Yo, como siempre, retrasándome en cumplir pedidos, oc. El segundo capítulo, el capítulo intermedio, el penúltimo. Aunque esta historia no entre en el concurso (que ya cerró), dije que la acabaría. Y aquí estoy, así que... ¡A leer!

Disclaimer: Inuyasha no me pertenece. Crédito a su propio creador.


Capítulo Intermedio

Casualmente, seguía lloviendo en la ciudad de Tokio, así que Kagome tuvo que salir con un paraguas de metal. La brisa, ya no era una leve brisa que hacía salir sonrisas a los pervertidos que querían ver faldas levantadas, o a la gente que tenía mucho calor y esperaba abanicarse con ese suave viento. No. La brisa ahora era un tormentoso viento fuerte que, junto al fuerte chapoteo de las gotas de lluvia del cielo, de color grisáceo, casi negro debido a las nubes, convertían el clima de ese día en un infierno. Y Kagome maldecía en sus interiores el no haber pedido un taxi. Y el de no haber ahorrado para uno; tenía el dinero suficiente. No podía gastar más, ni menos. ¡Maldecía aquellos zapatos que le costaron casi 30 de sus valiosas monedas! — Menos mal que no eran de tacón... — Dijo para sí misma, con el paraguas en alto. — Agradezco al cielo que tenga este paragu-... ¿¡INUYASHA!? — Gritó, al ver cómo su mejor amigo de infancia se encontraba por allí, con el coche. — ¡Inuyasha, para! — Le hacía señas para que se detuviera. — ¡INUYASHA, COÑO! — Chilló, tanto, que Inuyasha lo oyó, y paró en seco el coche.

— ¿K-Kagome? — Preguntó retóricamente, con sorpresa de ver a la pelinegra salir con ese tiempo. — ¡Kagome, pero sube! — Le abrió la puerta del asiento del copiloto, y la joven subió con velocidad, cerrando la puerta seguidamente. Se sacudió el pero, y se abrochó el cinturón. — Kagome...

La joven lo miró, con el ceño fruncido. Se había mojado los zapatos de 30 pavos que le costaron. — ¿Vas a cerrar el puto paraguas o nos vamos a quedar como los enanos en el coche? — Kagome se sonrojó de vergüenza, olvidándose del enfado y cerró el paraguas. — ¿Qué hacías con esa ventolera allí afuera? Un poco más y sales volando. — Casi ríe, pero al ver la cara de la mujer, prefirió no hacerlo. — ¿Y bien? — Esperó su respuesta. — ¡Kagome!

— ¿Eh? Ah... Inuyasha. — Suspiró, quitándose su distracción. — Me llamaron hace unos minutos, tenían un nuevo caso que resolver. — Le dijo, y el hombre peliblanco se encogió de hombros. — ¿Por casualidad... — Empezó a formular una pregunta la pelinegra, dándose cuenta de un detalle. — No serás familiar de Sesshomaru? — Terminó y el chico abre los ojos de sorpresa.

Luego tose unos momentos. — Uh, ¿Sesshomaru? No. Es mi ex-cuñado. — Contestó, después de unos minutos de pensar. Kagome se sorprende.

— ¿Estaba casado? — Casi grita del impacto de eso.

— Uhm, sí. Con mi hermana pequeña, Kikyo, pero ella ahora se ha mudado del país. — ¿En verdad Kagome no lo sabía? Pero si le asignaron a Sesshomaru como compañero... O eso me dijo Ayame. Pensó Inuyasha. — Se separaron hará cosa de unos años, porque Kikyo lo había engañado y bueno, se quedó embarazada de una niña llamada Rin. Ahora él es padre soltero. Kikyo le ofreció a Rin cuando tuvo cinco años, que si quería viajar con ella, pero la chica le dijo que prefería quedarse con Sesshomaru, y ahí está, como tu compañero y padre soltero. — Soltó de sopetón, como si fuera una telenovela.

Kagome alzó una ceja. — Vaaya. ¿Y quién te dijo que yo era compañera de Sesshomaru?

Inuyasha maldijo para sus adentros. — Ayame. La mujer de tu jefe, Koga. — Kagome empezó a meditar unos momentos. Todo el mundo sabía cosas así, menos ella. ¿Por qué ella no? ¡Qué rabia! — Sonará extraño pero Sango es la mujer de ya sabes, Miroku. Entonces Sango siempre habla con Ayame, y la pobre chica le da pena que yo no sepa nada sobre la vida de mi ex-cuñado, o será porque no sabe mantener un secreto... Pero a lo que íbamos, que me termina contando la vida de Sesshomaru. — Kagome asiente, no muy enterada de lo que dijo, y luego miró la hora.

— ¡Mierda, Koga me dijo que fuera, que era urgente! ¡Inuyasha, arranca esa chatarra de motor! — Le ordenó de una forma suave, Kagome. El chico hizo caso, y en un par de minutos estaban allí. Claro está, sobrepasando los límites de velocidad por triplicado. Kagome dejó el paraguas en el asiento, mientras se levantaba y abría la puerta. Luego coge el paraguas y lo abre. Todavía seguía la tormenta. — Gracias guapo. — Sonríe, coqueta, y le da un beso en la mejilla. Cierra la puerta del coche, y ve como en unos minutos la chatarra se ha ido. Y ella tiene barro en la cara, pero bueno.

Entra por la puerta del lugar, y todos la miran sorprendido. Nunca la habían visto con barro en la cara y mucho menos con unos zapatos tan sucios. Ella era exigente con la limpieza desde la muerte de Sôta. Y nadie sabía el porqué.

Luego llega a la sala de reuniones del FBI, y el director general del FBI, Jakotsu, se sorprende porque la joven llega tarde. Por primera vez. — ¡P-pero Kagome, querida! — Se sorprende. — ¿Qué te ha pasado? ¡Estás... horrible! — Le dice, con su voz afeminada. Kagome le resta importancia con un ademán, y se sienta al lado de Sesshomaru, que gruñe al ver que se ensucia un poco de barro. — Bueno... Ya que todos estamos aquí reunidos, chicos. — Dice, algo más serio. — Quiero comunicarles algo muy importante.

Sesshomaru vuelve a gruñir, impaciente. Esperaba que no fuera una tontería. — Naraku ha vuelto.

Un hombre regordete llamado Mukotsu, que estaba bebiendo una CocaCola, la escupió velozmente al oír eso. La bebida cayó en Bankotsu, el hermano menor de los septillizos. — M-Mukotsu. — Dice, con un tic en la ceja. Y el hombre regordete se encoge de hombros. — Lo dejaré pasar... — Eso calma más al viejo. — Por ahora. — Y traga saliva el "escupidor-de-cocacola-express". Jakotsu los calma, bajando las manos pacíficamente.

— Naraku ha vuelto. Y eso no es malo, sino lo siguiente. — Todos asienten, estando de acuerdo en ello. — Tenemos que atraparlo antes de que vuelva a asesinar.

Sesshomaru se encoge de hombros, no era tan urgente como parecía. Todos se levantan de sus sillas, pero la voz de Jakotsu los retiene un momento. — Tiene aliados... En las calles se le ha visto con una mujer, tres niños y un adulto con una flor. Si mal no recuerdo, sus nombres eran: Kagura, Kanna, Hakudoshi, Byakuya y Akago. — La mayoría, se paralizaron. — O eso dijeron los testigos. — Añadió finalmente, para que luego todos pudieran continuar su camino. Sesshomaru y Kagome salieron por el mismo sitio.

— ¡Sesshomaru! No sabía que estabas casado. — Comentó de la nada la joven con barro, inocentemente. Sesshomaru alzó una ceja.

— Mocosa estúpida, ¿quién te lo ha contado? — Le pregunta, casi como ordenándoselo. Kagome le enseña la lengua, y después de coger el paraguas, sigue a Sesshomaru. — ¿Qué haces, niña? — Vuelve a inquirir, al ver que lo sigue.

Kagome se encoge de hombros. — No quiero ir caminando a casa con esta terrible tormenta. — Sesshomaru suspira y enciende su coche, dejándole pasar al asiento del copiloto. Kagome sonríe victoriosa, y cierra el paraguas antes de entrar al coche. El hombre con parecido a Inuyasha pone el motor a tope, mientras conduce, extrañamente, con prudencia. Kagome se sorprende, pero se mantiene en silencio. — ¿Por qué paras aquí? Esta no es mi casa. — Sesshomaru sale del coche, cogiéndole prestado a Kagome el paraguas, y entra a la estancia. Minutos después, sale con una niña de pelo negro sonriente. Kagome ve cómo Sesshomaru suaviza su expresión al hablar con la niña, y la deja en la parte trasera de los asientos. Luego, vuelve a meterse en el coche. — ¿Quién es... ella?

El hombre guarda silencio. — Ella es Rin. Supongo que ya sabrás quién es por el nombre. — Responde secamente, y sigue conduciendo hasta su propia casa, para dejar a Rin allí.

Kagome sonríe. — ¡Vaya! ¿Tú eres la hija de Sesshomaru? — Pregunta con curiosidad. Nunca había visto una cosita tan linda y tierna.

— S-sí. — Dice algo tímida, y sonríe. — El señor Sesshomaru es mi padre. — La pelinegra se sorprende al ver con qué respeto trata a su progenitor.

— Yo soy la compañera de trabajo de Sessho. — Rin ríe ante el apodo. Y Sesshomaru gruñe. — Kagome. Higurashi Kagome, un placer.


Sesshomaru para bruscamente, y baja a Rin del coche con velocidad, adentrándose en el bloque de edificios. Kagome lo sigue con el paraguas, antes de coger las llaves del coche disimuladamente, y apagarlo.

— Deja de seguirme. — Le ordena, con Rin bajo un protector brazo. — Acosadora. — Dice con un deje de ironía, y abre la puerta del que era un tercer piso, puerta E. — Entra, mocosa.

Kagome bufa. — ¡Oye, es tu hija, no le hables así!

— ¿Por qué coño entras en mi casa? — Le pregunta amenazadoramente, pero Kagome le planta cara ignorándole. Una extraña pero efectiva forma. Luego, se sirve un café. Y Rin coge el chocolate caliente que estaba hecho en la mesa del salón. — Niña. — Llama a Rin. — Mocosa. — Vuelve a llamar. Al ver que la niña no respondía, la va a buscar a donde se supone que tenía que estar. — Rin. — Suaviza su tono, preocupándose. Había dejado el abrigo en casa y luego... Cesó el ruido. No había más que silencio. — Kagome. — Esta vez llama a la molesta mujer pelinegra, pero tampoco responde. Entonces oye una taza caer, y dos gritos femeninos. No le dio tiempo a reaccionar, hasta que vio a la que parecía ser, una niña de cabello blanco y a un niño, saliendo por la puerta de su casa rápidamente.

¡Kanna, rápido! Nos van a pillar. Y dejó de oír a los niños.

Entonces vio el chocolate derramado, algo rojo. Era sangre.

Unos putos niños se habían llevado a Rin y a Kagome. Y no eran unos niños cualquiera.

Eran las mierdas de Naraku.


Bueno, otro capítulo más y se acaba este threeshot, que espero que les esté gustando (:

Me alimento a base de reviews, ¡así que denme de comer! 'u'