Sin freno de mano – Capítulo 2

Irremediablemente, sus ojos se movieron hasta captar de soslayo su figura. Había subido los pies y éstos estaban apoyados contra el suelo. Sus rodillas se encontraban flexionadas y sus antebrazos y manos descansaban contra su estómago. Murmuró, durante unos segundos, y luego se dio la vuelta hasta quedar echado de lado.

— Me gusta la buena música, el buen vino, el buen cine aunque no pueda disfrutar de él tanto últimamente y la buena compañía. Soy una persona muy social. ¡Me gustan las tortugas! Las tortugas son lo mejor. Ojalá pudiera tener una, pero no creo que sobreviviese demasiado tiempo dentro del camión y tampoco tiene sentido que compre una si se la voy a tener que encargar a alguien. ¡Y me trataría como un extraño porque no estaría acostumbrada a verme...!

Incapaz de resistir sus propios deseos, Francis estalló en una sonora carcajada que dejó anonadado a Antonio. Después de casi medio minuto, la ceja castaña del joven se arqueó y con la mirada le demandó una explicación. El joven de ascendencia francesa se secó las lágrimas que se le habían saltado pero ni por esas pudo dejar de reír por completo.

— Perdona pero me pareces increíble. Estabas hablando de aficiones y de repente has salido con lo de las tortugas. No sé cómo lo has hecho, pero hablabas con tanta pasión, como si fuera un tema de vital importancia y que fuese a preocupar a las masas. Voy a reconocerlo, me ha parecido bastante divertido.

— ¿Tiene algo de malo? Porque de repente me da vergüenza —murmuró entre dientes el hispano, cuyos ojos vagaban entre el suelo y la figura de Francis, azorado. Se había incorporado, por si debía huir para evitar seguir sufriendo ese tormento.

— No he dicho que tenga nada de malo. De hecho, encuentro admirable que demuestres tanto ímpetu para hablar de las cosas más simples. La gente con energía me resulta interesante. Pero si cuando termines tu año sabático encuentras un trabajo más estable, deberías comprarte una tortuga. Se nota demasiado que te encantan y te mereces un capricho.

— ¡Eso mismo pienso yo! —exclamó Antonio, de nuevo al cien por cien de sus capacidades—. Gracias por el consejo, Francis, no lo voy a olvidar. Creo que ya es hora de ir a comer algo. Mi estómago se queja por eso de no haber tomado nada desde hace más de quince horas.

— Qué inconsciente. Deberías comer regularmente, o te va a dar algo un día de estos. Ve, yo casi acabo de descargar el camión.

— Supongo que entonces ya no nos veremos hasta dentro de un tiempo —murmuró Antonio, sonriendo pero con un aire apenado que se negaba a dejarle ir.

— ¿A dónde te mandan esta vez? —preguntó el rubio, que se había visto contagiado por ese sentimiento gris.

— Italia. Según la planificación voy a estar fuera un mes. Pero la última parada es esta misma central, así que espero verte por aquí —su sonrisa desapareció de repente—. Bueno, o no. Si no estás puede significar que has encontrado algo de lo tuyo y por fin has huido.

Francis rio. Sin duda un experto en darle vueltas a todo y hablar de más. Pero, curiosamente, se le empezaba a hacer hasta gracioso.

— De cualquier manera, cuídate y vigila por esas carreteras, ¿eh? Tienes un camión enorme pero eso no quita que te puedas hacer daño.

Una calidez agradable bañó el pecho de Antonio al escuchar lo que el mozo de almacén le había dicho. Aunque fuera egoísta pensarlo, deseó encontrarle de nuevo a su regreso. Le parecía un hombre simpático y le gustaría conocerle más. Siguió su arrebato y abrazó a Francis, el cual permaneció perplejo unos segundos. El aroma de ese hombre se adentró en su pituitaria e invadió cada rincón de la misma. Era una esencia fresca, mentolada, con un toque masculino cargado de vigor y potencia. La mano derecha de Antonio palmeó la espalda de Bonnefoy, el cual sonrió resignado mientras su piel experimentaba el picor.

— Cuídate tú también, ¿vale? —murmuró en voz baja, cerca de su oído. Enseguida se apartó y le observó con cordialidad—. Ten cuidado cargando cajas, no sea que te vaya a dar un tirón, ¿de acuerdo?

— Lo tendré.

El calor del transportista le abandonó, dejándole una sensación extraña. Pareciese que le faltara algo, como el que pierde una bolsa que ha cargado durante mucho tiempo. Aún así, se guardó esos sentimientos y se despidió con un gesto rápido de Fernández, el cual ya se alejaba en busca de un restaurante en el que comer. Efectivamente, sus caminos no se cruzaron durante el resto del día.


En compañía de sus amigos cercanos, Francis había sido testigo del inicio de un nuevo año. Aún seguía en su trabajo de mierda -porque otro nombre no era capaz de darle-, pero al menos tenía un salario que le permitía llevarse algo de comer a la boca y concederse algunos caprichos.

La navidad le había dado un nuevo enfoque a su vida. ¿El motivo? Escuchar las historias de sus familiares mientras comía pollo asado, le había abierto los ojos. La mayor parte de sus primos se encontraban en la actualidad desempleados y habían tenido que volver a casa de sus padres para evitar la bancarrota. En sus ojos había sido testigo de la vergüenza, la impotencia y la tristeza del que no puede conseguir un empleo y siente que no entra en la categoría de adulto de provecho.

Cada vez que Francis, o su madre, contaba que tenía un trabajo de mozo de almacén, todos comentaban lo afortunado que era. En el fondo, él no se sentía afortunado pero, sin duda, se hallaba en una situación mejor que con la que contaban el resto de sus congéneres. En enero, el frío se recrudeció y cuando tuvo que volver al almacén a su memoria regresaron los duros días que había pasado antes de las vacaciones.

El lunes 12 de enero, aprovechando que había terminado de descargar un camión, se untó en crema hidratante las manos y, mientras esperaba a que se secaran, las agitó para acelerar dicho proceso. Se encontraba refugiado en la sala de espera, un cuartucho viejo, lleno de roña en las esquinas y en parte de las blancas paredes. Por suerte el microondas, la máquina de café y la nevera estaban impecables, lo cual le daba a entender que había alguien tan maniático como él trabajando allí. Se preparó un cortado y, aprovechando el calor, recuperó la temperatura de sus manos.

La puerta se abrió en ese momento, dejando paso al frío invernal, por el cual Francis se estremeció de pies a cabeza. No era el único; Gilbert venía hecho un ovillo, temblando por completo y con los labios algo morados. Después de examinar su lamentable estado, Bonnefoy convino que preguntar sería cortesía.

— ¿Estás bien, Gilbert?

El chico, nacido en España pero con familia de raíces alemanas, alzó sus ojos castaños, incluso con matices rojizos, y frunció el ceño. Su cabello rubio estaba tan lleno de canas que realmente, si uno se ponía técnico, tenía el pelo blanco y algunos mechones dorados. Sin mediar palabra, aprovechándose de la confianza existente entre ambos, el joven se fue para él y le puso las manos en el cuello. Francis se tensó y bramó, al mismo tiempo que realizaba aspavientos para apartar de su destemplada piel los témpanos que tenía su compañero por dedos.

— ¿Crees de veras que estoy bien? Pienso que tengo un principio de hipotermia, pero a nadie le importa en este lugar. ¡Claro que no! —exclamó riendo exasperado—. Ese cabrón de Arthur me ha puesto a descargar tres camiones de corrido en los muelles de carga. ¡Ni siquiera me ha dejado una máquina para poder ir más rápido! Con las manos desnudas, tres camiones, doscientas cajas.

— El precio a pagar ha sido bajo, comparada con la que podría haber sido la magnitud de la tragedia...

— No me des motivos para volver a tocarte con mis cubitos de hielo.

Francis alzó las manos, apartándolas de la fuente de calor en la que se había convertido el vaso de café, para darle a entender a Gilbert que no iba a hablar más sobre el tema. Su compañero se preparó una cápsula de café, tomó la taza y se sentó en la silla que quedaba justo frente la de Bonnefoy. Mientras removía el contenido con una cucharilla, pudo observar la nariz rojiza a causa del frío de Beilschmidt.

— ¿Qué has hecho para enfadar tanto a Arthur? —preguntó finalmente—. Me parece una acción cargada de demasiada alevosía, incluso para ser él. ¿Seguro que no has hecho algún comentario sobre sus cejas?

— ¡Ahí lo tienes! ¡Eso es lo peor de todo! Ni siquiera me he metido con él, pero al parecer alguien ya le había conseguido sacar de sus casillas. Por lo que me han contado, ha tenido lío con uno de los camioneros.

— ¿Ah sí? ¿Qué ha pasado? Habitualmente no hay problemas con ellos.

— Uno de ellos quería venir a hablar con un mozo de almacén que decía que conocía. Arthur ha insistido en que esa persona descargaba un camión en ese momento y ha tenido que pararle los pies regañándole. Le ha dicho que esta es una empresa seria y que no puede considerarla su patio de colegio.

Francis se había quedado con las cejas alzadas y los ojos ligeramente más abiertos de lo normal, mirando el manchurrón que quedaba en la pared detrás de su compañero de trabajo. Lentamente, bajó la mirada y cuando enfocó el café lo levantó para apurarlo hasta que no quedó nada de él. Se levantó, se dirigió hacia la fregadera y lavó la taza.

— ¿Ya te vas? Pensaba que tenías un rato para descansar antes de ir a descargar el siguiente camión.

— Sí, pero tengo un presentimiento.

Se despidió de Gilbert escuetamente y abandonó el reconfortante calor de la sala. Según las notas en las hojas que le habían repartido, debía ir al muelle de carga número diez, el cual quedaba más alejado. Vio el cartel que colgaba sobre el correspondiente muelle y paulatinamente acortó las distancias con pasitos cortos. Incluso su respiración se había vuelto más lenta, como si un gran enemigo fuera a ser capaz de detectarle.

A medida que avanzaba, pudo ver en el lateral del remolque las letras en verde que formaban el apellido Fernández. ¿Por qué continuó avanzando como un ladrón? Ni él mismo lo sabía. Fue rodeando el camión, sigiloso, mientras sus oídos percibían ligeros jadeos. ¿Era la voz de Antonio? ¿Qué pasaba ahí? Cuando se asomó, dejando su rostro oculto de mitad del tabique nasal para abajo, vio al joven camionero echado en el suelo, sobre una toalla azulada. De cintura para arriba ninguna prenda de ropa cubría su torso, que se exhibía en todo su esplendor.

Sin duda era todo un milagro de la naturaleza. Sus pectorales y abdominales estaban hinchados, señal del trabajo que su dueño había realizado sobre éstos. Gotas diminutas y difuminadas de sudor poblaban la piel de tonalidad caramelo, pero le llamó la atención una de éstas que, juguetona, había decidido aventurarse más allá de su cuello y descendía por su clavícula y resbalaba hasta rodear uno de sus pezones rosados y duros. El hispano tenía los dedos de las manos entrelazados y posicionados tras su nuca. Los bíceps, tensados por el esfuerzo, se marcaban a cada flexión realizada.

Sus labios entreabiertos permitían la huida de unos pecaminosos jadeos que rozaban contra la humedad de su propia boca. Con el ceño fruncido y sus mejillas y parte de la frente brillantes por el sudor, Antonio se encontraba en la cúspide de su concentración. Después de veinte flexiones, las cuales contó con voz rasposa, gruñó y se dejó caer sobre la toalla, relajando por fin sus miembros. Sus piernas, que se habían mantenido formando un perfecto ángulo para dicha tarea resbalaron hasta que prácticamente estaban reposando sobre el suelo.

Con los ojos cerrados, el español se secaba el rostro, puesto que el sudor le molestaba. Su pecho subía y bajaba erráticamente, con la misión de recuperar el aliento. Francis, cuyo labio inferior había caído víctima de la sorpresa, aún no podía apartar sus ojos azules cielo de la figura que se le presentaba delante. Su propio corazón, que parecía haber dejado de latir durante largos segundos, luchó para salir de su letargo y bombeó con fuerza en su pecho. Por si no fuera poco, no le pasaba desapercibido el cosquilleo que vagaba de cintura para abajo.

Se obligó a desviar la mirada, apretó un labio contra el otro y arrugó el ceño. No era justo. Quien fuera el encargado de la genética había juntado a los dos mejores especímenes del mundo y había hecho que procrearan para crear a ese perfecto ser humano que tenía delante.

Con algo que se resistió a admitir que era lujuria, Francis examinó al hispano mientras éste, ahora de pie, se secaba la piel y se ponía una chaqueta de chándal. Por el bien de su cordura supo que tenía que aparecer o haría acto de presencia una parte de su cuerpo que no pensaba que fuera a reaccionar por culpa del camionero.

— Vas a pillar un constipado como estés mucho rato destapado con el frío que hace.

Los ojos verdes se iluminaron y una sonrisa bendijo su rostro, dejando a la vista una fila de perfectos dientes blancos. Antonio estiró rápidamente los brazos y se acercó al mozo de almacén, que se tensó y retrocedió. Al mismo tiempo, Francis negaba con la cabeza. Aquel gesto detuvo al hispano, que aún permaneció con los brazos extendidos.

— Estás sudado. No, no y no.

— Y tú estás sucio de descargar cajas.

Touché.

Regresó la sonrisa y, sin intención de parar esta vez, Antonio se acercó a Francis y le estrechó entre sus fuertes brazos. Lejos de lo que esperaba, no olía desagradable. Podía notar el aroma de su colonia, que se había difuminado y tenía un toque húmedo. El mentón del español se apoyó en su hombro derecho.

— ¡Feliz año nuevo, Fran!

Sus cejas rubias se alzaron con sorpresa al escuchar el mote cariñoso. Aunque lo intentara, era imposible no dejarse llevar por el ímpetu de ese hombre tan peculiar que, sin venir a cuento, se había encaprichado del rubio menos acostumbrado a ese tipo de comportamiento. Sin embargo, algo le arrastró a reír y con la derecha palmeó amigable la espalda bien formada del camionero.

— Feliz año nuevo a ti también, Antonio. ¿Cómo has estado este tiempo? Te ves bien.

El chico se apartó casi de inmediato, extendió el brazo izquierdo hacia el lado y con la mano derecha se mostró a sí mismo, haciendo un barrido de arriba abajo, hasta la altura de su estómago. Los ojos de Francis se perdieron más de lo que le gustaría admitir y tuvo que corregir su trayectoria para que regresaran al rostro de Antonio, que reía jovial. Al escucharle, inmediatamente sonrió contagiado.

— Ya ves, me mantengo como siempre. He estado por tierras italianas, repartiendo mercancía de aquí para allá. ¿Cómo te han ido las vacaciones de navidad? ¿Has comido hasta reventar? No debes de haberlo hecho, no se te nota nada, estás igual que antes de que me fuera.

— Espero que eso sea un piropo, porque, te aviso, puedo ser terrible cuando me ofendo~ —murmuró Francis, altanero por juego—. Las vacaciones han ido perfectas. Comilonas interminables con la familia, los chismorreos de siempre, tranquilidad y relax. ¿Tú qué?

— En el camión, te lo he dicho. Triste, mi amigo, muy triste. ¿Te puedes imaginar lo que es estar sentado dentro de la cabina, con la radio encendida y una lata de uvas en almíbar, esperando a que sonaran las campanadas? Pero bueno, cuando he vuelto y me han dicho que aún estabas trabajando aquí me he puesto bastante contento.

— Déjame adivinar, te has peleado con Arthur porque querías venir a verme.

El español estiró el cuello y abrió los ojos como platos, perplejo. Acto seguido hizo un puchero y se encogió de hombros. Francis tuvo que morderse el interior del labio para no echarse a reír ante ese panorama. Le fascinaba la expresividad que mostraban los rasgos del camionero.

— ¡Su amargura ha alcanzado un nuevo hito! Yo creo que no mojó el churro en navidad y le está pasando factura. Ya ves tú lo que le hubiera costado dejarme ir a felicitarte el año. Me habían dicho que descargarías mi camión, ya podría haberte entretenido luego hablando~

— Vaya, vaya. ¡Menuda mente preparada para el mal tienes! —replicó Francis con un deje de ternura que, a posteriori, le sorprendió. Antonio, por su parte, no dio señales de haberse dado cuenta.

— Quiero enseñarte algo. Espera un momento, no te muevas.

Mientras Francis alzaba las cejas, curioso, Antonio fue veloz hacia la parte delantera, abrió la puerta y subió dos peldaños. Ni siquiera se metió entero en la cabina, con el culo en pompa, rebuscaba por la parte de abajo del asiento, evitando tierra y algún envoltorio de las dulzainas que comía mientras conducía, los cuales se habían caído sin que él se hubiera llegado a percatar.

Su curiosidad había sido derribada por la lasciva necesidad de observar un trasero que, a pesar de no percibirse completamente, se insinuaba como una de las mejores obras de arquitectura de todo el siglo veintiuno. Sus ojos azules habían sido conquistados por los dos montículos, que producían unos sinuosos y atractivos movimientos oscilantes.

Perdido en el delirio, Francis se encontró a sí mismo con un pensamiento claro: "Me gustaría ver ese trasero sin ropa". Casi de inmediato, todo su cuerpo se tensó de arriba abajo, como si fuera un gato. Carraspeó y ladeó la mirada, aunque todo su interior clamara indignado por perder de vista un espectáculo impresionante. Gracias a los cielos, Antonio encontró lo que fuera que estuviera buscando y recuperó su pose normal, apartando de sus ojos el divino don con el que había sido bendecido.

No fue hasta que la sangre regresó a su cerebro que se fijó en que Antonio tenía en las manos una bolsa. El varón observó primero a su acompañante, luego a lo que tenía en las manos y, finalmente, se la tendió a Bonnefoy. Éste, confundido, no encontraba en su cabeza cuál era la siguiente acción a realizar. Su torpeza, provocó una carcajada gloriosa que, por primera vez, le estremeció de manera extraña.

— Venga, ¿por qué no lo coges? Es para ti, ¿sabes?

— ¿Para mí? ¿Cómo que para mí?

Aprovechando su vulnerabilidad, Antonio se aproximó, tomó las manos de Francis y le pasó la bolsa que, para su sorpresa, pesaba bastante. Fernández dio un paso atrás, para poner cierta distancia entre ellos, y le observó complacido. El rubio parecía estar perdido y no podía decidir qué hacer a continuación.

— Para ti, como en un regalo. Estaba en Italia y me acordé de ti, así que te compré algo. Puedes considerarlo un detalle por aguantar mi constante e insoportable verborrea.

— Pero... Espera, ¿lo dices en serio? —preguntó, levantando la mirada para enfocar al conductor de camiones. Sus ojos se abrieron con sorpresa al descubrir que no había segundas intenciones—. Madre mía, lo dices en serio.

— ¿Por qué bromearía sobre algo así? ¿Piensas que en mí existe tal crueldad? De ser así, voy a empezar a preocuparme.

Mientras argumentaba, Francis se encargó de sacar lo que había en el interior de la bolsa. Descubrió que en sus manos había acunado una botella de Brunello, importado directamente desde la zona de La Toscana. Aunque no contara con tal grado de maestría, podía identificar que aquel era un vino de gran calidad y, por supuesto, elevado precio. Boqueó, con la vista fija en el cristal verde, hasta que su cerebro procesó lo que ocurría y entonces enfocó al hombre frente a él, el cual portaba una sonrisa satisfecha.

— Antonio, este vino es caro y muy bueno. No puedo aceptar un regalo así. Yo no... No tengo nada para ti. No puedo compensarte por un regalo tan bueno.

— ¿Compensarme? No tienes que compensarme nada, Francis. Te lo he dicho antes, me acordé de que te gustaban los vinos y no pude resistir la tentación. Tampoco voy a traerte vino cada día, así que podrías al menos aceptar mis buenas intenciones.

— ¡Pero...!

Francis adoptó una expresión de animal abandonado, con los brazos extendidos hacia Antonio, pidiéndole en silencio que no le pusiera en tal compromiso. El hombre le sonrió, tierno, y se aproximó hasta él. Las manos grandes, cálidas y algo ásperas del camionero envolvieron las suyas y guiaron a sus dedos a aferrar la botella y a acercarla a su pecho.

— Puedes compensármelo pensando en mí cuando la bebas. De mis conocidos, sólo tú puedes apreciar lo bueno que es este caldo.

Cuando apartó las manos, pudo sentir el frío carcomer las suyas. Por un momento, añoró el cobijo que le había proporcionado el hombre de cabellos castaños. Centró su atención en la botella, aún indeciso, pero no se le ocurría ningún motivo por el cual rechazar un regalo de dichas características sin herir los sentimientos de Antonio. Notaba su propio pulso acelerado y una vergüenza que le aplastaba el corazón.

— Gracias, Antonio. Te prometo que la disfrutaré.

El hispano sonrió, contento por poder ver una faceta de Francis que no había conocido hasta ahora, la tímida, la que se aturrullaba cuando la gente hacía cosas buenas por él. Tuvo la certeza de que había hecho lo correcto al comprarle el vino. Respiró hondo y suspiró al dejar ir el aire acumulado en sus pulmones. Sus músculos se estaban enfriando y todo su cuerpo se sentía húmedo hasta un punto incómodo.

— Bueno, creo que voy a dejarte por un rato. Debo ir a buscar una ducha, cambiarme de ropa y, de paso, ver si hay algún hostal en el que pueda pasar la noche. Mañana por la mañana ya salgo de nuevo.

El rostro de Bonnefoy se alzó de inmediato al escucharle decir eso. En su pecho algo anidó, pero no quiso ni analizar lo que era.

— ¿Tan pronto? Pensaba que esta vez te quedarías más tiempo. ¿A dónde te marchas?

— Creo que me llevan a Rumanía y a la zona de los Países Bálticos. Lo malo es que después me van a mandar a Rusia. No creo que pueda volver antes de la primavera. ¿Piensas que estarás aquí cuando vuelva?

Sus ojos verdes a la pálida luz del invierno se veían helados pero, al mismo tiempo, candentes y nobles. Había en ellos un algo que había provocado un vuelco en el estómago de Francis. Asintió un par de veces, sin separar sus labios para hablar. De nuevo fue recompensado con una de esas sonrisas perfectas.

— Entonces estaré esperando. Cuídate mucho estos días, ¿vale? Las temperaturas están bajo mínimos y trabajáis mucho en exteriores.

Mudo, Bonnefoy asintió de nuevo. Su garganta se había apagado después de saber que iba a estar un tiempo sin verle. No hubiera imaginado hallar un sentimiento tan intenso por ese personaje al que, en el fondo, no conocía de tanto. Pero, con su personalidad, Antonio se había logrado un hueco en su corazón. Pensar que podrían estar entre cuatro o cinco meses sin verle, le entristecía.

Dicho sentimiento fue percibido con facilidad por Antonio, el cual recibió el peso de la culpa por completo sobre sus hombros. Desde que decidió tomar ese trabajo tuvo consciencia de lo que esto supondría para su vida social. Pero, aún así, le gustaba tanto la interacción con el resto de personas que no podía prescindir de ella. Lo malo era ver en los ojos azules la pena y saber que esa expresión había emergido por su culpa. Se dio la vuelta, incapaz de ver por más tiempo lo que provocaba por su egoísmo. Francis no había recuperado el habla y le dolía el silencio. El rubio seguía intentando romper con ese sentimiento de aflicción que le había aturdido los sentidos. Lo que estaba claro era que Antonio se iba y que no le volvería a ver en meses. No podía ser que lo último que le hubiera dicho fuera "¿A dónde te marchas?".

— ¡Tú también ve con cuidado! —exclamó, por fin con su voz de regreso—. Me da la sensación de que no te preocupas nada por ti mismo, sólo por los demás. Así que ten cuidado. Rusia es conocida por el frío, abrígate. No puedes ponerte a hacer ejercicio casi desnudo.

Antonio se detuvo de golpe, como si le hubieran pegado los pies al suelo con pegamento. Sus labios, algo agrietados a causa del frío, se curvaron en una sonrisa enternecida. Ladeó el rostro, para poder observarle de soslayo, y aún le llegó más el verle de esa manera, nervioso pero al mismo tiempo seguro de sí mismo.

— Está bien, Fran. Lo tendré, no lo dudes.

Sujetó con fuerza los sentimientos, que rugían como un león salvaje, y se retiró. Tenía que ducharse y ponerse ropa abrigada o al final cogería un buen catarro. Sin embargo, con lo que había logrado ese día, Antonio se sentía más que satisfecho.


¡Hooola!

Como anuncié en Twitter, actualización al canto uvu. Quiero contar algo sobre esta historia, pues se me olvidó en el primer capítulo. Vivo en un pueblecito que tiene un polígono industrial por el que paso todos los días. Uno de esas mañanas iba de camino al trabajo cuando vio un camión grande que tenía en el remolque pintado "Fernández". Me llamó la atención ya que normalmente tienen nombres de las empresas, no un apellido. Me reí y pensé: Uy, Antonio es camionero. Aunque me reí más al ver que en la cabina llevaba una "matrícula" de estas decorativas que ponía Carlos (para quien no lo sepa, así suelo llamar a Portugal en mis fanfics XD). Así que no podía dejar de pensar en eso, en Antonio camionero y se me ocurrió un fic bonito en el que Antonio fuera camionero y Francis mozo de almacén del que se "encaprichara" de una manera tonta y al que le traía regalitos, souvenirs, de todos esos sitios que visita.

De esa idea nace este fic y espero de todo corazón que os guste. Es super fluff y me calienta el corazón. Ya volveré a publicar cosas destinadas a destrozar vuestro alma :D (osquieronomedejéis)

Zenithia, jajaja siento haber tardado, tuve bloqueo inspiracional al poner el título, como siempre xD Ay no me hagas pensar lo de carreras y todo eso que me dan los calores. No hagas pensar a mi mutilada mente que tengo un fic a medias y no puedo planear otro xD Francis está molesto por su situación y Antonio invade su espacio personal sin pensar que eso le pueda violentar. Error xD. Pobrecico que no socializa, por eso necesita luego hablar de tonterías sin pensar en si molesta o no. Correcto, tengo un fic basado en la historia de La Sirenita xD. No tengo previsión porque aún tengo fics en cantera más antiguos pero lo acabaré subiendo segurísimo :)

LaTipaAby, ¡lo siento! He tenido problemas técnicos XD No sé, espero que te guste. A diferencia de otros fics, siento que este es más sencillo, pero aún así le tengo bastante cariño. JAJAJA lo del camión de la fruta. Me ha dado hasta penilla imaginarlo. En mi mente lleva cosas de textil, piezas para máquinas del sector, cosas así, quizás sugestionada por lo que veo a diario xD

Maruychan, jajaja no sé cómo sentirme al respecto. Pues este no lo escribí hace tanto… Fue…entre julio y agosto del 2015. Holy shit hace más de un año xD. Y encima sólo recuerdas lo guarrete XD Bueno, al menos espero que lo disfrutes de nuevo. Esta vez te aviso de la actualización xD

Y eso es todo por esta vez

Nos leemos en el siguiente capítulo.

Saludos,

Miruru.