— ¡Hijo mío, vete de aquí! —ordenaba severamente una madre a su niño. Detrás de ella, las rocas volaban de aquí para allá, la sangre salpicaba sus cabellos y el líquido rojizo salía disperso hacia todas partes, miembros humanos pasaban de un lado a otro como aves en el cielo, los gritos de las mujeres y hombres atormentaban el ambiente sombrío y cruel.

La madre, de piel morena y cabellos oscuros y rizados, le rogaba a su pequeño que huyese de la masacre.

El niño, morenito, como de cinco años de edad, se negaba lloriqueando. No le soltaba el rostro a su madre, que tenía la mitad de su cuerpo aplastada por un pilar de cuarzo.

— Mami, no... ¡Vamos los dos! —rogaba el pequeño, sus ropas tenían líneas de sangre y estaba rasgada. Vestía una túnica café, además, estaba harapienta y hedionda a sudor— Levántate, por favor, mami...

La madre parecía que no iba a parar de derramar lágrimas hasta que su corazón se secara. Le dio una débil cachetada al niño con la poca fuerza que le quedaba.

— ¡Vete de aquí, Lucifer! —chilló sin fuerzas.

El niño le decía que no, que no y que no.

El sol que los iluminaba a ambos, fue tapado por una figura hermosa. La oscura silueta de una mujer de cabellos hermosos, de pie sobre el pilar blancuzco y manchado por gotas de sangre, apareció imponente. Sus ojos morados brillaban y resaltaban su figura femenina, además, la hacían ver como un demonio.

— ¡Ayúdenos, señora! —le pidió el niño a la mujer.

— ¡NO! ¡LUCI! —renegó la madre, chillando aún con más fuerza— ¡Huye de aquí! —la mujer, de túnicas moradas y hermosas, les dirigió una mirada cegadora con sus morados y brillantes ojos. Les sentenció con sus ojos.

Lucifer le extendió la mano, para ayudarle a bajar. Pero lo que ésta macabra mujer hizo... fue un acto despreciable.

El pobre niño lloró y gritó como nunca en su corta vida, su mano izquierda fue cercenada de un tajo por las uñas de esta mujer demonio.

— Así que una mortal y sucia cría humana es capaz de extenderle una de sus pequeñas y asquerosas manos a la Diosa de la Justicia. Vete por allá niño.

El pequeño Lucifer corrió del lugar mirando atrás y apretando la parte baja de su muñeca izquierda, sangraba horriblemente y le ardía como el infierno.

Una vez más aprendió que obedecer a sus padres es esencial, porque esta vez no perdió un muñeco de barro, sino una mano.

Con el dolor en su inocente alma, corrió en otra dirección viendo la cruel escena en la que la Diosa de la Justicia saltó del pilar y posó su pie en la cabeza de su madre, la cual explotó haciendo un sonido grotesco y regó partes de su cerebro a medio metro. El pobre niño cayó desmayado a varios metros de distancia.

— Solo hago mi trabajo —dijo Praelodium. Y en seguida de sus ojos se dispararon rayos morados en todas las direcciones, apuntando a diferentes casas de barro en la que muchos humanos se escondían.

Cada casa explotó. Y entre las humareda de polvo, varios litros de sangre saltaron a la vez.

Las personas corrían hacia todas partes, para evitar esto, Praelodium había incendiado todo el bosque que rodeaba la gran ciudad.

Ascendió a varios metros del cielo, y esta vez con sus manos, disparó rayos negros a los humanos, convirtiéndolos en piedra, que cuando caían al suelo se rompían en pedazos.

— Esto es una buena obra. Estoy limpiando al mundo del cáncer humano, de su maldad nata y corrupción por poder.

Alzó una de sus manos al cielo y recitó:

— ¡Tronorus! —y las nubes le abrieron espacio a un rayo potente que dejó un agujero amplio a sus pies. La ciudad tembló como nunca, la onda de choque derribó toda edificación.

Alzó sus dos manos horizontalmente y de las mangas de su túnica salieron duendecillos a destruir lo poco que quedaba, a hurgar en los escombros y a matar a todo lo que se moviera.

Praelodium rió, rió con ganas de una manera maquiavélica y desquiciada. La diosa estaba loca.

Los humanos gritaban que se trataba de un apocalipsis, pocos valientes se acercaban a combatir a la diosa (eran incinerados) y muchos se enfrentaban a los duendecillos (eran devorados por los pequeños y horribles duendes verdes).

— ¡Esto sí es armónico, una obra maestra, una purga del virus más peligroso! ¡LOS HUMANOS!

Y rió una vez más, con mayor fuerza. Tanto, que en toda la ciudad resonaron sus carcajadas descerebradas.

Sin embargo, esta masacre estaba a punto de dar un giro muy inesperado para Praelodium.

El cielo se partió en dos y de un portal hecho de nubes del que salía una luz amarilla, descendieron incontables querubines. Las trompetas del ejército de Palutena resonaron en el mundo de los hombres.

Praelodium sintió que su corazón se salía de su pecho.

Un rayo de luz cegador bajó de entre las nubes del portal y en medio de él, una mujer peliverde armada hasta los dientes emergió de manera épica.

Y gritó:

— ¡¿Qué clase de demonio osa atacar a mi pueblo?! —su voz fue escuchada en las mentes de todos. Los humanos se sentían gratos y salvos, al menos, los pocos que quedaban.

— Mi deidad —se acercó un querubín de armadura dorada humildemente a su diosa—, me temo que no se trata de un demonio.

Palutena le dirigió una mirada triste, al parecer, su corazonada había acertado.

— ¿Disculpa? —dice incrédula.

— Véalo usted misma, mi deidad.

El querubín, de pequeño tamaño, le señaló con su mano.

Una tormenta de arena se había erguido, en su vórtice, unos rayos color púrpura danzaban. Dentro, Praelodium sobrevolaba con sus ojos morados más brillantes que nunca.

Palutena voló pacientemente hacia ella y postró sus pies sobre unos escombros y le señaló con su bastón celestial.

— ¿Por qué haces esto? ¿Cómo te atreves a hacer semejante barbaridad? —le pregunta de manera intimidante.

Su voz se escucha de una manera imponente, pero la voz de su corazón herido, llora de manera delicada y sin consuelo.

— ¡Muerte al pecado! —anunció Praelodium.

— ¡Esto no es justicia, Praelodium, deja ese odio y vuelve con nosotros al Reino del Cielo!

Praelodium rió nerviosamente.

— ¡No, seré encarcelada!

— ¡Por supuesto que recibirás tu castigo, pero la humanidad estará en paz!

— ¡Silencio! ¿No ves que estoy limpiando al mundo? —y disparó una vez más hacia un hombre anciano, el cual voló en pedazos de carne al instante que fue impactado.

Palutena perdió toda esperanza en Praelodium en ese momento. Su corazón y alma se llenaron de rabia al ver con sus propios ojos como un dios asesinaba a un indefenso mortal. Teóricamente, sus ojos tenían fuego.

— Es suficiente... —susurró.

Apuntó con su bastón divino y un rayo de luz celeste salió disparado directo a Praelodium.

Acertó a su pecho, la Diosa de la Justicia perdió el equilibrio y cayó al suelo, disipándose así la tormenta.

— Arrrgh —gruñía tratando de ponerse en pie. Su pecho ardía jodidamente.

Palutena se sintió despechada, estaba a punto de combatir a su compañera de gobierno, a quien apreció mucho durante demasiado tiempo.

— El lado oscuro de cualquiera siempre saldrá a la luz por mucho que trate de ocultarlo —pensó— Es hora de disipar esa maldad de la faz de la Tierra.

Levantó su escudo, bordado con letras desconocidas y adornado con un zafiro en el centro rodeado de oro puro. Su bastón lo estrelló contra el suelo y se puso en posición para darle a Praelodium una paliza digna de dioses.