Disclaimer: Dragon Ball es propiedad de Akira Toriyama, Bird Studios y TOEI Animation.


Nota de autor: La presente historia está situada en el universo alterno de la tercera película de Dragon Ball, "Una Aventura Mística".


«CLARIDAD»

I: Cuestión de indiscreción

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Un darkfic de la Escuela Grulla

por

Esplandián

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« Si debes ser indiscreto, se discreto en tu indiscreción».
Mark Twain


La lluvia había facilitado el ingreso del estrambótico trío que se encargaría de la construcción del radar; el Palacio Imperial no era resguardado con tanto recelo por el General Blue, y el crepitar del agua enmascaraba más fácilmente las pisadas en la oscuridad; nadie se percataría o inquiriría sobre ellos, menos con un miembro de la propia guardia escoltándolos. Guiarlos hasta la comodidad de un laboratorio equipado fue una tarea fácil.

De todos los trabajos secundarios que hacía para su hermano, nunca había considerado "niñera" como uno de tantos...

—Mire Gran Pilaf, todo aquí es nuevo,¡ni siquiera tenemos uno de estos en casa! ¿no es fantástico? ¡Guau!

Lidiar con estupideces infantiles —como las pequeñas danzas de triunfo del duende y su mascota ninja alrededor de una consola— estaba poniendo a prueba su paciencia, casi tanto como la no muy secreta parcialidad que su esbirro femenino tenía por la única humana no antropomorfa de esa banda de payasos...

—Qué bonita eres, gatita. ¿Cuál es tu nombre?

—Mai...—la muchacha baja la cabeza abochornada; la bruna cabellera lacia cayendo sobre un sonrojado rostro, del que la inexperiencia no podría ocultarse ni con sombras ni labial igualmente carmines. La gabardina verde militar le quedaba desajustada, demasiado grande y detenida precariamente con un cinturón.

En cambio la mujer mayor, de cabello corto y violáceo bajo el casco, se ajusta perfectamente al uniforme mostaza. Detrás del visor, de su mirada celeste, hay algo de depredador oportunista que busca la carne inmaculada y fresca de aquella joven jugando a la milicia.

—Lindo nombre, si necesitas algo puedes tener la confianza de hacérmelo saber—la mujer sonríe calculadoramente, con una sensualidad desbordante, en pretendido pillaje de una muchachita que, como fiel soldado, marcha con sus dos amigos el perro ninja y el duendecillo azulado: un trio de villanos de parvulario—. Incluso, tú y yo podríamos ser MUY buenas amigas..

¡Ya podía uno imaginarse a qué tipo de amistad se refería!

Francamente él, Tao Pai Pai, no tenía el estomago ni la disposición de seguir presenciando a su secuaz explotando a tres bufones con serias privaciones mentales. O peor aún, ¡tratando de corromper y seducir a uno de ellos!

—Violeta, creo que nuestra labor ya ha terminado—desde el umbral le ordena a la mujer, con un gesto severo y formal, que le siga y que pare su insensatez en ese mismo instante; encontrando una ligera reticencia antes de que ella decida unírsele—. Ustedes ya saben perfectamente qué deben de hacer: el Primer Ministro Tsuru los premiara ampliamente. De momento, nos retiramos y los dejamos a sus anchas: buenas noches.


Habiendo transitado un par de corredores, siente como Violeta pausa a sus espaldas. Tao se detiene, se vira lentamente, esperando un comentario insurrecto, como los que su secuaz acostumbra cada vez que olvida quien le proporciona un bono extra, mucho más alto que su mísero salario como guardia.

Nada: sólo el insistente tintineo de la lluvia, y el inquieto silbido del viento bamboleando las lámparas de papel que iluminan tenuemente en la penumbra.

—¿Y bien?—le inquiere con impaciencia al llevarse las manos a la espalda y ocultarlas bajo las mangas de su changshan, incapaz de descifrar el silencio de la mujer.

—¿Bien qué?—ella le clava la mirada cerceta ahumada por el visor, con una intensidad hasta entonces desconocida, una que le produce un hormigueo inquietante que prefiere disimular.

—¿Estás resentida por qué te arrebate una presa?—ríe quedamente, por la novedad de apreciar en ella otra faceta—. Sabía que pertenecías a la región norte de Mifan, igual que Blue; pero nunca creí que compartieras sus preferencias.

—No es eso—la coronel da un paso adelante, otro, con la ligereza de una raposa sobre la nieve; se le acerca, un poco más de lo que es prudente sin posar ojos sobre él. La mujer se recarga a su lado, contra la baranda del pabellón, para contemplar la lluvia caer sobre las fragantes peonías y crisantemos del jardín interior

Tao está tentado a dar un paso atrás para guardar distancia y retomar su firmeza: su mente ordena la retirada, pero su cuerpo le obliga a quedarse presa de la curiosidad.

—¿Entonces qué es?—bromea, ya que si no puede distanciarse físicamente, aún queda la opción de alejarse psicológica y emocionalmente.

—Es sólo que me pareció que estabas celoso de la muchacha—le escupe, sin reverencia, como es costumbre en Violeta—. Aunque a tu favor, tienes una cabellera tan linda como la de ella.

Un cumplido que bien alimenta su vanidad levemente, pero que no bajaría su guardia.

—Vaya, y yo que creí que ibas a pedirme un aumento. Aunque no lo creas, hoy estoy de buen humor.

—Hasta a mi me parece un poco pronto para un aumento, pero si quieres dármelo no me opongo—sonríe ella de medio lado, en apreciación a su humor, concediéndole de vuelta el contacto visual—. Sin embargo, preferiría que contestaras mi pregunta en vez de evadirla; tal vez invitarme un trago, como cuando nos conocimos...

En vez de apagarse a causa del viento que arrecia, las flamas se avivan y cree percibir algo en ella, y algo en si mismo: pero la noche, con sus sombras esquivas, enturbia todo lo suficiente para no distinguir con claridad a quien se tiene enfrente.

Es que la noche se presta a la confusión.


Se conocieron hace meses, en la noche de su retiro obligado. Tao regresó al palacio tarareando una marcha fúnebre con la falsa alegría que da la embriaguez recién comenzada. Se jactó en solitario de su equilibrio intacto al escalar las murallas, caminando en línea recta sobre el delgado muro, como un niño que juega a los malabaristas. Exhaló burlonamente al percatarse que el guardia en turno dormitando plácidamente.

No fue hasta que el mareo hizo acto de presencia, que Tao Pai Pai decidió que era mejor descansar un poco, y admirar a la moderna capital del Este, brillante como millones de velas fulgurantes, capaces de opacar toda tradición y falsedad obsoleta de la diminuta Ciudad Imperial de Mifang: último bastión, junto al Templo de Oorin, en oposición contra marejada de cambios tecnológicos que dominaban al resto del mundo.

Tarde que temprano, la marabunta de concreto de la Capital terminaría por devorar al pequeño reino auto-exiliado detrás de las rojas murallas. La modernidad se expandía en el mundo, irrefrenable: una lamentable pared no iba a detenerle, cómo tampoco lo detenían a él cuando solía cumplir con su trabajo.

Con un dejo de gusto por lo inevitable de la muerte, volvió a destapar la botella para tomar un poco: su hermano estaría furioso a la mañana siguiente; pero eso no le importó por que, de todas maneras, Tsuru vivía un estado perpetuo de irritabilidad.

—¡Oye, tú! ¡Dame un poco! Hace tanto frío que un trago no me caería nada mal.

¡El soldado perezoso no dormitaba! ¡Y encima tenía voz de mujer!

Tao inspeccionó la botella horrorizado, creyendo que la oscuridad le había jugado una mala pasada, una que atribuyó a la obnubilación de la ebriedad. Estaba lo suficientemente consciente para reconocer que su salud mental no era optima—nadie que mata para ganarse la vida está sano, menos si lo disfruta y si ha vivido casi trescientos años—, pero escuchar voces era un nuevo nivel de demencia. Se juró a si mismo no continuar bebiendo esa basura para olvidar...

—¿Me vas a dar o no?—insistió la incorpórea contralto.

Sin prejuicios y sensatez, a causa de la ebriedad, a Tao le invade la punzada inequívoca de la lujuria: esa voz le agradaba (aunque tal vez se tratara de un hombre), y si fuera una mujerzuela la habría contratado tan sólo para charlar en esa noche de excesos, aunque no fuera su estilo hacer algo tan bajo. Al menos ahora, entendía por que sus clientes se inclinaban a pagar compañía en una base regular.

—¡Si el General Blue me va ha reprender por oler a licor barato, por lo menos quiero beber un poco!

Sí, su selección no había sido la más discreta: el remedo de mujer bien podía tenerlo.

—Si eres lo suficientemente bueno para atrapar la botella, es tuya. Tan sólo no me dispares: es molesto.

Creyó en ése entonces, cuando vio a Violeta por primera vez bajo la penumbra del umbral a medianoche, que se traba de un soldado esmirriado y mal alimentado: ¿qué otra cosa explicaría el incesante mascar del chicle aparte del hambre?

Todavía recordaba con claridad aquel diálogo, casi monólogo, que habían entablado. Sincerandose, estaba tan solo, solo al grado de entretenerse con cualquiera. Se había despedido forzosamente de su profesión, de su carrera que tanto le había costado construir por veinte años: todo para servir a las intrigas palaciegas de su hermano mayor, por sus planes que lo incluían sin consultas ni consideraciones; planes a los que él se sentía obligado a contribuir por los fuertes lazos consanguíneos y de afecto que lo unían a Tsuru.

Violeta, solamente, tuvo la fortuna de encontrarle en un momento vulnerable. De ser otro el escenario, la hubiera matado sin compasión... eso, y al menos ofrecía compañía.

—Te vi anoche, y la noche anterior, entrar por el pabellón de los cerezos. Cómo seguramente eres un asesino contratado por Tsuru-Sennin, lo mejor fue dejarte seguir tu camino. Lo que hagan los nobles o no adentro de ciudad imperial no cambiara mi salario. Así que, ¿por qué delatarte?—le confesó ella, bebiendo el resto de la botella, con un dejo de resignación por los tejes y manejes de la intriga palaciega que se lleva a espaldas de todos; en un mundo en el que su condición de mujer del norte y su bajo rango le negaría el acceso para siempre.

Era tanto su vacío esa anoche de su retiro forzoso como asesino, que pretendió llenarlo no sólo con alcohol, sino con palabras ajenas, prestando oídos a una mera desconocida.

—No sé que esperas encaramado sobre el durazno. Pero al menos yo no pienso oponerme a tu presencia—estaba achispada, a juzgar por la forma en la que arrastraba las palabras—. Las guardias nocturnas son aburridas: si muere alguien esta noche me da igual, incluso si se trata de mí. Tsuru Sennin lleva tanto tiempo acosándome que colgarme de un árbol no me parece un mal destino... ¡Seguro que tú me puedes ahorrar la molestia!

Remató Violeta, con una frialdad que él mismo llegaría a admirar, a su debido tiempo.


Malamente, él continuó el dialogo sin siquiera contemplarle el rostro oculto bajo el casco, guiado solamente por el carácter firme de la ronca voz femenina. No podía decir que hizo una amiga, porque tal cosa no existía ni en la corte, ni en las murallas que la protegían de la modernidad exterior. Lo más correcto era definir "amistad" en Mifang como "alianza mutuamente benéfica, y temporal, antes de que alguno de los dos integrantes intente apuñalar al otro". Tenían un enemigo en común, y eso era suficiente razón para convertirse en aliados ocasionales: el General Blue.


Cuando la vio a plena luz del día, obligada a presentarse ante un llamado inconsecuente de Tsuru, comprendió por que su hermano mayor se había encaprichado con ella: ¡era una replica exacta de la Señora Fanfan! La mujer por la que Tsuru había rivalizado con Roshi cuando Tao era tan sólo un quinceañero (hace ya muchos ayeres). Claro que, vanidoso y orgulloso como era, Tsuru no admitiría nada frente a él por muy hermanos que fueran.

—¿Capricho? ¿A mi venerable edad? ¡Ridículo!

—No lo sé, hermano. Tienes un ojo y una aptitud para la mentira y la intriga que jamás igualaré, por eso me cuesta tanto creerte en esta ocasión.

Palabras duras que dejaban traspasar su propio desprecio, ¿de dónde había reunido el valor de contestarle a su hermano?

—Vaya, no ser que tú también ser quien estar interesado...—le recalcó Tsuru con su usual suspicacia.

—No necesariamente, hermano— Tao en su imperturbable postura, sonríe venenosamente, dejando entrever que no sólo había estado interesado, sino que era recipiente de interés: aunque no por las razones que insinuaba Tsuru—.Ella me peticionó, personalmente, que intercediera para que dejes de incordiarla: parece estár al tanto de mi presencia en tu pabellón, así que considero juicioso comprar su silencio; creo que podemos encontrar en ella a un aliado útil...

—Ya veo, incluso tú interceder por ella: yo saber que jamás tú superar lo de Fanfan, así que ahora tú no poder resistilte a parecel Caballero Galante para conquistarle—la mofa rayó casi en lo humillante, porque tiró a matar, aún sabiendo de la intachable conducta profesional del ahora ex asesino—. Pero ella, al menos, no ser Fanfan. Quital linda piel, y abajo quedar una zorra opoltunista que moldel mano en cualquier momento. ¿Quedalte claro?

Había una dosis de verdad en las palabras, pero no la suficiente para disuadirlo.

—Es mi aliada personal, de la misma forma que yo soy el tuyo—Tao hizo una mueca, torcida y altanera, saboreando la obviedad de los celos demostrados por su hermano mayor—. Mantiene vigilado a Blue por mi, si es lo que quieres saber. Nada más ni nada menos.


¡Mintió en aquel momento! Justo como miente ahora al contestar:

—¿Yo? ¿Celoso de una muchachita?—ríe, tratando de ocultar en vano lo que es cierto—. No te confundas. Tú sólo trabajas para mí: fin de la historia.

Las palabras pueden significar cualquier cosa. No iba a complicarse la existencia con preguntas de índole sentimental, no llevando a cuestas el duelo de su ya difunta vida profesional.

—Bien, en ese caso, tal vez no te interese escuchar mi propuesta.

—¿Podrías tratar de hablarme de "usted" de vez en cuando?

—Tu rango es muy parecido al mío, aunque seas un funcionario civil. En realidad, deberías de ser tú quien me hable con respeto—ella resopla, segura, antes de volver a entretenerse en la admiración corta del jardín interior—. Puedo llamarte Señor Tao Pai Pai, si eso te place o si te levanta el autoestima frente al Ministro Tsuru-Sennin.

De nuevo, otro recordatorio de quién era en ese zoológico: nadie, nada.

—No hace falta...

Realmente, detestaba Ciudad Imperial y todo lo que estar en semejante sitio implicaba. Aquí él no es Tao Pai Pai, el Asesino Más Famoso: aquí es simplemente Tao, un guardaespaldas sin mucho mérito que se dedica a hacer el trabajo sucio del Ministro Tsuru. Aquí ni siquiera es un asesino, sino un vasallo que mata sólo cuando se le da una orden; tener a su propia empleada le daba la oportunidad de ejercer un poco de autoridad sobre otro ser humano.

O al menos eso había creído, porque Violeta, aunque capaz y eficiente, dejaba claro que ella era propiedad de nadie aparte de ella misma: un sueldo, un bono, no iba a comprarla jamás; esa actitud era parte del porque decidió contratarla, aparte de ahorrarse tareas meniales.

Violeta era como un animal salvaje, arisco y desconfiado, que aceptaba su presencia a cambio de algún bocadillo —en este caso, de unas cuantos zenis— pero que se retraía y enseñaba los colmillos en cuanto a Tao se le ocurriera estirar la mano para tocarle. Sin embargo, tener a alguien como ella bajo su mando demostraba que él podía ser infinitamente más feroz y temible debajo de su acicalado exterior...

Ahora entendía porque muchos de sus clientes se empecinaban en mostrarlo, casi tanto como a las mujerzuelas multicolores que empleaban como meras decoraciones de brazos. Ellas eran razones para envidiar y admirar; mientras él era una amenaza abierta para temer y pensársela dos veces: ambos servían como muestras irrefutables de poderío.

Violeta cumplía fácilmente ambas funciones, especialmente cuando se trataba de hacer hervir a Tsuru con envidia: ese detalle, en particular, le llenaba de un placer inigualable. La coronel simplemente era su lacayo y, sólo para su hermano mayor, una posesión que codiciar. A primera vista, era fácil comprender porqué...

Se sorprende escrutándola apreciativamente, con una curiosidad avivada. La recorre con la mirada, pensativo, porqué si bien es casi idéntica a la Señora Fanfan, no le profesa a la mujer más que una leve simpatía nacida de diálogos casuales.

O eso cree, hasta que se percata que ella también le observa atentamente, incluso debajo del casco.

— A todo esto, ¿qué son ustedes: tú y el Ministro?

Las miradas se encuentran, detonantes en fugacidad: un acorde sostenido en la harmonía de la apacible llovizna, de las peonías y crisantemos, del durazno y cerezo que sublimes enmarcan la escena de dos figuras de pie, una al lado de la otra. A pesar de la diferencia de edad, son un hombre y una mujer —otoño y primavera— conversando en la penumbra, exactamente cómo dos amantes en la furtividad de la noche.

Claro que tales escenas dulzonas se reservan sólo para los nobles y los buenos, no para los asesinos ni los guardaespaldas: meras figuras de fondo, terciarios inconsecuentes, alejados eternamente del protagonismo.

—¿Acaso es una pregunta indiscreta?—insiste ella ladeando la cabeza, con su monotonía usual.

—Las preguntas no son indiscretas: las respuestas sí lo son—le responde adusto, con una soledad que abruma, ensimismado con la vista al cielo oscuro, dónde sabe no existen las deidades, ni los dragones, ni la buena fortuna: únicamente nubarrones negros como los hilos mismos de la fatalidad.

La lluvia arrecia y Violeta, lejos de acobardarse, se quita un guante rojo de una de sus manos que estira, recibiendo las incontables gotas que caen sobre su palma. Se para de puntillas, apoyada sobre la barandilla, como una adolescente que pretende alcanzar el cielo con una mano.

Por primera vez, Tao la contempla sonreír, con un gozo tan genuino que llega al absurdo, a lo irreal, en un sitio de disimulo e infamia como Mifan; inadmisible, tanto como aceptar el roce de su mano con el flanco de la suya, como permitir un hombro presionado al propio descuidadamente.

—Me temo que en este caso, mi propuesta sea mil veces más indiscreta que la respuesta. ¿Qué pueden tener de indiscretos un sí o un no?


Nota de autor: Disculpen tamaño crack. Originalmente quería shipear a Clint Eastwood con Lee Van Cleef, como Blondie y el Coronel Mortimer/Ojos de Angel de los filmes de vaqueros «La Muerte tenía un precio» y «El bueno, el malo y el feo». Claro que no se me da el YAOI al estilo «Brokeback Mountain», y me conformo con hacerle un homenaje con la línea de Lee Van Cleef «Las preguntas no son indiscretas: las respuestas sí lo son».

Por cierto, la imagen de la portada es de la artista Chihiro (ちひろ en Pixiv), quien dibuja bastante Doujinshis Tenshinhan x Tao Pai Pai (no aptos para menores), tan terribles como estéticos, que me convencieron del potencial de un personaje secundario como Tao para ser posible galán (con todo y arrugas y patas de gallo).

De nuevo, si les gustan las parejas raras como estas, y quieren leer un crack maravilloso, visiten a Iluvendure; chequen su «Casamentera» de Bills y la Princesa Serpiente: en parte, inspiró la presente historia de manera , gracias, este fic es tuyo también por tu gran paciencia, noche trás noche, para escuchar tanto disparate Dragon Ballero.

También un gracias mayúsculo a Schala S, quien con «28» y «Roja» me ha inspirado para intentar mano en el genero erotico. Si quieren escribir Lemon y quieren inspirarse, consulten su lista «30 canciones para escribir sensualmente»: es referencia obligada para tener un punto de partida. ¡Linda, gracias por desvelarte y dar ánimos, siempre! Lloró

Kuraudea: Por animarme con esta pareja tan crack, y escribir sobre ellos en "Hacía el mismo rumbo", gracias totales.

Joyce: Gracias, y si me estás leyendo ¿qué rayos haces aquí? No quiero mancillar tus ojos de por vida. XD (Te quiero).

Grisell: Ya sé que no me lees, pero por si acaso, gracias por determinar la portada sensual de "Claridad", y por la suculenta imagen de tu fanfic de SNK.

Catone: Gracias por inspirarme a escribir más y más. Te admiro la constancia y el esfuerzo y la mejora constante.