GAARA (1)

A lo lejos se podía apreciar una enorme torre azul oscuro, puesto de los años que llevaba en pie, guardada entre grandes muros y una puerta levadiza. A la señal de Irie, acompañante de Gaara, les dejaron pasar sin ningún problema.

Gaara no estuvo muy de acuerdo con la decisión de sus padres de continuar sus estudios en la Gran Torre Adamantina, pero no tuvo otra opción que aceptar. Famosa por el talento y el éxito que llegan a tener los alumnos residentes, a cualquier aprendiz de mago le parecería un sueño poder asistir ahí. Sin embargo, Gaara había escuchado tantas historias alentadoras como esta, así como otras que no lo eran tanto.

Pasaron los muros bajo la atenta mirada de los presentes, hecho que no pasó desapercibido por el pelotón. Gaara sintió que sus malas vibraciones respecto a este lugar no eran solo imaginaciones suyas.

Su pequeño grupo que le acompañaba se dividió, Irie y Gaara se adelantaron dejando al resto atrás.
El pelirrojo se bajó de Benik, su caballo, y lo amarró. Cuando se dio la vuelta se encontró con Irie acompañado de un anciano de grandes ropajes como si fueran varios mantos de color blanco y negro apoyado sobre un bastón.

— Señor Gaara le presento a Kurusu, sacerdote y señor de la Gran Torre Adamantina.

— Es un placer conocerle, señor — inclinó su cabeza Gaara, Kuruso le indicó que dejara de hacerlo.

— He oído hablar sobre ti joven Gaara, espero que lo que he escuchado no hayan sido rumores infundados.

— No sé exactamente qué es lo que ha escuchado sobre mí, pero haré todo lo posible en no decepcionarle ni a usted ni a nadie.

— Espero que así sea, no querría imaginarme si tal cosa ocurriese, por lo que sé su padre no es un hombre que tolere esa clase de… actos tan inaceptables, y ahora si me disculpáis — y sin más se despidió de los presentes y entró dentro de la torre.

Irie y el Gaara se miraron uno frente al otro, esperando que alguno de los dos rompiera el silencio en el que siempre acababan envueltos cuando estaban a solas; mantenían una conversación sin articular palabra, tan solo con la mirada. Para Gaara Irie era como una extensión de su padre, igual de manipulador y sobresalientemente fiel, otros dos ojos evaluándole constantemente. Irie siempre había sido de confianza para su padre, un gran amigo de la familia aunque no por eso era de agrado para el pelirrojo.

Ambos habían acordado que Gaara, quien había manifestado grandes dotes para la magia desde temprana edad, se adiestraría en esa materia en la Gran Torre Adamantina, famosa por el éxito de los magos investidos allí. Al terminar sus estudios pronto se reuniría con su padre, Sabaku no Subaru, y se convertiría en un magistrados digno de Áhdragon, siguiendo sus nobles pasos y brindándole honor a su familia.

— Buena suerte señor Gaara en su instrucción. Su padre me ha pedido que le diga que por favor no olvide por qué está aquí, pronto le necesitarán y confío que usted sabe que el tiempo apremia.

El pelirrojo cerró sus puños con fuerza y frunció el ceño.

— Sí, sé muy bien qué es lo que se espera de mí. — respondió el joven con desagrado, que sin más se dio la vuelta y se dispuso a marcharse del lugar. Los labios de Irie dibujaron una sonrisa que no pudo esconder, y es que conocía aquél joven tan bien como la palma de su mano.

Gaara suspiró con pesadez y se dirigió hacia donde había amarrado a Benik con la intención de guardarlo. A medida que caminaba reflexionaba sobre los cambios que le acontecían en su vida, de ahora en adelante estará a cargo de ancianos meticulosos y mangoneadores. Por el bien de la familia deberá cuidar su imagen y ser respetuoso, aunque ninguno de los presentes en la torre sea respetado por el joven pelirrojo. Aun así, entendía esta tarea como su deber, muy a su pesar, y como un incentivo pensó que podría ser tomada como una oportunidad de poder indagar más en el conocimiento de la magia.

— Hola, nuevo. — Gaara se dio la vuelta para ver quién era aquel que se había atrevido a hablarle tan coloquialmente, puesto que no eran muchas las que le tuteaban. Una joven aparentemente de edad igual a la suya, de apariencia bastante extraña pues tenía su cabello dividido en dos colores, la mayor parte de la cabeza era de color verde oscuro recogido en un moño mientras que dos grandes mechones le caían por encima de las orejas de color naranja. A Gaara le llamo la atención la ropa que llevaba, parecida a la que el sacerdote Kurusu vestía salvo que esta era más sencilla y llevaba una cinta que le rodeaba el pecho, esta vez de color rojo. — Debes de ser alguien realmente excepcional si el maestro ha salido a darte la bienvenida. Ese anciano no se deja nunca ver.

A Gaara no le apetecía contestarle, le parecía molesto la manera tan familiar con la que le hablaba. No gastaría mucho tiempo mandándola al mismo Nalhkim, señor del sacrificio, la tortura y la putrefacción, pero imaginó que si en algún momento debería partir de ese lugar preferiría que fuese en paz y sin tener asuntos con nadie.

— Algo así. —respondió y volvió a su tarea de desatar a su caballo, dándole la espalda al otro joven de melena color crema.

— Vaya, entonces eres "algo así" como un noble ¿Cómo te llamas?

Gaara hizo un esfuerzo sobrehumano para no coger su espada y asesinarla en ese mismo instante. Realmente le molestaba esa chica.

— Es descortés preguntarle el nombre a otro sin presentarse uno primero. — dijo cortante.

— Mis disculpas. Mi nombre es Pakura, Shakuton no Pakura. ¿Y el de su majestad es…?- respondió con una sonrisa socarrona.

Y en un segundo y con la espada envainada el pelirrojo intentó golpearla de forma certera, pero con un rápido movimiento la peliverde no solo lo esquivó, sino que dio una pequeña patada a ras del suelo que tiró a Gaara hacia atrás cayendo al suelo. Pakura no le dio tiempo al pelirrojo a que desenvainase su espada pues cuando éste levantó la cabeza se encontraba con el filo de la espada a centímetros de su rostro. Y por lo que pudo apreciar la hoja estaba bien afilada.

Gaara se quedó impresionado por cómo le había derrotado en cuestión de segundos, si hubiese querido lo habría matado sin derramar una sola gota de sudor. Esa sensación era insólita para él.

Benik, ante tal espectáculo, comenzó a relinchar y a ponerse nervioso al ver aquel acero afilado. Gente de alrededor observaba en corro lo que estaba sucediendo pero a ellos dos pocos les importaba.

— Y me dices que yo soy descortés ¿se puede saber qué clase de noble eres tú, atacándome de repente mientras me presentaba? ¿Los nobles no sois esos que cuidáis las apariencias sobre cualquier costo?— dijo manteniendo esa sonrisa burlona y observando desde arriba el rostro fruncido de su adversario.

Gaara se levantó y lo agarró tan fuerte del cuello que levantó sus pies del suelo.

— ¿Estás seguro de querer llevar esto a mayores?

— ¿Es que acaso te gusta el sabor de la derrota?

Le soltó empujándole hacia atrás de un empujón y cuando iban a echarse encima uno de otro espada en mano, a centímetros de llegar a su objetivo pararon en seco con la llegada de un nuevo espectador, uno de los letrados.

— Sabaku no Gaara, ha sido citado en el despacho del sacerdote maestro Kurusu. En este mismo instante. —ordenó aquél clérigo.

Gaara se alejó de aquella chica y guardó su espada. Se maldijo a sí mismo por haberse dejado llevar de esa manera tan poco usual en él, era evidente de que aquel no era un buen día para él pero mucho menos lo era para aquella peliverde que sin duda había conseguido enemistarse con él en un periodo de tiempo tan breve.

(* * *)

— Hace tan solo unos momentos me has asegurado que no me decepcionarías, veo que tu palabra no tiene validez. —la dureza de su voz hería el orgullo del joven aprendiz de mago

El anciano sacerdote se encontraba sentado contraído en su silla acompañado de dos letrados a cada lado. Gaara, arrodillado sobre una rodilla, con su cabeza inclinada.

— Me siento muy apenado señor, por favor acepte mis disculpas.

— Dado el espectáculo que nos has hecho contemplar, no te hace ver más que otro niñato de alta clase que se ampara bajo la influencia de sus padres.

— Lo lamento, le demostraré de lo que soy capaz de hacer y mi gran devoción por la magia.

— En ese caso… — continuó el anciano— ¿te importaría hacernos una pequeña demostración?

Gaara aceptó la proposición del sacerdote Kurusu y vio en ella su oportunidad demostrarle de lo que era capaz, se puso de pie y bajo la mirada de los presentes, empezó a concentrarse y a sentir recorrer su energía por todo su cuerpo. Estiró sus brazos y consolidando su energía en un solo punto, movió sus manos y al momento los presentes emitieron un pequeño chasquido al ver cómo varios objetos de la habitación empezaban a flotar en la habitación como carentes de gravedad.

Los letrados que acompañaban al sacerdote mostraron una gran mueca de sorpresa, mientras que el señor de la Gran Torre Adamantina lucía una gran sonrisa de satisfacción.


Ire-chan