"Soy la única de los dos que está enamorada."
Mayo 13, 2018.
Charlie decidió que una vez cumplido su deber de hijo, tenía cosas más apremiantes que hacer y Danny lo escuchó correr escaleras arriba seguido de Eddie. Era una visión hermosa, honestamente, un contraste perfecto con el recuerdo débil que había visto Danny cuando supo que era su hijo. Quizá por momentos le costaba un poco seguirle el ritmo pero mayormente también lo vigorizaba. Era un aspecto de la paternidad que sentía que no había podido aprovechar por completo con Grace en el pasado por falta de tiempo compartido. Charlie tenía seis años ahora y era la edad que su hija había tenido cuando Rachel y él se divorciaron. Eso la había cambiado, los había cambiado a los tres y él no podía dejar de pensar que había perdido preciosos momentos también.
Si seguía pensando así iba a terminar deprimido.
—¿Quieres tomar algo, Danny? —preguntó Rachel.
No se perdió la mirada hosca que Grace lanzó en dirección a su madre. Procuró ignorarla.
—Sí, estaría bien. Gracias.
—Voy a hablar con la abuela ahora para saludarla porque Charlie no me va a dejar hablar cuando agarre el teléfono —dijo su hija, repentinamente.
En Nueva Jersey estaban ocho horas más adelante por lo que tenía sentido. Danny había llamado antes de ir a llevar los regalos, que habían quedado en su auto para que Charlie no se los diera a su madre antes de tiempo, a la casa de Rachel, y le había dicho a su Ma que los niños probablemente querrían saludarla luego.
No obstante, la expresión en la cara de Grace escondía claramente algo, más allá de la intención dicha, y Danny vio a Rachel suspirar cuando su hija desapareció de la sala.
—¿Has notado algo extraño con Grace últimamente?
Creía que había sido solo con él.
—Ha estado distraída —comentó, diplomáticamente.
Rachel lo miró por un largo momento, como si esperase una respuesta diferente. Tras un momento, sacudió la cabeza en negación silenciosa. Estaba sonriendo cuando volvió a mirarlo.
Habían llegado a un punto en el que podían estar en la misma habitación sin sentir que habría una explosión pero les había costado, a ambos, bastante. Por mucho tiempo pensó que no podría perdonarle a ella lo de Charlie pero era difícil, considerando lo que habían pasado juntos, la historia que arrastraban.
—El otro día antes de irse a la escuela me dijo que no quería una fiesta para su cumpleaños. Estaba de mal humor… Creí que te había dicho algo.
Danny parpadeó. Esa información era nueva.
—No me dijo. —Grace sabía que Danny podía adivinar cuando estaba de mal humor por escuchar su voz. Eso explicaba por qué había estado tan callada durante todo el sábado—. Nuestra hija es muy adolescente, Rach. Eso es todo.
Estaba en plena adolescencia, de hecho.
Danny había esperado los cambios bruscos de ideas, los ojos en blanco y el rechazo típico de la edad a los adultos. Había períodos donde podía reconocer a su dulce niña debajo de todas esas hormonas descontroladas, lo que era un regalo.
Teniendo en cuenta lo que había vivido, lo que le habían hecho vivir, podía ser peor.
Mucho peor.
«¿Quieres que te recuerde lo que les hacías a mamá y a papá a los dieciséis años, Danny?» le había preguntado su hermana Stella, la única que tenía un hijo que ya había superado la adolescencia. Había sido siempre la menos alocada de los cuatro e incluso así había tenido sus momentos difíciles durante la pubertad. Ni Bridget ni Matty había salido indemnes a todo el cambio y Danny... Danny no quería recordar esa época por razones muy distintas al revuelo hormonal.
Rachel frunció el ceño, poco convencida.
—¿Quieres que le hable? —preguntó él.
Si realmente su hija había cambiado de opinión y quería cancelar la fiesta que habían planeado originalmente, tendría que haber una razón. Gracehabía pedido la fiesta desde hacía tiempo porque la veía como una oportunidad para reunir su pasado y su presente. Quizá no había vivido toda su vida en Jersey pero lo recordaba con ternura y Danny la había llevado varias veces a lo largo de los años para pasar tiempo con sus raíces.
Era la oportunidad de traer a los Williams a Hawái y sabía que su hija estaba entusiasmada con era perspectiva de muy buena fuente —es decir, Bridget.
Tranquilamente podía ser un capricho rebelde del momento.
—Espero que tengas mejor suerte si lo intentas —respondió con una pequeña mueca de tristeza—. A veces ya no sé cómo hablar con ella, Danny.
—Es una adolescente, Rachel. Y es nuestra hija. Mi madre, o mis hermanas más seguramente, te contaron todo sobre mi adolescencia. Ya sabes lo que fui.
Una pequeña sonrisa asomó en su rostro. Danny envidiaba que el tiempo no pareciera pasar para Rachel, seguía luciendo igual de hermosa que el día que la había conocido.
—Sí —contestó. Había una melancólica sonrisa en su cara—. Tampoco fue una época fácil para mí.
—¿Ves? Ya pasará.
Si Steven estuviese escuchando lo que salía de su boca no lo dejaría vivir en paz.
—Gracias, Danny —dijo Rachel, dándole un apretón a su mano y deshaciendo la escasa distancia que los separaba en el sofá con el gesto—. Eres un buen amigo.
Pestañeó, sintiendo una horrible sensación de déjà vu y el recuerdo llegó a su mente como una lluvia de agua helada. Eran las mismas palabras que había usado en la clínica, cuando estaban esperando el nacimiento de Charlie.
Rachel debió ver el cambio en su cara porque su expresión titubeó, la sonrisa se desvaneció en lento barrido y su brazo se retiró.
La edad había suavizado muchas asperezas, pero no borraba todas las memorias. Todavía le dolía como el infierno haberse perdido tres años en la vida de su hijo por una decisión suya, tres preciosos años que jamás recuperaría, pero tenía toda la vida para compensarlo. Y no podía odiar a Rachel para siempre. Sí, ocasionalmente odiaba lo que había quedado entre ellos, esas heridas invisibles que todavía no parecían haberse transformado en cicatrices y no estaba seguro si podía reconocer a la persona de la que se había enamorado. Otras veces, como esa conversación, la sentía tan cercana a la imagen del recuerdo que dolía. Podía reconocer a su esposa de una década, la mujer que creyó con la que pasaría la vida entera.
Necesitaba desesperadamente cambiar el rumbo de esa charla.
—¿Algo más respecto a los preparativos de la fiesta que tengamos que hablar?
Tamborileó los dedos sobre la mesa ratona, dubitativa. La tensión era clara en su postura.
—¿Sigues pensando en decirle a Stanley que venga?
Parecía que Rachel estaba decidida a tocar todos los temas que no habían tratado en años. Se sentía dividido entre concedérselo o simplemente huir y dejar todo aquello enterrado.
—Sabes que esa decisión es de Grace.
—No lo invitará si le dices que no lo haga.
—Es decisión de Grace invitarlo y de Stanley venir a verla. Si tenemos que vernos durante seis horas y ser cordiales unos con otros, bueno, que así sea. Tenemos práctica los tres.
Stan se había llevado la peor parte del trato en su opinión. Después de haber tomado a Grace como parte de su familia, de haber sufrido una infidelidad y hasta recibir un disparo, probando una y otra vez lo mucho que amaba a Rachel y a Grace, lo de Charlie... lo de Charlie había sido la gota que colmó el vaso. Con esa noticia, se había ido desvaneciendo de sus vidas, alejándose e internándose en el dolor. Se había asegurado de llamar a los niños en momentos puntuales, en fiestas y cumpleaños, como ese tío que siempre está de viaje pero que es recordado con cariño.
Stanley merecía más que eso.
No solo había sido el padre de Charlie por años y lo amaba como a su hijo, sino que era una persona muy querida por Grace, como era lógico después de haber vivido casi la mitad de su vida con él formando parte de su vida diaria. Danny no tenía corazón para negarle una parte de la vida de sus pequeños a Stan.
Desde que Grace tenía edad suficiente para hacer las matemáticas, había tenido que sentarse con ella y explicarle todo. Fue una de las conversaciones más difíciles que había tenido con su niña y Danny no podía dejar de pensar que con cada paso de su hija en la adultez, ella empezaría a ver todos los lugares en los que tenía fallas y errores. A veces quisiera poder conservar la imagen heroica de antaño, esa que solamente quedaba para Steven en los ojos de su hija y que con suerte podría tener con Charlie un poco más.
—¿Has hablado con él desde que se separaron?
Danny había llamado a Stan dos o tres veces pero la conversación, naturalmente, estaba colmada de huecos incómodos.
—¿Qué sentido tendría?
—Se fue pensando que seguías enamorada de mí, Rachel.
El silencio que siguió a sus palabras retumbó en la habitación.
—¿Te molestaría que así fuera?
—Rachel...
—Lo sé —respondió, con suavidad. Cruzó las manos sobre su regazo, enderezándose—. También creo que nos hacemos menos daño como amigos.
—Nos costó mucho llegar hasta este punto, Rach. Muchos años. No volvamos a lo mismo otra vez.
Ladeó el rostro hacia un lado, mordiéndose el labio.
—Tal vez necesito decirte esto. Estoy yendo a terapia, lo sabes. Creo que lo necesito.
Odiaba cuando ella hacía eso. Sus hombros cayeron mientras miraba la cara de Rachel.
—¿Decirme qué? ¿Qué tu matrimonio falló por mi culpa? ¿Qué todo habría sido diferente si no hubiésemos tomado las decisiones que tomamos?
Decir cualquiera de esas cosas implicaría que lo que pasó con Charlie era un error y ninguno de sus hijos tenía la culpa de las decisiones estúpidas que habían tomado.
—Cuando vinimos a Hawái la primera vez, estaba convencida que no te volvería a ver en mucho tiempo. Que Grace sólo volvería a Nueva Jersey durante las vacaciones y nos limitaríamos a contactarnos en ese tiempo. Pero viniste. Y te quedaste. Y empezaste a luchar por Grace.
—Siempre luché por Grace.
—Nunca antes la gobernadora de un estado había venido en tu nombre.
Eso había sido puro Steve. Una de las razones por las que Danny se interesó en ver más allá de toda la postura estoica.
—Siempre luché por Grace —insistió. Porque él había pasado mucho tiempo luchando solo y merecía, merecía ese reconocimiento. De Rachel, al menos.
—Es cierto. Lo hiciste. Eso fue lo que me hizo pensar... ya sabes. Si habrías luchado igual por nosotros. Si estabas dispuesto a hacerlo.
—Lo estuve.
Rachel sonrió, pero era un gesto triste.
—Sé que tú crees eso —dijo, todavía muy gentil. Danny esperó a que terminase, aunque la incomodidad creciente le impedía quedarse quieto en su lugar y sospechaba qué dirección estaban tomando con ese camino—. Los hechos dicen otra cosa.
—¿Hechos?
—Te esperé y jamás llegaste.
—Rachel... —Suspiró. «¿No habían pasado por esto ya?»—. Estaba ayudando a un amigo en necesidad. No estaba engañándote con otra mujer. Te llamé todos los días. Te prometí que estaría allí cuando Steve estuviera fuera de problemas.
Le había suplicado que lo esperase un poco más.
Odiaba las terapias.
—¿Y cuándo Steve está fuera de problemas? —preguntó ella, todavía extrañamente cortés. No tenía derecho a sonar tan dolida, tan frágil, cuando durante años había hecho su vida difícil y miserable.
—¿Qué? —exigió.
—¿Cuándo, Danny? En todo el tiempo que lo conoces, ¿cuántas veces ha estado sin meterse en problemas? ¿Tengo que recordarte lo que pasó hace dos años?
Danny nunca podría olvidar lo que pasó.
Los disparos. El helicóptero. La sangre de Steve. «Voy a morir, Danny.»
Sí, no necesitaba recordatorio alguno.
—Eso es injusto, Rachel. —Apenas podía reconocer su propia voz por lo ronca que sonaba—. ¿Qué- qué estás diciendo? ¿Qué estabas celosa de Steve y por eso volviste con Stanley? ¿Esa es tu excusa?
—No es una excusa para mis decisiones… ya sabes que estoy pagando el precio por ellas.
Otro divorcio. Que Stanley no pudiese perdonarle. Que Grace se rebelase contra ella más que contra él. La indiferencia de los amigos de Danny, que eran demasiado leales. Que los Williams no mostrasen la misma simpatía que una vez tuvieron por su historia compartida. Lo sola que se sentía a veces en esa isla, cuando Danny tenía a los niños y ella se quedaba en la casa que una vez pensó para una familia entera.
—Rachel.
—Me rompiste el corazón, Daniel —lo cortó, la ferocidad de la declaración goteando en las palabras. Danny la vio cerrar los ojos e inhalar profundamente—. Me rompió el corazón saber que habías elegido a otra persona por encima de mí. Lo entendí entonces. Alguien más iba a ser tu prioridad. Alguien aparte de Grace, por supuesto. Iba a quedarme en cuarto lugar, justo detrás de los niños, Steven McGarrett y Five-0. Es lo que es. Puedes decirme que no lo sabías entonces, pero no puedes negarme que lo sabes ahora.
El corazón le estaba tronando en su pecho. Las palabras tardaron en encontrar la forma de salir porque, si bien quería decirle que estaba equivocada y que su relación con Steve no era lo que ella creía, lo que estaba implicando... No podía mentirle. No a Rachel.
Las mentiras habían sido ya demasiadas.
Rachel tenía razón. Se hacían menos daño como amigos.
—Nunca quise lastimarte.
Una confesión, casi. La mejor que podía dar. Lo más cerca que se permitiría alguna vez de decirlo.
Fue una sorpresa, no obstante, sentirse más ligero cuando las palabras salieron.
Por mucho tiempo se había negado a reconocérselo a sí mismo, lo que en verdad había significado la decisión que tomó y las que continuó tomando entonces. Había sido un poco más complicado ignorar ese conocimiento después de recibir un disparo y tener visiones de un futuro en donde el centro de todo lo que había en la vida de Danny era Steve, Steve, Steve. Había soñado momentos felices para sus amigos, para su familia, pero ninguno de ellos había aparecido en cada maldita visión como lo había hecho su compañero.
—Eso no lo hizo fácil entonces —dijo Rachel, tras un breve momento—. Te odié mucho. Y a tu comandante. Pero es diferente ahora.
Tragó saliva, sin saber qué más decir para arreglar lo que había hecho tantos años atrás.
—Lo siento.
Apretó los dedos alrededor de la mano de Rachel.
—No me mires así. Necesitaba decirte esto, necesitaba que lo supieras, pero no quiere decir que voy a romperme. Estamos bien.
—Tengo que irme —murmuró, tras otra larga pausa. Era casi renuente a terminar la frase—. Steve está de viaje y estoy a cargo de su casa.
Rachel soltó una risa, una nota de resignación pintaba el sonido e hizo eco dentro de él. Sus ojos marrones estaban llenos de nostalgia.
—Está bien. Gracias, Danny. Por escucharme.
Alzó los hombros, sintiéndose un poco indefenso ante lo que acababa de ocurrir.
—Te lo debía.
—Quizá sí, quizá no —respondió ella. Se maravilló al ver que parecía más serena que antes, como si se hubiese sacado un peso de encima de verdad—. Sé que estoy abusando de tu paciencia pero tengo que aprovechar esto. Dime, ¿alguna vez piensas decírselo, Danny? Creo que siete años es mucho tiempo, incluso para ti.
Sintió que una sonrisa se le escapaba.
Melissa le había dicho algo parecido cuando se sentaron a conversar sobre su relación, aunque ellos ni siquiera habían alcanzado a darle nombre a por qué se había estancado la pareja. Habían terminado en buenos términos y todavía seguían viéndose, porque eran amigos también. Danny simplemente no le había comentado ese detalle a ninguno en su equipo y mucho menos a Steve. Probablemente empezaría otra campaña para ayudarlo a conseguir y mantener una pareja justo como había hecho en el pasado. A pesar de que no tenía el mejor de los registros en ese asunto tampoco.
Steve parecía que la única persona a la que pondría objeciones era a Rachel y, dado que había sido testigo de lo destrozado que estuvo Danny después de perderla, era comprensible.
—Creo que no estás entendiendo el punto de lo que significa «no correspondido», Rach.
La mirada de Rachel se suavizó.
—¿Estás seguro que es algo no correspondido?
Por supuesto que lo estaba, ¿qué clase de pregunta era esa? ¿Ella creía que Danny pasaría ocho años sufriendo en silencio si creía que tenía una oportunidad?
Abrió la boca para decirle justamente eso cuando la voz lejana de Grace «¡Danno! ¡La abuela quiere hablar contigo!» cortó cualquier posibilidad, para su vergonzoso alivio.
—Tú hablas con tu madre y la saludas de mi parte, si lo acepta. Voy a ir a ver que está haciendo Charlie con Eddie —dijo Rachel, obviamente notando que la conversación había terminado—. Esos dos llevan mucho tiempo en silencio.
