Inuyasha © Rumiko Takahashi


II

Información extraoficial

Otras circunstancias habrían sido requeridas para aceptar lo que estaba ocurriendo en su estudio. Y con otras circunstancias se refería a un humor distinto, pues ese día no estaba para visitas forzadas, mucho menos la de una mujer que no era siquiera capaz de camuflar sus persistentes observaciones de su persona. Las mujeres en general tenían una cierta tendencia a mirarlo sin reparos, pero esta, bajo su techo y en su presencia, estaba demostrando poner a prueba su paciencia.

Su trato distante, en extremo formal y severo, propiciaron un ligero cambio en ella, uno que hasta cierto punto lo sorprendió, pues cuando la experiencia le había demostrado que otras se ofendían, esta parecía más relajada, hasta se permitió dejar de manifiesto su buena predisposición con sonrisas conciliadoras.

No se decidía si aquello hacía la situación más fácil o más laboriosa. Y una mujer que no actuaba como la hacía la gran mayoría le ponía en un sitio de relativa desventaja. No estaba completamente cómodo con ella, algo había en el nuevo aire a su alrededor que le indicaba que fuese precavido.

—Mi deber es elevar asesoramientos sobre el patrimonio cultural público y privado y delinear metodologías para su preservación, esté en manos de quien esté. Usted compró lo que muchos consideran debería ser Tesoro Nacional por lo que, debe saber, no podrá hacer uso y abuso de este castillo. Hay procedimientos y normas que deben respetarse.

Hizo silencio pero sin su voz para acotar nada, prosiguió:

—A lo largo de los años se han llevado a cabo numerosas refacciones, se han agregado facilidades más propias de la modernidad, tales como plomería y electricidad, y todo pudo ser gracias a la aprobación que hizo el gobierno. Si usted considera que alguna modificación es necesaria o deseada, lo deberá consultar conmigo; yo seré su nexo con las autoridades competentes.

Autoridades competentes, pensó con sorna.

—¿Me está usted diciendo que para hacer lo que sea en mi casa debo pedir permiso?

—Así es.

La voz de Jaken anunciando el arribo del té lo puso en aviso para no delatar su desagrado por lo que estaba escuchando. Se distrajo con la sonrisa feliz que dibujó cuando avistó la infusión y hasta que no vi todo frente a sus ojos, no recordó el hilo negro de sus pensamientos.

—La idea, Sr. Taisho, es que el castillo conserve sus características originales y sea preservado, por supuesto.

—En tal caso, debió ser expropiado por esas "autoridades competentes" de las que habla.

Ella liberó una risa.

Él dio un sorbo al té.

—El proyecto existió en varias oportunidades pero por diferentes razones siempre fue truncado. Durante doscientos años se ha intentado requisar pero ya hay sectores del gobierno que se han resignado.

Saber eso le complació.

—Debo preguntarle, ¿es esta su residencia permanente?

—No.

—¿Ha considerado emplear al personal que ya trabajaba aquí?

—Sí —su interrogatorio prometía sacar lo peor de sí de un momento a otro.

—Le agradezco. No sufrirá decepciones, son personas muy capaces y conocen el sitio en profundidad. Encontrará en ellos la eficiencia requerida por este lugar.

Ella bebió y él sintió el silencio hacer peso sobre sus hombros.

—Sé que no le emociona el prospecto de tener que rendir cuentas por un sitio que, en definitiva, es de su propiedad, pero confío en que sabrá entender la envergadura de una obra arquitectónica de estas características y por qué estoy yo aquí.

Asintió.

—Debe saber —¿y ahora qué?— que lo visitaré en el futuro. Pero no se preocupe, la normativa indica dos veces al año. No violentaré su privacidad y no supondré una imposición, y nuestras reuniones serán de acuerdo a sus disposiciones.

De un maletín extrajo una nutrida carpeta de cuero y la dejó a su vista.

—Copias de toda la documentación que existe del sitio. Lo que desee saber de forma oficial está aquí.

La miró.

—¿De forma oficial?

Otra sonrisa, pero esa fue más en son de complicidad.

—Por eso me alegra saber que decidió conservar a los empleados.

Curioso.

—Le dejo mi tarjeta —Kagome Higurashi, Licenciada en Historia del Arte y la Arquitectura, Especialista en Historia Feudal— para lo que sea que surja.

Se puso de pie y la imitó al instante.

—Gracias por su tiempo, Sr. Taisho.

Le ofreció una inclinación de cabeza y corrió la puerta para ella. Una vez envuelto en su anhelada soledad, se preparó para leer todo lo que esa carpeta podría llegar a ofrecer.

Ya lo había dicho ella, aquella era la información oficial, lo que cualquiera podía saber, a lo que todos tenían acceso. Detallaba la información básica del llamado "Castillo de Fuego", cuya denominación le resultó vagamente familiar, extrañamente; todas las remodelaciones en orden cronológico, los propietarios previos, los empleados que en los últimos cien años habían ofrecido sus servicios en dicha residencia, informes de museología, documentación formal, inventarios, recortes de periódicos, fotografías, en fin, lo más esencial y mundano posible. Nada llamó su atención. No es que muchas cosas lo hicieran, pero considerando que había comprado un castillo feudal, aquello era, podría decirse, decepcionante.

Guardó la carpeta sin mucha ceremonia y decidió proseguir con sus pericias desde un nuevo enfoque. Su última visitante había dejado implícito que sus empleados sabrían decirle algo más interesante que lo que una carpeta llena de formalidades pudiese llegar a ofrecer.

Sin más, entonces, caminó hasta la cocina.


No podía borrar la sonrisa de su rostro, no existía método en el mundo que eliminase la satisfacción que la dominaba. Había llegado a considerar que sus almas no volverían a encontrarse, no con lo tormentosa que había sido nuestra última experiencia juntos, y sin embargo, allí estaba él, en su legítimo hogar. El hijo pródigo regresaba.

Recordó su voz grave, profunda, iniciando en lo que simulaba un sonido gutural para luego salir en forma de seda, como un líquido viscoso, suave y lento. Se había removido por completo, la había llevado al pasado, a sensaciones que su espíritu no olvidaría nunca, a imágenes que no recordaba pero que sus retinas habían guardado por siglos parecía.

Su celular la arrebató del ensueño de sus evocaciones y sonriendo con su interlocutora, contestó.

—Tuve un sueño anoche —comenzó sin más.

—¿De qué trataba?

—Lo he visto, en su armadura y triunfal.

Sonrió. Si supiera.

—Lo he encontrado.

Un silencio sugestivo le avisó de su asombro.

—¿Dónde?

—En su castillo.

—¿Estás segura de lo que dices?

—Tengo la absoluta certeza. Me bastó con verlo un segundo.

—Eso es todo lo que debería tomar para reconocerlo —concedió.

Ella ya no sabía qué decir e indagar en las posibilidades de las acciones futuras la ponía nerviosa. Temía forzar o apresurar los hechos y lo cierto es que en situaciones como aquellas, lo mejor era permitir que las circunstancias fluyan, por sí solas y a su tiempo.

Claro que aquello no la privó de sentirse eufórica y ansiosa.

—Guarda la calma, Kagome.

Sin necesidad de despedidas ni mayores formalidades, colgó, y para ese momento ya había llegado a su auto, por lo que sin más preámbulos, aunque anhelando poder permanecer más tiempo allí, se marchó. Pero pudo hacerlo con una sensación de certeza como hacía tiempo largo no experimentaba; con una corazonada de que estaba próxima a algo importante, algo por lo que había estado aguardando durante años incontables.

Sí, es él. Sus últimas dudas se disiparon como vapor al sol, y la sonrisa en sus labios no desapareció hasta que regresó a casa para ver los vestigios de un accidente con café en su cocina, y a su autor ausente.


NA: Esta será una trama un poco más rebuscada, con más detalles pero cualquier duda, siempre respondo, así que pueden preguntar qué mierda es lo que quiero decir jaja. Sé también que se entiende poco y nada lo que está pasando ahora pero como he dicho en oportunidades anteriores: todo se explica eventualmente.

PD. Régimen de actualización: semanal :D