Cuatro meses después de esa única ocasión en que Isabella y Edward Saint-Masen hablaron de su hijo antes del viaje, la joven, radiante a sus seis meses de embarazo, celebraba su cumpleaños diecinueve en Dalkey, en la maravillosa casa familiar a orillas del mar. Era finales de septiembre y el viento helado se metía por los huesos, pero ella estaba feliz junto a sus hermanas, su madre, sus empleados y su familia, disfrutando de las vistas, la buena comida y los mimos sin reservas que todo el mundo le prodigaba.
El viaje a Dublín se había programado con premura, Edward, dispuesto a cumplir con los deseos de su mujer, la había mandado con dos carruajes y una escolta de ocho guardias a su tierra casi inmediatamente y ella había llegado a llorar en los brazos de su madre sus penas y su desamor sin límites durante varios días hasta que, al fin, había empezado a serenarse y a sentirse nuevamente segura y rodeada de cariño.
Al salir de Saint-Masen House, su marido ni siquiera se encontraba en la casa para despedirla. Había salido la víspera y no había vuelto a dormir. Sus cuñados, Alice, sus doncellas y Esmeralda la despidieron con grandes muestras de afecto y ella solo podía pensar en Edward acurrucado en brazos de su querida amante rusa, celebrando que finalmente habían conseguido deshacerse de ella. Lo que Isabella no sabía, ni podía imaginar, es que su marido, borracho y aturdido, dormía la resaca en el club de caballeros al que pertenecía, incapaz de traducir con palabras la desazón que sentía en su alma.
La chica se iba, lo abandonaba con la dignidad de las de su clase, evitando de esa manera seguir siendo la comidilla de la corte, regresando a su hogar para dar a luz a su propio hijo, un bebé que él deseaba y amaba más que a nada en el mundo. Le dolía en el alma pensar que le había hecho daño, a la madre de su propio hijo, se sentía miserable e inútil, y ni las caricias de su amante, ni las copas con sus amigos habían conseguido aplacar su desconcierto. Esa tarde cuando llegó a casa le informaron que la duquesa se había marchado a las siete de la mañana y él optó por encerrarse en su despacho a trabajar y a intentar comportarse como un hombre.
—¿Crees que le gustará a lady Esmeralda su cuarto? —su madre la interrogaba por enésima vez ese día en el que esperaban la llegada de Esmeralda Saint-Masen a su casa en la playa. Isabella se levantó con cuidado, luciendo sus preciosos seis meses de embarazo y se acercó para abrazarla y tranquilizarla.
—Estará encantada, mamá, Lady Esmeralda parece muy severa, pero en el fondo es muy buena gente. No tengas tanto miedo.
—Pero es que ella es una dama de la capital y su hijo se ha portado tan bien con nosotros.
—Su hijo se ha portado como debía —cortó en seco las alabanzas hacia Saint-Masen —, a cambio ha conseguido mucho más que dinero, mamá... así que deja ya de preocuparte.
A las tres de la tarde la pequeña comitiva de Lady Saint-Masen hizo su entrada triunfal por el caminito que conducía al cottage de los Swan. Isabella, que dormía la siesta a esa hora, se despertó sobresaltada, su suegra se adelantaba a la hora prevista y se arregló el vestido lo mejor que pudo para bajar a saludar a Esmeralda, se estiró el ondulado pelo castaño en una trenza y bajó los escalones hasta la primera planta desde donde las voces le llegaban claras.
En el hall de entrada todo era actividad, dos de las doncellas pasaron por su lado cargando maletas y le dedicaron una mirada suspicaz que ella no supo traducir hasta que no pisó el saloncito con vistas al mar. Esmeralda y Alice charlaban con su madre, su tía Patricia y sus hermanas, muy sonrientes, y ella se encaminó al grupo con la misma sonrisa aunque el gesto se le congeló en la cara al ver, junto al enorme ventanal, a Edward Saint-Masen en persona, vestido de viaje, con las manos a la espalda y comentando el maravilloso paisaje.
—¡Querida! —su suegra se adelantó para mirarla de arriba abajo antes de plantarle dos besos en las mejillas—. Estás preciosa, por Dios, radiante, Alice, mira a esta jovencita.
—No has engordado nada, estás fantástica, este clima te sienta a las mil maravillas —susurró la prima percibiendo su desconcierto.
—Duquesa. —Su marido caminó unos pasos y le hizo una venia como saludo, detrás de él Caius Saint-Masen apareció dedicándole la misma cortesía—. Me alegro de comprobar que todo marcha estupendamente.
—Sí, milord, gracias. —Las piernas le flaqueaban y se agarró al brazo que le ofrecía su madre. ¿Qué demonios hacía él allí? Alto, guapísimo, con los ojos verdes brillantes y el pelo revuelto, aparentando ser un marido de verdad—. No sabía que vendría, señor —articuló con dificultad.
—Bien —carraspeó ante la frialdad evidente y carente de cualquier disimulo—, tenemos negocios en Dublín y aprovechamos la ocasión.
—Tienen una casa maravillosa —terció Caius con simpatía—.
Las vistas son increíbles.
—Lo son —dijo su madre intentando apaciguar la tensión.
Avanzó hacia sus invitados y se los llevó directamente al salón donde les esperaban algunos refrigerios, Isabella se dio la vuelta y se encaminó hacia la cocina, solo tenía ganas de vomitar.
—Siento invadir tu hogar, solo queríamos saludar. —Edward, haciendo acopio de toda la cortesía y humildad de la que carecía, se acercó a ella cuando comprobó que no compartía la bienvenida con el resto de la familia. Salió al jardín y la encontró en un pequeño cenador, arreglando unas flores en una maceta enorme. La observó unos minutos antes de hablar y vislumbró con claridad la curva de su embarazo, sus pechos más llenos, su piel resplandeciente. Isabella brillaba y si él lo notaba, todos los hombres a su alrededor
—Debió avisar milord, mi madre solo esperaba a lady Esmeralda y a Alice.
—Lo siento, es una falta grave —bromeó acercándose un poco más—. Pero como somos familia, pensé...
—¿Familia? —Isabella se giró para mirarlo a los ojos—. ¿Usted familia de una campesina como yo? —lo soltó sin pensar, era algo que venía rumiando desde que lo escuchó hablar con Emmett en Saint James Park y su inconsciente la traicionó.
—Siento que hayas malentendido...
—¿Malentendido? —suspiró—, ya da igual, milord, gracias por la visita. Le informo que todo va bien, el embarazo se desarrolla con normalidad, cuando su hijo nazca, se lo haremos saber en seguida, no tenga ninguna duda; ahora si me disculpa.
Pasó por su lado como una exhalación, su sola presencia la humillaba. Había conseguido olvidar ese matrimonio de broma y sus tres meses en Londres con mucha disciplina y el hecho de que ese hombre se presentara en Dublín para comprobar el estado de su inversión, la ofendía. Caminó con energía hasta la casa, subió las escaleras y se encerró en su cuarto hasta que oyó, con las lágrimas surcándole el rostro, que los dos jinetes se marchaban ya entrada la noche.
