CAPÍTULO DOS: ALL THE THINGS SHE SAID
—¡Aaaah! —gritó Sakura; al ponerse de rodillas observó un líquido rojo que corría por la pierna de Tomoyo—. Tomoyo...
—¿Qué? —Se miró Tomoyo—. Oh, no...
Ambas, asustadas y entradas en pánico, se tomaron de las manos. Sakura soltó a Tomoyo y ésta última se llevó las manos por debajo de su vestido pomposo de color blanco; pronto sacó, de sus partes íntimas, o eso pensó Sakura, un pastelillo de jalea, todo aplastado por culpa de Sakura.
—¿Traías...?
—Oh..., era otro postre que tenía preparado para ti, Sakura.
—¿Como cuántos más tienes ahí? —le preguntó sin recibir respuesta: se escucharon unos pasos y ambas se callaron.
Alguien se acercaba.
—Sakura —le llamó, y ésta levantó a Tomoyo rápidamente.
Salieron huyendo hacia la puerta de la biblioteca, la abrieron y siguieron corriendo por el oscuro pasillo. La única luz que había era la de la luna al entrar por unas cuantas ventanas, reflejándose sobre el pulcro suelo.
—Vamos, entremos aquí —dijo Tomoyo, y ambas se escondieron en un salón, el salón de ellas; Sakura no se dio cuenta hasta que miró segundos después.
—¿Crees que sea seguro, Tomoyo?
—Sí. El conserje tardará mucho en revisar cada rincón de la escuela.
Sakura caminó de puntillas, miró por la puerta, la cual abrió lentamente, y observó... Nada. No había nadie ni tampoco se escuchaba algún ruido. De nuevo, con sumo cuidado, volvió a cerrar la puerta. Sakura se volvió hacia Tomoyo, pero ésta ya no estaba.
—¿Tomoyo?
—Por aquí —se escuchó un susurro.
La intrépida de Tomoyo colgaba sus piernas (era lo único que se veía) por las ventilas del salón. Pronto desapareció por ahí mientras Sakura iba tras ella. Ambas niñas se movían por los ductos de ventilación, muy estrechos, y apenas podían gatear.
Llegaron a una parte en la que los ductos eran aún más estrechos, y Sakura y Tomoyo tuvieron que moverse pecho a tierra. Sakura miró por delante y lo único que vio fueron los finos calzoncillos de Tomoyo, blancos, pero rosas por la jalea del pastelillo.
«Sí —pensó Sakura, ruborizada—, lo tenía ahí.»
Sakura y Tomoyo llegaron a una salida, aunque ninguna sabía hacia dónde daba. Seguidamente se escuchó un ruido y, de manera inesperada, el ducto se rompió y ambas cayeron dentro de un salón. Nuevamente Sakura se hallaba encima de Tomoyo, y una mancha color moka se presentó en el pecho de esta última, que dijo:
—Oh, no, mi tarta de chocolate.
Sakura no sabía qué decir. Su amiga estaba forrada en postres, de pies a cabeza, y quién sabe cuántos más traería por ahí.
—¿Dónde estamos? —preguntó Sakura, sobándose su cabeza, pues le dolía.
—Es el salón de cocina, Sakura.
Los hornos estaban ahí como siempre...
—Tenemos que salir de aquí —dijo Sakura, levantándose—. ¡Rápido! ¡Iremos por tu cámara y nos iremos de aquí!
—Ay..., Sakura. Tengo algo que confesarte. No perdí mi cámara en la escuela. Te traje aquí sólo para pasar un momento juntas y poder grabarte de nuevo.
—Tomoyo... —Claramente no sabía qué decir—. No es necesario. Me probaré todos los vestidos y trajes que confecciones para mí, lo prometo.
—¿En serio lo prometes?
—De verdad lo prometo. —Sakura abrazó a su amiga, porque Tomoyo se precipitó a dar primero el cariñoso abrazo. Tomoyo comenzó a llorar después—. Tomoyo...
—¿Alguna vez no pudiste dormir pensando en si la persona que más quieres, tu persona favorita, es feliz teniendo tu amistad?
—Algo... Un poco... —respondió Sakura, pensando en Yukito Tsukishiro.
—¿Qué pasaría si tu persona favorita sabe que la amas?
—Quizá —contestó, aún pensando en Yukito—... me moriría de vergüenza. Primero me sonrojaría tanto que me cubriría los ojos y después me moriría de vergüenza —aclaró más su respuesta.
Tomoyo se apartó de Sakura, que había ensuciado de chocolate el nuevo traje de Kinomoto. Tomoyo se tapaba sus ojos. Sakura sintió una punzada en el pecho, cerca de su corazón, y se aguantó las ganas de apartar las manos de Tomoyo para ver su expresión, que seguramente sabía cómo estaba y de qué color se hallaba.
—Pues... —empezó Tomoyo, sin apartarse las manos de sus ojos—. ¡Ahora mismo me estoy muriendo de la vergüenza, Sakura!
Sakura se irguió de un salto y después se volvió a agachar: alguien abrió la puerta del salón y alumbraba todo con una pequeña lámpara de pilas. La luz amarilla casi le tocó su rostro. Ambas se ocultaron dentro de un gran horno; una vez dentro, no supieron cómo llegaron ahí, ni mucho menos cómo cupieron las dos juntas.
—¿Quién está ahí? —preguntó el conserje—. ¡Sé que hay alguien aquí dentro!
Tomoyo no se quitaba las manos de los ojos. Sakura sentía la respiración agitada de su amiga, ésta última lanzaba pequeños sollozos, como si le faltara aire. Tomoyo apretaba los bordes de su vestido, acercó gran cantidad de éste hacia sus ojos y se limpió las lágrimas. Se lo pegó aún más hacia su rostro, y dijo en un susurro, feliz y triste al mismo tiempo:
—El chocolate me quedó delicioso.
Tomoyo y Sakura sonrieron. Pronto Sakura se enserió, pues el conserje seguía preguntando por las personas que se encontraban en ese lugar; él sabía que había alguien allí.
Un grito junto con una extraña ráfaga rompió el silencio del lugar.
El conserje salió huyendo al ver una extraña figura en las ventanas del salón. Unos rayos salieron disparados y, ante las dos, Syaoran Li se presentó.
—¿Qué hacen aquí?
—Syaoran... —susurró Sakura, extrañada.
Usando ambos brazos, Syaoran las sacó de ahí de un solo tirón.
—No deberían de estar aquí. ¿Qué están haciendo? —preguntó, con su clásica voz fría y mandona, y con el ceño fruncido.
—Li, nosotras... —empezó Sakura. Pronto se dio cuenta de algo, y preguntó—: ¿Cómo sabías que estábamos aquí?
—Ejem... —carraspeó el castaño.
Syaoran se ruborizó. Su cabello tapaba su cara, así que, para Sakura, era muy difícil ver la expresión de su amigo, aparte de que Syaoran, por encima de su hombro, dirigía su mirada hacia otro lado: «Observar todos los lugares posibles menos a Sakura».
Después de unos minutos, todos salieron por la ventana con la ayuda de Li, usando su magia.
Syaoran vestía un bonito pantalón de mezclilla de color violeta y una chamarra del mismo material y mismo color; una playera de un color rosa chillón y una bufanda de un tono azul pastel.
A Sakura le pareció interesante su forma de vestir...
Pasaron las horas y la pequeña Sakura Kinomoto no podía dormir. A oscuras, acariciando su sábana rosa y mirando al techo (3:00 h), pensaba en su mejor amiga Tomoyo. Todas las cosas que ella dijo corrían en su cabeza y no paraban de dar vueltas mientras seguía sintiendo punzadas cada vez más fuertes. Y aún así, Sakura no entendía el porqué de ello. Sólo se dejaba llevar y sentir todo aquello. Aceptar en su cuerpo cualquier sensación extraña que la hiciera sentir mariposas en el estómago. Digamos que disfrutaba su momento de pensar. No paraba de hacerlo porque, en ocasiones, sentía que podría perderse de una información que le fuera importante y muy valiosa, algo que la ayudara a entender en verdad los sentimientos de Tomoyo. Aunque una cosa estaba clara para Sakura: ella era la persona favorita de Tomoyo, sin duda, y Sakura ya lo sabía desde hace mucho tiempo atrás, sólo que no se imaginaba a qué grado era ni qué tan fuerte era aquello; en esos momentos sólo se hacía una idea, pero muy en su interior sabía que era algo aún más fuerte, incluso más fuerte que la magia.
Sakura se giró y prendió su lámpara de noche. Creyó que sería buena idea si escribía sus pensamientos en su diario, así despejaría un poco sus dudas y, por lo menos, esta noche podría dormir tranquila. El sonido de su bolígrafo, al dejar su tinta sobre las hojas, la hacía conciliar el sueño, poco a poco.
Sakura escribía y escribía...
Kerberos se movió un poco y balbuceó algo acerca de pastelillos de manzana y tartas de queso con pedazos de frambuesa encima, mientras se sobaba la bolita que tenía por panza.
Sakura seguía escribiendo...
A la mañana siguiente, la pequeña Kinomoto no podía levantarse.
—Ya despierta, niña —arrastró sus palabras el pequeño Kero, pero, por más que le jalaba las mejillas, no lograba levantarla ni un poco. Nunca se levantó, sino hasta mediodía.
—¡Aaaah! —exclamó Sakura al ver su reloj que tenía puesto en su cabecera.
—Te lo dije —fue lo único que dijo Kero mientras jugaba videojuegos en el televisor.
Por la noche, el timbre de la casa de Kinomoto sonó, y Sakura, aún con el pijama puesto, fue a abrir (ni su padre ni su hermano estaban).
—Sakura, estaba muy preocupada por ti —dijo Tomoyo.
Daidouji vestía con el uniforme de la escuela, mientras cargaba con ambas manos, por debajo y no por la agarradera, una canasta tejida. La canasta era cuadrada y olía a pan. No se dio cuenta Sakura hasta que Tomoyo se la entrego: la canasta era el pan.
—¿Cómo la hiciste? —le preguntó Sakura.
—Ábrela —le dijo Tomoyo, sonriendo.
Dentro, Sakura encontró varias clases de fruta, pero no era fruta en realidad, eran pastelillos forrados con fondant que la hacían parecer aquello; era una textura que sólo Tomoyo sabía hacer a la perfección para engañar al ojo humano. Un plátano, una manzana roja, una naranja, un mango, un limón amarillo, una fresa, un racimo de uvas y una piña. Tomoyo dijo que cada una de las cosas estaba rellena de la fruta que representaba.
Sakura invitó a su amiga a pasar y se apresuró a preparar algo de té. Mientras comenzaba a chillar la tetera, Sakura alistaba la pequeña mesa de la sala con platos de porcelana; la llenó de estos junto con muchas cucharas para servir cada postre en su propio plato.
—¿Nos podremos comer la canasta? —le preguntó Sakura.
—No sería higiénico, Sakura: la traje al descubierto desde mi casa, pero puedes conservarla.
—¿Conservar una canasta hecha de pan? —se preguntó en voz alta.
—¡Rayos! ¡De nuevo están comiendo postres y no me avisaron!
Sí, este último era Kero, apresurándose a comerse, por completo, la canasta hecha de pan.
—¡Kero! —exclamó Sakura. Pronto se acordó de la tetera chillante y fue a apagar el fuego a toda velocidad, sin saber que Tomoyo fue tras ella para ayudarle.
Sakura tomó con cuidado la tetera y se giró para ponerla sobre una servilleta hecha de tela, pero, por estar dentro de sus pensamientos, se estampó contra Tomoyo, y el té hirviendo cayó encima de esta última. Entre gemidos de dolor, Sakura y Kerberos llevaron a Tomoyo al baño para empaparla de agua fría y quitarle la ropa caliente. Kero se salió del baño hecho un tomate (rojo, rojo...) mientras Sakura ayudaba a su amiga. Puso algún tipo de ungüento contra quemaduras en el abdomen de Tomoyo. Su piel se tornó algo roja y nada más.
—¿Duele? —le preguntó Sakura, rodeándola con vendas.
—No, sólo arde. Ya no me duele mucho, Sakura. No te preocupes por mí.
—En verdad lo siento.
Daidouji negó con su cabeza.
—Descuida. Fue un accidente —dijo, con su misma dulce sonrisa de siempre.
Pasó una hora y Sakura invitó a su amiga a quedarse a dormir. Kinomoto tenía varios uniformes guardados en su armario, así le prestaría un cambio a su amiga en la mañana para ir a la escuela.
No tardaron mucho en darse cuenta que Kerberos se había comido la mitad de las frutas que trajo Tomoyo; Sakura exclamó «¡Kero, eres muy egoísta!» antes de que el pequeño recibiera en la cara la pantufla de conejo de Sakura, y éste gritara mientras huía volando de la otra pantufla.
La noche siguió y ambas niñas, junto con un Kero que tenía un enorme chichón en la cabeza, se fueron a dormir tranquilamente. Tomoyo ya se encontraba mejor. Sakura no tardó en quedarse dormida boca arriba, y ni siquiera se preocupó en pensar sobre los sentimientos de Tomoyo. Ahora Daidouji era quien no podía dormir mientras pensaba en su mejor amiga, Sakura Kinomoto, la tierna y hermosa Sakurita. Tomoyo se percató de la luz de la pequeña lámpara de Sakura, que seguía encendida. Se sentó en la cama para apagarla, pero algo más la distrajo. Era un librito rosado que posaba encima de la cabecera de Sakura.
Tomoyo leyó la inscripción en la pasta: «DIARIO DE SAKURA».
