¡Hola a todos! Aquí les traigo el segundo capítulo.
Me costó un poco de trabajo escribirlo porque, como notarán, es narrado por un Arthur mucho más jóven e inocente, no ese chico sarcástico y malhumorado que ya conocemos. Así que quizá su personalidad no se vea como siempre.
Si tienen dudas, aquí Francis tiene la apariencia de alguien de quince años y Arthur como de doce. Sé que Himaruya en la Edad Media los ponía mucho más chicos pero... no me importa xD
5 de enero de 1066
El rey Eduardo III murió sin dejar herederos. Ahora estoy en un dilema, pues sólo hay dos personas que pueden gobernar el recién restaurado reino. Por un lado, está Harold, pariente del antiguo rey y, según mi opinión, un salvaje. Por otro lado, está Guillermo, un francés.
No lo diré en voz alta, pero yo deseo que Guillermo sea ahora el rey. Estoy traicionando a mi gente, mi pueblo son los anglo-sajones, y yo lo único en lo que pienso es que un francés nos venga a gobernar.
La razón es que estoy perdidamente enamorado de la representación de Francia. Lo es todo para mí. Cada vez que lo veo el corazón me da un brinco, cada vez que acaricia una de mis mejillas me siento al borde del desmayo, cuando habla con alguien más siento un ataque de celos y cuando me sonríe y lo veo sonrojarse entonces creo que mi vida al fin está completa.
Siento el corazón latir rápidamente. Estoy en la costa, esperando el barco que llegará con Francis. A los dos nos concierne demasiado saber quién será ahora el rey en Inglaterra, pues puede que ahora Francis y yo debamos incluso vivir juntos.
La simple idea casi me provoca gritar de la emoción. Debo de controlarme, ya que yo no debería de ser partidario ni de Harold o de Guillermo para que sean reyes. Es tan difícil… Jamás me había sentido así antes por alguien. Creí saber lo que era amar a una persona, pero me di cuenta de que sólo era cariño. Lo que antes sentía no se compara en nada a lo de ahora. Sé que si Francis no permanece a mi lado por siempre, seguramente moriré de tristeza.
Ya que bajó del barco, lo veo caminar hacia mí, con su sonrisa despreocupada y sus ojos azules viéndome fijamente. ¿Es que acaso hay alguien más perfecto que él?
– Vaya Inglaterra, al parecer ya no intentaste dejarte el cabello largo. No importa lo que hagas ningún peinado te queda bien.
– ¡Cállate idiota! Si yo quisiera podría verme incluso mejor que tú.
No soy el tipo de persona que actúa como enamorado perdido, o al menos no todavía. Cuando estoy enfrente de Francis me comporto como si lo odiara, pero sólo es porque él me molesta todo el tiempo por cualquier tontería. No nos odiamos, aunque hay que admitir que es divertido pelear así de vez en cuando.
Fuimos a una ciudad llamada Winchester. Normalmente iríamos a algún palacio en Londres, pero por la falta de rey necesitamos alojarlos en otra parte; al menos hasta que todo esto quede arreglado.
Estaba nervioso, pues los dos nos quedaríamos en las habitaciones del palacio, y hace mucho que no nos quedábamos solos tanto tiempo. Bueno, la última vez que nos vimos yo juraría que no estaba enamorado de él, y ahora las cosas son diferentes.
– ¿Quién lo imaginaría? Un duque normando está buscando el trono de Inglaterra… ¿No te preocupa que inicie una nueva invasión a tu preciada isla?
– Yo no debo de meterme en esos asuntos Francia. La gente no quiere a un francés aquí, pero si gana la batalla en el sur, no habrá de otra más que aceptarlo.
Nos quedamos en silencio. Estábamos solos en el comedor, simplemente platicando como los amigos que éramos. Intentaba actuar natural, pero Francis se tomaba muchas libertades conmigo, como jugar con mi cabello mientras me hablaba de la guerra que estaba por venir. Se que por fuera me veía calmado y no mostraba importancia por las muestras de afecto de ese francés, pero por adentro la historia era muy distinta.
– Tú Arthur… A mí me interesa saber lo que tú piensas.
Que me llamara por mi nombre hizo que me sonrojara. Cuando éramos pueblos sin nombre era normal que lo hiciéramos. Ahora que somos reinos raramente nos llamamos como si fuéramos humanos normales. Francis me dice Arthur sólo cuando estamos solos o cuando intenta actuar como hombre seductor, aunque aún tenga la apariencia de alguien de quince años.
– Sabes que no podemos opinar de esto. Además, a mí de da igual lo que suceda.
Lo tenía muy cerca. Podía percibir su aroma. Él siempre huele a flores, a su preciada flor de Lis. Me apena pensar que quizá y yo siempre huelo a humedad, a tierra mojada y a agua salada del mar.
– Estamos solos. Sé que de esos dos humanos que se matarán por ser reyes, tú tienes uno favorito. Dime quién es.
Odio cuando me ve a los ojos, pues nunca puedo negarle nada al tener su mirada tan fija y dulce en mí. Es como si me hipnotizara.
– Guillermo… Quiero que él sea el nuevo rey de Inglaterra.
– ¡Lo sabía! No sabes lo feliz que me haces. Los dos pensamos igual en esto.
No sé cómo pasó. Por un instante sentí una inmensa felicidad cuando vi la sonrisa de Francis en sus labios rosados, y luego… y luego esos labios estaban sobre los míos.
Creo que si un relámpago me hubiera caído encima habría sentido exactamente lo mismo que siento en estos momentos. No podía pensar, no podía moverme, ni siquiera entendía el hecho de que Francis, la persona por la que sería capaz de darlo todo, estaba besándome.
– Arthur yo lo sé. ¡Tendremos a Guillermo de rey! Tú lo quieres y yo también, y podremos estar juntos todo el tiempo que queramos. ¡Te quiero! Necesito tenerte a mi lado todo el tiempo que pueda y sé que tú sientes lo mismo hacia mí.
Me sentía idiota. No se si de repente Francis estaba hablando muy rápido o yo estaba pensando muy lento. Cada cosa que decía me costaba trabajo entenderla, o más bien, no podía creerla. Estoy seguro de que Francis me estaba diciendo que también me quería tanto como yo a él, y que los dos podríamos ser realmente felices juntos.
Reí, y no exactamente por las cosas que me decía y por sus gritos y sus manos siendo agitadas por la emoción mientras hablaba, sino porque estaba realmente feliz, tan feliz como nunca lo había estado.
Me tomó de las mejillas y de nuevo me besó, ahora ya moviendo sus labios al compas de los míos. Me dio mucha pena descubrir que su forma de besar era lenta y experta, y que la mía era bastante torpe e inocente. Los celos no tardaron en salir, pues pensé en cuántas personas debió de haber besado para poder ser tan hábil en esto.
Pero eso no importaba ahora. Lo único que importaba es que seguramente era la persona más feliz en todo el mundo.
Tal vez ese día murió uno de los reyes más grandes que he tenido hasta ahora, pero al sentir la lengua de Francis buscar la mía e introduciéndose en mi boca, olvidé por completo todo. ¿Qué importaba un tonto rey? ¿Qué importaba que ganara Guillermo? ¿Qué importaba todo eso si ahora tenía a Francis conmigo, tal vez para siempre?
Era un joven tonto. Tenía ya cientos de años de vida, pero aún así, física y mentalmente, era como un humano, un humano que estaba dejando su infancia y creía que el amor y la felicidad era algo fácil y eterno. Tenía mucho que aprender.
14 de octubre de 1066
Tenía miedo, y había razones para tenerlo. Era un catorce de octubre, he vivido cientos de esos días, pero éste sería uno que sé que recordaré por el resto de mi vida.
Harold y Guillermo se enfrentarán. El destino de Inglaterra depende de esta batalla.
– Arthur… intenta calmarte. No hay posibilidad de que Guillermo pierda.
Desde que en enero Francis me dijo cuánto me quería no nos hemos separado. Estamos juntos de un lado a otro, a pesar de que Harold es rey y Guillermo apenas le atacará. A mí en lo personal no me importa que el rey Harold me grite y me diga que me aleje de todo lo francés que hay a mi alrededor. Sé a lo que me enfrento por querer estar con Francis, y en ningún momento me he arrepentido de eso.
– ¡Ya sé! Me lo has dicho millones de veces. El cometa… el cometa… ¡Sé que todos vieron el cometa y aún así la espera me está matando!
Somos supersticiosos, toda Europa lo es en estos tiempos. Hace un mes un cometa cruzó el cielo, y la gente dice que eso pasa cuando un acontecimiento importante va a suceder.
El único acontecimiento importante es la batalla entre Guillermo y Harold, y como éste último engañó hace poco al primero con una promesa que no cumplió, pues ahora todos creen que los astros van a castigar a Harold y dejarán que Guillermo se convierta en rey. Realmente espero que esa tonta superstición sea cierta. Francis la cree, pero aún así yo estoy todos los días esperando a que llegue la noticia de cuál de los dos murió.
Al parecer está en la naturaleza de los sajones hacerle promesas a los franceses. Harold le prometió ayuda a Guillermo y cuando se hizo rey se olvidó de su juramento, y ahora Guillermo viene a arrebatarle el trono. Y yo… podría decirse que también hice una promesa con Francis, una que depende del resultado de esta última batalla.
Francis no es de los que demuestra su amor únicamente besando y abrazando. Él es mayor que yo, no sólo físicamente sino también temporalmente, y sé que si de amor se trata, él sabe mucho más.
Él se crió en Europa, y por lo tanto ha tenido relación con muchos más reinos que yo, y no dudo que haya aprovechado esas "alianzas" que parecían más matrimonios que otras cosas. Por lo tanto, para Francis hablar de cosas como la pasión y el sexo es algo de lo más común. Pero yo, que me crié en una isla y sin bastante contacto más que con germanos y vikingos, no he tenido la oportunidad de saber realmente lo que es dedicarse a divertirse con tu pareja y dejarte llevar sólo porque ahora son "aliados" y tienen que disfrutar el tiempo que deben pasar juntos.
No es que no quiera hacerlo con Francis. No es el miedo a actuar como un inexperto y un niño asustado ante estas cosas. Es que para mí esto no es un juego. Quiero que nuestra relación sea seria, y no sólo una tonta alianza que terminara cuando los reyes mueran quizá dentro de unos diez años (que para nosotros no es nada de tiempo). Yo lo que quiero es que, si llego a darle la máxima muestra de amor a Francis, sea porque realmente vamos a durar juntos mucho tiempo, y que realmente sea por amor que vayamos a acostarnos juntos.
A pesar del enojo de Francis, le dije que no pasaríamos de los besos y caricias a menos de que Guillermo gane la guerra y sea proclamado rey de Inglaterra.
Los meses han pasado y hemos cumplido nuestra palabra. Pero el tiempo pasa, y temo que Harold gane la guerra y ahora sí me tengan que separar de quien entonces será mi enemigo.
La batalla será en el sur de Inglaterra, en Hastings, y nosotros no nos encontramos muy lejos de ahí, por lo que enterarnos de las noticias de la batalla no nos llevará más que, con suerte, un día.
Francis y yo estábamos jugando con una baraja de cartas, en estos tiempos no había mejor cosa que hacer cuando sólo había que esperar noticias. Ninguno de los dos lo decía, pero estábamos igual de tensos por saber el resultado de la batalla.
Cuando un soldado entró corriendo y gritando al palacio, supimos que ya todo esto había acabado. Guillermo ganó la batalla, dándole muerte al último miembro de la nobleza sajona en Inglaterra, y acabando con el poder que habían logrando mantener durante cuatro siglos. Después de la coronación, Inglaterra pertenecería a las tierras del ducado de Normandía en Francia.
Admito que me deprimí un poco. A fin de cuentas el nombre de Inglaterra fue gracias a los sajones, y de no ser por ellos los vikingos nos habrían destruido hace mucho. Francis sabe que la primer persona por la que sentí "amor" fue por Sajonia, y que duré unido a él por varios años.
Pero todo eso es el pasado. No me importa lo que sentí por otros ni lo que me dieron. Ahora lo que importa es que Francis y yo vamos a estar juntos, igual que un matrimonio, y sé que él está igual de feliz que yo por eso.
No fuimos a escuchar las noticias ni a saber cómo fue la batalla. Ya nos enteraríamos de eso después.
Francis me abrazó. Los dos reíamos como niños pequeños. Me tomó de las mejillas e hizo que lo viera a los ojos. Su mirada era de ternura, y me alegraba saber que yo era lo más importante en su vida en esos momentos. También había algo más, pues sus labios mostraban una sonrisa bastante traviesa.
– Me prometiste algo si Guillermo ganaba Arthur. ¿Piensas romper tu promesa como los hizo el ya muerto rey Harold?
Solté un risa un poco nerviosa y bajé la mirada. ¡Por supuesto que no había olvidado la promesa! Parte de mi nerviosismo era por tener que cumplirla.
Lo tomé de la mano y lo guié a una de las habitaciones del palacio. En estos momentos todos, las criadas, los cocineros, los pajes y la gente importante estarían reunidas con el soldado escuchando todo sobre la victoria de Guillermo. Nosotros teníamos cosas más importantes que hacer, y nadie nos interrumpiría en estos momentos.
Entramos riendo y jugando, como dos tontos enamorados (y lo éramos). Francis cerró la puerta y luego me cargó de la cintura, tumbándome en la cama. No dejó ni recargarme sobre mis codos cuando se puso encima de mí, posando su frente sobre la mía y teniendo como campo visual únicamente sus ojos. El corazón me latía rápidamente. Había un poco de miedo de mi parte, pero también estaba ansioso y emocionado.
– Arthur…
Me confundió un poco su seriedad. Temía que se estuviera arrepintiendo y me dijera que sólo quería los territorios de Inglaterra y nada más. A pesar de su comportamiento de enamorado, aún temía que todo fuera una fantasía mía, un sueño del que cuando me despertara me haría desdichado.
– ¿Qué sucede? – Mi voz era un susurro. Tenía miedo de las ideas que cruzaban mi cabeza.
– ¿Es la primera vez que… estás con alguien así?
¿Era eso? Me di cuenta de que había dejado de respirar por el suspenso. No pude evitar soltar una pequeña risa por mis temores.
– Pues no. ¿No crees que estuve demasiado tiempo con Sajonia como para habernos comportado cual sacerdotes castos?
Vi una chispa de celos en la mirada de Francis. No dirá nada, él no tiene derecho a quejarse, pues aunque yo estuve con Sajonia largo tiempo, él estuvo con media Europa. Si alguien debería de estar mostrando celos en estos momentos debería de ser yo.
–Sólo preguntaba. No quisiera que… tú sabes… fuera demasiado rudo contigo y tú ni siquiera hayas estado con alguien.
– No es mi primera vez. Aunque, debo de admitir que me siento más nervioso que cuando lo fue.
Desvié la mirada por la vergüenza. A pesar de que ambos sabíamos lo que sentíamos hacia el otro, me daba mucha pena decirle a Francis cuánto lo amaba.
Se levantó un poco y tomó una de mis manos, guiándola hacia su pecho. Mi corazón dio un brinco cuando pude sentir el suyo latir rápidamente a través de su ropa. ¿Qué podíamos hacer? Los dos éramos unos enamorados a punto de dejar soltar toda la pasión que habíamos guardado durante largo tiempo.
– Supongo que ya no hay nada más que decir –. Dije sonriéndole abiertamente y pasando mi mano por debajo de su camisa, viendo como Francis se sonrojaba tanto como yo.
– Creo que no…
Nos besamos rápidamente, queriendo recorrer cada rincón que pudiéramos de la boca del otro, soltando gemidos que muchas veces se perdían entre nuestros labios, sacando la lengua buscando a la otra desesperadamente, a veces viéndonos a los ojos y otras cerrándolos y dejándonos llevar sólo por el tacto.
Intentábamos quitarle la ropa al otro, a veces riendo porque parecía mucha nuestra prisa por hacerlo, sintiendo ligeras cosquillas cuando una mano cruzaba por la espalda o las piernas ya desnudas. Soltaba suspiros cuando sentía los labios de Francis en mi cuello, recorriéndolo el toda su extensión y besando mi mandíbula y orejas. Parecía que no quería dejar una parte mía sin besar, sin marcar como de su propiedad. Me dejaba hacer. A fin de cuentas, no sólo todo el territorio de Inglaterra era ahora francés, sino también la representación de dicho reino estaba siendo ahora propiedad de Francis.
Lo tomé de los hombros y lo volteé, quedando ahora yo encima de él. Nuestras respiraciones estaban agitadas y apenas estábamos comenzando.
Me sentía un inexperto, pues Francis me hacía sentir descargas en donde fuera que tocaba, y la verdad no hacía gran cosa. Parecía como si pudiera adivinar qué es lo que mi cuerpo quiere. En cambio yo, no tenía ni idea de dónde tocarlo para hacerlo sentir bien, ni de qué era lo que le gustaba. Me estaba dando cuenta de que había muy pocas cosas que sabía de él en cuanto al sexo.
A pesar de mi inseguridad de hacer mal todo, me dejé llevar y hice cosas parecidas a las de él. Besé su cuello y hundí mis manos en su cabello rubio, el cual siempre envidié por ser tan sedoso y suave al taco; el mío era tieso y rebelde. Veía que no le desagradaba lo que hacía, pues escuchaba sus suspiros que me volvían loco.
Ya que no tenía nada puesto en la parte superior, descendí por su pecho, sintiendo cómo se tensaba al pasar por su abdomen y escucharlo reír ligeramente. Sus manos estaban sobre mis hombros, haciendo presión cuando mis besos bajaron hasta donde comenzaba su pantalón.
– Arthur…
Subí la mirada. Francis no tenía ni idea de cuánto me deleitaba escuchar su voz tal excitada, casi queriéndome hacer gemir con simplemente escucharla.
Bruscamente se sentó y me volvió a dejar recostado. Sin que yo lo ayudara desabrochó torpemente el cordón que ataba su pantalón, quizá ya demasiado desesperado por quitárselo.
Cuando lo vi desnudo completamente, me sonrojé como nunca antes. Sí sabía lo que estábamos haciendo, pero no fue hasta que lo vi ensalivar sus dedos y colocarse encima de mí que supe realmente que Francis estaba a punto de ser uno conmigo.
Como él lo dijo, estaba siendo algo brusco conmigo, pero supongo que era por la ansiedad que ambos teníamos de ya hacer esto y dejar a un lado los juegos. Nuestros miembros pedían atención, y acariciarnos el cabello o besarnos ya no era algo primordial para nosotros.
Sentía meter y sacar los dedos de Francis de mi interior, y era una sensación que, aunque no era desconocida, sí era bastante extraña por no ser de la persona a la que ya estaba acostumbrado. Saber que era Francis el que estaba preparándome para penetrarme hacia que me excitara todavía más.
Sacó sus dedos y abrió mis piernas colocándose entre ellas, tomando su pene con una mano y colocándolo justo en mi entrada. Me dio un vuelco el corazón escucharlo jadear con su respiración agitada. Saber que era yo el que lo ponía así era mi mayor felicidad en esos momentos.
Entró directamente y con fuerza, haciendo que un punzante dolor me recorriera desde mis piernas hasta mi columna. Sé que le dije a Francis que no era mi primera vez pero, ¿qué no entendía que hace mucho tiempo que no hacía esto? Dejé de vivir con Sajonia hace ya muchos años y, a diferencia de él, no anduve de un lado a otro abriendo mis piernas a ver con quién me revolcaba.
Me hizo enojar un poco. Sin embargo todo esa súbita necesidad de apartarlo desapareció cuando acarició suavemente una de mis mejillas y buscó mis labios con los suyos, dándome un beso tan suave y delicado que de nuevo recordé por qué lo amaba.
Coloqué mis manos en su espalda, buscando de qué sujetarme. Mis gemidos fueron acallados con sus labios cuando empezó a moverse hacia delante y hacia atrás. No lo hacía lento, pero aún así sé que se estaba conteniendo por no actuar como un animal en celo.
En la habitación se escuchaban únicamente nuestros gemidos. Francis sujetaba fuertemente las sábanas con una de sus manos mientras que con la otra me acariciaba donde fuera que encontrara piel mía. Parecía que quería hacer de todo al mismo tiempo, como si quisiera estar seguro de que realmente era yo con quien estaba haciendo esto y no una persona cualquiera que al día siguiente lo dejaría.
Mis manos dejaban marcas en su espalda. Nunca en mi vida había sentido tanto placer como ese día. Ahora entiendo que no es lo mismo acostarte con una persona a la que crees amar, que acostarte con la persona a la que realmente amas. Todo me hacía sentir que iba a morir en ese momento del puro placer que sentía. Su calor, su voz diciendo mi nombre y cuánto me amaba, su piel y el sudor, su cabello rozando mi cara, su miembro entrando y saliendo de mi interior rápidamente… todo lo podía sentir, y todo me hacia sentir como si en ese mundo solamente estuviéramos él y yo.
Los sonidos salían inconscientemente de mi boca, sintiéndome un poco sordo pues estaba seguro de que estaba gritando más fuerte de lo que yo me escuchaba, pero mis sentidos estaban fallando, o quizá todo se concentraba en llegar ya al final.
No sé si dije su nombre, no sé si grité que lo quería, pero sé que de repente todo fue como una explosión en mi interior, y que con Francis fue igual pues me abrazó fuertemente y hundió su cara en mi cuello, dejándose caer cuando por fin soltó un líquido caliente en mi interior que me hizo soltar un ligero jadeo.
Me di cuenta de que estábamos sudados, que las sábanas estaban arrugadas a nuestro alrededor y que nuestra respiración era como si hubiéramos corrido kilómetros sin descansar. Me avergoncé al pesar qué si alguien pasó por la habitación seguramente me escuchó decir incoherencias y gemir pidiendo que Francis fuera más rápido y entrara más en mí.
Ya me preocuparía de eso después. Ahora tenía a Francis abrazado a mí, como un niño pequeño que busca cariño para poder dormir.
Su piel brillaba por el sudor, y sus mejillas se veían todavía rojas. Por su edad todavía tenía cierto aire femenino en él, haciéndome pensar que no había nada más hermoso y perfecto. Sé que no soy como él. Mis piel no se ve tan tersa y luminosa, y mi cabello es un desastre, y aún así, estoy seguro de que Francis también diría que soy lo más perfecto que hay en su mundo.
Acaricio su cabello y beso su frente. Se ha quedado dormido, abrazándome como si creyera que voy a escapar en cualquier momento.
El sueño me está matando, y hay tanta tranquilidad en mí que no me cuesta nada quedarle dormido, también abrazando a Francis.
El 14 de octubre de 1066 fue el día más perfecto de toda mi vida. Quizá debí de haberlo disfrutado todavía más. Un día así jamás volvería a repetirse.
Desperté. Más que un sueño fue un recuerdo. Ya no estoy en la Edad Media, ya no hay un tal rey Guillermo ni existe el ducado de Normandía.
Con pesadez me levanté del suelo. Soñar con algo tan hermoso y luego levantarse y darse cuenta de que la realidad es otra hace que la cabeza empiece a punzarme.
Noté de que mis mejillas estaban húmedas. Al darme cuenta de que jamás en mi vida volveré a dormir así con Francis hizo que comenzara a llorar. Pero ya no soy un niño, las lágrimas salen, pero ya no voy a buscar a nadie para consolarme.
Me odio tanto como odio a Francis, porque sé que es mi culpa que esos días de felicidad haya acabado para siempre.
Suelto un largo suspiro antes de levantarme. Camino automáticamente hacia el carro, dejando que mis pies me lleven. El cielo se está nublando mucho y será mejor que llegue a casa antes de que empeore el clima.
No sé cómo fue que llegué a la casa. Miles de recuerdos invadían mi mente. Recuerdos recientes y recuerdos tan viejos que me sorprende que aún estén ahí.
Escucho a las sirvientas darme la bienvenida. No les presto atención, siento un terrible dolor en mi pecho.
Me encierro en mi habitación. La veo fría y oscura. Me dejo caer sobre la cama dándome cuenta de que no hay ningún joven rubio buscando mi cuerpo para abrazarlo y quedarse dormido sintiendo mi calor.
– Es mi culpa… – Digo en voz alta sin siquiera pensarlo. Todo me duele.
– Si no la hubiera matado…
Abro los ojos de golpe. Mi corazón late rápido, asustado, dándome cuenta de llegué muy lejos esa vez.
– Te quité lo único que amabas. Maté una parte de ti ese día.
Ya no había más recuerdos de la época del rey Guillermo. Habían otros, unos más difíciles de recordar por el dolor que me traían, pero era necesario que volvieran.
Como dato cultural, las fechas y los reyes son reales, Inglaterra se volvió francesa a partir de ese día de octubre, cosa que jamás había sucedido antes con la isla, y el rey Guillermo fue conocido como Guillermo el Conquistador :O
El pequeño diálogo sobre el cabello de Arthur es por uno de los capítulos del anime en donde Arthur quiere tener el cabello más bello que el de Francis y falla terríblemente xD
El siguiente capítulo espero tenerlo pronto :)
