DOS
AÑOS MÁS TARDE…
En el año quince del gobierno del Emperador Tiberio, cuando Lexius Luthor era gobernador de Judea y Herodes el de Galilea, Juan, hijo de Zacarías, comenzó a predicar la palabra de Dios. Iba por todos los lugares junto al río Jordán diciéndole a la gente que debían ser bautizados y cambiar de actitud, para que sus pecados les fueran perdonados.
Por ésta época, Kal-El era un hombre grande; durante años, trabajó junto a su padre ejerciendo el noble oficio de carpintero y sus increíbles dones y poderes eran como una bendición para el anciano José. En efecto, José ya era muy viejo y había cosas que no podía hacer. De hecho, su estado de salud desmejoró bastante en ese último tiempo, y era Kal el encargado del negocio.
Para él era fácil cargar pesados maderos, uno apilado encima del otro, sin esfuerzo. O terminar de clavar clavos y montar un mueble a una velocidad pasmosa. O soldar algo de acero con el calor que emergía de sus ojos en rayos, cuando quería. Así fue como José solo descansaba en su cama, convaleciente por su mayoría de edad, mientras Maria, su fiel esposa, cuidaba de él, ubicada siempre junto a su lecho.
-He oído que el Bautista predica a la vera del Jordán la palabra del Señor – le dijo ella, mientras tomaba sus manos arrugadas entre las suyas – José, ¿crees que ya será el momento esperado?
-Creo, amada esposa, que sí. Siento que mi vida no va a durar mucho tiempo…
-No digas eso.
-No seas tonta, mujer. Es la verdad y ambos lo sabemos. No me queda mucho tiempo, solo el que Dios ha permitido. He cumplido con Su mandato, el cual fue cuidar y velar por Su hijo. Durante treinta años, tú y yo hemos hecho todo lo que podíamos para hacer de Kal-El un hombre de bien. Creo que es hora de que nuestro muchacho encare su camino y enfrente su destino, el que el Señor desea – hizo una pausa y recuperó el resuello. Se le veía muy desmejorado – Ve. Llámalo. Dile a Kal que venga a verme. Tenemos que hablar.
Maria cumplió con el pedido de su esposo y fue a buscar a su hijo. Kal-El vino diligentemente y se presentó ante su padre adoptivo, quien antes de hablarle, lo observó con orgullo.
A los treinta años de edad, Kal-El era un hombre joven y alto, de brazos y piernas bien proporcionados, dueño de un rostro bello y cubierto por una tupida barba. Llevaba el cabello largo y suelto, y sus ojos, azules como el cielo, miraron al anciano con preocupación y ternura…
-Padre, aquí estoy. He venido.
-Hijo mío. Tenemos que hablar…
Maria se retiró de la habitación discretamente, pero escuchó la conversación tras la puerta cerrada de la habitación.
-Hijo, seguramente has oído como todos la historia sobre Juan El Bautista…
-Si, padre. He escuchado su historia. De cómo predica la palabra de Dios y bautiza a la gente en el río Jordán. De cómo los insta a arrepentirse de sus pecados…
-Kal-El, hijo mío, escucha con atención lo que voy a decirte: el momento ha llegado. Aquello para lo que estás destinado a ser, para lo que Dios te envió a la Tierra, debe cumplirse ahora. Quiero que hagas esto: ve a ver al Bautista y deja que te sumerja en el agua. Que te bautice en el Nombre del Señor. Después acude al desierto…
-¿Al desierto? No entiendo. ¿Por qué debo ir allí?
-Porque hallaras las respuestas a todas tus dudas en ese lugar, donde tu madre y yo te hallamos por primera vez, de camino a Belén. Después que el Bautista de bautice, ve al desierto y escucha la Voz de Dios, así como yo lo hice… hace treinta años atrás.
José enmudeció. Respiraba con dificultad. Kal-El le tomó de las manos y con sus penetrantes ojos azules, miró al anciano.
-Hijo, se acerca mi hora. Encomiendo al Señor guiar tus pasos y velar tus caminos. Recuerda siempre las enseñanzas que tu madre y yo te dimos: recuerda ser bueno con las personas, ayudar a los que menos tienen y ser un buen creyente. Recuerda usar esos dones milagrosos que tienes a favor de los oprimidos y humillados… Se… Se su Salvador.
José volvió a enmudecer. No volvería a hablar más.
Llorando en silencio, Kal-El le cerró los ojos y salió de la habitación. Su madre lo esperaba. Ambos se miraron directamente a los ojos y entonces, él la abrazó.
-Hijo, debes cumplir con la Voluntad del Señor – le recordó ella – Durante treinta años hemos sido tu guía, pero el momento ha llegado. El momento en que escuches la Voz de Dios.
-Madre, no quiero dejarte sola…
-No estaré sola, Kal-El. El Señor cuida de mí. Nada me faltara. Tú tienes una misión que cumplir. Debes hacerlo.
Kal-El asintió. Maria le depositó un beso en la frente.
-Ve, hijo. Ve con Dios. Que el Señor guíe tu camino y lo bendiga.
Kal abandonó el hogar familiar tiempo después de enterrar a su padre. Vestido con una túnica blanca y azul, acudió a la vera del río Jordán. Había una multitud reunida allí, esperando ser bautizada.
Cuando le tocó su turno, Juan lo miró sorprendido.
-Yo soy el que necesito que tú me bautices; ¿y vienes tú a mí? – le dijo.
Kal-El no supo qué responder. Aquél hombre enfrente de él era singular; su ropa estaba hecha de pelo de camello, llevaba un cinturón de cuero ceñido a la cintura y había oído que se decía que se alimentaba con langostas y miel del monte.
Juan lo sumergió en el agua. Pronunció unas palabras y lo ayudó a salir del río. Totalmente empapado, Kal-El siguió su camino esta vez en dirección al desierto.
El Sol en el cielo y al aire caliente abrasaba su piel. El desierto, lleno de colinas y medanos de arena se elevaba en torno suyo hasta donde su vista alcanzaba.
Concretamente, no sabía dónde buscar ni qué esperar. Caminó y caminó durante todo el día, hasta que se hizo de noche. Entonces armó una fogata con ramas secas, las cuales encendió con su visión de calor.
Sentado junto a ella, contempló las estrellas y suspiró, soñadoramente. Algo en su interior le decía que tenía más en común con ellas que con el mundo sobre el que estaba.
Se durmió.
Y soñó…
En sus sueños, veía alzarse a su alrededor un mundo fascinante, de inmensas torres plateadas y de carros voladores, que flotaban por los cielos carmesí. Vio cristales brillantes en un gran salón y en medio de ellos, una figura parada, como aguardándolo… un hombre mayor vestido de blanco y con un símbolo sobre su pecho, una letra "S".
-Kal-El… Hijo mío… Ven a mí – le dijo, con una voz profunda y clara.
Despertó, empapado en sudor. El fuego se había consumido. Todavía era de noche.
La voz del misterioso hombre retumbaba en el interior de su cabeza. Su mensaje –su llamada– se repitió en sus oídos incansablemente. Sin saber por qué, miró en dirección del horizonte… y allá a lo lejos, entre las colinas, vio una luz.
"Kal-El… Hijo mío… Ven a mí".
Antes de poderse dar cuenta, sus pies se movieron. A gran velocidad –supervelocidad– se dirigió a la fuente de aquella luz y la encontró: un gran cráter donde yacían los restos de la nave espacial que lo había traído a la Tierra.
"Kal-El… Ven a mí", seguía diciendo la voz en su cabeza.
Fascinado, vio cómo la luz emergía de lo que parecía ser un cristal engarzado en el panel de control del vehículo. Con dedos trémulos, lo tomó, sacándolo.
El brillo del cristal se intensificó. Kal-El lo observó, sin poderle quitar los ojos de encima. Súbitamente, se zafó solo de sus dedos y voló hacia la distancia, deteniéndose sobre una llanura. Ahí se enterró, en medio de la arena.
La luz se desvaneció, apagada… nada ocurrió por un rato hasta que un violento terremoto se desató y entonces del suelo del desierto comenzaron a surgir rocas. Una a una, se apilaron, pulidas por una energía extraña, formando una montaña al instante.
Kal-El contempló todo con el alma sobrecogida. Cuando la extraña montaña de configuración nunca antes vista –las rocas estaban pulidas, como talladas por la mano del hombre– estuvo terminada, la luz volvió, emergiendo ésta vez de una cueva, una entrada abierta a su interior.
"Kal-El… Ven… Ven a mí", repitió la voz.
Obedeció. Entró en la montaña e ingresó a una impresionante caverna llena de cristales luminosos. Símbolos extraños desfilaban sobre sus superficies; tomó uno de ellos y por un impulso, lo colocó sobre el pedestal que parecía erguirse en el centro de todo.
El resultado de todo esto fue la aparición de la imagen holográfica de Jor-El. El kryptoniano contempló a su hijo con infinito amor.
-Tú eres mi hijo amado – dijo la aparición – Estoy muy contento de ti.
