Siento la tardanza. Muchas gracias por los comentarios recibidos. ¡Aquí tenéis la actualización y lo siento por terminarlo de ésta manera! Espero que lo disfrutéis. Ya sabéis, cualquier duda: PM o comentario.

¿Les gustaría que algunos capítulos se explicaran desde la perspectiva de Levi o alguno de los demás protagonistas? ¿Les gustaría que saliera algún personaje en especial?


Shingeki ni Kyojin no es mío.


Después de mantener el hacha suspendida en aire durante unos instantes, ésta misma impacta contra el último grueso tronco partiéndolo por la mitad y queda clavada en la base. Víctima de un caluroso día sin nubes en el azulado cielo, Levi pasa el dorso de su brazo por encima de su frente deshaciéndose de todo el sudor en ella con los ojos cerrados por culpa de los rayos del sol. Tras ello, Levi recoge los últimos troncos cortados y los re coloca junto a los demás, en un recóndito rincón en el improvisado patio que rodea la casa que habitan desde su boda junto a su mujer y los hijos de ella.

Desde su adolescencia, Levi siempre ha sido un hombre de pocas palabras y pocas emociones. Sin embargo, estar al lado de Carla pone las cosas difíciles al que fue capitán de la Legión de Reconocimiento. Estar con su mujer es, para Levi, algo cómodo, nuevo y fresco. Porque, con Carla, Levi no puede evitar transmitir alguno de sus sentimientos y no repercutir a nadie con ello, pero con ciertos matices que tiene nombre y apellido, género y una representación física en la residencia familiar. Para el hombre de la casa, sólo existe un único matiz, un único obstáculo que no le deja disfrutar en plenitud de su matrimonio: la hija de su mujer, Mikasa Ackerman.

Levi quiere a Carla, él lo sabe y corrobora cada noche que encuentra su dulce mujer reposar a su lado en su mismo colchón, pero no puede evitar imaginarse a su hijastra mientras la besa a ella, ni puede evitar pensar que es la dura voz de la menor la que gime ante sus caricias, tampoco frenar las interminables fantasías que le acechan durante la noche en cada uno de sus sueños. Porque, para Levi, Mikasa es aquella diosa inalcanzable para cualquier terrestre, aquella manzana de la discordia, la tentación en persona. Por todo ello, Levi repugna a Ackerman. La repugna por no haberla podido retener a su lado, por no haber podido renunciar mucho antes, por no haber podido apartarla de la familia a la que ahora pertenecía y por no poder apaciguar la extraña atracción que sentía por ella.

La puerta principal de la casa se abre ante la curiosa mirada del señor de ésta. A causa de una fuerte ráfaga de viento, Levi puede verificar que se trata de Ackerman al ver su rosado vestido sobresalir acompañado por una pequeña porción de su rojiza bufanda —aquella rojiza bufanda que tantas veces Levi había deseado limpiar en cuanto una mínima oportunidad se le presentara—. La pelinegra carga la extravagante maleta a su espalda, dispuesta a recoger más troncos fuera de las murallas sin la ayuda de ninguno de los integrantes de su nueva familia, pero sus planes de desmoronan al reconocer la menuda figura de su padrastro a su lado cargando, como ella, la misma maleta en su espalda. En silencio, Mikasa decide no dirigirle la palabra al hombre que se prendera ante ella, mucho menos después de recordar el dolor que ello le provoca.

Por su lado, y animado a dejar las cosas mínimamente claras entre ambos, Levi decide tomar las riendas de la situación e improvisar una espontánea conversación en la que los dos pudieran explayarse sin pelos en la lengua.

—¿Te encuentras mejor, Mikasa?

La intervención de Levi no tiene la repercusión esperada por él mismo y lo único que obtiene de la adolescente es el perturbador silencio que siempre les ha acompañado desde su reencuentro un año atrás. Asqueado por la situación que se forma ante él, Levi chasquea la lengua varias veces de manera paulatina y vuelve a mirar fijamente a la muchacha quien, incómoda por la repentina atención recibida por quien dice querer ser su padre, se limita a no pronunciarse y seguir su camino sin preocuparse de nada. Son varios los minutos que transcurren desde la primera pregunta formulada y la espera de la respuesta, minutos que para el pelinegro avanzan como horas.

Enfurecido por la poca colaboración que la fémina muestra, Levi decide actuar mediante su propio instinto y, antes de que Mikasa pueda esquivar la figura de Levi, éste hace que pierda el equilibrio después de golpear sus tobillos y caiga de bruces al suelo.

Mikasa clava sus uñas contra la húmeda tierra y aprieta los dientes decidida a devolver el golpe, pero él mismo la detiene, impidiéndole a la muchacha devolver el dolor que la patada le ha provocado sentándose encima de ella después de girarla y quedar cara a cara. Las manos de Levi rodean las muñecas femeninas y sus ojos enfrentan a los grisáceos de ella.

Centímetros son los que separan ambos rostros, aunque tal aspecto parece no importarle a ninguno de los dos quienes se encuentran demasiado preocupados por curar su herido orgullo.

—¿No vas a decir nada? —murmura él entre dientes sin quitarle un ojo de encima.

Contra las cuerdas, Mikasa se encoge de hombros con cierta dificultad y dibuja una mueca de despreocupación que llega a desfigurar levemente su rostro. Su ceño sigue fruncido y, en algún que otro momento, es ella misma quien decide mostrar sus dientes en un acto de cólera. Él podría ser el marido de su madre adoptiva, pero no su padre, ya que su padre había muerto y su padre adoptivo había desaparecido dos años atrás.

Pero habían sido tantas las veces en las que la pelinegra había intentado convencerse de que sí podrían convivir con ambos roles, de que su corazón no explotaría ante su presencia o de que los recuerdos de una promesa rota no nublarían su sentido común ni dañarían a su madre o hermano, y no pudo hacerlo, no pudo cumplirlo tal y como se había prometido al enterarse de la fortuita noticia por parte de su madre. Porque, aunque quisiera, Mikasa no podía desear una felicidad que ella misma anhelaba a su madre, tampoco puede hacerlo ahora.

Y todo aquello la hace irreconocible en aquellos momentos en los se observa en el espejo y descubre que ha cambiado, que ha vuelto a crear aquel caparazón que Eren alguna vez había llegado a destruir y que ya nada parece transmitirle aquella felicidad que alguna vez llegó a sentir. La palabra felicidad ha dejado de carecer de sentido en la vida de Mikasa desde tiempos inmemoriales, y aún nadie le había podido enseñar qué era realmente aquel sentimiento.

—No tengo nada que decirte —decide contestar sin obsequiarle con una de sus fulminantes o vacías miradas hacia él.

Consternado por las dificultades que la muchacha presenta a mantener una simple conversación entre padre e hija, Levi se lleva las manos al rostro, suelta sus muñecas y suspira abatido. Él no había conocido a la fría Mikasa años atrás, tampoco tenía constancia de que, en el pasado, Mikasa hubiese podido relacionar la palabra odio con su nombre, y por primera vez en su experimentada vida, el que fue capitán y mejor soldado de la humanidad no era capaz de librar la más ardua batalla de su vida contra un enemigo mucho más fuerte y peligroso que un titán. Las masculinas manos se pegan a ambos lados de la cabeza pelinegra, acorralándola de nuevo mientras sus ojos vuelven a abrirse y fundirse en los femeninos.

—Maldita sea, Mikasa —Es tanta la furia que alberga dentro de su cuerpo que, si no fuera gracias a su autocontrol, Levi hubiera perdido la cordura instantes atrás, haciendo de la situación un campo de batalla—, ¿no puedes hacer las cosas más fáciles? —gruñe sin fuerzas, algo descontrolado—. ¡Soy tu padre! —se atreve a añadir sin tener en cuenta las repercusiones que sus palabras pueden traer.

Las palabras del hombre ante sus ojos provocan que su corazón se encoja y se rompa en trocito a trocito, causándole un dolor lento y tortuoso. Herida en lo más profundo de su pecho y con el alma resquebrajada, la pelinegra desvía su mirada y observa de manera apacible los arbustos a su alrededor. El viento los eleva, los hace bailar entre ellos mientras sus oscuros cabellos caen y se desparraman sobre el césped. Instintivamente, al notar un nuevo roce entre ambos, Mikasa muestra sus dientes y gruñe por lo bajo, incitando a la furia dentro del menudo cuerpo del antiguo capitán.

Los ojos de Rivaille se cierran durante unos minutos y Mikasa observa de reojo los finos labios de su padrastro. Tan tentadores, tan imposibles y tan intocables para ella que, lentamente, siente que el enfermizo sentimiento que ha crecido por él debe de ser aniquilado cuanto antes, pero es tan tentadora la idea de hacer caer en la infidelidad a su padrastro que las múltiples fantasías que la atormentan caen dentro de su mente como estrellas fugaces.

Sus ojos vuelven a abrirse y no se sorprende por la cercanía que hay entre ambos, parece no incomodar su estado de ánimo, pero, ¿puede él también no caer en los brazos de su hijastra? ¿Puede Levi no caer a los pies de la infidelidad? Él sabe la respuesta, la conoce desde el primer instante en que sus miradas cruzaron, pero debe de reprimir el eco de su voz ordenarle satisfacer sus más escondidas pasiones. No obstante, lo que más apasiona en estos momentos a Levi es saber, de una vez por todas, el motivo de su odio, el motivo de su rechazo. El porqué a su repentino cambio.

—¿Qué motiva el incremento de tu odio hacia mí? —Su voz sale fría, pero algo temerosa de ser respondida con demasiada rotundidad.

Rivaille teme a la respuesta a su pregunta. Por ello decide contener la respiración durante unos momentos, durante la escucha de la respuesta que la adolescente está dispuesta a darle, durante su interminable agonía. Los ojos grisáceos de la muchacha golpean contra su rostro con fuerza y puede ver en ellos la pronta pérdida de su brillo a causa de su imprudente pregunta. Por unos impasibles largos momentos, Levi se siente culpable ante tal reacción en ella y cree deber de rectificar al provocar una incomodidad acompañada de dolor en la testaruda Ackerman.

Aunque, y por sorpresa, los finos y rosados labios femeninos se entreabren en un amago de querer contestar a su cuestión. Los ojos de él se abren mínimamente y no puede evitar regocijarse en su propia felicidad al estar a punto de descubrir la respuesta a todas sus dudas. Sin embargo, lo que el hombre no espera es ser respondido por una cuestión muy diferente a la que él ha hecho anteriormente, sin ni tan siquiera el mismo punto de partida.

—¿Por qué me salvaste? —Mikasa habla de nuevo sin querer contestar aún a su cuestión. Por ello, y queriendo también disolver todas sus batallas internas, Mikasa decide preguntar sin pudor queriendo contestar aquella duda que, desde aquel día en que ambos se conocieron, la ha perseguido hasta hoy. Hasta el día en que sería resuelta.

Levi se sorprende al escuchar la pregunta de la muchacha, pero suspira al no recibir solución por la suya. Eleva su rostro y deja que la chica bajo su cuerpo sólo pueda ver su barbilla y cuello en plenitud mientras él piensa y ella sufre en silencio, esperando la cura de su roto corazón en aquella corta y rápida respuesta que él le daría y que, como ella esperaba, le valdría para mantener a su órgano vivo durante unos días más antes de volver a cerrar su coraza.

—Merecías y mereces vivir —pronuncia sin mirarla. Mikasa, bajo él, sólo puede sonreír tímidamente y cerrar sus ojos no queriendo que él pueda ver el brillo que éstos han recuperado. La respuesta ha sido tan acertada por su parte sin saberlo y tan esperada por la otra sin poder creer que ha sido dicha. Las uñas de la pelinegra se clavan contra el césped y se hunden en él—. Ackerman —vuelve a llamarla. Su rostro baja lentamente, fijando sus ojos contra los de ella, pidiéndole su atención y su verdad en silencio. La pelinegra le observa con una escondida devoción, pero conociendo los sentimientos dentro de él, y vuelve a sonreír interiormente—, ¿por qué me odias? —se aventura a preguntarle sin sentimiento en su voz.

—No cumpliste tu promesa.

La respuesta es tan simple que ofende al pelinegro. ¿Sobre qué promesa habla? Y lo más importante, ¿en qué momento y lugar se la hizo? Siente sus manos temblar contra el césped a causa del dolor en ellos al estar en aquella postura durante demasiado tiempo, mientras Mikasa se muestra impasible, fría y sin querer ayudarle a disuadir el dolor en él. Los ojos grisáceos de ella siguen sin mostrarle el brillo que él tanto desea poder volver a ver, pero ella sí puede ver un casi inexistente brillo en los ojos de él. Un brillo que había podido ver años atrás, antes de pertenecer a la familia Jeagger, antes de conocer a su querido Eren y antes de descubrir que el calor de la familia podía volver a su vida e irse por culpa del mismo hombre.

Las menudas manos de Mikasa se colocan en ambos lados de su rostro y lo impulsan hacia abajo, impidiendo que sus ojos se fundan en un sólo color en unos mínimos segundos, encontrándose con el final de su camino en el momento en que sus labios se encuentran. El exótico toque sorprende al pelinegro y sus ojos se abren hasta llegar a su límite. El roce de los labios de Mikasa contra los suyos es, en un principio, eso: un inocente roce, un casto y primer beso. Ambos labios se juntan, mezclando sensaciones y texturas, pero, cuando ella abre los ojos dispuesta a separarse, él los cierra dispuesto a seguir el acto amoroso que les mantiene unidos, correspondiéndole con el mismo deseo y anhelo que ella presenta. La pelinegra se sorprende y aferra sus manos alrededor de sus hombros, haciendo suspirar al hombre encima de su falda y a ella misma. La masculina lengua entra con fuerza dentro de su cavidad bucal, dominando la situación y guiando a la muchacha a hacer lo mismo que él se encuentra haciendo. Más segura de sí misma, Mikasa cierra los ojos.

Intuitivamente, Levi se apoya sobre sus rodillas y rodea la estrecha cintura de la pelinegra con sus brazos. Ella arquea su cuerpo, pega su pecho y parte de su abdomen contra el cuerpo masculino. Levi aprieta el firme abrazo que mantiene con ella, dejándola en su lugar, temeroso de que intente escapar o de que todo lo que está ocurriendo sea una de sus absurdas fantasías nocturnas. Se separan dejando sus rostros a mínima distancia a causa de la falta de aire en ambos cuerpos. Sus pechos bajan y suben sin pausa, de manera conjunta, intentando encontrar el aliento perdido en el aire que les rodea.

Levi cierra los ojos y apoya su frente contra la de Mikasa, intentando descubrir si está bien o mal lo que acaba de hacer. Mikasa le entiende, comprende su dolor y la repugnancia que siente por sí mismo, y decide apartarse de él y volver a casa.

Las blanquecinas palmas de la muchacha se aprietan contra el pecho mayor, sorprendiendo a su pertenecedor. Los ojos de Levi se abren sin entender el repentino cambio de actitud en su joven amante, pero no rompe el contacto visual que los dos comparten en silencio. Tras el ligero empujón que ella le propina, Levi queda sentado en el suelo con los ojos bien abiertos, mientras Mikasa se arrastra de espaldas, logra separarse de su cuerpo y sentarse en el césped. Minutos más tarde, y sin mediar palabra, Mikasa se levanta y sacude sus arrugadas ropas para partir hacia casa. Antes de dar su quinto paso, la pelinegra gira sobre sus talones y mira fijamente a su padrastro quien, aún sorprendido, se mantiene sentado en el suelo con la espalda curvada y sus orbes fijos en ella. Sus ahora hinchados y rojos labios se entreabren, dispuestos a transmitirle algo.

—Volvamos a casa, Rivaille —Y su cuerpo vuelve girar sobre sus talones y emprender su vuelta a casa con o sin el hombre aún sentado en el suelo.

Verla marchar hace que Levi entienda el porqué de su odio y sobre qué promesa habla. La triste sonrisa que ha permanecido en sus labios, a medida que la última frase ha salido de éstos, hace que el marido de Carla conozca las emociones escondidas dentro de Mikasa, dentro de la pequeña a la que salvó de un largo y tortuoso infierno a manos de unos salvajes tiempo atrás. Aún recordaba su menuda figura temblando temerosa de no conocer la belleza que el mundo escondía tal y como su padre le había dicho, sus ojos repletos de lágrimas y su deseo de ser salvada y poder seguir viviendo, también el recuerdo de su dulce voz inunda sus oídos.

Pero ahora es tiempo de volver a casa, se dice. Ya tendrá tiempo durante la larga noche para recordar el día en que se conocieron como hombre y niña, no como padrastro e hijastra.

La llegada a su casa es silenciosa para todos los habitantes de ésta. Eren se encuentra en su habitación, al parecer, esperando a Mikasa, mientras Carla le espera a él sentada en una de las sillas de la cocina, tejiendo una nueva bufanda para su hijo. Sin decir absolutamente nada, tanto uno como otro marcha hacía sus respectivos lugares en la casa: ella junto a su hermano y él junto a su esposa. Sin embargo, Levi aún tiene una conversación pendiente con ella, algo que finalizar y que, con furor, puede verificar que finalizara ésta noche con ella a favor o en contra.

Por su parte, la madre adoptiva de la joven les observa detenidamente, captando todos los cambios en sus rasgos faciales y en sus actitudes. La suerte llama a su puerta al notar un extraño comportamiento en su hija, quien se niega a mirar a su marido desde que ha puesto un pie dentro de casa. Tras regalarle una sonrisa, Mikasa se pierde por el pasillo y entra en su habitación cerrando la puerta a su espalda.

Soltando un suspiro al viento, Carla deja las agujas y la lana encima de la mesa y se acerca a su marido sigilosamente para plantar un dulce beso en sus labios, sorprendiendo al pelinegro desde el primer minuto. Los brazos femeninos se depositan alrededor del masculino cuello y los ojos de ella se cierran queriendo profundizar el beso hasta hacerlo mucho más apasionado. Levi prueba cerrar los ojos, besar a su mujer y no creer que se encuentra besando a su hijastra en su lugar.

No obstante, y desmoronando sus ganas de hacer el amor con su mujer, Levi imagina a Mikasa entrelazando sus brazos alrededor de su cuello y adentrando su dulce y juguetona lengua dentro de su boca. También imagina cómo los suaves jadeos, suspiros y gemidos saldrían de sus labios después del repentino cambio que tomaría el beso, tal y como lo había hecho minutos atrás. Ofuscado por sus fantasías y por no poder responder a su mujer, Levi aparta a Carla suavemente y ésta le observa un tanto confundida e incomprensible. Nerviosa por haber sido rechazada, Carla sonríe tristemente y pasa una mano por sus cabellos, desordenándolos sin importar su apariencia.

—Empezaré a preparar la cena, ¿podrías avisar a los chicos, Levi? —pregunta retirándose de su lado y evitando tocar el delicado tema.

Levi, culpable por hacer daño a su mujer, frunce el ceño y gruñe por lo bajo, maldiciendo a sus extraños sentimientos recíprocos hacia Mikasa. Su mano se entrelaza con la de su mujer y, en un suave movimiento, Levi abraza a Carla con delicadeza queriendo transmitirle todo su amor. Al parecer, y cumpliendo su objetivo, el abrazo transmite a la pelinegra todo lo que el antiguo capitán de la Legión espera.

—Lo siento —murmura Levi contra sus oscuros cabellos—, pero hoy me encuentro extrañamente cansado.

—Tranquilo —sonríe ella acariciando su rostro—. Hoy cenaremos rápido y dormirás como se debe, así mañana te encontrarás mejor.

Luego de escuchar sus palabras, Levi decide besar a su esposa y guiarla hasta su habitación llenándola de una repentina mujer. Ella no se merece ser rechazada de ésa manera, piensa el pelinegro, mucho menos por una mocosa caprichosa como su hija. Y, sin decir nada más, ambos se encierran en su habitación y dan rienda suelta a su pasión sin tener en cuenta a los dos adolescentes abrazados que descansan en la otra habitación.