CAPÍTULO 1
Dos años antes
—Lo siento Angela, pero esta vez no voy a caer. —Hablaba Isabella por el teléfono móvil mientras que con la otra mano acariciaba su mandíbula adormecida. Acababa de salir de la consulta del dentista cuando recibió la llamada de su amiga para informarle que tenía al candidato perfecto para una cita a ciegas.
Aceleró el paso viendo como las puertas del ascensor se iban a cerrar, pero la persona que estaba dentro, al ver como ella corría para llegar, apretó el botón para mantener las puertas abiertas. Isabella entró dando las gracias, pero sin reparar en el chico que había hecho posible que no perdiera el ascensor.
—No entiendo porque te niegas. Sam es muy simpático y además está como un tren. Ben lo conoce y ….
—La última vez que acepté conocer a un amigo de Ben, terminé cenando con un forense que se dedicó a explicarme las diferentes maneras en las que podía diseccionar mi cuerpo y las múltiples formas de extraer mi cerebro. —Una involuntaria risa escapó de la boca de su acompañante. Isabella, siendo consciente de que tenía público intentó cortar la llamada—. Oye, luego hablamos, ¿Vale? Estoy en el ascensor y no te escucho muy bien. Después te llamo, Ang.
Isabella guardó el teléfono en su bolso y al levantar la vista se fijó más detenidamente en su acompañante. Era alto y fuerte. Vestía de manera casual con unos vaqueros y una camisa a cuadros, pero lo más llamativo era la poblada barba que enmarcaba su rostro. Una barba desaliñada, en tonos cobrizos, que cubría parte de su rostro, el cual, era casi imposible de divisar, pues la visera de una gorra verde militar ocultaba la nariz y los ojos del individuo que además llevaba la cabeza agachada. Involuntariamente, Bella, apretó contra sí su bolso.
—Puedes estar tranquila, no voy a robarte. —Habló el hombre.
Bella se sobresaltó.
—¡Oh, no!, Yo no pensaba que tú…, que…
—No te preocupes, con estas pintas que llevo yo también me asustaría. Sin embargo, creo que debes temer más a ese que pretende extraer tu cerebro que a mí. —Bromeó él con una voz aterciopelada intentando relajar el ambiente.
—¿Siempre acostumbras a escuchar conversaciones ajenas? —Isabella no había terminado de formular su pregunta cuando una sacudida les sorprendió. Ambos se balancearon de un lado a otro. La luz se fue por un momento sumiéndolos en la oscuridad dando lugar a otra sacudida. Un grito brotó de su garganta.
—¿Estás bien? —Preguntó el hombre mientras que la buscaba en la oscuridad.
Isabella notó como una mano tocaba su brazo y sin pensarlo se aferró a ella. De repente la luz volvió iluminando el rostro de ambos. El semblante de ella estaba marcado por el temor mientras que el de él reflejaba preocupación.
—¡Oye!, ¿Estás bien? —Volvió a preguntar.
Fue en ese entonces cuando ella reaccionó. La gorra que cubría su cabeza había caído descubriendo un salvaje pelo del mismo color que su barba y unas cejas que enmarcaban dos preciosos ojos verdes.
—¿Qué ha pasado? —Preguntó ella sin soltar su mano.
—Creo que el ascensor se ha bloqueado. —La mano de él que quedaba libre apretó el botón de apertura de puertas sin conseguir que estas lo hicieran. El teclado numérico no funcionaba, solamente consiguió presionar la alarma antes de que emitiera un sonido agudo y dejara de funcionar también.
—¿No funciona?
—No. La alarma lo ha hecho hasta hace unos segundos, así que puede que alguien nos haya escuchado.
—¿Puede?, ¿No es seguro? —Gritó Isabella alarmada—. ¡Estamos suspendidos en el aire!, ¿A cuántos pisos de altura estamos? Si el dentista tiene la consulta en la planta veinte y llevaba un minuto aquí… ¿Estamos en la dieciocho, diecinueve? ¡Una caída de diecinueve pisos!, ¡Moriremos aplastados!, ¡Necesitarán una pala para despegarnos del suelo! —Estaba empezando a hiperventilar. Su cabeza iba a mil por hora calculando las posibles consecuencias de su encierro.
—¡Eh, eh!, ¡Tranquilízate!, ¡Nadie va a morir aquí! ¿Eres claustrofóbica? —Preguntó el hombre.
—¡No lo sé!, ¡Nunca me he quedado encerrada en un maldito trasto de estos!, ¡¿Lo eres tú?!, ¡¿Eh, listo?!, ¡¿Eres claustrofóbico?!
—¡Está claro que no! —Rio él—, ¡Eres tú la que está teniendo un ataque de pánico!
—¡No estoy teniendo un ataque de pánico!, ¡Solo quiero salir de aquí! —Isabella empezó a golpear la puerta— ¡Oiga!, ¿Hay alguien ahí?, ¡Estamos atrapados! —Gritaba mientras golpeaba la puerta.
—¡Hey!, ¡Para! Si sigues así te harás daño. Ven —Dijo el ojiverde tomándole las manos y llevándola al fondo del ascensor—. Vamos a sentarnos y a respirar tranquilos, ¿Vale? Seguro que pronto nos viene a sacar de aquí.
—¿Y si no vienen?
—Vendrán.
—¿Y cómo lo sabes?, ¿Puede que no hayan escuchado la alarma?
—Porque hay cámaras. Mira ahí. —Dijo señalando la esquina superior izquierda— ¿Ves? Nos han visto y saben que estamos aquí. Pronto se pondrán en contacto y nos sacarán ¿De acuerdo?
—Espero que tengas razón. —Respondió ella recelosa.
—Oye, mira…, ¿Cómo te llamas? Si vamos a pasar un rato juntos aquí lo mejor es que me digas tu nombre.
—Isabella, pero todos me dicen Bella, ¿Y tú?
—¿Lo dices en serio? —Preguntó asombrado.
—¿Mi nombre? Sí, ¿Qué te pasa?
—Nada. Yo soy Edward. —Respondió él como si eso tuviera que significar algo para ella.
—Edward, vale.
—¿Vale?
—Sí, vale. ¿Qué quieres? ¿Se supone que tenía que adivinar tu nombre?
—¡Oh Dios!, ¡Esto es buenísimo! —Rio él.
—En serio, no te ofendas, pero eres un poquito raro. —Apreció Isabella, pues no entendía porque la situación le parecía tan graciosa.
Una voz procedente del techo interrumpió su conversación.
—¿Hola?, ¿Me escuchan? Soy Phil, del servicio de mantenimiento del edificio. Ha ocurrido un problema en el sistema eléctrico del edificio. Estamos intentando solucionarlo, pero aún tardaremos un rato en sacarlos de ahí.
—No se preocupe, estamos bien. ¿Tendremos que esperar mucho tiempo? —Quiso saber Edward.
—Pues… un par de horas como mínimo.
—¡¿Qué?! ¡¿Cómo que un par de horas?!, ¡¿No se suponen que lo están solucionando?! —Gritó Isabella.
—Y estamos en ello, señorita. El problema es que el ascensor en el que se encuentran está parado en una entreplanta y vamos a necesitar la ayuda de los bomberos para sacarlos de ahí. No se preocupen, todo está bajo control. Si necesitan alguna cosa solo tienen que hacer una señal a la cámara. El tablero no funciona, pero la cámara va conectada a una corriente diferente, posee micro y a través de ella me comunicaré con ustedes si hay alguna novedad. No desesperen.
—¡Oiga!, ¡Oiga!, ¡Phil! —Llamaba Bella—. ¡Esto es increíble!, ¡Nos ha dejado solos!
—¿Preferirías que se quedara charlando con nosotros en lugar de intentar sacarnos de aquí? —Ironizó Edward.
—¡Qué gracioso eres!, —Respondió ella sarcásticamente.
—Bella, está claro que vamos a pasar aquí un buen rato, así que lo mejor será que nos relajemos e intentemos no darle vueltas al asunto, ¿Te parece?
—¿Y qué propones?
—No sé, seguro que en ese enorme bolso llevas algo que nos pueda servir. —Edward miró al enorme bolso negro que llevaba colgado del hombro.
—No creo. Aquí solo llevo lo absolutamente imprescindible.
—¿Imprescindible? ¡Para un mes querrás decir!
Isabella lo miró frunciendo el ceño. Se sentó y se quitó los tacones para estar mas cómoda y cruzó las piernas estilo indio invitando a Edward a que hiciera lo mismo. Una vez sentado ambos en el suelo, ella volteó el contenido de su bolso en el suelo. De repente una idea cruzó por su cabeza iluminando su cara.
—¡Hey!, ¡No hemos pensado en los teléfonos móviles!, Seguro que podemos llamar y … —No terminó la frase cuando Edward la cortó.
—No tienen cobertura. Lo comprobé mientras gritabas como una loca aporreando la puerta.
Isabella hizo un mohín con los labios en señal de frustración.
—Veo que vas bien preparada. —Indicó en tono de broma Edward, pues entre el contenido del bolso que ahora ocupaba el suelo se encontraba su teléfono, la cartera junto a unas llaves, un libro, un pequeño neceser, una libreta y un bolígrafo y algunas gominolas, un par de barritas de cereales, un botellín de agua —. Y eso es lo absolutamente imprescindible ¿No? Al menos no moriremos de hambre o sed mientras que nos rescatan, siempre y cuando quieras compartir, claro.
—Si te sigues riendo de mi puede que me piense el dejarte morir de sed. No creo que tú puedas aportar mucho, a no ser que tus bolsillos sean como el bolso de Mary Poppins y empieces a sacar cosas de ellos. —Bromeó Isabella.
—Ahí te doy la razón. Lo único que puedo aportar es un chicle y mi sentido del humor para evitar que te vuelvas loca mientras nos sacan de aquí. —Edward tomó la libreta del suelo y empezó a pasar sus hojas. En ellas aparecían pequeñas anotaciones que parecían narrar partes de una historia, así como citas y notas a modo de recordatorio para ella misma.
—¡Hey!, —Bella hizo amago de quitarle la libreta, pero él la esquivó—. ¡Eso es privado!
—¿Eres escritora?
—No…, aún no. Trabajo en una editorial corrigiendo, seleccionando y traduciendo manuscritos, aunque de vez en cuando anotó mis propias ideas. ¿Me lo devuelves por favor?
—Pues déjame decirte que algunas de esas ideas parecen interesantes.
—Gracias, pero ahora mismo no tengo tiempo de escribir, tampoco es mi prioridad. Quizás algún día… pero por ahora me conformo y disfruto con leer las historias de otros. Y tú, ¿A qué te dedicas?
Una sonrisa burlona apareció en la cara de Edward. Le encantaba pasar desapercibido y con las pintas que tenía después de su último rodaje era mucho más fácil. Nadie pensaría que el desaliñado que se encontraba en ese ascensor era en realidad uno de los hombres más sexys del mundo según una popular revista. Si la ocasión fuera diferente, no se le pasaría por la cabeza revelar su identidad, pero Bella le estaba gustando y estaba ansioso por saber su reacción cuando le dijera quien era.
—Depende de lo que me toque. —Habló haciéndose el interesante—. Puedo ser un ranchero, un superhéroe, un policía…El último papel que tuve fue el de rey Arturo
—¿Te estás quedando conmigo?, —Preguntó confundida.
—No. No vas al cine a menudo, ¿Verdad?
—No mucho, prefiero pasar la tarde con un buen libro y… espera…. —La última pregunta la había descolocado—. ¿Eres actor?
—Edward Cullen. —Se presentó extendiendo su mano.
—¿Edward Cullen? —Empezó a reírse a carcajadas— De verdad, ¿Eres tú?
—Sí y me alegra que te cause gracia. Espero que ahora no te pongas a gritar toda emocionada.
—¡Oh, no! Siento si he dañado tu ego al no reconocerte. He visto un par de fotos tuyas y en ellas ibas con traje o…. casi sin nada. Además, soy muy despistada para las caras y los nombres.
—No te preocupes, mi ego sigue intacto. —Bromeó—. Al contrario, me alegra poder conocer a alguien de manera normal, sin que se deje impresionar por mi profesión, pero dime, ¿Qué te causa tanta gracia entonces? —Quiso saber al ver que ella no dejaba de reírse.
—Qué tienes suerte de haberte quedado encerrado conmigo y no con mi amiga Angela. De haber sido así ahora mismo estarías acorralado y sometido. Según ella tiene todo un arsenal de ideas lujuriosas para llevar a cabo contigo.
—¿En serio?
—Sí. Creo que has protagonizado algún que otro sueño húmedo con ella. —Continuó riendo mientras abría la botella de agua para beber.
—Bueno, pues espero que, a partir de ahora, protagonice también los tuyos.
Bella se atragantó con el agua y el líquido salió despedido de su boca empapando la cara de un presumido Edward Cullen.
El estar encerrado en ese ascensor era lo más divertido que le había pasado en mucho tiempo. Bella era diferente y eso le gustaba, no iba a dejar escapar la ocasión. Su última frase no había sido una broma, había sido toda una declaración de intenciones.
¡Lo prometido es deuda! Aquí está el primer capítulo.
¿Qué os ha parecido?
¿Qué opináis de Edward y Bella? ¿Os ha gustado su primer encuentro?
¿Podrán salir pronto de ese ascensor?
Quiero agradecer de corazón la acogida que le estáis dando a la historia. Espero que disfrutéis como lo hicisteis con la anterior publicación y me acompañéis en esta nueva aventura.
Muchas gracias por los favs, follows y reviews.
Estoy deseando conocer vuestras opiniones a través de los comentarios.
Al igual que siempre actualizaré todos los viernes.
Saludos.
Nos seguimos leyendo.
