Hola a todos! Hace tiempo que no actualizaba, el trabajo consume mi tiempo, espero poder hacerlo con regularidad. En fin, en este capítulo se introduce otra de las parejas del fanfic.
La mayoría de los personajes no son míos, son propiedad de Masami Kuramada y Shiori Teshirogi.
Capítulo II
Encuentros.
Corría por uno de los pasillos del palacio, a toda la velocidad que su infantil cuerpo le permitía. Estaba agitado, cansado. Si estuviera solo se quedaría allí, paralizado por el miedo al ver a tanta gente que el conocía asesinada a manos de los habitantes del reino del sol naciente, pero no era así, Saga le sujetaba obligándolo a seguir hacia adelante.
Mientras avanzaban, creyó ver el cabello oscuro de su madre desaparecer por un marco que conducía a una escalinata, justamente la que llevaba a la torre más alta. Sacudió su cabeza. "¡La reina está a salvo!" eso le había dicho Saga, tenía que confiar en eso. Después de varios minutos comenzaron a gatear por un conducto oscuro, uno de los varios pasadizos secretos de su hogar. La luz se presentó ante ellos, anunciando la cercanía de la salida...
Sus ojos se inundaron en segundos, borrando su clara visión de aquello que le había impactado. Los brazos de su hermano mayor lo abrazaron con fuerza antes de que ambos se dejaran caer. Podía sentir a Dégel esforzarse por no llorar, tal vez para tratar de darle fortaleza pero no pudo mantenerse inquebrantable, a los pocos segundos ya lo estaba acompañando.
La escena que presenció antes de caer en los brazos del llanto... Su padre viendo desde lo alto el cuerpo sin vida de su madre, su cabello tan oscuro como la noche se había teñido de blanco, completamente acendrado; su piel pálida y aparentemente gélida; sus labios rojos ahora lucían morados...
─ ¡Mi mamá!─ gritó Camus entre su llanto, desgarrando cualquier presencia que pudo escucharlo, partiendo el alma de los sobrevivientes de la guerra, esos que sabían que los príncipes acababan de perder a su madre...
─ ¡Me dijiste que ella estaba a salvo! ─ reclamó el más joven de la familia real. Se encontraba en las caballerizas junto a aquel que le salvó la vida hace unos días─. ¡Me mentiste!
─ ¡Nunca te mentiría, Camus! El capitán me dijo que lo estaba─ informó, tratando de sujetar al pequeño para tranquilizarlo─. Te quiero, Camus, no te mentiría.
El acuariano sintió que aquellas palabras lo desarmaban. Saga era mayor por dos años, llevaba tiempo como aspirante a guardia real por lo que sabía cómo comportarse ante la realeza, escuchar aquellas palabras de su parte era algo en verdad extraño.
─ Siempre lo protegeré, príncipe.
Se sentó de golpe, agitado por sus recuerdos. Dobló sus piernas sobre el colchón y ocultó su sudoroso rostro en sus manos. Si su padre se enterara de que no podía dejar del todo atrás la muerte de su madre después de tres años, sin duda se ganaría una reprimenda. Los sollozos iniciaron sin poder evitarlo. Sus medianas hebras cubrieron parte de su cuerpo, protegiéndolo de la tenue luz del amanecer.
...
Entre las tantas lecciones que su padre le hacía tomar para convertirse en un digno sucesor, logró abrir un pequeño espacio para una lectura. Llevaba dos libros consigo, uno lleno de datos sobre los gobernantes de cada reino y el respectivo poder con que los miembros de la familia real nacía; el otro, un diccionario de pasta azul marino, sin ningún dibujo o título en especifico sobre la portada, pero Dégel sabía lo que era ya que su madre solía leerle unas palabras a su hermano y a él cada día, sólo para ampliar su vocabulario.
Había perdido a su madre a los diez años y ese objeto era un recuerdo especial. Dentro del palacio, lo escondía en su habitación y no andaba con él porque a su padre le alteraba hasta su simple mención. Si retirar las pinturas donde la reina aparecía no estuviera prohibido, estaba seguro que el rey las hubiera removido. Su progenitor era muy fiel a las leyes y tradiciones, y entre ellas se hallaba honrar a los antecesores en las paredes del hogar. Dado que su madre era quien nació bajo la protección de Acuario y no su padre, él no podía hacer mucho al respecto.
Caminaba entre los árboles mientras deseaba arribar pronto al lugar que deseaba, uno al que no muchos sabían llegar. Se encontraba cansado, sus párpados le pesaban pero ahí estaba, adentrándose en el bosque, alejándose de todo. Aunque por más que quisiera también hacerlo mentalmente, sólo lo conseguiría de la manera física. Camus no conocía la verdad sobre la guerra, pero el sí...
Tres años antes de que todo estallara, su padre cayó enfermó, y aunque no era de gravedad le impedía realizar sus acciones como representante del reino. Por aquellas fechas se efectuaba la fiesta de la cosecha en el reino de su tío, hermano de su madre que había nacido a finales de febrero, bajo la custodia de Piscis y no de Acuario como su progenitora. Dégel acompañó a la reina Adhara a esa celebración, después de todo el heredaría el reino. Fue ahí cuando su madre y el rey Sargas se conocieron.
En ese entonces, hacía aproximadamente seis años que su esposa había fallecido en el alumbramiento del menor de sus hijos: Milo. Dado que en aquel tiempo las cosas entre los dos reinos eran amenas, los dos soberanos entablaron una amistad. Después de eso, él era conocedor de que la mujer y el hombre se seguían viendo, a escondidas de su padre, en el bosque que enlazaba a los reinos. A pesar de no considerarlo bueno, le guardó el secreto a su madre por verla más feliz que nunca. Esto tal vez se debía a que su difunto abuelo la había obligado a casarse con su padre, que en esos momentos era el hijo de una familia adinerada... Le gustaba creer en las historias de su madre sobre el amor y odiaba que su padre los obligara a reprimir sus emociones.
Un año después, se desató la guerra entre el reino de las tierras vivas y el reino guardián de las almas. Él desconocía el motivo de la batalla, y si la reina Adhara lo sabía nunca se lo dijo. El fin del enfrentamiento tuvo grandes pérdidas: su primo Albafica era el único sobreviviente de su familia, aún recordaba al infante Camus afectado por la pérdida de su primo Afrodita y sus tíos; la población del otro reino había sido completamente aniquilada, incluyendo a todos los miembros de la familia real nacidos bajo la protección de Cáncer.
La pérdida de su único hermano fue devastadora para la reina Adhara, afortunadamente ella pasaba los veinte años, la edad cuando se controla por completo el poder con el que naces, y no ocasionó problemas materiales pero en los emocionales... ese fue el momento cuando el rey Sadaalsud comenzó a sospechar de su esposa, cuando salió al bosque en vez de buscar apoyo a su lado.
Pasó con la sospecha un año y medio, hasta que conoció al hombre que cambiaría a su padre. Si era adulto o joven, Dégel no podía saberlo porque siempre que lo veía salir a escondidas del despacho de su progenitor iba encapuchado de pies a cabeza. El rey le decía que era un amigo que hizo en uno de los viajes hacia el reino de las tierras vivas, la reina le pedía confiar en él pero no podía, algo en ese sujeto no le agradaba. Desde que su padre convivía con la misteriosa persona su carácter se salió de control, hasta el punto de golpear a su esposa. ¿Por qué la reina Adhara no se defendía si ella tenía el poder? ¿Por qué no se divorciaba? Porque estaba prohibido, la separación sólo en su reinos, el usar técnicas en contra de un cónyuge que no posee poder eso era en todos los reinos. ¿Y por qué no quebrantar esa ley? Porque existían personas que se encargaban de vigilar que se cumplieran y otras que reprendían a quienes no lo hicieran, a estas últimas, se les conocía como "Los justo". Había castigos que alcanzaban la pena de muerte y se decía que gozaban de torturar al infractor hasta que soltara su último aliento. Su madre no podía hacerlo porque pensaba en su hermano y en él, no iba a abandonarlos.
En diciembre, faltando dos meses para su onceavo cumpleaños, la relación de su madre se descubrió. En la madrugada, el rey Sargas había arribado a su reino con el fin de reclamarle a su padre por el maltrato hacia la reina; su madre logró detener la batalla mortal que los dos sostenían, ambos al filo de su espada ya que el gobernante del reino del sol naciente carecía de poder. Pero la reina Adhara no pudo evitar que su esposo mandara tropas hacia el sur, contra al que había nombrado "el reino enemigo".
La familia nacida bajo la protección de Escorpio tenía un gran número de personas en su ejército, por lo que las tropas de su reino enviadas fueron eliminadas en menos de veinticuatro horas. Su padre estaba furioso. Si cerraba los ojos, aún recordaba las manos fuertes de su progenitor apretando su cuello. Posiblemente su madre pronosticaba su muerte, o dejó de importarle morir, porque atacó al rey arrojándolo contra un muro, provocando que el hombre cayera inconsciente.
Los soldados del reino del sol naciente invadieron sus tierras. El rey Sargas no era alguien que gozaba de la guerra pero, si con ello liberaba a la reina Adhara del rey Sadaalsud, lo haría. A su madre no le daba tiempo para ir hacia donde se encontraba su amado y hacerle entrar en razón, así que lo condujo por los caóticos pasillos hasta guiarlo a la salida de la caballeriza. El calor del beso de despedida de su madre aún lo sentía en su pecho. Los ojos dorados de la reina reflejaban inmensa preocupación por no conocer la situación de su hijo menor, pero Dégel sabía que un golpe como aquel no mantendría dormido a su padre por mucho y cuando se diera cuenta de la situación, sin duda iría en búsqueda de su hijo predilecto. Su padre estaba apegado a Camus como su madre a él, y eso aún no cambiaba.
Cuando salvó al príncipe Kardia, comprendió que la vida de su madre se había extinguido a causa de usar todo su poder en una técnica que le costó la vida, y gracias a la cual su reino se había librado de la liquidación. También debido a eso, el rey Sargas vivía con el temor de que su padre usara de nuevo esa inexistente arma en contra de sus hijos. Por su parte, el rey Sadaalsud temía que si su rival descubría la verdad destruyera su reino con el ejército que lideraba. Así que, los dos temiéndole en secreto al otro, decidieron firmar un par de días después un acuerdo de paz que se renovaría cada cinco años, por si se necesitara modificar algo.
Suspiró desganado cuando llegó al sitio planeado, recordando que faltaban dos años para esa reunión. Se sentó en el lecho del árbol más cercano a la laguna y se dispuso a iniciar su lectura. Recargó el libro en sus cruzadas piernas en busca de una cómoda postura. Devoró algunas páginas con cierta dificultad debido al aire, cuando la sensación de ser observado desde las alturas le invadió. Inspeccionó las copas en busca de algo pero no encontró nada. Se concentró de nuevo en la lectura. A penas había repasado unos cuantos renglones cuando la pesadez de sus párpados se hizo insoportable y se rindió ante el cansancio. Cayó tan profundamente dormido que no se percató de la persona que descendió de una de las ramas del árbol que servía de cama a Dégel.
Los dientes del joven brillaron al identificar al durmiente. Se aproximó sigilosamente, usualmente le gustaba hacerse notar pero esa vez no, en esa ocasión quería contemplar al que tenía en frente. Dégel conservaba la nívea piel, lo sabía por el rostro ya que el resto estaba escondido bajo ropa gris y blanca; los labios se habían rellenado comparándolo con su único encuentro; su melena estaba más larga, si el acuariano estuviese de pie tal vez le sobrepasara la media espalda. Pero lo que más recordaba de él permanecía resguardado bajo la capa de rizadas pestañas.
Era igual de perfecto como lo veía en algunos de sus sueños húmedos, donde caía ante la intensa mirada que ese acuariano poseía. Se sentó frente a él unos minutos pensando en lo cansado que el príncipe debía estar para dormir en ese lugar.
─ ¡Kardia!─ le nombró una joven, apenas un año menor que él.
─ ¡Shhh!─ la cayó el aludido, señalando al durmiente peliverde.
─ ¿Quién es él?─ cuestionó la muchacha, bajando considerablemente el tono de su voz al llegar junto a su hermano mayor.
─ Es el príncipe Dégel─ susurró, levantándose del suelo cubierto de pasto.
─ ¿Estás loco?─ reclamó la joven, quien si pudiera gritar lo hubiera hecho─. Ni si quiera lo pienses─ le advirtió, sujetándolo por el brazo─. Tienes varios con quien divertirte en casa─ dijo, jalándolo para emprender el camino hacia su reino.
─ Antia─ reprochó el mayor.
─ Nada─ sentenció la aludida─. Además, nuestro padre te busca.
Kardia no objetó ante eso. Le agradecía a su padre por respetar sus gustos y ahora todos sabían de lo que era capaz gracias a los entrenamientos. Miró sobre el hombro a Dégel, quien aún disfrutaba de su sueño.
...
Un mes había pasado desde que comenzó a sentir una mirada sobre él cada vez que se adentraba en el bosque para leer. Dado que las oportunidades para hacerlo eran pocas, aproximadamente dos veces a la semana, cada vez sentía la necesidad de conocer la identidad de aquella persona que lo vigilaba. Sin embargo, cada ocasión que miraba hacia la rama en la que, él estaba seguro, se hallaba la persona no divisaba nada.
Pero esa vez sería diferente, tenía un plan. Se sentó entre las grandes raíces del árbol, como se le había hecho costumbre, e inició a leer en voz alta; esa semana, el tema a estudiar era la mitología, algo que no era de agrado para muchas personas.
No supo exactamente qué fue lo que marcó el término de su lectura, posiblemente el cese de la sensación de ser espiado, por lo que apartó los dos libros que cargaba dejándolos sobre una cama de hojas secas. Miró hacia las alturas, localizando una rama cercana a la que él necesitaba inspeccionar. Se preparó mentalmente y comenzó a trepar por el enorme tronco, era la primera vez que lo hacía así que la adrenalina le recorría el cuerpo, si caía estaba seguro que le dolería; por otra parte, si continuaba descubriría el rostro de la persona. Cuando alcanzó su objetivo quedó frente a un joven durmiente. Sus ojos se abrieron como platos al reconocerlo...
La respiración era tranquila, señal de tener un apacible sueño; una de sus manos descansaba sobre su abdomen, la otra colgaba; su cuerpo entero había adquirido mayor tonalidad muscular, comparándolo con la última vez que se vieron; la melena seguía igual de alborotada pero había aumentado su largo. El nombre de la persona se formó en sus labios.
─ Kardia─ susurró, aún sin creer que el escorpión era esa persona que tanto lo había observado... su mejillas se encendieron con sólo pensarlo.
Lo observó unos minutos antes de considerar un poco primitiva la escena, él sobre las ramas espiando a otro hombre. Meneó la cabeza negando aquella idea. Inició su descenso. Si recordaba su único encuentro durante la guerra, tal vez era mejor no socializar con el heredero del reino del sol naciente.
...
La luz del sol lograba pasar entre las copas de los abetos con dificultad, la caída del astro le indicaba a los animales que se aproximaba el momento de dormir. En las alturas se encontró solo, percatándose de cómo las aves, que durante todo el día lo habían visto con extrañeza, lo abandonaron... ¿qué ese hombre no sentía curiosidad? ¿no podía sentir su mirada? Él podía bajar, por supuesto, pero quería que Dégel fuese en su búsqueda. Aburrido, y posiblemente resignado a que el acuariano no fuera hasta donde estaba, sacó una manzana del bolsillo de su suéter...
¿Acaso nunca pensaba bajar y saludar? ¿Se pasaría todos los días que iba a leer sólo viéndolo? Y de todos modos, ¿a él por qué le importaba? Suspiró. Cuando lo conoció, nunca creyó que el escorpión pudiese ser tan callado, pero aún así, sin decir nada, cada vez se le hacía más complicado concentrarse en las líneas impresas en las hojas. Su curiosidad y sus sentidos parecían solamente poder enfocarse en alguien...
Estaba cansado de lo mismo, después de todo él no era de los que esperaban a que algo ocurriera, él prefería ser quien diera inicio esas cosas. Miró a su aún intacta manzana y una idea surgió en su cabeza: tal vez si algo le cayera... Sostuvo la manzana en el aire y la dejó caer. Su dentadura se asomó al observar cómo Dégel la tomaba sin inmutarse si quiera... no era tan ignorado como él creía. Saltó, abandonando por fin su refugio, cayendo ante Acuario.
─ Se te ha caído esto─ observó el menor, apartando su libro y mostrando el rojo fruto.
─ Que bueno que la agarraste─ dijo Kardia, acercándose al otro príncipe─. Es mi favorita.
Se sentó junto al peliverde, dobló sus piernas y colocó sus muñecas sobre sus rodillas. El acuariano se movió unos centímetros hacia el lado contrario, posiblemente para darle más espacio o porque su cercanía le había incomodado, esta última era más agradable para el escorpión ya que le gustaba provocar eso en el príncipe de hielo. Además, le fue satisfactorio que el menor dejara las formalidades.
─ ¿Te gusta?─ preguntó, lanzándole una mirada al libro que Dégel había intentado leer y al otro que siempre cargaba.
─ Son de mi agrado─ respondió, habiéndose tomado unos segundos para pensar su respuesta─. Ten─ ofreció la manzana.
Kardia la aceptó sonriente, definitivamente siempre sería la mejor de todas las frutas, gracias a ella había dado el primer paso.
...
Sus cejas se juntaron convirtiendo su rostro en un símbolo de evidente molestia, trataba de concentrarse en el libro sobre sus piernas pero el sonido de la técnica de Kardia impactando en los troncos de los árboles lo volvía una labor titánica. Sólo unas semanas habían pasado desde que se comenzaron a tratar, por lo que a esa fecha el escorpión sabía lo mucho que disfrutaba leer. Aparentemente, Antares se había cansado de observarlo y comenzó a desquitarse con la pobre laguna, después consideró como mejor blanco la madera.
Ahora Dégel se encontraba en un punto crucial: darle el gane a Kardia o intentar sumergirse en las páginas frente a sus ojos... otro impacto. Cerró su libro, convencido de que no podría leer si el peliazul no guardaba silencio. Se puso en pie y rodeó el árbol, encontrándose con Escorpio apuntando a su cuello, lo afilado de su uña estaba tan cerca que podía sentirla rozar su piel.
─ Kardia detente, quiero le...
─ Pelea contra mí─ pidió el peliazul, mirándolo como un halcón a su presa─. Nuestro primer encuentro quedó inconcluso.
En efecto, así había ocurrido, Dégel recordaba ese día a la perfección.
─ Las circunstancias fueron distintas.
─ Estas circunstancias son perfectas─ afirmó Kardia, descendiendo su uña escarlata por la epidermis de su rival.
La extremidad de Antares vibró, advirtiéndole del inminente ataque. Dégel puso una rodilla en el suelo para esquivar la técnica de su oponente, en un segundo de sus manos emergieron copos de nieve que arremetieron contra Kardia... había caído en el juego de Escorpio.
...
Se levantó de la cama tras abrochar sus zapatos, se acomodó el carcaj que había depositado en el colchón y agarró su arco, tenía toda la intención de pasar esa tarde practicando en el bosque. A pesar de poseer habilidad sobre el hielo tanto él como su hermano debían aprender sobre el manejo de algún arma, Dégel había optado por la espada y él por el arco... Su cabeza giró alerta al escuchar la puerta de su habitación abriéndose con violencia.
─ ¡¿Dónde está tu hermano?!─ cuestionó su recién llegado padre. Para Camus, la palabra furioso no llegaba a describir el estado del rey.
─ No lo sé, padre─ contestó el preadolescente, su voz abandonó su cuerpo temblorosa siendo traicionado por el miedo que, en ocasiones como esa, su progenitor le provocaba. Éste bufó.
─ Deja eso y acompáñame─ ordenó el gobernante, tratando de controlar su propia cólera.
─ ¿A dónde?─ preguntó el peliverde, retirando su equipo de tiro.
─ ¡Eso no importa, Camus! ¡Cuando doy una orden se acata sin importar qué! ¡Ya deberías saberlo!─ gritó, maniobrando con su grisácea capa para virar─. Aunque con el ejemplo de tu hermano no puedo culparte, parece ser el primero en desobedecerlas─ comentó el rey, iniciando su recorrido hacia su destino.
Camus le siguió. Sabía que las palabras de su padre no eran ciertas, Dégel cumplía con todo lo que le pedía sólo para que lo considerara un digno sucesor al trono. Pero el carácter del monarca quedó tan inestable después de la guerra... nada estaba seguro y su hermano jamás haría algo que le arrebatara ese derecho.
Agradecía que Dégel ya no pasara todo su tiempo encerrado en el palacio, algunos días se tomaba la libertad de ir al bosque y pasar unas horas ahí, aunque no tantas como las que él pasaba. Sin embargo, en esa ocasión deseaba que su hermano estuviese allí porque, si su memoria no lo traicionaba, conocía perfectamente el desenlace del camino.
Como sacado de sus pesadillas, al abrirse la última puerta y entrar, se encontró en el palco de la sala de castigos. Su padre le hizo una seña para que se acercara al borde y Camus así lo hizo... tenía que hacerlo. Notó que el resto del lugar estaba hecho de bloques de concreto; ellos yacían metros sobre la zona circular pero aún así el joven príncipe se percató de las manchas de sangre seca en el piso y en algunos objetos de tortura. Las antorchas otorgando luminosidad no hacían más que volver más tétrico el lugar.
El capitán de la guardia real y Saga condujeron al infractor hacia la guillotina del centro. Camus se sorprendió al percatarse de la insensible mirada de su amigo, no mostraba sentimiento alguno hacia la persona que perdería la vida.
─ ¿Qué hizo, padre?─ indagó, sin estar seguro de querer saber la respuesta. Conocía a su padre y la posibilidad de que "el culpable" no lo fuera era enorme.
─ Hacía mi recorrido obligatorio por el pueblo, ese sujeto se acercó a mi carruaje para pedirme limosna, al negarme me insultó creyéndome indigno para mi cargo─ resumió el rey, teniendo la mirada fija en cómo acomodaban al villano de ese corto relato. Escupió─. Aún existe gente que no comprende lo que es una jerarquía. Espero tú puedas entender y hacer honor a nuestra superioridad, Camus.
"Todos somos iguales, Camus.", recordó las palabras que su hermano le dijo en una ocasión. En definitiva, el reinado de Dégel sería diferente al de su padre.
─ ¡Discúlpate con tu rey!─ exigió el monarca del reino de los hielos eternos.
─ El día en que alguien con mi pensar se disculpe con un rey, será con uno que lo merezca, alguien como el príncipe Dé...
La cuchilla cayó antes de que el hombre terminara de pronunciar el nombre del heredero del reino. Camus, de pie junto a su progenitor, sintió su cuerpo temblar ante la cólera que eclipsó el cariño que sentía por el rey. Su mirada horrorizada ahora caía sobre Saga recogiendo la cabeza.
─ Sobre Saga...─ habló su padre, pero no consiguió que el peliverde lo mirara─. Puede que se convierta en el siguiente capitán de la guardia real pero no lo consideres digno de tu amistad.
Las palabras de su padre resonaron en su cabeza, así como los pasos del rey abandonando el lugar justo cuando una lágrima de Camus moría al encontrarse con el suelo.
...
Otro atardecer más, Kardia no estaba en condiciones de quejarse debido a que el tiempo que pasaba junto a Dégel siempre resultaba muy agradable, y éste las únicas horas que podía utilizar para reunirse eran aquellas antes de la puesta de sol, cuando sus lecciones reales cesaban.
Esta vez era una de esas raras ocasiones en las que el peliverde prefería escucharlo a estar leyendo un libro. La anécdota de ese día narraba una aventura en el reino de las tierras vivas, mismo que regía el primo de Dégel, en la que había conocido a Manigoldo.
─ Él ahora está encerrado en quién sabe qué lugar para completar su entrenamiento, bueno desde hace un año─ informó Kardia, ocultando hábilmente la nostalgia producida por la ausencia de su compañero de aventuras.
Continuó con otra, en la cual la trama principal era colarse a un bar. Entre el relato, Kardia escuchó a Dégel reír ligeramente. Giró su rostro hacia el peliverde y observó una sonrisa invadiendo su rostro. Ante los ojos océanos esa piel blanca pareció brillar, resaltar sobre todo lo demás, parecían percatarse de algo que antes no pudo ver... Un hormigueo surgió entre sus piernas.
...
El sol resplandecía en lo alto del cielo azulado prometiendo una tarde hermosa a todos en el reino. Albafica se encontraba en sus jardines privados junto a su guardia personal, un hombre de cabello y barba castaña pero de los que se asomaban canas, de piel morena y alto, había estado cuidando de sus rosales desde hace una hora.
Los rosales de flores rosas yacían en el centro del cuadrado lugar delimitado por altas paredes de arbustos, se inclinó levemente para oler una, alejando las tijeras con las que iba retirando alguna imperfección.
─ Buenos días, Majestad─ saludó un sujeto mayor.
─ Buenos días, capitán Yulan─ correspondió Albafica, su acompañante se enderezó y colocó su mano en la frente ante el recién llegado, éste hizo un ademán con la mano permitiéndole descansar de la posición.
El capitán se encargaba de entrenar a todos los integrantes de la guardia real y, cuando era tiempo del retiro de su guardaespaldas, se encargaba de buscar al mejor de sus alumnos para ocupar tan importante puesto. Albafica tuvo que morder ligeramente su labio para evitar la formación de una sonrisa al ver quién acompañaba al capitán.
─ Como le prometí hace un año, he traído ante usted al mejor de todos─ colocó su mano derecha sobre el hombro del joven a su lado.
─ Majestad─ mencionó el aspirante, poniendo rodilla en suelo. Albafica convirtió su mirada en filo al escucharlo nombrarlo de ese modo.
─ ¿Me permites unos minutos?─ se dirigió el capitán Yulan al hombre castaño.
─ Ve, Almez─ permitió Albafica, antes de que el nombrado le pidiera permiso─. Él se quedará cuidándome.
─ Gracias, majestad─ hizo una reverencia y se perdió de vista junto al mayor.
─ Se han ido─ informó el peliceleste. Acto seguido, el otro joven se levantó─. Cumpliste tu promesa, Manigoldo─ pronunció, y esta vez no pudo ocultar su sonrisa.
Hace un año el mayor de los dos se había ido con los demás aspirantes para completar su entrenamiento, en el cual los encerraban en una gran cúpula para hacer ejercicios y mejorar sus habilidades. Antes de partir, Manigoldo le había prometido sobresalir para lograr convertirse en su guardia personal y poder pasar más tiempo juntos, después de todo eran amigos desde su infancia. Aún recordaba con claridad aquella tarde lluviosa a las salidas del reino guardián de las almas, cuando la guerra terminó...
El padre de Albafica lo había llevado a esas tierras porque en las propias no podía cuidarlo debido a la guerra, una decisión que costó la vida de su madre, su hermano menor y muchas otras. Los hombres caminaban con prisa queriendo salir lo más rápido posible de esa zona, nadie se había atrevido a pisar ese reino debido al miedo que provocaba al creerla la puerta al Infierno.
Sus ojos miraron por la pequeña ventana del carruaje... lo vio. Un niño aparentemente de su misma edad yacía sentado sobre el lodo, tenía su vestimenta desgarrada y empapada, igual que el cabello. Uno de sus guardias se acercó a él desenvainando la espada.
─ ¡Detente!─ ordenó Albafica. No permitiría más muertes, ayudaría a ese muchacho en memoria de todos los caídos de ese reino y el suyo.
El niño levantó su rostro, descubriendo sus ojos enrojecidos e hinchados por tanto llorar. El corazón de Albafica le dolió porque en esos ojos vio reflejado su mismo dolor... sus lágrimas comenzaron a caer.
Manigoldo estaba frente a él, portaba un pantalón blanco y un saco de color verde claro, un cinturón café del cual permanecía amarrada la vaina de su espada. Más que alguien al servicio de la realeza, ese hombre parecía pertenecer a ella y eso llamaba la atención de Albafica.
─ ¿Alguna vez lo dudaste?─ dio un paso hacia el peliceleste, deteniéndose cuando éste retrocedió.
─ Estamos en público─ recordó el rey, ya que Manigoldo tenía la costumbre de querer violar la ley más valiosa de su reino.
El mayor bufó. Albafica regresó a su interrumpida tarea con sus rosas pero al estar bajo la mirada del otro las emociones lo traicionaron, sus manos temblaron provocando que se hiriera con las espinas.
─ Estoy bien─ se apresuró a decir, para evitar que el otro se aproximara.
─ Algún día mataré a los justos─ prometió molesto, viendo a Albafica llevar su dedo a la boca.
─ Hasta que ese día llegue quédate en donde estás─ bromeó. Aunque por dentro quería abrazar a su amigo... en verdad lo había extrañado.
...
─ ¿Algún día tendrás la intención de dejar ese libro y ponerme atención?─ reclamó Kardia, mirando enfadado a su compañero. Gracias a las veces que se habían reunido sabía que no había nada que Dégel disfrutara más que una buena lectura. El de Acuario había aprendido sobre la falta de paciencia de su nuevo amigo, esa pregunta hecha después de varios minutos era otra prueba.
Antares abandonó el lecho de su acostumbrado punto de reunión, esperando que el acuariano lo captara como lo que era: una advertencia de su pronta partida.
─ ¿Te vas?─ preguntó el peliverde, con la ceja enarcada. No podía dar crédito a lo que sus ojos le mostraban.
─ Tengo mejores cosas que hacer que verte leer un estúpido libro─ afirmó, partiendo hacia su reino.
Las amatistas le siguieron hasta que desapareció entre los árboles, ¿a qué venía eso? Prácticamente así había iniciado su amistad, ¿por qué se quejaba ahora? El aire que acompañaba las tardes de verano jugó con su cabello, exhaló. Disfrutaba de sus lecturas en ese lugar pero en ese momento no hallaba motivo para quedarse más tiempo.
...
─ No suelo decir esto─ inició Kardia, deseando que la música del lugar ahogara su voz para evitar que alguien más lo escuchara─. Necesito tu ayuda.
La canción cambió a un ritmo más movido, algunos gritos eufóricos de las personas sumergidas en el ambiente lograron escucharse. Manigoldo y su amigo yacían sentados frente a la barra del colorido lugar vaciando su respectivo tarro.
─ No puedo asegurarte nada─ respondió, tras darle unos sorbos a su cerveza─. Él quiere mucho a su primo y tú... Cree que te acuestas con quien tenga un buen culo.
Kardia soltó una sonora carcajada al escuchar cómo lo definía Albafica, al parecer tenía menos posibilidades de las que pensó. Pero si alguien podía conseguirle una oportunidad de revolcarse con Dégel era ese rey, Manigoldo se encargaría de convencerlo.
...
Llevaba varios minutos intentando que dejara su libro, como en otras ocasiones. La luz de la tarde otoñal no duraría mucho, así como la paciencia de Dégel, que había sido puesta a prueba por casi dos años por el mismo sujeto. Él contaba ya con quince años, mientras que el decimoséptimo cumpleaños de Kardia se aproximaba, sólo faltaba una semana para eso; como buen amigo, el peliverde pensaba en el mejor regalo para él pero en ese tipo de situaciones pensaba que no se lo merecía. Ambos yacían sentados en el lugar de siempre, pero Kardia parecía estar querréndosele encimar.
─ Basta, Kardia─ pidió, sin tener éxito en controlar el tono divertido en su voz.
─ ¿O qué?─ provocó, soltando la cuestión en el oído del otro. Enviando indeseables corrientes por todo el sistema del peliverde.
Dégel había sido tomado desprevenido y Kardia no le dio tiempo para analizar lo que pasaba, sus labios atacaron la parte posterior del níveo cuello. Las manos del peliverde abandonaron su preciado libro y se aferraron a los brazos del peliazul. Lo que tanto deseaba Escorpio se convertía en realidad, lameó un poco la piel, mientras sus manos se colaban bajo la camisa gris de su compañero, palpando la promesa de lo que se convertiría en un abdomen marcado.
─ No... está mal─ jadeó, sintiendose avergonzado por no poder controlar sus adolescentes hormonas y por caer en las atenciones del mayor, mismas que continuaban─. Basta─ pidió, no porque a su cuerpo no le agradara la sensación de aquello sino por pensar en las consecuencias que traería... era un comportamiento que podría quitarle el trono, la posibilidad de cambiar su reino─. ¡He dicho basta!─ sus manos cayeron al suelo haciendo surgir una ráfaga de nieve, su melena danzó mientras el cuerpo del mayor volaba un par de metros lejos de su cuerpo─. Intenté pedirtelo por las buenas.
─ Sí, escuché palabras de alguien que estaba disfrutando─ comentó, poniéndose en pie y sacudiendo su ropa.
─ Será mejor que me vaya─ anunció, recogiendo su libro e ignorando el comentario del otro─. No creo correcto volver a vernos.
Kardia vio partir a su presa, seguro de que esa no sería la última vez que se verian. Al parecer, no sería sencillo como creía en la mañana.
...
Había tenido la suerte de lograr que su padre le permitiera visitar a su primo y permanecer un par de días en su reino, los cuales aprovecharía para contarle lo ocurrido con Kardia, lo había narrado por medio de cartas pero no era lo mismo. El día anterior había sido el cumpleaños del escorpión y la necesidad de ir al bosque para buscarlo le consumió hasta que terminó el día.
Se encontraba bebiendo té con Albafica en la pequeña y redonda mesa ubicada en un rincón de la amplia alcoba. Había terminado de relatar su último encuentro con el heredero del reino del sol naciente y esperaba paciente la opinión de su primo. Inhaló el aroma de su bebida de rosas, cuando el espejo en forma de gazania llamó su atención, yacía colgado sobre la pared atrás de la cama. Podía recordarlo, había pertenecido a su difunta tía.
─Si tú padre aceptara una relación entre dos hombres... ¿Le hubieras correspondido al príncipe Kardia?
La cuestión del peliceleste le sacó de su mar de pensamientos para sumergirlo en otro, esa pregunta se la había hecho en su mente varias veces y la respuesta lo dejaba helado. Albafica cumpliría diecisiete en unos meses pero aparentaba una madurez mayor a su edad, posiblemente por la pérdida de su familia a tan temprana edad, Dégel sabía que si necesitaba un consejo podía recurrir a él. Pero en esta ocasión le resultaba difícil poder expresar sus emociones. Buscó refugió en la taza entre sus manos bajo la atenta mirada del mayor, la tardanza para dar una respuesta fue suficiente para el soberano. Tocaron la puerta.
─ Majestad, el duque de Cala ha llegado─ informaron detrás de la puerta. Albafica abandonó su asiento frente a su primo.
─ Ven, Dégel─ dijo, dirigiéndose hacia la puerta─. Quiero que conozcas a alguien.
El aludido siguió al mayor. Albafica quería a su primo y odiaba verlo sumergirse en prisiones imaginarias por las leyes de su tío y la amenaza de perder el trono. Para el pez, el acuariano necesitaba tener claro lo que quería y él le ayudaría.
...
Lo escuchaba gemir con intensidad, inundado su habitación con los sonidos que sus invasiones causaban. En su cama, un chico pelirrojo corría con la suerte de disfrutar de su hombría, y es que a sus diecisiete años él podía presumir de contar con experiencia.
Faltaba menos de un mes para firmar el acuerdo y eso significaba ver a Dégel otra vez, cosa que agradecía porque tenían tiempo sin verse, y eso le estaba enloqueciendo.
Cerró sus ojos para olvidarse de todo lo que le rodeaba, y ante toda la oscuridad destacaba el peliverde, enredando sus hebras con los movimientos de su cabeza. Cada embestida que le proporciona le hacía gemir con fuerza, mordió una de sus pantorillas para evitar decir su nombre. En ese momento todo se aceleró, Dégel comenzó a pedirle más mientras sus hermosas amatistas ardían bajo sus océanos. Terminó dentro de él...
─ Ha sido... increíble... su majestad─ alagó el joven, batallando con su respiración entre cortada.
Kardia abrió sus orbes y encontró al chico de cabello de fuego, la fantasía que él mismo creó se había terminado, su mente le había revelado su más íntimo deseo. Definitivamente, cuando se reuniera con Dégel tenía que lograr acostarse con él.
...
¿Te gusta? Esa pregunta vino a su mente intensificando todas las sensaciones de golpe. Escuchaba la voz de Kardia en su mente, mientras las sutiles caricias que le había dado ahora se convertían en fuego sobre su cuerpo. Entraba y salía de él. La corriente eléctrica que le provocaba subía hasta su cerebro, haciendo aparecer de nuevo esa pregunta. Se intensificaron las embestidas, y logró escuchar su nombre cuando Escorpio se corrió en su interior.
─ Me alegra que... lo haya disfrutado... príncipe Dégel.
Sus párpados se abrieron, mientras el cuerpo del otro bajaba de su espalda. Hace unos meses había perdido su virginidad con ese mismo hombre, alguien que le presentó su primo, bajo una absoluta confidencialidad. Albafica se preocupaba por su felicidad y se lo agradecía porque sin él no hubiera conocido a ese sujeto ni la magnífica sensación de la que se estaba privando. Pero ahora se encontraba en un problema mayor... temía a aquella fantasía que le invadió, esa donde Kardia era con quien se encontraba.
...
─ Manigoldo me ha informado de sus intenciones con mi primo, príncipe Kardia─ habló el peliceleste, caminando por los jardines de su reino─. ¿Así que quiere conocerlo íntimamente?
─ En efecto, majestad─ respondió de un modo demasiado formal para su ser, pero si quería obtener la ayuda de Albafica debía seguir la etiqueta establecida. Agradeció en sus pensamientos a su padre por obligarlo a tomar clases sobre protocolos reales y a su hermana Antia por obligarlo a quedarse en ellas.
El cangrejo y el escorpión caminaban a poco más de un metro de distancia del rey, mientras que el guardia personal del mismo le seguía a longitud considerable por petición de Albafica, para impedir que escuchara algo que no debía.
─ ¿Ha pensado en las consecuencias? Después de todo, la relación entre sus reinos jamás se restauró por completo, sin mencionar el rencor que se tienen sus padres─ recordó el pisciano. Guardó silencio varios segundos para darle oportunidad al otro de hablar pero no fue así─. No puedo involucrarme entre los asuntos de sus tierras, me temo que no puedo presentarlo ante mi primo.
─ Rey...─ sus palabras murieron cuando Manigoldo lo sujetó con fuerza, impidiéndole avanzar. Albafica lo encaró.
─ Hace unos meses le presenté a mi primo a un candidato de mi preferencia... los resultados fueron mejor de lo que esperé─ informó el pez─. Sin embargo, Manigoldo cree que es egoísta de mi parte escoger por mi primo─ el rey miró a su amigo, advirtiéndole lo mal que la pasaría si Kardia lastimaba a su primo─. Aunque usted no sea de mi agrado... Mañana al salir el sol, Dégel estará en el bosque contestando un mensaje que le enviaré por la tarde. Ahí podrá encontrarlo─ dio vuelta, continuando con su andar.
─ Si le haces algo, nos matará─murmuró Manigoldo a su amigo.
Kardia no le prestó atención, después de su intento fallido en el bosque no había visto a Dégel y saber que mañana lo haría le emocionó. Aunque al día siguiente se firmara el acuerdo, el acuariano no se le escaparía.
Hasta aquí el capítulo II, estuvo un poco largo pero espero les haya gustado. Hasta el próximo capítulo :D
