaba?

Pero cuando estaba a unos metros, escuchamos el ruido justo sobre la cabeza de ella. En ese momento, lo vi claro. Claro no, clarísimo. Debía salvarla… de nuevo. Yo merecía ir al infierno, y la verdad, es que tenía ganas. ¿Por qué no? Al menos ella podría salir con vida.

Me lance hacía ella y la tiré lejos con la mochila. Lo siguiente que recuerdo es las rocas desplomándose sobre mí. Y luego mucho dolor.

Quedé con medio cuerpo fuera de las rocas. La luz estaba extinta. Solo se oían nuestras rápidas respiraciones y nuestros corazones desacompasados, alborotados por el esfuerzo y el dolor.

-Sr. Todd… -me llamó. Quise responder-. Sr. Todd, ¿me escucha? ¿Sr. Todd? –estaba desesperada, y yo sabía que era así-.

-Sal… sálvese… -fue lo último que le dije. Estaba tan cansado. Tan exhausto. Quise decirla que no se preocupara. Que estaríamos bien. Que no me había hecho nada. En cambio, solo pude cerrar los ojos y esperar paciente el final.

Note como sus delicadas manos intentaban averiguar mi expresión. Intentando saber como estaba. Pero al tocar mis parpados cerrados, parecieron arrepentirse y se alejaron de mi. Alejando la única fuente de calor en mi persona y sumiéndome en una triste oscuridad voluntaria.

Pero no llegó. Debí de dormir mucho tiempo.

-S… Sra. Lovett –conseguí articular. No hubo respuesta.

Pensé que se había marchado. Que había considerado mi consejo y había intentado sobrevivir.

Afortunadamente tenia los dos brazos fuera. Mejor dicho, de cadera para arriba estaba libre de escombros. No sentía las piernas. Mala señal. Con cuidado de no hacerme daño, puse las manos en el suelo y me senté apoyando la cara en las rocas. Poco a poco, fui quitando escombros, hasta que pude arrastrarme sin problemas fuera. Tenía entumecidos y ensangrentadas las piernas y los músculos, nada grave.

A duras penas, me arrastré hacia atrás. Llego un momento en que noté varias cosas debajo de las palmas de mis manos.

Era una sustancia pegajosa y grasosa. Aceite, de la lámpara. Luego noté como muchas cosas puntiagudas se me clavaban. Cristales. Los cristales de la lámpara.

Eso significaba que la había dejado allí, pues momento después me tope con la lámpara.

Decidí sentarme contra la pared y descansar un poco. Era obvio que no sobreviviría solo. Y, sin saberlo, me puse justamente enfrente de ella.

-Bueno… -dije a la nada- supongo que este es el final de Sweeney Todd… El final definitivo de Benjamin Barker… Sorpresas te trae la vida –suspiré.

Estiré las piernas, que ya empezaba a sentirlas, y con eso vino el dolor. Me topé con algo que obstaculizaba mi paso. Era algo blando… ¿La mochila? Alargué el brazo para coger lo que fuese. Note algo blando, unas correas. Tiré. Noté una pequeña presión, lo que significaba que algo o alguien lo estaba agarrando.

¿¡Alguien!?

-¿Sra. Lovett? –me aventuré a preguntar, pero no hubo respuesta.

Cogí la mochila y la revisé a tientas, hasta que descubrí los fosforos. Luego busque con la mano –ensangrentada- la lámpara tirada en el suelo. Gracias a Dios aún tenía mecha. A tientas de nuevo, encendí el fosforo. Por poco me quemo la mano. Me quedé embobado mirando la escena a mi alrededor. Pero me di cuenta a tiempo y encendí la lámpara. La dejé a un lado.

Ante mí, la Sra. Lovett estaba sentada contra la pared de enfrente. Con los ojos cerrados y la cabeza caída a un lado. En su mano había un cacho de pan y la otra la tenía tirada en el suelo, con la que agarraba la mochila. A su lado había un gran charco de ¿tinta? Que extraño.

Miré en su regazo. Había un cacho de papel y una pluma. La letra era bastante desigual. Había escrito a oscuras. La cogí con cuidado y leí el contenido.

No voy a poder seguir. No sin ti. Te quiero, Sweeney.

Mi vida fue…

Una vida consagrada a ti, Sweeney Todd. Nos vemos en el infierno.

-S… Sra. Lovett… -susurré, mirando su cuerpo. Estaba pálida, más de lo normal. Sus mejillas no estaban sonrojadas y sus manos estaban llenas de tinta. Lo dije como si se estuviera declarando.

Me arrastré de nuevo y me puse a su lado. Quise moverla, pero cayó encima de mi regazo. Le di la vuelta. Estaba muerta. No sé cuánto tiempo estuve inconsciente, pero fue demasiado. Pude ver el hueco donde estaban mis piernas anteriormente, y pude ver el camino a seguir. No me importaba.

No pensé lo que hacía, pero me abracé a ella como aferrándome a la esperanza de que volviese a la vida. En una acto de locura y enajenación mental transitoria, la besé. Sabía que estaba muerta, nada traería de vuelta a mi Sra. Lovett, pero ese fue mi último acto de afecto y el único que tuve con ella. Me sentía tan culpable. Ella habría matado a mi esposa, y yo pude haberla matado en aquél momento. De una forma horrible y dolorosa. La traicionaría junto al horno, que la acogería en una tumba de candentes llamas, que consumirían su cuerpo poco a poco. Sin embargo, esta forma, no me gustó nada. ¿A qué precio me había engañado? ¡A ninguno! ¡Lo hizo por mi bien! Durante aquellos 3 días de viaje, fui dándome cuenta de que tenía razón. ¿Qué hubiese hecho si lo hubiese sabido? ¿Intentar traerla de vuelta? No hubiese servido de nada. Tan solo para volverme loco yo. Jamás mee perdonaría que ella hubiese muerto así.

La vela parpadeó un instante. Se estaba consumiendo. No dejaría que se apagase. Moriría con luz, para velar el descanso eterno de ella. Para iluminar su profundo sueño. Tal vez tenía razón, tal vez nos encontráramos en el infierno. Pero hasta entonces, yo sería las estrellas de su cielo. Esperaría paciente mi muerte, junto a ella.

No me había dado cuenta hasta ahora. En mi interior, con el paso del tiempo, había ido desarrollando cierta aceptación hacia ella. Cierto… afecto. ¡Demonios, la quería! ¿Para qué negarlo más? Ahora, en el umbral de mi muerte, a las puertas del purgatorio, a punto de mudarme al infierno y sufrir mi condena, no tenía por qué negarlo más.

Solo esperaba que ella estuviese equivocada, que se fuese al cielo, junto a Toby, y no tuviese que sufrir aquello.

Me acurruqué en el suelo junto a su cuerpo, aferrándolo como si de mi misma vida dependiese. Todo esto era tan trágico. ¿Por qué a ella? ¿Por qué a mi? ¿Por qué a él?

¿Por qué ha tenido que morir?

¿Por qué me tuvieron que hacer tanto daño?

¿Por qué tuvo que morir él, el único apoyo de ella?

No tengo respuestas a estas preguntas, sin embargo, tengo la respuesta a una no formulada.

No sabes lo que tienes hasta que lo pierdes.

Lo escribí en el papel y lo puse en las manos de ella. Después, con las mías, aferré las suyas. Me tumbe a su lado y esperé mi muerte.

-Yo iluminaré tu cielo. Seré tus estrellas. Nunca estarás sola. Nunca te dejaré en penumbras –y dicho esto, yo mismo caí en los brazos de Morfeo, en el más profundo de los sueños.