Capítulo 2: Puedes si crees en ello

MAYO 2009

Sin rumbo a un lugar desconocido. Caminando por las calles, escuchando a los coches arrancar a toda velocidad y frenar tan de golpe hasta la muerte. Pocos accidentes había por aquí pero, aún así, habían. En cambio, alguien de a pie, alguien como yo, no tenia nunca accidentes y mucho menos llegaba a morir tan fácilmente como los demás. Te pasas la vida viviendo en las calles, en callejones oscuros, revolviendo en la basura; todo eso solo porque somos diferentes. Solo una mirada, un paso atrás, un movimiento suave, podía espantarlos y hacer que gritaran.

Igual que aquél día…

Abrí la puerta, salí un momento del piso de Jennifer. Ella estaba fuera, sabia que tardaría mucho ya que su trabajo la hacia estar mucho tiempo por aquellos bares tan pesados y ruidosos. La calle era tranquila, era medio de noche y había pensado en ir a recogerla. Miraba al suelo, pensando que tal vez era demasiado precipitado ir a recogerla porque podía haber cogido ya un taxi o haberle llevado algún compañero o compañera de trabajo.

Oí pasos. No me percaté de ellos al estar sumido en mis pensamientos, lo que provocó un choque con el hombro del chico que acompañaba de la cintura a su posible "novia". No me giré, en cambio oí los insultos y malos tratos hacia mí de aquél personaje de mala fama, por llevar pintas de metomentodo y metiéndose con todo el mundo que se posaba en su camino. Decidí mirarle a la cara, con odio frente a mí al verla a ella, junto a él, arropada en su brazo. Su cara de sorpresa no pudo ocultarme su infidelidad. En cambio, no escuché sus palabras; me fui por donde iba ya, echándome toda la culpa a mí de ser como soy…

-¡Sucio Ilusionista! –escuché de fondo, retumbó en toda la avenida y todo el mundo lo escuchó. Sin embargo, seguí mi rumbo normal; sin prestarle atención a los demás.

Eso fue lo último que oí después de que Jennifer se fuera de mi lado de tan cruel forma. Solo por ser eso, un Ilusionista. Me pregunto, ¿qué tiene de malo ser un ilusionista? Solo somos personas con una mente capaz de crear ilusiones reales, que pueden tocar los demás, dañan o alivian. ¿Por qué nos tratan de esa forma? ¿Acaso yo pedí ser como soy? No, yo solo quería ser normal. Un día quise aliviar mi dolor, por ello pensé en ir a una prisión donde estaban los criminales más fuertes y con mayor culpabilidad de todos. Quise matar a uno, a un asesino en serie; y al intentarlo. Una fuerza poderosa salió de mi corazón. Y de ahí salió mi espada llamada "Llama del Dragón".

La miré determinadamente, el mango solamente, ya que la hoja era como la llama de un dragón blanca y con resplandor dorado. La acerqué más a la cara, mirando si tenia algún dispositivo de activarla, ya que solo se abrió cuando estaba en apuros o tenia tanto dolor y odio acumulado que deseaba destruir algo o… A alguien.

La guardé y caminé de nuevo, atónito a los problemas que tenia solo por ser diferente. Siempre deseé un lugar tranquilo, pacífico, donde todos pudiéramos vivir tranquilamente y, aunque fuéramos diferentes, respetarnos de una forma mutua. Darnos apoyo, comprensión y amor entre todos. Como una vez me lo dio ella, pero se fue solo porque era así. Yo alguna vez se lo comenté, para que ella supiera que yo era ese tipo de personas que tanto temían las personas normales como ella. No le importó lo más mínimo, aunque me extraña que en esos tiempos, después de medio año, le diera tanta importancia. Y a partir de eso, no creo en el amor verdadero. Todas al principio son buenas, simpáticas y cuidadosas contigo pero, llega un momento en que empiezan a darse cuenta de su vida y la tuya. Que las dos juntas son problemáticas, que no concuerdan, que es algo imposible. Simplemente, el amor es de locos. Y básicamente, solo es un sentimiento que trae dolor y sufrimiento.

-Mamá, ¿ese chico está malito? Tiene la cara pálida… -oí por lo bajo a 6 pasos de mí. Me paré y me apoyé en la pared, cerrando los ojos.

-No te acerques a él cariño, es peligroso y puede hacerte daño –le advirtió la madre antes de empezar a sacar dinero del banco.

La niña pareció no escuchar a su madre, me volvió a mirar de arriba abajo. Curiosa de mí, se acercó poco a poco y los dos pasos que quedaban al final, los realizó con dos diminutos brincos. Pasaron segundos y ella no apartaba su mirada preocupada de la mía, aunque yo apenas la podía mirar; no quería hacerme responsable de lo que dijera la madre al ver a la niña a mi lado. Noté su cálida manita cogiendo uno de mis dedos fríos como el hielo y tiró de mí hacia abajo. Le obedecí, arrodillándome a su lado y mirándola. Mi expresión era triste, apagada, deprimida, encarcelada… En cambio, ella tenía una mirada alegre, feliz, preocupada y comprensiva.

Me hacia sentir mejor, hasta que su madre se percató de lo que pasaba. La solté rápidamente y me fui por el callejón más cercano. Oí sus gritos.

-¡No te vayas! ¡Ven conmigo! ¡Quiero que estés conmigo! –con preocupación.

Al rato dejé de oír su dulce e infantil voz. Aquella niña, por un momento, me había abierto el corazón a ella solo con su presencia tan cálida. Me crucé de brazos, quería volver a sentirme como antes, estar a su lado y verla volver a sonreír. Pero su madre si me veía podría llamar a la policía y me encerrarían, no tenia ganas de que estuviera en busca y captura. Lo pensé mucho tiempo, incluso llegó a anochecer; estaba confuso. No me explicaba como una niña tan advertida por familia, amigos, profesores, hubiera reconocido como era y se hubiera acercado a mí sin percatarse del riesgo que corre. Aunque yo nunca haría daño a una niña tan pequeña, solo tenía 4 años.

Pasadas las doce de la noche decidí ir a verla, siguiendo su rastro hasta la casa donde viviera. Corrí pero en silencio, sin hacer mucho escándalo para que nadie empezara a asustarse de mí y que gritaran que iba a matar a alguien. Los pasos se me hacían lentos, parecía que nunca llegaba. Pero las esperanzas de volver a sonreír con ella al lado eran tantas que no podía permitirme una noche sin notar la presencia de una sonrisa tan fugaz.

La casa era un edificio de unas 20 plantas, muy alto; plateado, con vigas negras y ventanas tapadas con las persianas. Me fijé en el séptimo piso, una de las ventanas estaba abierta, dejando entrar la brisa fría de la noche y obligando a bailar a las cortinas blancas. Escalé por todos los pisos, sujetándome a las ventanas y a las vigas hasta que llegué a esa ventana abierta, me asomé y en la cama dormía ella; tan inocente, era como un ángel que había bajado del cielo para consolarme.

Me quedé en silencio, mirándola, observando como sus suaves manos cogían la almohada buscando una posición cómoda. Abrió los ojos lentamente, con brillo a pesar de estar todo oscuro, sin una luz. Se inclinó y me miró con los ojos entrecerrados; se los frotó y parpadeó dos veces.

-Tú. El chico de esta tarde –murmuró y me señaló. Solo asentí un poco pero ella pareció entenderme. Se salió de las sabanas y se acercó a mí, sentándose enfrente y con una gran sonrisa en el rostro.- Me alegra mucho que hayas venido a verme pero, ¿por qué tan tarde? –se extrañó.

-No puedo ser visto –susurré con rapidez.

-¿Eres una persona de esas que crean ilusiones? –acertó enseguida. Gruñí.- Tranquilo, yo no te quiero hacer daño. Además, pienso que esas personas son muy interesantes –sonrió de nuevo y observó mis ropas.- Me gustaría mucho tener amigos que entendieran que es chulo ser ilusionista, y también poder jugar con los pajaritos y volar. –se rió.

-Puedes hacerlo, si crees que puedes –le informé.

-¿En serio? –Se asombró.- ¿Puedo ser un ilusionista? –dijo con tono esperanzador.

-Claro, pero has de creer que puedes hacer lo que ilusiones… -me viré hacia el cielo, la luna era menguante pero, igualmente, iluminaba toda la cuidad con su luz tenue. Entonces noté un apretón en el pecho, me abrazó con fuerza y alegría.

-Gracias, muchas gracias –susurró. Noté un pequeño ardor en las mejillas al mirarla tan feliz. Cerré los ojos para relajarme ya que me había puesto nervioso al ella abrazarme, la cogí de los hombros apartándola con cuidado y me agaché a su altura.

-Yo te enseñaré si quieres –mostré una pequeña sonrisa.- ¿Cómo te llamas?

-Lin, ¿y tú? –escondiendo sus manitas por detrás de la espalda.

-Ryu –conseguí pronunciar.

Salimos a una terraza que había debajo de la ventana de Lin, mirando yo al frente pero ella miró hacia abajo y tembló. Tenía miedo y lo comprendía, estábamos a una altura vertiginosa para una niña tan pequeña. Acaricié su cabello.

-¿Crees que podrás? –esperando a que ella estuviera segura. Noté que se lo pensaba.

-S… Sí –al final se decidió.

Asentí y la cogí, posándola sobre mi hombro derecho para que notara la fresca brisa que hacia. Ella parecía que se tranquilizaba al estar yo cogiéndola, se sentía segura conmigo. Le susurré de nuevo que debía creer que volaba, que ella podía hacerlo sin dificultad alguna. Ella asintió. Entonces subí a la valla de la terraza que era de piedra blanca, caminé hacia el lado izquierdo ya que estábamos en el centro y esperé un tiempo. Cuando creí que era conveniente, la tiré por el vacío del edificio. La miraba bajar rápidamente, pero estaba seguro de que ella no se haría daño porque confiaba en ella y se le veía en los ojos que sabía que podía. Bajé de la valla y me viré para verla volando delante de mí.

-¡Mira! ¡Lo he conseguido! ¡Puedo volar! –intentando mantenerse para ir al suelo de la terraza, por casi se cae pero yo la agarré y la puse en tierra firme.- ¿Me has visto? ¡Ha sido increíble! –pegaba saltos de alegría.

-Sí, sabía que podrías Lin. Eres una buena "Ilusionista del Vuelo" –le nombré.

-¿Ahora soy la "Ilusionista del Vuelo"? ¡Qué divertido! –gritó de felicidad, estaba más contenta que un perrito cuando le sacaban a pasear un rato.

-He de irme Lin –cogiéndola, saltando hasta su ventana y entrándola dentro de su cama, tapándola con la manta y volviendo a la ventana.- Ya no puedo enseñarte nada más hoy, has de descansar para mañana ir a la escuela. ¿No?

-Sí, tienes razón –bostezó. Y cerró los ojos, escondiendo su lado derecho de la cara en la almohada.

Me quedé pensativo, mirándola; sabía que ella sería una buena Ilusionista y que me podría hacer compañía cuando fuera más mayor. Volví a entrar en la habitación, me acerqué al borde de su cama y le besé la frente, con suavidad y dulzura. Quería que durmiera bien para volverla a ver mañana.

-Mañana volveré por la noche a buscarte, te lo prometo –acariciando sus cabellos castaños, que se juntaron con los Dios plateados que caían de mi única coleta que llevaba al lado derecho de mi cabello medio largo, por la mitad del cuello. Mi coleta era la única que llegaba de mi cabello hasta mi cintura.

Caminé hasta la ventana, la volví a observar de reojo y me fui, saltando por las terrazas hasta el suelo.

Por la mañana, al salir el sol busqué un lugar bueno para desayunar. Había un bar en uno de los callejones que llevaba un Ilusionista, siempre iba allí como último recurso ya que no tenía mucho dinero. Al entrar había un ambiente pesado, lleno de humo y con 5 mesas ocupadas. En una de ellas estaba un hombre mayor leyendo un periódico, en otra 4 amigos jugando a las cartas, en la siguiente dos mujeres cotilleando de sus cosas personales, en la penúltima una chica joven algo ausente en sus pensamientos y en la última un niño con su padre desayunando. Me acerqué a la barra y me senté en un taburete algo viejo, pedí un vaso de leche con chocolate. Al lado mío se moría de risa un periódico que se había dejado alguien de hoy. Lo cogí y le eché un ojo por encima.

Una noticia me llamó la atención. "Otra Ilusionista es capturada y sentenciada a muerte". Otra como yo, todos los días encontraban a alguien, o al menos uno a la semana. Al acabarme mi tazón de leche con chocolate derretido decidí ir a ojear en la prisión de Ilusionistas para ver a quién sentenciaban el día de hoy.

En cambio, tenía un mal presentimiento…