"Pequeña niña, sola en el patio de juegos… cansada de ser objeto de burlas… deseando ser invisible para ellos." Fight Like a Girl.
Capítulo 2. El mejor amigo de mi hermano.
Ese día, Ginny le había observado con curiosidad, a ese chico que parecía tan perdido y que se había acercado a ellos por ayuda. Sus ojos verdes se cruzaron con los de ella y serían los rasgos que recordaría con más claridad a lo largo de los meses.
Ginny había querido conocerlo, presa de curiosidad, desde ese día en la estación de King Cross en que sus hermanos dijeron que El-Niño-Que-Vivió estaba en el tren.
La curiosidad sólo aumentó a través de las cartas de Ron, en las que no dejaba de mencionar a Harry Potter, a medida que le quedaba muy claro que ambos eran los mejores amigos. Y a pesar de esa gran curiosidad, también sentía celos y detestaba a su hermano por reemplazarla con tanta facilidad.
Claro, Ron y ella peleaban casi todo el tiempo. Pero siempre estaban juntos, y tendían a apoyarse mutuamente cuando Fred y George se metían con ellos – bueno, a decir verdad los gemelos se metían más con Ron que con ella -, y Ron era quien hasta entonces le había hecho compañía mientras el resto de los chicos iban a Hogwarts.
La Madriguera era horriblemente silenciosa sin ninguno de ellos, y Ginny no podía evitar aburrirse estando sola. Bill ya no estaba. Tampoco Charlie. Además, ¿Por qué ella no podía ir al colegio también? Era totalmente injusto… y cuando Ron y los demás regresaran a casa, de todas formas no sería lo mismo, porque su estúpido hermano la había reemplazado por Harry Potter.
Y entonces llegaron, finalmente, las vacaciones de verano, cuando Ginny confirmó sus sospechas. Fred y George le gastaban bromas a veces demasiado pesadas, pero la mayor parte del tiempo la ignoraban, tal como Percy que apenas había llegado se encerró en su habitación a escribir. Todo lo que Ron hacía era hablar de sus nuevos amigos, Harry Potter y Hermione Granger.
Escuchar acerca de las aventuras que su hermano y sus amigos tuvieron en su primer año la maravillaba y a la vez le daba un poco de envidia… pero entonces escuchaba todo lo que aquel chico tenía que pasar y cómo no recibía ningún tipo de atención de parte de su familia (según decía Ron) y se avergonzaba de sí misma por envidiar a un chico que no tenía a sus padres consigo y que había estado al borde de la muerte hace sólo semanas por impedir el regreso de El-Que-No-Debe-Ser-Nombrado.
¿De verdad podía existir una persona así, alguien tan noble como Harry Potter podía ser? Ginny preguntaba y preguntaba, como si a través de Ron pudiera llegar a conocer un poco más a aquel chico que había atrapado toda su atención. En su imaginación, Harry Potter se volvió un chico fascinante.
Ginny no alcanzaba entender del todo lo que estaba sintiendo por alguien que ni siquiera conocía aún, por eso el día en que se encontró con Harry Potter en el pasillo cuando pretendía salir de su dormitorio, su primera reacción cerrar de vuelta la puerta, temerosa como si él pudiera saber todo lo que ella había estado pensando.
Eventualmente, reunió suficiente coraje para salir y saludar al chico.
- Hola Ginny. – dijo él, con una sonrisa hermosa.
Ella abrió su boca un par de veces antes de lograr articular una palabra.
- Hola.
Y volver a salir corriendo.
Harry en realidad era no sólo un chico lindo, sino encantador y amable. Desde la primera sonrisa que le dirigió, supo que era probablemente la persona más buena que conocería en la vida. Nunca se burló, a pesar de todas las vergonzosas situaciones en las que ella se puso a si misma a medida que aumentaba su nerviosismo alrededor de él.
Hubo un día en que enterró su codo en el plato de mantequilla… Oh, cada vez que Ginny lo recordaba deseaba ser tragada por la tierra. Pero Harry siempre fue amable, y ella lo admiraba todavía más por eso.
Y entonces llegó el día de realizar las compras para Hogwarts. Ginny estaba contenta de que al menos conseguiría una varita nueva para sí misma, pero también sentía una rabia silenciosa por todas las quejas de su madre. Sí, ella sabía que eran pobres, que tenían que reducir todos los gastos, y aguantaba sin quejarse tener que llevar siempre túnicas de segunda mano. Ella lo soportaba, como todos sus hermanos… ella lo sabía, todos lo sabían… ¿por qué su madre tenía que repetirlo a cada rato, y frente a Harry?
Para que acabara de sentirse peor, Harry le regaló sus libros de Defensa contra las Artes Oscuras.
- Tómalos – dijo, entregándoselos a ella. – Yo puedo comprar los míos.
Ella fue incapaz de dar las gracias, como hubiese querido hacerlo, por culpa de los malditos nervios.
Y entonces Draco Malfoy apareció, burlándose de Harry y del momento obviamente incómodo que éste había tenido que pasar por culpa de Gilderoy Lockhart. Mientras más observaba a Harry, se daba cuenta de lo humilde
- Déjalo sólo, - dijo ella dándole una mirada dura, y comprobando aliviada que su nerviosismo aparecía solamente con Harry. – él no pidió nada de esto.
- Vaya, Potter. Parece que te has conseguido una novia.
La sola mención de esa posibilidad hizo que Ginny sintiera el rostro arder, y todas las palabras la abandonaron. ¿Cómo se atrevía, ese estúpido Malfoy? ¿Con qué cara podría mirar a Harry en adelante? No volvió a pronunciar una sola palabra ni cuando su padre y el señor Malfoy se metieron en una pelea, ni lo hizo en todo el camino de vuelta a casa.
En cuanto llegó a su casa, echó el caldero a la cama y comenzó a llorar. Fue un llanto silencioso, pero largo, de unas lágrimas amargas. ¿Por qué tenían que ser tan pobres como para que los Malfoy encontraran siempre en ellos verdaderos motivos de burla? ¿Por qué su madre no podía dejar de quejarse un poco al menos, sobre problemas que ya todos conocían? ¿Por qué sus hermanos tenían que ser tan molestos todo el tiempo, recordando convenientemente cuando era una chica y olvidándolo cuando se les daba la gana?
- Sólo quiero ir a Hogwarts- … se repitió a si misma – todo estará bien cuando vaya a Hogwarts.
Tal vez entonces superaría el estúpido nerviosismo con Harry. Y tal vez, sólo tal vez, ella podía ser más que la hermana de su mejor amigo. Se permitió a si misma fantasear con eso, cuando encontró el viejo cuaderno, con las páginas amarillentas y vacías.
En momentos como esos, una chica de once años como ella tenía que desahogarse y escribir. El diario le pareció entonces a Ginny un regalo del cielo.
