Después de mucho tiempo, vuelvo a retomar este fic con muchas ganas.

Y creo que podré terminarlo para la fecha dada.

"Este fic participa del reto Anual "Nuevo año, nuevas historias" del foro La Sala de los Menesteres"


II – Que no te vean débil

Sale del baño colocándose un mechón de cabello castaño rebelde detrás de la oreja y con un poco de maquillaje en el rostro para recordarse que no debe de llorar. Camina por los pasillos del Ministerio hasta llegar a su puesto de trabajo en los Servicios de Administración del Wizengamot, por fin le habían dado un puesto en aquel departamento y ese era su primer día. Lo recordaría toda su vida.

Se coloca la toga. No sonríe. No se relaciona con nadie. Sabe que tiene que prestar atención a lo que se está desarrollando allí, pero sin embargo no lo hace. Es cuando habla uno de sus compañeros, que Amelia Bones vuelve a la realidad. Parpadea suavemente, mientras nota como su respiración se agita. Hiperventila. No tarda en convertirse en el centro de las miradas, siendo ella más importante en esos momentos que el caso en cuestión.

Y entonces llegan los cuchicheos. La antigua Hufflepuff puede ver como una mujer se inclina a otra y comienza a susurrar en su oído. Ocurre bastante lejos de su presencia, pero en esas circunstancias es como si lo viviera estando al lado. Casi puede hasta escuchar lo que le está diciendo. No lo aguanta más.

Lo ha intentado, pero no puede. Se recrimina mentalmente lo débil que es mientras sale de la Sala a la carrera, quitándose la toga por el camino y notando como una lágrima le cae por la mejilla, llevándose parte del maquillaje por el camino. Escucha el revuelo que ha generado, pero lo vive como si ella no hubiera sido la causante, como si fuera algo lejano. Porque en esos momentos tiene otras cosas más importante en la cabeza.

Se pasa el dorso de la mano por la mejilla para limpiarse. No quiere llorar. No quiere llorar en el Ministerio. Pero esa primera lágrima es el preludio de muchas otras que ha estado guardando durante todo el día. Desde esa mañana que ha llegado al Ministerio y la llamaron del cuartel de aurores. Se ha estado conteniendo. Porque se suponía que ese era su gran día, por lo que había estado luchando desde que saliera de Hogwarts. Y ahora tendrá suerte sino la despiden. Pero eso pasa a segundo plano. El trabajo es una preocupación menor para Amelia.

En cuanto puede, se desaparece. Va a casa, pero no a su casa. La vieja casa de sus padres que, desde que ellos murieran, al comienzo de aquella guerra, se ha visto abandonada a su suerte. La hierba crece sin control, la pintura está caída, algunas ventanas rotas… Sin embargo en aquel momento le parece el mejor lugar del mundo. Cuando cruza el umbral de la puerta, no le parece que corra el aire, ni que esté a oscura. Es el lugar más cálido y luminoso que se ha podido encontrar, porque así era como lo tenía siempre su madre. Avanza por la entrada, a la cual no le falta la pintura, ni se encuentra llena de hojas. No. La recibe un pequeño mueble que tiene un espejo en el que siempre se miraba antes de salir.

El salón no se encuentra vacío. En esos momentos puede ver como su padre se encuentra sentado en un sillón, que ya no está, con los pies apoyados en una alfombra, que hace tiempo que ha dejado de ser tan mullida como antaño. Y entonces nota el aroma del budín que solía hacer su madre, y dirige sus pasos, esta vez a la cocina, que es cálida y siempre oliendo a nuevos platos que cocina su madre, porque ahora le ha dado por la cocina muggle, como hace tiempo que le dio por la jardinería, y hace aun más tiempo por escribir cuentos.

Amelia no dice nada, no mueve los labios y por supuesto no sale de su boca sonido alguno, sin embargo, puede escuchar como le pregunta a su madre por su hermano Edgar. Y puede escuchar como le responde que está en su dormitorio. Por lo que la joven sale, y vuelve a pasar por el salón. Su padre no se ha movido. Ella sonríe apoyando la mano en la barandilla, la cual está astillada, pero en esos momentos, para la castaña, está perfectamente lijada, y sube por las escaleras corriendo.

A veces piensa, que por ser la pequeña de la familia es la que tiene el cuarto más centrado, como si todos tuvieran que controlarla. El primer dormitorio es el de John, el otro hermano. Luego el de sus padres. El suyo propio. Y al final el de Edgar. El pasillo ya no tiene esos cuadros tan vistosos que una vez pintó su madre, pero es como si estuvieran. Llega al dormitorio y abre la puerta.

Y se topa con la realidad.

Allí no hay nadie. Hace tiempo que no hay nadie en aquella casa. Tiene veintitrés años, hace tiempo que ha perdido a sus padres y aquel mismo día ha perdido a su hermano Edgar, quien estaba metido en la Orden del Fénix. Y se derrumba. Llora por todo, sobre la antigua cama de su hermano, poco le importa que esta esté llena de polvo después de tanto tiempo.

Llora por todas las vidas que se está cobrando aquella guerra. Porque hay tantas casas que ya no pasarán de nuevo. Porque nadie la ve, y puede permitírselo. El llorar en público es una de esas cosas que Amelia nunca se ha dejado ver. Y llora hasta quedarse dormida. Como si en sueños pudiera borrar la realidad.


La despierta el Sol. Tiene el cuerpo agarrotado de la mala postura, y no puede evitar soltar un quejido mientras se estira. No nota que hay más con ella hasta que la figura no habla.

—¿Larga noche?

Amelia abre los ojos y ve a su hermano John al otro lado de la habitación, sentado en una butaca que en los tiempos de Edgar servía para almacenar ropa sin ningún control.

—Creo que no he sido la única. —Responde al ver las ojeras que decoran el rostro de su hermano. Aun sentada en la cama, abraza sus piernas y apoya la barbilla sobre las rodillas, mirándole. No quería encontrarse con un espejo en aquellos momentos.

—Ni te lo imaginas. —Puso los ojos en blanco. Un sentimiento se ocultaba tras ese gesto, cuando Amelia le vio sonreír levemente. No entendía dónde podía verle la gracia. —Valerie se puso de parto ayer por la tarde.

Tiene que mentalizar las palabras de su hermano. Valerie es su esposa. Y se puso de parto. No sabe identificar con el expresión se volvió a su hermano, pero las palabras no salían de sus labios.

—Se llama Susan. —Y ahora es John quien no puede contener las lágrimas, algo que pega a su hermana, quien vuelve a notar como la respiración se le agita antes de que las lágrimas caigan por sus mejillas, sin poder evitar pensar que alguien se tiene que ir, para que otros vengan.