Todos los personajes le pertenecen a Hidekaz Himaruya.
Líquido
.
.
La competencia ya había pasado y el ambiente era más ameno. Arthur había dejado de hacer caso a las palabras de su padre, parecían importarle mucho menos, se enfocaba en enseñarle a los demás. Eso incluía a Francis, con quien se mostraba un poco más amable que antes, ahora verdaderamente quería que progresara y no se limitaba a humillarlo. Un día incluso se encontró cómodamente intercambiando palabras con él.
—Hoy es mi cumpleaños, ¿sabes?
—Bien por ti, un año menos de vida —respondió Arthur mientras guardaba su florete.
—Tengo todo preparado para esta noche —explicó—, pensaba dedicarme la tarde a mí mismo, pero creo que prefiero un poco de compañía. ¿Estás ocupado?
El otro se paralizó por un instante antes de continuar. No esperaba una invitación, y mucho menos tan directa.
—No —dijo al terminar de guardar, sin mirarle a la cara—. Pero no vayas a creer que ahora somos amigos.
Sin consultarlo con su padre, Arthur recargó su propia mochila al hombro y ambos se marcharon del edificio. Caminaron un par de cuadras sin decir mucho, aún cansados de la clase.
—¿Me invitaste para venir a dar vueltas sin sentido? —Preguntó mientras esperaban a la luz verde de un semáforo.
—Te dije que iba a dedicar este tiempo a mí, a veces me gusta pasarlo sin hacer nada en particular.
—Sí, pero ahora estoy yo, este tiempo me pertenece a mí también.
Francis pensó en sus palabras y ambos cruzaron la calle cuando la luz cambió.
—En ese caso, déjame llevarte a un lugar que te gustará.
Cinco calles más abajo, en una esquina, había ubicado un pintoresco establecimiento que servía todo tipo de comidas dulces, desayunos y meriendas. Aún estaba relativamente vacío, sólo se oían los televisores en el fondo del lugar y una tranquila música en la entrada, en donde se tomaban los pedidos para llevar y tras una vidriera se exponían diferentes bocadillos. Las paredes estaban recubiertas por una fina madera, el suelo conformado por el mismo material pero más oscuro. La forma del local era irregular y la nivelación del piso cambiaba constantemente, había un sector de mesas al mismo nivel que la calle de afuera, luego se alzaban dos cortos escalones que llevaban a uno que era superior sólo por cincuenta centímetros, éste estaba rústicamente cercado. El ambiente era decorado por pósteres y maniquíes vestidos de forma anticuada. El aroma a bizcocho recién horneado y chocolate caliente agraciaba el aire.
—No tengo mucha hambre —confesó Arthur, sus ojos estudiaban el lugar—, pídeme algo ligero.
—¿No vas a elegir tu propia comida? —Preguntó Francis mientras bajaba el simpático y diminuto menú para mirarlo a la cara.
—No. Tú eres el que conoce el lugar, sabrás qué es bueno y qué no.
—¡Todo es bueno! Pero si insistes, yo elijo.
Terminaron comiendo un postre helado cada uno, en vasos descartables. Eran pequeños y una verdadera delicia. Justo lo que Arthur deseaba.
Intercambiaron palabras entre cucharada y cucharada. Mientras, el lugar se iba llenando. Francis le contó de sus planes para ser maestro en escuela primaria.
—Siempre y cuando no enseñes esgrima, el mundo estará a salvo —comentó su interlocutor.
—¡Qué malvado eres! Si hasta mejoré bastante desde que comencé.
—Más te valía que lo hicieras. De cualquier forma, eso fue gracias a mí —dijo con altivez.
—Puede ser—exclamó, no queriendo darle la razón, lo último que deseaba era inflarle el ego justo después de que se hubiera burlado de él—. No puedo decir que eres malo enseñando esgrima, ¿es que piensas dedicarte a eso?
Arthur hizo a un lado su cuchara y negó con la cabeza.
—Para nada. No me malinterpretes, me encanta ese deporte, pero lo prefiero como un entretenimiento —. Se reclinó en su silla y observó las imágenes en el televisor que había detrás de Francis por unos momentos—. En realidad, pienso dedicarme al ámbito de la justicia. No tengo claro de qué manera, puede que como juez. Incluso puede que me meta en la política.
—Ah, ¿así que eres uno de esos tipos? —Soltó Francis, sonriendo.
—¿A qué te refieres? —Inquirió.
—De esos que dicen mantener la ley y el orden —explicó con un encogimiento de hombros—. Pero cuidado, puede que no te vaya bien con tus colegas.
—¿Por qué lo dices? —Preguntó mientras retomaba su postre.
—Porque no te gustan las putas —dijo, como hablándole a un niño.
—Lo entendiste todo mal —sonrió socarronamente—, no me gustas tú, específicamente.
—Tengo contactos, Kirkland. Si yo no te gusto, tú no le gustarás a ellos.
—Me cago en tus contactos, Bonnefoy —rió.
Cuando el establecimiento estuvo más lleno, ambos muchachos partieron, con sus postres sin terminar en mano. El menor había insistido en pagar por ambos ya que era el cumpleaños del otro. Terminaron descansando en una banca frente al río. Un pequeño bote se desplazó por el agua, en medio del paisaje, y Arthur dijo con suavidad:
—Cundo tenga dinero, mi propio dinero, me compraré un barco.
—¡Suena divertidísimo! —Exclamó el otro, irónico. Su compañero lo codeó y volvió a hablar:
—Sería pacífico, largarte a navegar, lejos de todo hasta estar tú solo en el agua sin nada más que lo que llevas.
Francis optó por no contestar, ya que no compartía su idea de una tarde soñada.
—Lo olvidé —dijo Arthur, mirándole de reojo—, tú no soportas pasar ni un minuto solo. Me extraña que te dediques tardes a ti mismo.
—¿Qué te hace pensar eso?
—Para empezar, ya es sabido que eres una puta, casi hasta lo admitiste. Y en las prácticas, cuando tienes que precalentar te arrimas a alguien para no estar solo.
—¿Qué puedo decir? Soy un ser sociable, todos lo somos.
—Pero tú lo eres en demasía.
—Dime, ¿siempre me miras durante el precalentamiento?
Supo que lo había tomado desprevenido, porque vio cómo se revolvía incómodo.
—Claro que no.
—Si tú lo dices —rió por lo bajo. Luego se volteó y lo miró a la cara, haciendo a un lado su postre.
—Arthur, ¿te gustan los hombres?
El susodicho hizo lo mismo con el suyo y se encogió de hombros.
—No lo sé, nunca lo había pensado.
Francis se acercó un poco a él, quien no se apartó, y luego estudió su rostro.
—¿Por qué no intentamos algo y después me dices qué piensas? —Propuso casi en un susurro.
Dejando ambas manos en el banco para inclinarse hacia el otro, Francis lo besó en los labios. Habían dejado que sus ojos se cerraran, más allá de eso, Arthur no hacía movimiento alguno. El acto duró unos siete segundos. Al apartarse se encontró con el rostro sonrojado del más joven. Aún así, su expresión se mantenía imperturbable. Éste se aclaró la garganta y tomo el postre entre sus manos una vez más.
—¿Y bien? —Preguntó Bonnefoy, sin dejar de mirarlo.
—Pues, te mentí —reconoció—. En realidad sí me gustan los hombres, eso ya lo sabía. Pero no me gustan los viejos.
—Acabo de cumplir veintiuno, ¡es la edad ideal! Y la que tendré por muchos años.
—¿Lo ves? Todo un anciano.
A la vuelta hicieron el trayecto hasta donde sus caminos se separaban. Francis debía caminar hasta casa y que el otro tomaba el autobús.
—Ha sido un buen cumpleaños, ¡y eso que aún no acaba!
—No es nada más que una excusa para hablar de ti mismo.
—Me descubriste —dijo, sonriente. Fue tomado por sorpresa cuando Arthur lo sujetó por la barbilla para atraer su rostro y así besarlo. Esta vez ambas bocas actuaron, una probando a la otra. La otra mano fue a parar a su nuca, para mantenerlo bien cerca. Los brazos de Francis estaban por envolverse en su cintura, pero el otro se separó y alejó hasta la parada.
Las clases posteriores a ese día transcurrieron como de costumbre. El francés era aún bastante torpe en su técnica, si bien se notaba algún progreso, su fuerte estaba en evadir los ataques de su contrincante. Su atención era habitualmente capturada por Arthur, con quien practicaba más que con los otros instructores. Pocas eran las veces en las que estaba bajo la instrucción de Winston, ya que su iniciación había quedado en el pasado. Ahora se dedicaban a él los demás que estaban a cargo.
El joven Kirkland actuaba como si aquellos besos de días atrás jamás hubieran sucedido, también evadía permanecer más tiempo del necesario en el instituto. No daba lugar a que Francis lo buscara. Éste quiso quitarle importancia y continuó con sus insinuaciones a Winston, incluso había comenzado a flirtear con Michelle. La joven se sonrojaba y escondía el rostro en la careta del uniforme para volver a su práctica. Francis no insistía más que eso, al contrario de lo que tiempo atrás hubiera hecho. Al final del día terminaba solo, desviando la vista a la dirección en la que se encontraba Arthur, blandiendo su florete. Aquellos vistazos duraban poco, porque al instante se maldecía a sí mismo.
—No hablamos mucho desde entonces —explicaba Antonio su complicada situación amorosa a sus amigos.
—Te buscaste un chico muy complicado —repetía Francis mientras bebía su refresco.
Habían quedado en juntarse todos después de tanto tiempo, debían ponerse al día y procurar no perder contacto, además de que un encuentro entre amigos era lo que a veces necesitaban para despejar sus mentes.
—Aún no sé cómo te las arreglaste para que fuera tu novio —dijo con auténtico asombro el dueño de la casa, Gilbert.
—Eso... —Murmuró el español—. Es que... no somos novios, oficialmente.
—¡No lo son! —Exclamó con sorpresa el rubio, haciendo a un lado su bebida—. Pero, ¿no llevan como un año saliendo?
—Pues, a veces salimos, a veces no... No sabría explicarlo.
—Yo que tú le plantearía la situación tal cual es —sentenció Gilbert, apuntándole con el dedo índice—. Dile: "O te quedas, o te vas. ¡Conmigo no pierdes el tiempo!"
—Vaya, sí que tienes tacto —rió el galo.
—No me hace gracia —sufría su otro amigo—, no es fácil lidiar con él. A veces es tan reservado. Es como si no me quisiera en su vida. ¡Ya no sé que hacer, no puedo yo solo con esta relación!
—¿Cómo hiciste para volver a hablarle las últimas veces que pelearon? —Preguntó Francis con curiosidad, casi esperando que la respuesta pudiera servirle para tener alguna idea de cómo dirigírsele a Arthur nuevamente.
—La última vez le canté una canción que hice yo mismo... —Sonrió Antonio, claramente recordando la situación.
Gilbert rió antes de ir a la cocina por cerveza, dejando a sus amigos en la sala. Uno todavía recordaba el pasado, el otro pensaba en su actual posición. Tal vez la clave para llegar al inglés en que pensaba era tomándolo desprevenido con un pequeño gesto, o muchos así. La suma de ellos era lo que hacía falta.
Cada vez que el rubio lo capturaba observándole, Francis ya no apartaba la mirada, sino que se la sostenía e incluso le dedicaba una sonrisa. Se despedía de él animosamente cuando terminaba el día. Mas al momento de las prácticas lo mantenía a nivel estrictamente profesional. Seguía respondiendo de la misma forma que siempre a las palabras e indicaciones que le hacía respecto de su desempeño. Arthur parecía relajarse poco a poco, ya no rehuía de él. Paulatinamente comenzó a tomarse más tiempo en su salida, ponía en orden su mochila con lentitud. Cuando eran los últimos en salir, le despedía cordialmente. A veces Francis podía descubrirlo mirándole entre el gentío de alumnos, pero no comentaba al respecto.
—Francis —lo detuvo una vez que los vestidores estaban vacíos, después del fin de una clase.
—Arthur —sonrió el otro mientras sostenía su propio bolso. El menor cerró la puerta de la sala y luego lo miró a la cara:
—¿Qué es lo que te propones? —Quiso saber.
—Me gustas —dijo con simpleza, juntando ambas manos detrás de su espalda para apoyarlas en el asiento en el que se encontraba. Tal como esperaba, el otro fue tomado desprevenido. Se sonrojó notoriamente y le dirigió una mirada de clara molestia.
—Pues, tú a mí no.
—Bien —se encogió de hombros, puso de pie y dirigió a la salida.
Arthur lo detuvo allí mismo, apresándolo contra la pared junto a la puerta.
—No, no está nada bien.
—¿Qué esperas que diga? —Preguntó mientras le miraba con intensidad.
—No quiero que digas nada, sólo que te detengas. Sé que no te gusto. Estás detrás de mi padre y de Michelle, cuando no deberías estar detrás de nadie en absoluto.
—Entiendo lo de tu padre, pero, ¿por qué te importa Michelle? Es mi vida y la de ella. No te incumbe.
El muchacho pareció falto de palabras. Antes de tener tiempo de arrepentirse durante aquel silencio que los separaba, Arthur se inclinó para besarle. O eso intentó, porque Francis hizo a un lado su propio rostro.
—Eso no es una respuesta, mocoso —susurró, divertido.
—No me llames así —sus labios se movieron contra la piel de la mejilla del otro. Desde ese ángulo no era posible verlo, pero la totalidad de su rostro y más allá, hasta alcanzar sus orejas, había sido cubierto por un fuerte rubor.
Francis no pudo resistirse al sentir su respiración tan cerca y aquella boca a un solo movimiento de la suya. Sin esperar más, se giró a él y sus labios se encontraron a la vez, llenos fervor. Las manos del menor lo sujetaban por las muñecas, pero pronto recorrieron su cuerpo hasta culminar a cada lado de su rostro, tomándolo con posesión. Ambos se perdieron en ese beso, buscando contacto entre sus cuerpos. Los dedos de Francis se hundían en las prendas del otro y le atraía hasta sí mismo. Ese fue el primero de muchos escapes, todos tomando lugar en el mismo edificio. Los posteriores fueron realizados en los baños, cuando llegaban temprano o eran los últimos en marcharse. Nunca pasaron de los besos, las caricias y los roces. Escapaban de la mirada ajena, del reconocimiento público. Lo ocurrido no salía de ese lugar. Sus miradas se cruzaban fuera de allí y ambos sabían lo que significaba. No eran pocas las veces en las que se les dificultaba evitar un sonrojo o reprimir una sonrisa, de ocurrir algo así se giraban para que el otro no los viera. Sus escapadas siempre eran apresuradas, el tiempo estaba contado. Entre risas cómplices, cuales niños, se ocultaban y esperaban no ser atrapados. Arthur solía preocuparse más, pero cuando sentía las caricias del otro sus músculos se relajaban. Él también era el primero en dejar los baños, indicándole al francés que esperara unos minutos antes de irse, nunca sabían si alguien podía llegar a sorprenderlos.
—Si es necesario, espera dentro del cubículo —decía Kirkland mientras arreglaba sus prendas frente al espejo.
—Todos están en clase, es la hora intermedia.
Francis lo miraba sentado desde uno de los inodoros con la tapa baja.
—Sólo por si acaso.
Llevaban cinco semanas con la misma rutina. Francis iba a practicar dos de cada siete días. Era un total de diez días ocultando aquello que compartían. A veces era porque se encontraban más temprano y tenían tiempo qué usar, en otras ocasiones también se quedaban cuando cerraba, Arthur tenía ciertas libertades ya que su padre estaba a cargo.
Después de un rato de haber estado estudiando sus uñas, decidió dejar los baños. Con un vistazo en el espejo, ató su cabello, se despidió de su reflejo y salió por la puerta. Un par de pasos más allá se encontró con Michelle. Ella lo miró curiosa, casi extrañada.
—Hola —le saludó y cambió de expresión rápidamente. Francis le devolvió el gesto, con una sonrisa seductora. Estaba a punto de alejarse cuando ella caminó hasta su lado y lo acompañó.
—Has venido temprano hoy —señaló. El otro chequeó la hora en su teléfono, a pesar de que ya la supiera, y luego lo guardó.
—No lo creo, es el horario de siempre. Hablando de eso, tenemos que ir a prepararnos, ¿no?
—Sí, pero es que... Pareciera que viniste antes, no llevas bolso, ni nada parecido.
Francis se dio cuenta a lo que se refería la muchacha. Ella lo había visto salir del baño sin más.
—Lo dejé antes de entrar... —Estaba empezando a creer que sospechaba alguna cosa—. ¿Pasa algo?
—No quiero ser entrometida —dijo, como si le costara hablar de aquello—. En serio, perdóname. Pero no puedo evitar preguntármelo. —Ahora la menor se había girado para mirarlo. Él también detuvo su marcha y le sonrió con simpatía.
—Pero, ¿qué es lo que te inquieta?
—Hoy vine más temprano de lo usual, es que mi padre tenía que pagar mis clases, así que mientras tanto yo tuve que esperar hasta que se hiciera la hora correspondiente.
El otro asintió, esperando a que continuara. A pesar de que su rostro no lo reflejara, estaba inquieto.
—Y, hace unos momentos vi a Arthur salir de donde tú estabas..., y yo nunca te vi entrar, como estuviste mucho tiempo allí... Perdóname, nada de ésto es asunto mío, pero...
Con un suspiro de resignación, la muchacha levantó una mano y señaló detrás de la oreja del otro, cerca de donde comenzaba su cabello. Francis siguió la mano con su mirada, inútilmente, pero allí se veía con claridad una marca rojiza.
—Además, noté cómo te mira cuando no te das cuenta —continuó explicando mientras jugaba con sus manos—. ¡Pero no creo que nadie más lo haya hecho! Es sólo que llevo un tiempo conociéndolo, pero ni su padre lo sabría.
—Supongo que no puedo convencerte de lo contrario entonces... —Dijo el mayor, ignorando el efecto que había causado en su interior cuando la otra habló de haber atrapado a Arthur mirándolo.
—No podía evitar decírtelo —exclamó mientras le alcanzaba un espejo de bolsillo para que pudiera examinar el lugar que antes había señalado. Francis echó un vistazo y luego rió.
—¡Claro, cómo podrías ignorar semejante chupetón! Jamás creí que tú descubrirías la verdad. Y yo que te creía inocente —bromeó.
—¡No soy una niña!, tengo catorce..., es edad para estas cosas. Pero, entonces, ¿es verdad? —Inquirió, queriendo confirmar sus sospechas.
—¿Necesita más pruebas, detective?
Michelle rió con él y guardó el espejo cuando se lo hubo devuelto. El francés procuró soltar su cabello nuevamente. Reanudaron su camino hacía la sala correspondiente.
—Eso sí, nadie debe saberlo.
—¿Nadie debe saber lo que hacen acá, o nadie debe saber nada en absoluto? —Preguntó un tanto confundida.
—Nada en absoluto. En realidad ésto es todo lo que sucede, no hay nada más...
—Creí que estaban saliendo en secreto o algo parecido —dijo con auténtica sorpresa en su voz.
—No, no, no. Es sólo una diversión, una tontería.
—¿Estás seguro? Por la forma en la que te miraba...
—Es sólo eso —la interrumpió—. Quédate tranquila.
A pesar de que sus palabras fueran dirigidas a ella, Francis parecía querer convencerse a sí mismo.
Nunca le dijo a Arthur de aquel desliz, era mejor mantener el asunto entre Michelle y él.
Los días pasaban y la rutina no era rota ni puesta bajo cuestionamiento por los dos responsables. Ambos participaban de ella como si siempre lo hubieran hecho. Sin embargo, del otro lado de las puertas, la relación no daba la impresión de cambiar. Así sucedió, hasta que tomó lugar un encuentro inesperado en las calles de la ciudad. Arthur cruzaba un semáforo en rojo a paso seguro, mientras que Francis caminaba a mitad de cuadra, miraba las vidrieras que exponían joyería y otras con prendas de alta costura. La casualidad maldita llevó a sus ojos a fijarse en un par de zapatos negros, y fue el reflejo de la imagen del otro rubio lo que vio en el cristal. Se sorprendió, como quien de repente oye su melodía favorita sonar en el lugar menos esperado. Giró la cabeza, para verificar lo que la casualidad le comunicaba, y se encontró con la mirada verde del otro.
Se saludaron, como era natural esperar entre personas que se conocen. Arthur no fue tan afectuoso como a él le hubiera gustado, pero aquello no le extrañó, pues seguía siendo el mismo de siempre.
—¿Ibas para tu casa? —Preguntó el francés.
—Sí.
—Yo iba a la mía, acabo de terminar con unos papeleos. Ya sabes, los estudios.
La tarde estaba terminando y la noche se aproximaba, veloz. Había un leve viento en el aire y una humedad inconfundible. Lo que Bonnefoy no sabía era que estaba a punto de llover. Cuando éste estaba por despedirse, el menor lo detuvo.
—No vas a ir a pie, ¿o sí?
—Claro que iré a pie, mi casa queda sólo a unas cuantas calles, y no es una zona especialmente peligrosa.
—Es que va a llover —explicó con exasperación—, deberías salir con un paraguas en mano.
Como demostración, elevó la suya y le enseñó el objeto. Hasta ahora Francis no había reparado en él. Sin perder tiempo, lo abrió allí mismo. Su cabeza fue cubierta por una oscura y amplia figura de material resistente a cualquier tormenta, su forma era el calco de los icónicos paraguas de las películas.
—Vamos, métete debajo. No va a tardar en empezar.
Francis obedeció su indicación y, como si hubiera adivinado el futuro, las gotas comenzaron a caer. Primero por turno, una después de la otra. Luego, su repiqueteo contra el pavimento creció hasta hacerse intenso y fueron rodeados por una cortina de agua. Arthur, utilizando la mano que tenía libre, lo tomó del brazo para que caminaran a la par mientras le era indicado el camino a la casa del mayor. Esquivaron charcos, evitaron ser mojados por conductores imprudentes que manejaban sus automóviles demasiado cerca de la acera, ignoraron como mejor pudieron el viento que daba contra sus rostros. El día no era para nada frío, pero la lluvia lo había vuelto húmedo e incómodo, durante el trayecto intercambiaron quejas y opiniones al respecto.
—¡No te me pegues tanto, tienes mucho pelo!
—¡No es mi culpa que el clima me lo arruine de esta manera! Si me alejo voy a mojarme.
—Tal vez así recuerdes traerte un paraguas la próxima.
—Para ser inglés no suenas tan caballeroso.
—Puedo dejarte solo aquí mismo.
—Si lo hicieras, estarías dándome la razón.
Con ocasionales silencios a cada paso que daban, llegaron a la casa de Francis antes de que pudieran darse cuenta. Éste reunió el valor necesario para correr hasta la puerta, pues el paraguas no cabía por el portón que daba lugar al camino que llevaba hasta la entrada. Arthur presenció entre risas el martirio del otro, que se cubría la cabeza en un vano esfuerzo por proteger su cabellera.
Los padres de Francis comentaban acerca del estado en el que éste se encontraba, habían notado en él algo que hacía años no había en su mirada. Estaba también en su manera de moverse, en su sonrisa y en la expresión que adquiría cuando se distraía.
—Yo conozco esa cara —le había dicho su padre una vez en la tienda. Su hijo apilaba un par de cajas que contenían cargadores de batería.
—¿Qué cara? —Preguntó con tranquilidad, pero sin darle mucha importancia al asunto. Tomó la pequeña pila y se dispuso a dirigirse a la despensa. Desde la puerta de ésta, su madre salió a su encuentro.
—¿Cómo que qué cara? —Dijo con incredulidad, pues podía oír perfectamente lo que su familia decía—. La tuya es la cara de un hombre enamorado.
Francis rió y continuó con su tarea.
—Yo siempre tengo cara de enamorado.
—Sé de lo que hablo —exclamó su padre, a pesar de no haber sido él el que hubiera soltado la declaración—. Hacía tiempo que no se te veía así. No hay forma de que lo puedas ocultar.
Francis le restó importancia, lo alegó a uno de sus romances pasajeros. Sus padres desconocían la totalidad de aventuras de corto plazo que él mantenía, eran algunas las que mencionaba, las que menos pudieran preocuparles. Mas nunca hablaba de amor propiamente dicho, siempre eran temporales. Sus padres llevaban más de veinte años de matrimonio, uno que a pesar de las adversidades, el tiempo, y las diferencias entre ellos, había continuado. Su vínculo era leal y más el fuerte Francis había visto entre dos ser. Ambos hacían mejor persona al otro y lo llenaban de felicidad. El amor parecía haber sido creado sólo para ellos. Le era imposible no pensar en en todo aquello cuando oía a Arthur decirle:
—Yo no te amo.
Aquellas palabras eran las que empujaban y ahogaban las suyas en su garganta. No le era posible aceptarse como enamorado de alguien que tan abiertamente le negaba su amor.
—Yo no te amo.
Repetía aquello para que a ninguno de los dos se le olvidara. El por qué de aquella sentencia era dejado de lado. Pero el francés pretendía desentenderse de sus propias dudas y procuraba mantener su ánimo. Descendía sus labios por el cuello del otro y las manos de le colaban por debajo de la remera. Sus piernas le abrazaban la cintura, pues se ubicaba sobre su regazo en el asiento de uno de los inodoros.
—Odio este lugar —murmuraba cerca de su oreja—. Si me amas, deberías llevarme a uno mejor.
—Yo no te amo —respondía Arthur para luego besarle en los labios y volver a repetir sus palabras, incluso cuando sujetaba sus piernas y lo atraía, en busca de más contacto.
—Yo no te amo.
Casi sin notarlo habían comenzado a verse fuera, pero el menor se rehusaba a llevar sus indecorosas actividades con ellos. Siendo tan escasas sus salidas, elegían lugares por turnos. Podían ser paseos pagos en barco durante una tarde, visitas a barrios que no conocían y requerían viajes en tren. O salidas para ver una película, incluso paseos por el centro comercial cuando uno de los dos necesitaba algo. Cuatro veces volvieron al lugar que Francis le había presentado aquel lejano día de su cumpleaños. En una ocasión se enfrentaron en una guerra con armas que disparaban pintura, en dos oportunidades cooperaron en contra de otros. Sólo en una oportunidad fueron a ver una mala versión del musical Mamma Mia!. Finalmente, se colaron en un recorrido de venta de casas.
—Jamás compraría ésta —dijo Arthur, con desdén.
—¿Por qué? Se ve tan bonita, y tiene tres pisos.
—Ha de ser muy costosa, pero no es ese el problema, sino que es la casa prototipo.
—¿Casa prototipo? —Preguntó, divertido por lo que estaría a punto de oír.
—Una casa con jardín, muchas habitaciones, tres baños, ático y sótano. Estacionamiento y patio trasero con piscina —enumeró—. En este tipo de lugar viven las familias formadas por padre, madre, un perro y dos hijos, tal vez haya un tercero que sea bebé. Aparentan ser normales, pero es una mentira. Es el tipo de familia más enfermizo.
—Eso no te lo puedo negar —dijo tras pensárselo—. Déjame adivinar, tú eres del tipo que quiere una casa en un bote.
—Tal vez —respondió, avergonzado por el acierto del otro—. En cambio, tú eres de los que vivirían en un departamento barato, artistas que se las dan de bohemios. Beben café mientras leen Victor Hugo de un libro gastado para después subir la reseña a internet. Sacan fotografías con una polaroid y sólo escuchan música en CDs de vinilo, música de un cantante que nadie más conoce...
Arthur tuvo que detenerse para reír, porque la misma risa de Francis causaba que le fuera imposible contenerse por más tiempo.
—¡Suena mejor a seguir viviendo con mis padres!
El otro rubio se alejó para que no lo viera sonriendo, a pesar de que ya era tarde. Sin hacerse esperar, fue perseguido y abrazado desde atrás por su acompañante.
—Victor Hugo no me servirá de mucho si voy a enseñar a niños, ¿no crees?
—Eso no lo sé, pero bien que te gustaría leerlo.
—Oye —lo interrumpió el francés—, tanto que te gusta el agua, ¿por que no me acompañas a una piscina?
—¿En tu casa? —Preguntó, girándose para verle un poco el rostro.
—No, no. De ser así la hubiera llamado "mi piscina" y no "una piscina". Es en un club que conozco. Aún es verano, será divertido.
—¿Sólo nosotros?
—Sólo nosotros.
Por si las dudad, quiero aclarar que hice que Michelle tuviera aproximadamente la misma edad que Alfred, pero honestamente no sé cuántos años le corresponden. Para el momento en que se menciona la edad de ella, el cumpleaños del estadounidense ya pasó. No es muy importante, pero son inseguridades mías. Ahora que me doy cuenta, Francis tenía veintiuno y estaba fijándose en ella, que es prácticamente una niña.
Por otro lado, agradezco la atención de aquellos que leyeron, los que comentaron y demás. Lamentablemente esta historia va a ser de muy pocos capítulos, todavía no se me da bien ésto, pero es una mejora.
