CAPÍTULO 2.

La segunda vez que lo vio, fue de la manera más Sosa. De no haber sido ella la primera protagonista en la historia, jamás lo hubiese creído.

—No me lo puedo creer. ¿Entonces te irás a América? ¿Por cuánto tiempo? Preguntó Annie cuando ya se encontraban en su casa. Estaban recostadas en los sillones de la pequeña sala, mientras veían los programas en la televisión a su modo. Los nuevos planes y el proyecto que tenía Candy, por obligación eran el tema de conversación. Por lo poco que sabía del asunto Candy había dado por hecho, que el siguiente proyecto sería el que la llevara a las pasarelas en París, pero el maldito de su jefe le rompió el corazón cortando sus sueños cuando decidió que fuera ella sin ninguna clase de explicaciones la que llevara el proyecto sobre el articulo, y para empeorar Candy tendría que ir como una espía. De pronto Jorge Jhonson vino para complicarle la vida. Que era exactamente lo que solía hacer ese tipo de hombres.

-- Tengo que hacer el artículo en cuatro meses, Mi boleto de avión es para la próxima semana.

--¿Y quién es él tipo que tendrás que espiar?.

—Tengo entendido que es un actor de teatro, su fuerte son las maravillosas obras de Shakespeare, Poco después se hizo famoso y rico como sube la espuma. En America su vida es un misterio y muchos pagarían una fortuna por saber algo de su pasado. Pero cambiemos de tema, este es nuestro momento juntas.

—Entonces tenemos que divertirnos mucho para olvidar tu partida y tu misión imposible en América. Será un largo tiempo que dejaremos de vernos, como por ejemplo; empezar por la buena comida. Recuerdo Edimburgo, era más feo que un demonio, pero me seducía el estómago con sus pizzas. —Annie se acarició la barriga—. No eran de esas flacuchas con cuatro cachos rácanos de jamón o salami. Eran gorditas y bien surtiditas de queso —explicó, empezando a salivar—. Mañana podríamos ir, me ha dado el antojo.

—Me parece bien —convino Candy, acurrucándose en el sofá, poniéndose más cómoda.

—¿Y por qué no ahora? —Annie la cogió del brazo para levantarla—. Espabila o no nos querrán dar mesa.

—¿Ahora? ¿No habías dicho mañana? —protestó Candy. Estaba cansada, había madrugado mucho y trabajado todo el día en la editorial y luego estaba el viaje en el tren, que, aunque no era muy largo, había terminado por agotarla.

—Tengo un antojo terrible. Si no me como ahora mismo una pizza funghi, me saldrá un champiñón colosal en medio del trasero y no podré sentarme derecha en una semana.

—También podemos pedirla a domicilio —le propuso Candy, todavía reticente a salir, tratando de convencerla.

—Eso puedo hacerlo siempre, pero hoy estás tú aquí y me apetece cenar fuera de casa. Para eso has venido, ¿no? Para vivir la experiencia glasgüense en primera persona.

Candy se levantó a regañadientes del sofá fue por su bolso y abrigo que estaban en el dormitorio.

—¿Sabes de algún restaurante cerca? —le preguntó poco después, mirando calle arriba mientras se terminaba de ajustar la bufanda. El barrio donde vivía Annie era principalmente residencial y a esas horas no se veía ni un alma deambular por las aceras.

—Si no estoy equivocada creo que hay un restaurante nuevo a dos manzanas comunitarias —respondió su amiga, echando a andar, decidida.

Candy no tuvo más remedio que seguirla. A pesar de que aquel día había bendecido la ciudad con un sol espléndido poco usual, la noche era bastante fría como era habitual en esas fechas. Ahora una ligera neblina cubría el asfalto dotándolo de un aspecto un tanto fantasmagórico.

Las dos amigas anduvieron rápido camino del restaurante, pero tras recorrer dos manzanas, no había rastro de este. Annie se detuvo e, izando la nariz en el aire como un sabueso, se dejó guiar por el olfato.

—No me puedo creer que vayas a encontrar ese restaurante rastreando el aire —se rio Candy, mirándola incrédula.

—Ni yo —dijo Annie, que la cogió por el codo y tiró de ella de nuevo con la nariz adelantada, como si realmente estuviera dejándose guiar por esta—. Por aquí. Sé que está cerca. He visto la publicidad en mi buzón con un mapa de la situación.

—¿Y si preguntamos?

—¿Has visto a alguien a quién preguntar? Annie miró a su alrededor y negó con la cabeza. Esa calle estaba tan desértica como la de su amiga.

—Está bien, sigamos a tu olfato.

Anduvieron otra manzana y al doblar en la siguiente esquina, a mitad de la calle, vislumbraron lo que parecía el restaurante con un rótulo de neones verde y azul en la fachada de un edificio.

—Debe ser ahí —dijo Candy feliz.

—Mi olfato nunca falla. —Annie sonrió con orgullo.

Nada más abrir la puerta del restaurante, la calidez de aquel lugar las envolvió y ambas comenzaron a desaflojarse las bufandas mientras esperaban que alguien las atendiera. El restaurante era bastante amplio y desde la entrada podía observarse que se dividía en varias zonas separadas por biombos. Estaba decorado de un modo retroclásico, con muebles de madera oscura y abundantes detalles de reminiscencia francesa, que le proporcionaban mucha calma. Definitivamente era un local acogedor. Además, estaba hasta la bandera lleno de gente, lo que era señal de que la comida era buena.

Muchas familias disfrutaban frente a sus platos con las caras sonrientes y Candy se alegró de haber accedido a ir. De pronto, también sentía un antojo casi demencial por comer algo y terminar con un postre de chocolate.

Mientras esperaban para ser atendidas Candy recordo al compañero de viaje, cuando los pensamientos se le quedaron atascados en el camino, en cuanto vio dirigirse hacia ellas justo al hombre en el que estaba pensando. No podía ser real. A quello debería ser un sueño, pero cuando lo vio caminando hacia ellas sonrió abiertamente, tratando de mostrarse esta vez más amigable, pero él no hizo amago de conocerla. Simplemente se detuvo al llegar hasta ellas e inclinó levemente la cabeza a modo de saludo. ¿Sería el maître de aquel restaurante?

El aire se llenó con la fragancia del vino, y algo más... el aroma de la piel masculina, suave como el jengibre o la nuez moscada... alguna especia que hubiera retenido el calor del sol.

—Buenas noches —dijo en un tono profesional, que denotaba que efectivamente se trataba de un empleado del restaurante —. ¿Mesa para dos? —preguntó acto seguido, mirándolas a ambas y tratando de no dibujar una sonrisa.

Había reconocido a la pecosa nada más entrar y se alegraba de verla de nuevo. Era toda una sorpresa, pero una maldita suerte a la vez que lo viera de esa guisa. Ahora pensaría que se trataba de un empleado del restaurante. No era algo que le avergonzase, pero el caso es que no lo era. Solo estaba allí por que era el dueño y echando una mano por que el maître había dejado tirado el turno esa noche en el último momento.

—Buenas noches. Sí, nosotras dos. Solo dos. Guapas, solteras y sin compromiso —respondió Annie jovial.

—Estupendo, síganme. — echó a andar y las dos amigas le siguieron los pasos hasta una mesa al fondo.

—Enseguida vuelvo con las cartas —dijo mientras ellas tomaban asiento—. ¿Les traigo algo para beber? Annie tomó la iniciativa mientras estudiaba el rostro de aquel guapo chico, que se le hacía conocido, pero por más que intento recordar dónde había mirado aquel tipo, no se le vino a la mente en ese momento, quizás después, y enseguida pidió un par de copas de vino blanco de la casa.

Él asintió con la cabeza y se marchó.

—Vaya, qué casualidad verlo aquí así, pero está haciendo ver que no me conoce —comentó Candy en total descuidada, estirándose el suéter y recolocándose en la silla con la espalda bien erguida.

—¿¡Qué...! De donde lo conoces? Candy White. —Candy maldijo su boca traicionera—, confieza toda la sopa, ¿lo conoces? —repitio Annie impaciente.

Antes de aclararle a su amiga Candy levantó la mirada y vio un par de ojos increíblemente azules. Un estremecimiento de alarma le recorrió el cuerpo cuando él se detuvo junto a una pieza de cerámica quedaba la figura de la Torre Eiffel, apoyándose con una sonrisita indolente. Palideció e inmediatamente le vino un sonrojo tan intenso que estuvo segura de que se veía en la oscuridad. Afortunadamente él no hizo nada al respecto, aunque pudo percibir una pizca de diversión en sus labios, antes de volver al área de la cocina

—Gracias por la confianza. —dijo Annie ofendida que no se dio cuenta del intercambio de miradas

—-Fue mi acompañante de asiento en el tren —Candy empezó a contarle todo del sexy man y el viaje en el tren, sabía que no tenía otra salida o de lo contrario no se quitaría a Annie de encima.

—Tal vez le avergüence trabajar aquí. —comentó Annie después de oír la historia del misterioso caballero.

—¿Por qué? —preguntó Candy muy interesada en la respuesta de su amiga.

—No sé, quizá crea que no es digno de ti.

—¿Y por qué pensaría eso? No me conoce de nada, no sabe a qué me dedicó, ni quién soy, ni nada… Ni siquiera sabe mi nombre.

—Por eso mismo, has roto el misterio. Ahora ya sabes algo más de él que él de ti —afirmó Annie, chasqueando la lengua contra el paladar.

—Me da igual que sea camarero.

—¿Sí? —Annie arqueó una ceja, escéptica.

—Sí, ¿por qué no?

—No quiero parecer clasista, pero no está a tu nivel.

Candy miró sorprendida a su amiga y dijo: —Pues lo pareces.

—¿En serio te da igual que sea solo un camarero? No vamos a negar que está muy bien el chico, pero… Es solo un mesero.

— Candy carraspeó incómoda y con un gesto le indicó a su amiga que se callara. Él misterioso chico se plantó al lado de la mesa y les ofreció las cartas, luego dejó las dos copas de vino blanco delante de ellas.

—¿Alguna recomendación? —preguntó Candy.

El resto de la cena, conversaron alegremente y siguieron poniéndose al día, aunque Candy no podía evitar seguir con la mirada los movimientos del chico sexy. La tenía muy intrigada, el hecho de que la llamara pecosa le agradaba, porque dicho con su acento sonaba de maravilla, y se reprendía a sí misma por no haber aprendido el idioma francés que no fuera el suyo. Aquellas palabras saliendo de su boca eran muy sensuales,

—Debes estar cansada. ¿Pedimos la cuenta? —preguntó Annie, a la vez que apartaba a un lado el plato vacío de tiramisú que se acababa de comer.

—Me parece bien —dijo Candy, feliz de poder volver a casa de su amiga para descansar y triste por perder de vista a ese hombre, seguramente para siempre.

Annie levantó el brazo para advertir que requerían la cuenta.

Él sexy hombre asintió con la cabeza, portando una pila de platos vacíos.

—¿Nos vamos a ir y no vas a pedirle el teléfono? —le preguntó Annie a Candy, al percatarse de que esta había seguido con los ojos todo el recorrido que el mesero había hecho hasta desaparecer tras la barra.

—No pienso viajar cada fin de semana con lo que odio el tren y tampoco creo que él pudiera hacerlo.

—¿Quién habla de empezar nada? —Annie le replicó con malicia—. Hablo de aprovechar el tiempo que estés aquí y desempolvar tu cosita —añadió, señalando su entrepierna.

—¡Por el amor de Dios, Annie!

—Por el amor de Dios, no me seas tú mojigata —se rio—. ¿Cuánto tiempo llevas sin echar un polvo?

—Por favor, para. Nos van a oír.

—Tú misma, pero por ahí viene tu última oportunidad de darte una alegría.

Él dejó sobre la mesa la cuenta en un elegante estuche de piel marrón.

—Espero que hayan disfrutado de la cena y deseamos verlas pronto —dijo con deferencia.

—A unas más que a otras —soltó Annie, provocando que Candy le diera otra patada por debajo de la mesa. Él sexy man sonrió al escuchar a la chica de pelo lacio.

—Estaba todo delicioso, gracias.

—Disfruta de tu estancia en Glasgow, pecosa —dijo él, antes de marcharse, dirigiéndole una mirada picarona.

—¿Has visto eso? Lo tienes en el bote, Candy. Deberías hacer algo.

—Tienes razón, debería hacer algo como pagar la cuenta y marcharme. —Candy abrió el estuche de piel y cogió la nota.

—¿Qué te pasa? Te ha cambiado la cara. ¿Hemos pagado macarrones a precio de caviar, o qué?

—No es eso —respondió, guardando el tique en el billetero y dejando un billete de cincuenta libras en el estuche—. ¿Nos vamos?

—Qué prisas. ¿No esperamos al cambio?

—No, es de agradecidos dejar propina. —Candy se puso en pie.

Durante el camino de vuelta a casa de Annie, Candy estuvo muy callada.

—¿Se puede saber qué te pasa? —le preguntó su amiga, entrelazando el brazo con el de Candy.

—Nada.

—¿Nada? A mí no me engañas. Además, te has guardado la cuenta. Nunca haces esas cosas. ¿Acaso hay alguna nuevo artículo en la que puedas desgravarte cenas misteriosas?

—No vas a parar hasta que te lo diga, ¿verdad?

—Verdad —respondió Annie, divertida.

Candy la condujo hasta un banco para sentarse y sacó la nota para después ofrecérsela a su amiga.

—¿Quieres que te pague la mitad? —preguntó Annie, sin pararse a mirar la nota.

—¡No, tonta! Fíjate en lo que pone abajo.

— Pecosa, estoy seguro de que te mueres por saber algo más de mí. Puedo ser tu guía en Glasgow ¿Mañana te espero a la una en Bilson Eleven? —leyó Annie dibujando una mueca de sorpresa—. Vaya con el chico misterioso… El Bilson es un sitio caro.

—Es un pretencioso —afirmó Candy.

—Yo creo que es romántico y atrevido —opinó con sinceridad su amiga—. Deberías ir.

—¡¿Te has vuelto loca?!

—¡¿Y tú?! Me parece un gesto muy tierno. ¿A cuántos hombres te encuentras así hoy en día?

—Estás loca —repitió Candy.

—Vas a ir, y yo iré contigo y me quedaré en la retaguardia por eso de que pueda ser un loco, aunque no lo creo y sé que tú tampoco.

—He venido para verte a ti.

—Y ya nos hemos visto, pero tú mañana vas a salir de la rutina como yo me llamo Annie Britter —le repuso, guardándose el tiquet para evitar que Candy le quitara misterio a esa cita inesperada.

Annie observaba con una sonrisa a Candy. Toda ella era una visión de curvas sinuosas envueltas en encaje blanco, las curvas más pronunciada de lo que se esperaba. Se puso los pantalones blancos y la chaqueta a juego, y se calzó unos zapatos de tacón beige. Luego fue al tocador, se inclinó sobre el espejo y se retocó el delineador de ojos y colocó un poco de brillo en los labios. Era tan bonita, pensó con orgullo.

—¿Ya estás preparada? —dijo Annie, parada en la puerta de la habitación.

—No es buena idea —refunfuñó Candy por vigésima vez.

—Déjate de tonterías. Lo que no es buena idea es dejar pasar oportunidades como esta. Sal, diviértete, haz algo loco en tu vida.

—No necesito ese tipo de locuras. Es un completo desconocido —le repuso, dejándose caer sobre el borde de la cama.

—No lo es tanto, has compartido un reducido espacio en el tren con él y no ha envenenado tu comida.

—Ya sabes lo que pienso de esas citas.

—Pero esto es la vida real, es muy de película, pero real, al fin y al cabo —le replicó, tendiéndole la mano para que se levantara—. Estás monísima.

—Gracias, es que no tenía previsto tener una cita y no he traído ropa adecuada.

—Te ves estupenda, no tienes por qué preocuparte.

—Vas a estar cerca, ¿verdad? Si me mata, te mataré yo después por arrastrarme a hacer esta locura.

—Eso es fisiológicamente imposible, pero estaré pendiente como un inspector. —Annie le guiñó el ojo.

Un momento más tarde, Candy se encontraba en la puerta del Bilson Eleven, un restaurante ubicado en un adosado de estilo eduardiano en el barrio de Dennistoun. Desde el exterior no parecía gran cosa, pero en cuanto le echó un vistazo al interior a través de una ventana, sonrió. Era un sitio elegante, tal y como le había asegurado Annie, que todavía no había tenido oportunidad de ir, pero era conocedora de la buena reputación de la que gozaba el restaurante en la ciudad.

Candy no se decidía a entrar. Balanceó el pie a un lado y al otro, un tanto nerviosa. Todavía no había conseguido entender cómo se había dejado convencer para acudir a una cita con el chico misterioso. De acuerdo, tal vez sí lo sabía, ese hombre la había conseguido impresionar, y eso era algo que no solía suceder. Candy no era muy impresionable que digamos. Había llegado muy puntual, diez minutos antes de la una. Por eso, lo de estar allí, indecisa, ante la puerta de aquel restaurante la inquietaba sobremanera. Tras mirar a izquierda y derecha, se decidió por fin a entrar.

Enseguida un maître salió a su encuentro, recibiéndola con un saludo y una sonrisa encantadora.

—¿Tiene reserva? Candy se encogió de hombros e hizo una mueca de contrariedad.

—La verdad, no lo sé. He quedado con alguien. Tal vez él haya reservado.

—¿Y cuál es su nombre?

—Pues… No lo sé tampoco —rio un poco nerviosa, pensando que a aquel hombre aquello no le haría ni puñetera gracia, pero el maître sonrió y le hizo un gesto para que lo acompañara hasta un mostrador, donde había una agenda con infinidad de anotaciones en cada hora del día—. Pruebe con rubia de ojos verdes —dijo Candy.

El maître la miró con extrañeza, luego revisó la agenda.

—No, no hay nadie con ese nombre. ¿Algún otro?

—¿Chico Misterioso? —probó quizás con suerte.

—No me estoy haciendo el misterioso —le replicó—. No hay nadie con ese nombre.

—No, disculpe. —Candy se rio tontamente—. Pruebe con ese otro nombre.

—¿Apuesto misterioso? —El maître arqueó las cejas al máximo.

—Sí. —Ella asintió, queriendo que la tierra se abriera bajo sus pies y se la tragase y después la escupiera en la más alto de Japón. El maître bajó la mirada y repasó la agenda de nuevo.

—Lo siento, ningún Apuesto Misterioso por aquí —dijo, sin levantar los ojos. Luego añadió—: ¿Qué le parece Pecosa viajera? —Candy fue ahora la que miró extrañada al hombre—. Tenemos una reserva con ese nombre. ¿Podría valerle? —preguntó él. Ella sonrió, aunque prefería el apelativo de misterioso arrogante y patan. ¿Dónde narices se había metido?

Podría haber sido puntual y llegar antes que ella. Eso sí era ser galante.

Era la primera vez que tenía una cita a ciegas… De acuerdo, no tan a ciegas, se habían visto ya un par de veces. Pero sí la primera sin conocer de antes a su pareja de mesa.

Candy se estaba saliendo de su patrón de actuación y aquello la alteraba un poco. No tener el control de la situación era algo que detestaba y estaba hecha un manojo de nervios.

—Creo que sí.

—Todavía no ha llegado, pero puedo acompañarla hasta la mesa y esperarlo allí. ¿Le parece bien?

—Perfecto.

Veinte minutos después y el vino casi en las últimas, miraba impaciente la hora en el móvil.

Recogió el móvil de la mesa, se puso el abrigo y, sin pensárselo dos veces, se encaminó a la salida.

Tras salir del restaurante, decidio ir al centro y pasar la tarde callejeando y haciendo compras, algo que consiguió airear los malos pensamientos que habían hecho nido en la cabeza. Estaba realmente enfadada con ese tonto arrogante, y más enfadada con ella por haber caído en esa burla, porque eso le parecía una burla. Esta vez no lo volvería a ver, mala suerte pensó porque tenía ganas de matarlo si lo tenía enfrente. Estaba planeando como sería su muerte, cuando recibió una llamada de su jefe.

—¿Alo?

—Buenas Tardes Candy. Perdone si soy importuno pero es para informarle que su vuelo se ha adelantado y viajara para América esta misma noche, a habido algunos cambios y la necesito en las oficinas lo más pronto posible.

Continuara...