Capítulo I. El viaje y el tren
Trece días antes del Preludio.
Pin Young.
El coronel tenía tiempo observando unos cuantos huertos de color indudablemente verdes, ignífugos ante tal alba que rozaba su rostro malicioso y roto, al menos si en cicatrices se refería. Allá por la mañana éramos seis, incluyéndome, el coronel no nos había dado indicaciones claras de lo que haríamos, solo miraba tontamente los huertos cerca del puerto que llegaban a la mar, y desde lo lejos llegué a percatarme que en realidad no era huerto, sino fango, "grata sorpresa, me dije a mis adentros", pero un rato después el coronel ya estaba enfrente de nosotros, con cara de estar listo para mandarnos. Pero durante una fracción de minutos no dijo palabra alguna, solo nos miraba, ahí en el puerto, mientras el alba le brillaba medio rostro, su pelo caía de su orla, y era difícil no pensar en que su raso bigote parecía pintado, ya que había que acercarse bien a él para estar completamente cerciorados. Miró a la izquierda, luego a la derecha, el puerto no estaba en gran masa de albergar ponys, de hecho, aquellas cifras que contaba en mi mente me aseguraban que solo estábamos nosotros cuatro, el coronel, y el vendedor de botes de segunda mano, entonces pensé que en su mirada iba a decirnos algo confidencial, y estaba al tanto de observar a sus alrededores de que nadie se enterase de lo que pronto amenazaría su hocico. Entonces se nos volteó y parecía que en aquel entonces se escuchó un prolongado graznido, para entonces, y cuando miré el estrecho sendero donde habíamos cruzado para llegar al puerto, me había percatado que había ahí un animal con ojos acechantes que nos miraban, unos ojos límpidos, rojizos y vidriosos, cuando el extraño ente se volvió a su vez, y se camufló entre el gran espesor del bosque nuestro coronel ya había anunciado nuestra partida a gran pulmón para ir a Equestria, por suerte mía, él no había visto a la extraña criatura, y mis compañeros a lo largo del viaje (que sí la habían observado) habían tratado de olvidarla; era como si los ojos rojizos de aquella criatura auraran un terror que se nos cerniría inminentemente, era una trivialidad que veía el claro resplandor de la mar en su mayor esplendor, con ojos saltones y abiertos de par en par, se camuflaban cuando una entrecortada flora aullaba en el anchuroso oceáno, desde entonces me percaté que aquella mirada simbolizó un gran pasado hasta el final.
El mar era tranquilo, al menos por ahora, cuando nuestro coronel había alquilado un bote con capacidades de doce personas, aunque le imploré que era demasiado caro para su capacidad, él se había negado rotundamente y había aceptado la oferta de pagar miles de bits por él. La verdad era que para ser de segunda mano era demasiado limpio y bien cuidado, a lo largo del viaje nunca divisé una grieta donde pudiera colarse el agua que llegaba muy pocas veces hasta mi casco, de hecho el coronel nos había avisado de revisar cada recoveco del bote y jamás vimos ningún problema, hasta que reconciliamos que se había una espasmódica marea que se elevaba e impactaba vigorosamente en el bote, entonces nos pidió con unas cubetas que desecháramos el agua lo más que pudiéramos, para ese entonces, que ya habíamos terminado, era de atardecer. Las gotas de sudor gobernaban nuestros rostros, por un momento pensamos que nos habíamos sumergido en las tonalidades anaranjadas de la mar, y no había sido mala idea que lo hubiésemos hecho, hacía tanto calor para ese entonces que preferimos no entrar a cubierta, el bote era ancho, algo alargado para su grosor, tenía unos cuantos compartimientos y no rosaba de los dieciséis metros de largo y mitad de lo antes medido de altura. Para la noche veíamos una gran bruma espesa que nos dificultaba la vista, nadie durmió esa noche, no querían despertar con restos de lo que antes era un barco y vagar en medio del océano, el coronel para entonces había sido un estúpido por no haber portado un mapa, nos sentimos vagamente asustados, y por un momento ya queríamos rezar para llegar al lugar que desconocíamos, maldecimos en silencio al coronel, y si no hubiese sido por el llegar del alba, lo abríamos lanzado al río. Vimos muy difusamente, a lo lejos, tierra, estábamos completamente cerciorados que era Equestria, pues, desde nuestro campo periférico contemplamos, en un islote, la inexpugnable silueta del Pony de la Libertad. Justamente cuando nuestros víveres se habían agotado habíamos penetrado en el muelle de Manehattan, hasta no en ese entonces habíamos partido del Río Guto a Grittsy, donde alquilamos el bote para llegar al puerto antes mencionado, desembarcamos y un semental se hizo cargo del bote para regresarlo a Grittsy, nosotros estábamos exhaustos, desde la partida del Río Guto habíamos navegado dos días enteros, allá entonces descansamos unos días en Grittsy y volvimos a navegar otros dos días hasta Manehattan, dando un aproximado de siete o seis días de viaje, hasta Equestria, todavía nos hacía falta tomar un ferrocarril y descansar unos cuantos días en Filly Delphia o Baltimare, lo único que nos reconfortaba era tomar eran las vagas sospechas al tomar una siesta en sus asientos de terciopelo donde se antojaba inefablemente dormir, pero el coronel no presentaba indicios de ir y alquiló una noche en un hotel de muy mala estirpe, despertaríamos a la llegada del alba y tomaríamos el ferrocarril a Nolium Duets, y de ahí, a Canterlot, luego a Ponyville, a Dodge City y a la jungla del sur para tomar una barca y de ahí cruzar otra vez el mar para llegar a Dragons Late, y regresar a Griffonstone, a casa, a la anhelada casa de la que mi posible esposa me esperaba con una gran tarta de qué-sabe-qué. Dormimos con ansias, con desesperación, queríamos regresar a casa. Un extraño ruido en la habitación contigua de la nuestra atronó nuestros tímpanos, era como un alarido, sonidos guturales, no les prestamos suficientemente atención por estar hartados de Manehattan, de sus ruidos del bullicio de afuera. Los sonidos se prolongaron, parecían gorgoteos de una tubería, después de un buen rato nos enteramos de algo que ni siquiera nuestros adentros pudieran haber imaginado impíamente, observábamos tenebrosamente desde nuestras camas en el suelo gélido y profundo..., que estaban forcejeando nuestra puerta.
Nota: Desde el viaje al Río Guto a Manehattan acontecieron ocho días, contando otro en el hospedamiento de la pequeña brigada. (Podría contarse acerca de ciertos "Inconvenientes" durante el trayecto de la historia, en un fragmento añejo.
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Tres días antes del Preludio.
Herler Berry.
Nos concentramos en sólo una cosa: viajar a Nolium Duets, ellos me habían comprado saliendo de Manehattan, donde tomamos un ferrocarril para llegar al destino antes mencionado, y, de ahí, a Canterlot. No me habían hecho muchas preguntas, solamente me habían preguntado si estaba dispuesto a viajar con ellos hasta la jungla del sur cerca de Radlands y me propusieron una gran paga que acepté rotundamente sin titubear, entonces ahí estábamos, en un ferrocarril con los asientos extremadamente cómodos de terciopelo rojo, mientras nosotros diez, incluyéndome, veíamos los ventanales cubiertos de humo por los pistones sobrecalentados de la locomotora que iba a toda mocha, en cuestión de minutos llegaríamos a Nolium, donde nos esperaría una larga noche en un hotel rústico del lugar. Ya deseaba ir pronto de incógnito con ellos, hasta que el humo de la cúspide comenzó a disiparse. Dentro, o mas bien, fuera de la vía férrea, se escuchó un fuerte estruendo que me sacudió un poco, después de unos quejidos y farfuños todo había quedado en total silencio. Dentro del ferrocarril había unas cuantas personas extras, el coronel y otros tres ponys se habían ido al último vagón a atender a un herido, los otros seis (incluyéndome) estábamos en el penúltimo vagón, conmigo, otros ponys que desconocía rostro estaban sentados en frente y detrás de mí, al menos logré contar unos siete de ellos.
Estaba nervioso y asustado. Sentía que los ponys y mis compañeros me observaban de bastante mala manera, y al ver al pobre herido no quería meterme en un tipo de riña, o, peor aún, en la cárcel; sudaba, sudaba demasiado, sentí que había estado cargando el mar por todos los poros de mi ante pelaje, miraba muy de soslayo el ventanal a mi derecha, observando las borrosas figuras de rocas, matorrales y árboles que desaparecían en cuestión de segundos por la mocha del tren, las hileras de rocas bermejas, y cactáceos viejos por el tiempo, con el nopal lleno de negrura; más allá había una extensión de terreno escarpada que oscilaba continuamente, cerca de las montañas, donde se alzaba una especie de meseta escarpada y deteriorada con el tiempo; por un punto cardinal se desaparecían en hoscos claros con una aura sobre ellos. Más tarde, que no sabía si eran las cuatro o las cinco de la tarde, un pony salió del último vagón, con una prodigiosa colección de torundas, con las que, según yo, habrían usado en el herido, y, trataban de ocultar los indicios en que en ellas hubiera rastros de sangre para no espantar a la tripulación. Recuerdo que antes de abordar habíamos entrado muy cautelosamente e hicimos lo posible para haber ocultado al herido, más tarde, con aire de triunfo nos habíamos dado cuenta que nadie nos había visto, aunque puede ser cierto que unas cuantas miradas muy extrañas se habían cernido en una clase de sábana que cubría un bulto largo y grueso. Se sentó muy pegado a mí, y parecía que iba a decirme algo pero en todo lo que siguió del trayecto se mantuvo taciturno, paulatinamente dirigiéndome miradas de atisbo.
Pasadas las seis de la tarde, el tren comenzó a aminorar la marcha, los vapores se extendían y se disipaban lentamente sobre los ventanales, algunos de ellos quedaron negruzcos por el vapor, un poco más tarde logré escuchar el sonido de los pistones bien engrasados detenerse, y después sonó un estremecedor silbato de aire. Por un momento pensé que mi asiento se quedaba suspendido en el aire, y me di cuenta que el anterior pony de nuestra compañía había descendido, y por la ventanilla a mi izquierda vi como salía del andén. Se escuchó otra clase de silbato, pero más fuerte, como si estuvieran graznando al entonar el himno. Más tarde observé con detalle que el pony que antes me acompañaba y que había descendido e ido del andén le veía corriendo hacia el bosque. No fue hasta unos minutos después que había entendido la situación. Escuché la voz del coronel reprochar hacia los ponys que le acompañaban, después los vi salir, los cinco, en fila por el ferrocarril, e, igualmente, comenzaron unas clase de persecución hacia las fauces del bosque. El coronel fue el último en salir, antes de irse con los otros me dirigió una mirada y me dijo:
—¡Atiéndelo!
Instantáneamente entendí a lo que se refería, me levanté de mi asiento, y me dirigí al último vagón, donde, al entrar, escuchaba lenta y dolorosamente los gemidos que producía el pobre pony; herido de una bala. Cerré tras de mí la puerta, el pony estaba tendido en dos silla para usarlas como cama, debajo de su cabeza le habían colocado un montón de camisas y chamarras, haciéndolas ovillo para formar una clase de simulación de almohada bastante tosca.
Escuché una serie de vociferaciones en el vagón continuo, y, súbitamente le siguieron una serie de disparos y gritos. Incesantemente, y, temiendo por mi vida, saqué el arma y revisé si estaba cargada. Ufanado por tener todas las balas echadas al cargador, respiré profundo, y salí del último vagón hacia el siguiente. De repente, un gran estruendo asotó el tren, y escuché un crujido bastante extenso, como si el cielo se hubiera abierto, y un poco más tarde, tras instintivamente tratar de saber qué diantres pasaba, me asomé por una ventana, y comprobé que un respnador colo blanco decayó desde el cielo hasta el bosque donde anteriormente se replegaron los cinco ponys. Me volví sobre mis cascos y regresé por donde salí, había visto unos cuantos ponys que no conocía muertos en el suelo y partes de los asientos, escuché más tarde gritos y disparos, me eché a cubierto tras la puerta, ocultando mi cola que asomaba por la puerte y esperé a oír los pasos que marcaran el arma para su uso, no obstante el herido no dejaba de quejarse con silbidos y murmullos, sería él, el primero en morir en el vagón. Oscilé un poco, ladeé la cabeza hacia mi izquierda, un disparo por poco me volaba el ojo y que se llevara parte de mi melena. Todo se nubló de silencio, sospeché que el herido ya estaba muerto y que yo pronto lo estaría si no salía de ahí. De pronto el tren se volvió a agitar bruscamente y cayó de lado derecho fuera de la vía. Recuerdo haberme golpeado con una de esas vías de escape traseras con la que impacté fuertemente en la cabeza, después había quedado suspendido al haber estrellado con la ventanilla derecha hasta romperla, mi casco diestro dolía, unos cuantos vidrios se habían enterrado ahí, sentí el dolor punzante de las heridas, después una gran mancha carmesí se cernió cerca de mí. El muerto quedó suspendido durante unas fracciones y me cayó encima. El impacto, recuerdo, que me había dejado levemente atontado, un olor fétido y a sangre spenetraba mis fosas nasales, después, mi vista se nublo, y sentí otro leve golpe, después, silencio, y lo único que vi fue pura oscuridad.
-...-
Cuatro días antes del Preludio.
Pin Young.
Esa misma noche nos levantamos con tropel, con nuestros cascos crispantes tomamos cualquier arma a nuestra disposición, escuchamos que también las paredes, los paneles de la pared estaban rompiéndose y nos pareció que parecía hecha de papel por la facilidad con la que la rompían, la puerta no cedió mucho tiempo y empezamos a escuchar multitud de disparos, una de esas balas impactó a uno de nosotros, disparamos a tientas y sin saber a quién lo hacíamos, solo estábamos seguros que no saldríamos vivos de una, la pared cedió y otros disparos laterales atronaron nuestra habitación. Escuchamos llantos de la habitación contigua, posiblemente de un potro, luego una yegua (posiblemente la madre) que también rompía a llantos y bramaba:
—¡Son ellos, los ponys no engendrados, Dios se apiade de mí!, ¡son ellos!
Y luego dos disparos que, posiblemente, terminaron entrecortadamente con dos almas vivas de sus correspondientes ponys: la muerte de un potro y de su posible madre nodriza. Estrepitosamente me camuflé en la parte del baño que estaba en la parte paralela de los dormitorios, como la cabeza de una ave ocultada en su ala, y atroné con seis disparos que terminaron con una o dos posibles vidas equinas, luego los disparos desaparecieron y otros más atronaron cerca de la ventana, otro más impactó en un íntimo compañero mío y otro acabó con la vida de otro, el coronel no estaba con nosotros, dormía en otra habitación debajo de la nuestra, pero en ese momento unos cuantos disparos terminaron con la vida de los ponys de la puerta, los demás de la pared fueron fumigados por nosotros, y la ventana dejó de recibir más disparos, posiblemente habían escapado los ponys que usaban aquella arma. Pasaron unas cuantas horas, ya era de día, nos habíamos ido lo más rápido posible del hotel cuando todo cesó, habíamos sufrido dos muertes y un herido, compañero mío, que no paraba de sangrar, nuestro coronel ya no estaba cuando estábamos en el andén esperando impacientemente a que llegara el tren para transportarnos a un hospital en Nolium Duets. Cuando el tren llegó nuestro coronel había regresado con seis sementales más, resguardamos nuestras preguntas para después y subimos al tren, mientras sangraba nuestro compañero..., mi compañero.
