No podía precisar exactamente qué hora era, pero sí que, después de estar parado bajo el sol casi todo el día, quemándose la espalda, estaba totalmente agotado. Su rutina diaria era trabajar, trabajar y trabajar. A menos que fuera un día libre, entonces se convertía en leer, entrenar y entrenar.
Después de abandonar la Pirámide de Batalla, por primera vez, quiso romper con su clásica monotonía. Caminó sin rumbo alguno: a algún lugar debería llegar en esa isla en la que vivía, trabajaba y soñaba.
El calor dio paso a una fresca brisa que le removió los cabellos. Era como si el viento le augurara, con su suave toque, que todo iba a estar bien, y que se encargaría, personalmente, de llevarse consigo todas las amarguras y pesadez que él cargara sobre su cansada espalda.
Brandon cerró sus ojos, disfrutando aquél tacto tan sencillo y a la vez tan significativo. Cuando la brisa paró, abrió lentamente los ojos, y reanudó la caminata que le llevaría a quién sabe dónde.
La gente comenzaba a desaparecer, poco a poco. En su camino se cruzaba a todo tipo de personas, quizá, con historias alegres o conmovedoras. Pensarlo le añadía peso a su espalda y a su pecho.
Llegó hasta las casas de hospedaje del Frente de Batalla, en las cuales los entrenadores pokémon que iban de visita descansaban de todas las batallas que habían tenido durante el día, donde, en completa comodidad, realizaban estrategias para vencer a los Frontier Brains, o, simplemente, dedicaban sus horas al completo ocio.
Pero las estructuras no le eran llamativas, así que continuó caminando, con pesadez, hacia uno de los tantos barandales que rodeaban la isla. Si no fuera por ellos, mucha gente, tan cansada como él, hubiera caído por ahí, de tan alto, hacia las rocas contra las que el mar chocaba.
Poco a poco, acercándose, escuchó claramente el sonido del mar, el oleaje, las banderas con el logo del Frente de Batalla, danzando al ritmo que el viento les imponía, los wingull, los pelipper. Llegó tranquilo a la baranda y se recargó sobre ella, mirando el mar.
Su cabello y sus ropas también se movían con el viento, como si no tuvieran peso alguno. Suspirando de cansancio, alzó la vista para encararse con la puesta de sol.
Tan soberbia, tan bella, tan a su alcance y tan lejos de él. El sol se reflejaba sutilmente sobre el mar, y comenzaba a desaparecer poco a poco en la lejanía, dejando una pintura anaranjada y rojiza en las nubes y en el cielo. Parecía que el sol era engullido por el vasto mar de Hoenn. Al rojo y al naranja se le sumaba, poco a poco, el púrpura, el azul marino, y uno que otro punto blanco que se hacía llamar estrella. Jamás sería capaz de describirlo con palabras, porque muchos sentimientos no pueden ser descritos con tanta facilidad. Y, por primera vez en mucho tiempo, deseó no estar solo.
Como un deseo cumplido por la puesta de sol, sintió otro peso sobre el hombro. Unas pequeñas garritas se hundieron sobre su chaqueta verde, y un suave cántico de pidgey sonó cerca de su oreja. No había necesidad de voltear para saber que el pequeño pokémon volador estaba acompañándolo.
Después de unos segundos de observar ambos en silencio absoluto al sol desaparecer, Brandon sintió un empujón y luego, frente a sus ojos, vio al pidgey volar sobre el mar. Probablemente, con la esperanza de alcanzar al sol.
Pensó que pidgey iba liviano como una hoja que era arrastrada por el viento, o por el mar, o por cualquier otra fuerza que le hiciera moverse. Hoja… Una hoja tierna. Una hoja verde. Como Leaf. Una Leaf inocente, joven, considerada, distraída, y todo lo demás que era ella, no podía significar más que la ligereza que su alma necesitaba.
Y mientras el pidgey desaparecía en la lejanía, llevándose consigo todo el cansancio y pesadez que él traía sobre los hombros y el pecho, Brandon pudo sonreír. La ligereza de su alma, después de todo, sí era ella.
