Dudas
Dudas y más dudas se arremolinaban en el cerebro del joven mientras él intentaba poner en orden sus pensamientos. Por un lado estaba todo en lo que él había creído, por el otro, todo lo que Sirius le había intentado inculcar. La misma decisión que tubo que tomar a sus once años, en la selección, y posteriormente a sus catorce, cuando su hermano huyó de casa.
Regulus dejó caer su espalda sobre la cama de su hermano mientras esta crujía quejándose del peso que estaba recibiendo después de una década sin ser de utilidad.
Elijas lo que elijas siempre puedes venir conmigo, hermanito, esas habían sido las últimas palabras pronunciadas en ese cuarto y ahora se repetían en la cabeza del Slytherin como un disco rayado.
Elegir.
Esta palabra fastidiaba realmente al menor de los Black. Elegir entre la tradición y el corazón, entre el Nuevo Régimen y la Orden del Fénix, entre su familia y Sirius, entre lo que le habían enseñado y lo que aprendió con Sirius… Los colores de la habitación también le recordaron una decisión: entre Slytherin, su casa y la de sus amigos, y Gryffindor, la casa de su hermano y de Potter-roba-hermanos.
El ceño de Regulus se frunció al ver-se obligado a mencionar ese nombre en su cabeza. El nombre del chico que había convertido a su hermano en un traidor de sangre, que le había llenado la cabeza con tonterías sobre el bien y el mal, que lo había apartado de su familia e incluso de él mismo, su protegido y mimado hermanito.
Aún así, algo en su cabeza le recordaba que las ideas de Sirius habían sido anteriores a Potter y que esas ideas y la determinación con la que las defendía eran lo que más admiraba de este.
Porqué sí, por qué negarlo, lo admiraba, y mucho. Sirius era todo lo que él hubiese querido ser: valiente, leal, temerario, gracioso, seguro de si mismo y poseedor de una fuerte determinación. Ya no podía seguir fingir que le menospreciaba por no tener unas ideas que en ese momento se estaban desmoronando frente a sus ojos.
Regulus agitó la cabeza como si así pudiera aclararse y empezó a analizar la situación con la frialdad propia de su casa llegando a las siguientes conclusiones. Uno, el señor Tenebroso era mestizo por lo que la ideología que propagaba basada en el estatus puro era, por decirlo cortésmente, pura hipocresía. Dos, teniendo en cuenta eso el tenía dos opciones, ignorar lo que había leído o asumirlo, en ese caso supondría o pensar que el señor Tenebroso era la excepción en el Nuevo Régimen o que era el embustero más grande con el que se había cruzado.
Una vez llegado a la primera conclusión no pudo evitar repasar mentalmente todos los discursos y las reuniones a las que había asistido. Los primeros se le antojaban ridículos ahora mientras que las segundas la muestra de lo demente y cruel que era aquél que hasta ese momento veneraba.
Sus metas, ideales, sueños y creencias, todos en el suelo desmenuzados y hechos a trizas por una simple hoja de papel que aún apretaba en su mano. Miró el papel preguntándose que debía hacer con él, si lo enseñaba a alguien o lo destruía.
Entregarlo significaría mostrar sus intenciones al Lord cosa que, como escurridiza serpiente que era, no le apetecía lo más mínimo. Además, podría provocar una batalla interna ente los seguidores del Lord oscuro y los fanáticos más convencidos provocando muchas muertes. O peor, él podía convencerlos a todos diciéndoles que estaba falsificado porqué el era un espía de la Orden.
Regulus negó imperceptiblemente con la cabeza, enseñarle ese papel a alguien no era una opción que su salud apreciara mucho así que tenía que destruirlo puesto que quedárselo suponía un riesgo que no estaba dispuesto a correr ya que probablemente él quisiera comprobar, a través de la legeremencia que lo había destruido.
Dobló el papel y lo puso en el sobre que tenía en el bolsillo para que no sospechara, un simple hechizo de fuego bastó para que el papel pasara a ser historia y Regulus esparció sus cenizas con un soplido.
Ahora le tocaba decidir que hacer con la información que había recibido. Resultaba evidente, al menos para él, que no podía continuar matando y torturando gente en nombre de algo que había resultado ser una patraña aún así, tenía miedo y no sabía a quién acudir.
Elijas lo que elijas siempre puedes venir conmigo, hermanito, esa frase tanto tiempo olvidada volvió a sonar en su cabeza. Era una promesa, pero largo tiempo había pasado y él había cometido crímenes atroces, se había convertido en eso que tanto odiaba Sirius. Era una promesa, sí, pero las palabras se las lleva el viento.
Nada le garantizaba que Sirius le recibiera con los brazos abiertos, habían sido muy unidos pero se habían distanciado desde que Sirius entró en Hogwarts. Nada le decía que él no lo maldeciría nada más verlo, ni que se alegraría si quiera que hubiese cambiado de decisión. Tal vez, si le traía algo como muestra de buena voluntad…
Regulus se levantó de golpe, había recordado algo muy importante. Algo que les probaría a toda la Orden su buena voluntad, algo que ayudaría hacer caer al Lord. Contuvo las ganas de llamar a Kreacher recordándose donde estaba y la reacción de sus padres si lo encontraban allí. Suspiró pesadamente disponiéndose a ir hacia las cocinas para hablar con el viejo y leal elfo pero algo le detuvo, era un ardor intenso en el brazo izquierdo. Su señor le estaba llamando.
Bien, esta vez han sido 934 palabras, el próximo sentimiento es angustia.
