Disclaimer: Ningún persona es mío, sino de la increíble JKRowling. Sólo la historia, presa de fantasías juveniles, me pertenece.

Dsifrútenlo y comenten.

.

.

2. —Malfoy embustero

.

Draco despertó por quinta noche consecutiva enredado entre sus sábanas, con una gran erección. Nuevamente había soñado con Granger enredándose con él en la sala de menesteres hasta quedar exhaustos, nuevamente era ella, de espaldas, de lado, arriba o abajo, nuevamente era esa voz pronunciando su nombre hasta el orgasmo y eran sus uñas las que se clavaban en su espalda, su pecho, se enredaban en su cabello mientras Draco la penetraba salvajemente, sudoroso, como fiera. A veces era ella la que se atragantaba con las embestidas de Draco hasta correrse en su boca, escurriendo semen por su barbilla y resbalando por aquellos pechos tan excitantes… Y a veces era él lamiendo aquél jugoso y tierno fruto que ella tenía entre sus piernas, hasta verla llegar al orgasmo, tan abierta, tan sudorosa, clavando sus manos en el cabello de él, atrayéndolo mientras gustoso, bebía de ella, con ese morbo pornográfico que pocas veces había experimentado en la vida real.

Hermione no era todo, pero se convertía en un todo al verla pasar cerca suyo, con su nariz pecosa mirando al techo, la vista fija en todo, excepto en él. Había dejado de ser "Granger", "sangre sucia" incluso "doña perfecta" para ser sencillamente Hermione, la dueña de sus mejores pajas, de sus deseos más reprimidos y los orgasmos más intensos. La única persona en todo Hogwarts que no alzaba la mirada al verlo pasar, que no reía sus bromas o temía su voz… la única persona que parecía inmune a su encanto tan Slytherin.

Abrió la ducha y sin esperar agua caliente, entró y se desfogó, recreando sus deseos más intensos, exagerando las proporciones de sus caderas, la cadencia de su trasero al moverse y volviendo más maliciosa su mirada más tierna, haciéndola una fiera sexual que él necesitaba poseer, una leona pura sangre convertida a una simple gatita con el poder de sus dedos…. Dejó que el agua corriera y cuando sintió su cuerpo regresar a la normalidad, salió del baño, se vistió y bajó al comedor.

Era demasiado temprano para el estudiante promedio en un sábado por la mañana, sin embargo, decidió que sería mejor así, no estaba de suficiente humor para soportar a los monos de Crabbe y Goyle con sus ronquidos guturales hasta para tragar cereal… y hacía días que evitaba a Parkinson a toda costa.

Después de aquella noche en la sala común, Pansy se había vuelto a obsesionar con él, le enviaba regalos a su habitación que él no se atrevía a abrir y sólo amontonaba en una esquina, lejos de su cama. Desde hacía un año, cuando iban en quinto, Draco comenzó a tener reservas de ella, sabía que podía ser muy peligrosa si se lo proponía y vaya que lo había comprobado… cuando una tarde ella le ofreció una galleta de chocolate, la cabeza le dio vueltas y al otro día amaneció en Hogsmeade con ella acostada a su lado, completamente desnuda y totalmente despierta… supo que era altamente peligrosa.

Draco fingió que supo qué pasó, total dueño de la situación, con frialdad se vistió y al entrar a la sala común, alardeó de cómo había follado cual bestia en celo. Nunca admitió que no recordó nada, ni que había sido la primera vez que tuvo sexo y fue humillante que lo forzaran. Él era el príncipe heredero de la casa de más abolengo en todo Hogwarts y esas eran cosas que pasaban, diría su padre. Él era un hombre y debía mantener la cabeza en alto, omitiendo lo avergonzado que estuviera o lo ultrajado que pudo llegar a sentirse. Por ello, desde aquél día, Draco había intentado marcar la distancia con Pansy Parkinson, lo cual era tan difícil siendo ella tan sensual, tan persuasiva y tan… obsesionada con tener una relación con él. Cabe mencionar que nunca, desde aquella vez, comió o bebió de algo que ella ofrecía, ni sintió algo así como cariño por aquella bruja obcecada de su propia belleza.

Al contrario, aquella chica elegante, sólo una cabeza más baja que él, de cuerpo esbelto y curvilíneo, sensual al caminar, cabello oscuro y ondulado, tan sexualizada en su mirar y hablar, de lengua afilada y hábil, maquillaje implacable… sólo lograba despertar en Draco tres sentimientos; desprecio, excitación y desprecio por sí mismo cuando se acostaba con ella. Y sorprendentemente, ella lo sabía, admitía y lo aceptaba. Al parecer prefería mantener esa relación de abierto desprecio y asco que él le demostraba, rindiéndole pleitesía y disfrute cuando fuera necesario, que aceptar la realidad; Malfoy nunca sería suyo. Al menos, así podía fingir ser la reina de Slytherin, la pareja perfecta, la que le presumiría a sus primas en fiestas y a quien ella besaría imaginando que aquél chico rubio de mirada fría podría amarla algún día.

Extraño acuerdo que él no se cansaba de recordarle, donde acariciarle la cabeza en el vagón camino a Hogwarts, públicamente era su mayor logro, algo que daría de qué cotillear con las otras chicas, ser la envidia de otras más bonitas, mantener su perfil de abusadora sensual amada.

.

Draco llegó al comedor y eligió el rincón más alejado de la mesa. Inevitablemente miró hacia la mesa de Gryffindor, aún no llegaba el trío dorado, lo que indicaba un día muy tranquilo para él, alejado de sus pensamientos más perversos y hormonales. Un buen día.

Se sirvió una tostada de buena gana y comenzó a resolver el crucigrama muggle que alguien había dejado olvidado, iba casi por el final del crucigrama, cuando las puertas se abrieron y entró ella, con dos trenzas despeinadas, las mejillas sonrosadas y los ojos castaños tan grandes y brillantes mirando a Harry Potter mientras éste la abrazaba por el cuello y le susurraba algo seguramente tan gracioso que la hizo soltar una sonora carcajada. Hermione se tapó la boca con la mano y miró alrededor, avergonzada.

Draco sintió un monstruo saliendo de su interior, una ira que no conocía, el sentimiento infantil que se volvería impulso como Potter le siguiera susurrando tan cerca, un impulso que acabaría con su vida, estaba seguro. Quería levantarse y separarlos de un manotazo, tomar a Hermione sobre su hombro y salir de ahí, llevarla a un salón vacío y besarla, morderla, estrujarla y hacerla suya hasta que esos ojos brillantes y gigantes, ese cuello delgado, esos pechos suaves fueran declamados suyos.

Hermione tomó asiento en la mesa de Gryffindor justo frente a él y alzó la vista, encontrándose con su mirada. Ella estaba hermosa, tan desaliñada, tan feliz… que lo único que él deseaba era besarla y que le compartiera su felicidad, que le enseñara a ser como ella, menos como él, más luz, menos oscuridad decadente. Se sentía tan solo, que por un momento, un sólo momento, Draco deseó pertenecer a otra casa, tener otro apellido y ser él quien le ocasionara aquella sonrisa y no Potter Pipote.

Siguiendo un impulso, agitó los dedos de su mano, acompañado de un torpe intento de sonrisa humilde e inmediatamente salió del comedor, dejando su desayuno y el crucigrama a medio terminar.

.

Hermione estaba confundida.

Draco Malfoy había levantado sus dedos y sonreído con gracia, hacia ella y después salió casi corriendo del Gran Comedor. Giró con discreción hacia atrás, esperando a algún Slytherin a sus espaldas, al cual el rubio habría saludado, pero no había nadie.

—Hermione…llamando a Hermione…—la llamó Harry—1…2…3…

—Perdón, Harry, estaba pensando en los exámenes—mintió ella, totalmente confundida—¿Qué decías?

—Decía que Ron me pidió que te trajera a desayunar aquí mientras él preparaba una sorpresa para ti, por tu cumpleaños.

Hermione revolvió su cereal sonriente, mientras el estómago se le revolvía. Desde inicio de curso, Ron se había comportado distinto a todos los años y esperaba, en lo más profundo de su ser, que pasara algo bonito entre ambos, que este fuera su año. Ella ya no podía esconder más lo que sentía por él y al parecer, todo mundo lo sabía, excepto él. Pero ahora comenzaba a sorprenderla, con pequeños detalles en sus libros o anotaciones al margen de sus libros. Este era su año.

Y eso que sólo han pasado 19 días desde el inicio de curso. Se dijo mientras una pequeña Hermione interior gritaba con corazones en su pecho.

—Y bien… ¿Eso ameritaba arrojarme de la cama y arrastrarme a las ocho de la mañana a desayunar?—preguntó mientras fingía enojo.

Harry echó a reír y le sirvió zumo de naranja, convencido de que ése año, sus mejores amigos se volverían una hermosa pareja.

Definitivamente, sería un hermoso año.

.

Draco se dirigió a la biblioteca, mientras deseaba jamás haber levantado la mano. No podía olvidar la mirada confundida y desconfiada que Granger le había dirigido, ni la forma en que Potter la abrazaba, o lo hermosa que se veía tan temprano. Tenía ganas de pegar a alguien, torturarlo hasta que se volviera una araña y si era un Gryffindor, sería lo máximo.

Tomó un libro sobre Pociones y se dispuso a canalizar su enojo en información útil, por ello, los últimos años se había vuelto el mejor alumno de todo Hogwarts, quizá hasta mejor que Hermione.

Desde que Voldemort había regresado, su padre le abrió las puertas de la mansión Malfoy, que ahora era el cuartel general y su tía Bellatrix lo presionaba para unirse a los mortífagos, Draco acostumbró a fugarse de la realidad, a leer para evitar pensar en aquellas personas torturadas, los cautivos en su sótano, a su pobre madre ojerosa, demasiado delgada y apretando su hombro como si él fuera el único soporte al cual aferrarse para no caer en la locura a la cual era sometida día a día, con la casa llena de mortífagos, esclava de los deseos de Voldemort y a los caprichos de Bellatrix. A veces, Narcisa solía entrar en su cuarto por la madrugada y acurrucarse a su lado, mientras ambos se tomaban de la mano con fuerza y las lágrimas empapaban la almohada al escuchar los gritos de algún muggle o sangre sucia ser amortiguados por las risas frenéticas de Bellatrix y cualquier otro mortífago degenerado. Ambos, madre e hijo, se convertían en niños indefensos en una casa dedicada al abuso y los excesos, el único lugar seguro de toda la mansión era ese cuarto, el rincón que no les habían arrebatado. La única puerta a la cual su padre había apelado privacidad, consciente de la carencia a la cual los tenía sometidos, esclavos en sus propios dominios.

Los Malfoy sabían que ninguno de ellos obedecía al Señor Oscuro por convicción, era miedo latente de que alguno saliera herido, torturado, era el miedo al qué dirán los demás que poco a poco los había llevado a servir de nuevo a alguien en quien no confiaban, era una bola de malas decisiones de sus padres que lo habían orillado a odiar a Potter, a Granger y a cualquier persona que no tuviera los medios económicos para solventar una vida de lujos, pero sobre todo, era odiar la libertad y amor de todos aquellos que habían crecido con los privilegios más grandes de la vida; Una familia que lo amara.

Por ello, cuando Draco conoció a Potter, pensó que podrían ser amigos, ambos en hogares difíciles, ambos careciendo del principio básico de amor… sin embargo, Potter pese a todo, había elegido amigos buenos, leales, una verdadera familia, los Weasley lo habían adoptado como otro hijo, Black y Lupin lo acobijaron con paternidad y despreciaba a Malfoy por su altanería y arrogancia, cuando el principio de carencias era proporcional, aun así, Potter era mejor persona, más valiente, más leal, más honorable, lo contrario a todo lo que le había enseñado su padre a punta de golpes y desprecios.

A lo lejos, escuchó ruido, carcajadas amortiguadas, sacando de su ensimismamiento a Draco.

Con curiosidad, echó una ojeada por la ventana. A pie del ventanal, se encontraba el trío de oro, junto con los Weasley, Longbottom y Lovegood. Todos traían unos picos de papel en la cabeza, algo había escuchado sobre ellos gorritos de fiesta creía se llamaban. Hermione sonreía mientras Lovegood le tendía un pastel con velitas y todos reían mientras ella cerraba los ojos y soplaba las velas.

Con que es tu cumpleaños se dijo Draco y se alejó de la ventana, volviendo a sumergirse en su libro de pociones, dispuesto a ignorar ese hecho que no le concernía y apelaba a su Malfoy interior para despreciar las fiestas de cumpleaños y a las personas, en general.

Tomó sus apuntes, dispuesto a concentrarse en serio y adelantar los deberes de Slughorn, tanta ira convertida en deberes adelantados lo iban a matar. Necesitaba follar para olvidar la asquerosidad de sentimientos que lo invadían, la soledad latente y el trabajo que Voldemort quería que realizara. Definitivamente, éste no era para nada su mejor momento, su peor año por mucho.

El único lugar donde se sentía protegido, medianamente tranquilo era en Hogwarts, perdiéndose por sus pasillos, encerrado en los baños de prefectos, en la sala de prefectos, intocable. Aquél lugar libre de mortífagos debía ser profanado por Voldemort y él era el encargado de traerlos al castillo a final de curso…

.

.

Ron miraba a Hermione divertirse con sus amigos, durante todas las vacaciones había planeado el cumpleaños de ella, divertirse con ella, desayuno, pastel y amigos por la mañana, pruebas de quidditch por la tarde y una escapada romántica a Hogsmeade por la noche, donde le confesaría su amor. Era el plan perfecto y este era su año.

Harry y Ginny reían, pero sabía que estaban impacientes por salir al campo a realizar las pruebas de campo, Ron estaba nervioso, era pésimo, pero entrenaba muy duro y quizá lo conseguiría éste año. Harry decía que necesitaba disciplina, Ginny lo alentaba y él sólo deseaba ser medianamente bueno como ellos.

—¡vaya, qué tarde es!—dijo Harry mientras miraba a Hermione—¿nos vemos en las pruebas, Hermione?

Hermione asintió mientras engullía un pedazo de pastel.

—Sí, sólo iré a cambiarme y los alcanzo—contestó.

—Ponte algo elegante, ¿verdad Ron?—se mofó Ginny con picardía.

La castaña se giró hacia él y le dio un beso en la mejilla, poniéndolo rojo hasta las orejas.

—Gracias por el pastel, me encantó—le dijo y se marchó, apretando su mano al pasar.

.

Era el mejor día de su vida, Ron había preparado su pastel con receta de la señora Weasley y nada podía salir mal. O eso pensó hasta que subió a las gradas y ahí estaba Lavender Brown, con sus rizos alborotados y perfectos gritándole a Ron, SU Ron.

Había evadido a McLaggen al entrar al campo de Quidditch y ahora estaba Lavender gritando a todo pulmón, el ánimo de Hermione se tambaleó un poco.

No importa, es mi cumpleaños y será un excelente día.

Eso se dijo incluso cuando usó el confundus para que McLaggen fallara y Lavender celebrara a Ron, haciéndolo olvidarse de ella.

Eso repitió cuando bajó al campo y Lavender estaba coqueteando con Ronald y los vio alejarse juntos, riendo. Tomó asiento en el campo y esperó a que volviera, quizá con otra sorpresa como el hermoso pastel.

Hermione se sintió estúpida cuando pasó una hora y Ron no regresó. Sintiendo las lágrimas acumularse, se encaminó hacia la biblioteca, el único lugar donde el estúpido de Ronald no la buscaría si es que llegaba a acordarse de ella. Se pasó la manga de la chaqueta por el rabillo de los ojos y deseó no haberse puesto un intento pobre de delineador, o haber traído ese vestido demasiado corto en pleno septiembre, incluso haber pasado una hora arreglando sus rizos para darle forma… cual fuera el caso, era patética, llorando en su cumpleaños.

Entró a la biblioteca y tomó un libro al azar, afortunadamente era inicio de curso y casi ningún estudiante pasaba sus sábados ahí. Se sentó en un rincón, dándole la espalda a las ventanas y abrió el libro, mientras las lágrimas comenzaban a salir en forma de torrente. Puso su manga sobre la nariz, intentando ahogar los hipidos y concentrarse en las letras, pero las lágrimas no le permitían ver absolutamente nada. Le apetecía más ir a su cama y encerrarse a llorar y autocompadecerse, que estar en la fría y oscura biblioteca, sin embargo, no estaba lista para afrontar a los demás, que seguramente no sabían lo estúpido que había sido Ronald y le preguntarían cómo había ido todo. Cerró el libro y enterró la cabeza entre sus manos, intentando tranquilizarse.

—Toma, creo que lo necesitas— Alguien le tendió un objeto suave—. ¿Estás bien?

Hermione tomó el pañuelo y se secó los ojos, entonces los abrió de golpe, Draco Malfoy la miraba con seriedad desde el otro extremo de la mesa.

Lo que faltaba, el peor de todos los Slytherin del mundo estaba sentado frente a ella y le había dado un pañuelo. Hermione aventó el pañuelo y se limpió las manos.

—¿Qué tiene? ¿Está envenenado?

Hermione comenzó a tocarse el rostro en un ataque de pánico.

—¿Qué? ¿por qué estaría envenado? —preguntó Draco—. Te lo di porque parecía que lo necesitabas.

La chica miró dubitativa a Malfoy, nunca había que confiar en un Slytherin, sobre todo, no en el enemigo de Harry.

Malfoy tomó el pañuelo y se lo pasó por la cara.

—¿Ves, Granger? —le dijo—, limpio como mi conciencia. —le tendió de nuevo el pañuelo y dubitativa, Hermione lo aceptó y secó sus lágrimas.

—Gracias, supongo.

—¿Estás bien?

Hermione asintió más tranquila y levantó la vista hacia el rubio.

—¿Le vas a contar a todo mundo que viste a Doña Perfecta llorando?

Malfoy se removió en su silla y sonrió de lado.

—A decir verdad, es una opción muy tentadora, pero también hay otra opción que me tienta aún más. —Se inclinó hacia delante y apoyó los codos en la mesa, automáticamente, Hermione se echó hacia atrás marcando la distancia con aquella sonrisa perversa—. Ayúdame con mi tabla de Slughorn y lo olvido, Hermione.

Le tendió sus apuntes a Hermione con una sonrisa.

—Oh vaya —suspiró aliviada—, por un momento pensé que me pedirías algún favor sexual. Pero sí, me parece un buen trato. Y por favor, dime Granger, para no intimar.

Le tendió la mano y Draco se la estrechó, haciendo caso omiso a las punzadas que sentía por todo el cuerpo cuando ella pronunció la palabra sexual e intimar.

.

Pasaba la hora de la cena cuando ambos terminaron con los deberes de toda la semana.

Hermione sonrió satisfecha, nunca había tenido un compañero de estudio tan inteligente. Por momentos, olvidaba que se trataba de Draco y reía. Se veía tan guapo relajado, con las mangas de la camisa arremangadas y ligeramente despeinado. Había demostrado increíbles dotes para Runas antiguas y una asombrosa habilidad para explicarle hechizos avanzados que ella temía probar.

—Vaya, es muy tarde —dijo Malfoy mirando a la ventana más cercana—, ¿tienes hambre?

Hermione suspiró negando con la cabeza.

—No quiero bajar a cenar, no tengo mucho ánimo.

Draco la miró con atención, sonaba triste, todo un cambio contra la Hermione de la mañana, la que reía y se veía plena.

—Pero es tu cumpleaños —dijo él, mirándola fijamente.

Hermione abrió los ojos y éstos se le llenaron de lágrimas inmediatamente.

—Lo siento —se disculpó Draco—, no sabía que a los muggles les ponía triste cumplir años.

—Para empezar, yo no soy muggle, soy tan bruja como cualquiera —le corrigió—, en segunda, no, a los muggles les encanta cumplir años. Sencillamente no fue un buen día.

Draco la miró con seriedad y se levantó del asiento.

—Vamos, nadie, mago o muggle o bruja o murtlap o dementor merece tener un mal cumpleaños. ¿Qué dices si nos escapamos un rato? Conozco un lugar donde les encantan los cumpleaños.

Hermione sonrió y asintió.

—Hoy puedo hacer una excepción.

Malfoy desapareció sus apuntes con un movimiento de varita y caminaron juntos hacia el pasillo.

—No vas a torturarme hasta la muerte, ¿verdad? —preguntó de pronto Hermione—, sería muy triste morir en mi cumpleaños.

Draco se alzó de hombros y se acercó a un tapiz de brocado.

—Cualquier muerte es muy triste, pero hoy tenemos una especie de tregua.

—¿Hermione?

Hermione se dio la vuelta y encontró a Ron que corría hacia ella.

—¡Aléjate de ella, Malfoy!

Draco alzó las manos en señal de paz.

—¿Estás bien?, ¿te hizo daño? —preguntó Ron al llegar a su lado, examinándola con cuidado.

Hermione estaba seria y se alejó del pelirrojo.

—Estoy bien, Ronald. ¿Olvidaste a Lavender en algún lado? , me voy a dormir. Adiós.

La chica dio la vuelta hacia las escaleras y se despidió con la mano de ambos chicos, más en un gesto despectivo que en otra señal.

Draco se quedó mirándola hasta que desapareció, mientras la furia invadía su tranquilidad.

Con que Weasley la había dejado sola en su cumpleaños por la loca de Brown… se giró para mirarlo con asco y desapareció. Recordando abruptamente que él era un Slytherin que odiaba a los sangre sucia, las comadrejas y a la gente, en general.

.

.

Draco entró a la sala de pociones después de una muy mala noche donde había tenido noticias de Bellatrix, la cual le urgía encontrar el armario evanescente y repararlo para que pudieran ingresar a Hogwarts. Estaba cansado y de mal humor, dispuesto a desquitarse con Weasley.

—Hoy veremos las leyes de Golpalott. Saquen sus tablas de tarea y comiencen.

Sacó sus apuntes y alzó la mano.

—¿Dime Malfoy? —preguntó el profesor, acercándose—, ¿tienes dudas?

—No profesor, he terminado.

Slughorn revisó sus resultados y sonrió satisfecho.

—Muy bien hecho Malfoy, diez puntos para Slytherin por tu esmero.

Draco se recostó en la silla, cuando algo le dio golpecitos en la pierna, miró al suelo y encontró un gato de papel girando sobre sus pies. Levantó la nota con cuidado y leyó:

*¿Cómo lo has hecho tan rápido?

Seguramente hiciste trampa, Malfoy embustero.

H.G.*

Draco sonrió y escribió una respuesta.

*No hice trampa, ¿quién me crees? Mi talento e inteligencia han respondido por mí.

Puedo explicarte mi método, si gustas. Cruza los números de izquierda a derecha, de abajo hacia arriba y voilá.

Malfoy, el embustero.

*Quieres decir… ¿Que me pasé dos horas explicando algo que ya sabías hacer?

*Así es. Por cierto, eres una buena maestra, pero yo soy mejor.

*Embustero.

*¿Hoy te sientes de mejor ánimo para cenar algo? P.D. Mi día va de mierda y creo es tu deber animarme, aunque sea haciendo los deberes del próximo año.

*Siento lo de la otra vez, es verdad que te lo debo.

*Nos vemos a las seis, tercer piso.

Draco se estiró como gato y miró hacia el frente, sonriendo por primera vez desde el sábado.

.

.

.

...

Besos,

Paola